
No siempre vivimos en la realidad tal como es. A menudo, habitamos versiones modificadas, tamizadas, recortadas o exageradas de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y, aunque tendemos a culpar a los medios, a las redes o a los algoritmos, lo cierto es que muchas veces somos nosotras mismas quienes distorsionamos la experiencia. A veces por protección. A veces por hábito. Otras, por pura supervivencia emocional.
La mente humana tiene una capacidad asombrosa para reinterpretar lo que ve. Estudios en psicología cognitiva muestran que recordamos los hechos no tal como ocurrieron, sino como creímos que ocurrieron. La memoria es moldeable, inestable. Y lo mismo sucede con la percepción del presente: lo que sentimos, pensamos o tememos actúa como un filtro que da forma a lo que creemos real. (+ ¿Explorar el espacio sin conocer el mar?)
¿Cuántas veces hemos escuchado solo lo que queríamos o temíamos oír? ¿Cuántas veces nos hemos convencido de que alguien nos desprecia, cuando simplemente estaba absorto en sus propios pensamientos? ¿O hemos creído que no éramos suficientes porque un espejo mal calibrado —externo o interno— nos mostró una imagen distorsionada?
Vivimos también en realidades construidas por el deseo. Idealizamos relaciones, lugares, trabajos. Aceptamos situaciones dolorosas porque hemos creado una narrativa en la que todo tiene sentido o va a mejorar. En lugar de aceptar lo que es, nos quedamos en lo que queremos que sea. Y eso, aunque momentáneamente nos proteja, puede dejarnos atrapadas en dinámicas que nos restan libertad.
Por otro lado, también distorsionamos por necesidad de encajar. Nos ajustamos a moldes sociales, a ideas impuestas de éxito, de belleza, de amor. Adoptamos creencias que no nos pertenecen, solo porque nos han repetido que son “lo normal”. Así, muchas veces no vivimos nuestra vida, sino una versión filtrada por la mirada ajena.
La buena noticia es que podemos desandar ese camino. Detectar cuándo no estamos viendo con claridad es el primer paso para recuperar una visión más auténtica. Preguntarnos: “¿Esto que creo es verdad o solo es una interpretación?” puede abrir grietas de lucidez. Escuchar otras voces, leer otros relatos, explorar otras formas de estar en el mundo también ayuda.
Quizás nunca accedamos a la realidad pura. Pero podemos intentar mirarla con menos miedo y más honestidad. Porque cuanto más nos acerquemos a lo real, más posibilidades tendremos de transformarlo.
Deja un comentario