Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Hay personas que no están enamoradas de alguien. Están enamoradas de no estar solas. Y eso, aunque suene duro, marca la diferencia entre construir una relación y usarla como analgésico existencial.

Esta semana una amiga ha vuelto a romper —o a intentarlo— con una mujer que la humilla, la descoloca y le repite sin ambages que no quiere nada serio. No es la primera vez. Lleva décadas enlazando relaciones que funcionan como muletas emocionales: aguanta lo inaguantable hasta que aparece otra que la “rescata”. Entonces salta. No por amor, sino por sustitución. Lo que evita no es a la otra. Es el silencio. Es el encuentro consigo misma. (+ Felicidad sin ataduras)

La dependencia emocional no es pasión desbordada ni romanticismo extremo. Es miedo. Miedo a quedarse a solas con una identidad que no se sostiene por sí misma. Desde la teoría del apego sabemos que los estilos ansioso-preocupados tienden a buscar validación constante en la pareja, tolerando dinámicas intermitentes o incluso maltratantes con tal de no perder el vínculo. La incoherencia —hoy te quiero, mañana no— no desengancha: engancha más. El refuerzo intermitente es uno de los mecanismos más poderosos de fijación conductual.

Cuando la pareja se convierte en redentora, el vínculo deja de ser horizontal. Se vuelve asimétrico. Una necesita ser salvada; la otra ocupa el pedestal. Y toda relación sostenida desde la asimetría acaba pasando factura.

Mi amiga afirma que no está enamorada. Y probablemente sea cierto. Lo que siente no es amor, es abstinencia anticipada. La sola idea de cortar el suministro de mensajes, reproches y reconciliaciones le genera ansiedad. La química que muchas veces confundimos con pasión no es más que activación fisiológica del sistema de alerta. No late el corazón por romanticismo; late por amenaza de pérdida.

La paradoja es que cuanto peor se siente consigo misma, más urgente se vuelve encontrar a alguien. Y cuanto más urgente, menos exigente. Se toleran faltas de respeto, humillaciones sutiles, migajas afectivas. Porque el objetivo no es estar bien acompañada; es no estar sola.

El ruido constante —mensajes, discusiones, reconciliaciones, planes improvisados— actúa como anestesia. Mientras hay estímulo, no hay introspección. Pero cuando todo se apaga, aparece la incomodidad de enfrentarse a la propia narrativa interna: inseguridad, autocrítica, sensación de insuficiencia. Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero trabajo.

La autoestima no se construye en pareja. Se pone a prueba en pareja. Si no existe previamente un mínimo de autoaceptación, la relación se convierte en un parche. Y los parches no curan heridas profundas; solo las cubren hasta que se despegan.

Romper el patrón no consiste en encontrar a alguien mejor. Consiste en soportar el vacío el tiempo suficiente como para descubrir que no era un abismo, sino un espacio sin habitar. Aprender a estar sola no es renunciar al amor; es dejar de mendigarlo.

Porque amar no es necesitar que alguien te rescate. Es poder elegir compartir la vida cuando ya sabes sostenerla por ti misma. Y eso, aunque no tenga la épica de la intensidad ni la adrenalina de los comienzos, es infinitamente más revolucionario.

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