Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

En los últimos años, el squirting ha pasado de ser una curiosidad marginal a convertirse en una especie de santo grial de la sexualidad femenina. Redes sociales, porno y discursos pseudoliberadores lo presentan como una prueba irrefutable de placer intenso, conexión corporal y orgasmo “real”. Sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie y se observa qué dice la fisiología, la narrativa empieza a resquebrajarse. Y lo que aparece debajo es bastante menos glamurizado: en muchos casos, lo que se expulsa es, sencillamente, orina. (+ El empoderamiento empieza en el coño)

Decir esto no es moralista ni antifeminista; es anatómico. La uretra femenina es el único conducto por el que puede salir líquido de forma abundante y súbita. Las glándulas de Skene —a veces llamadas próstata femenina— existen, sí, pero su capacidad secretora es mínima y no explica la emisión de cientos de mililitros de líquido transparente que se observa en muchos vídeos. La ciencia lleva años señalándolo: los análisis bioquímicos del fluido expulsado durante el squirting muestran concentraciones claras de urea, creatinina y ácido úrico, marcadores inequívocos de orina, aunque a veces más diluida de lo habitual. (+ Naturaleza del squirting en la sexualidad femenina)

Algunos estudios con ecografía lo han demostrado de forma particularmente contundente: antes de la estimulación sexual, la vejiga está llena; durante el llamado squirting, se vacía; después, aparece prácticamente colapsada. No es una metáfora, es una vejiga haciendo lo que sabe hacer. El cuerpo no se inventa nuevos órganos por demanda cultural.

Entonces, ¿por qué tanta resistencia a llamar a las cosas por su nombre? Porque el porno ha hecho un trabajo extraordinario convirtiendo la micción en un espectáculo erótico, despojándola de su significado corporal real y rebautizándola como experiencia mística. En ese proceso, se ha vendido a muchas mujeres la idea de que si no “squirtan” algo falla en su cuerpo, en su placer o en su entrega sexual. El resultado no es liberación, sino una nueva forma de presión performativa.

Muchas mujeres aprenden a provocar el squirting forzando la vejiga llena, inhibiendo conscientemente el reflejo de continencia y reinterpretando la sensación de ganas de orinar como excitación sexual. Algunas lo viven con placer, otras con incomodidad, y muchas con confusión. Pero el relato dominante insiste: si sale líquido, es empoderamiento; si dudas, estás reprimida. Curiosamente, nadie se pregunta por qué la liberación sexual femenina debería pasar por mear delante de una cámara.

Esto no significa negar que haya mujeres que disfruten de esa experiencia o que la vivan como parte de su sexualidad. El problema no es lo que cada una haga con su cuerpo, sino el mito que se construye alrededor. El squirting no es un indicador fiable de orgasmo, ni de mayor placer, ni de conexión emocional. Tampoco es una función biológica universal. Es, en la mayoría de los casos, una micción asociada a la excitación, resignificada culturalmente como algo distinto porque resulta visualmente impactante y comercialmente rentable.

Desde un punto de vista de salud sexual, convendría bajar el volumen del entusiasmo acrítico y subir el de la información honesta. No pasa nada por mear durante el sexo si ocurre y no incomoda. Tampoco pasa nada por no hacerlo jamás. Lo que sí es problemático es convertir un fenómeno fisiológico banal en una exigencia simbólica más, especialmente para las mujeres, cuyos cuerpos ya cargan con suficientes expectativas ajenas.

Quizá la verdadera liberación no consista en producir chorros espectaculares, sino en poder decir sin culpa: esto me gusta, esto no, y no necesito demostrar nada con mis fluidos. A veces, llamar orina a la orina no quita magia al sexo; le devuelve realidad.

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