Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Lo sé, soy ochentera, a lo más, noventera. Pertenezco a esa generación que creció viendo un cine español que hoy parece casi imposible de imaginar. Un cine excesivo, incómodo, provocador y, sobre todo, libre. Un cine que no pedía permiso. Un cine que no estaba calculando cada frase por si alguien decidía ofenderse.

Cuando pienso en ello, inevitablemente me viene a la cabeza Tacones Lejanos, la película que Pedro Almodóvar estrenó en 1991. En ella había melodrama, humor negro, identidades fluidas, relaciones familiares delirantes y personajes que vivían al límite sin pedir disculpas. Todo mezclado con una naturalidad casi insolente.

No era solo esa película. Era una época.

El cine de Almodóvar en los ochenta y principios de los noventa tenía algo que hoy resulta extraño: una libertad creativa casi temeraria. Sus personajes podían ser exagerados, contradictorios, incómodos o directamente absurdos. Y, sin embargo, funcionaban porque detrás había una convicción clara: la ficción no estaba obligada a comportarse.

Hoy cuesta imaginar que una película así se produjera con la misma ligereza. No porque falte talento ni porque falten historias, sino porque el clima cultural ha cambiado. Vivimos en una época en la que todo se analiza, se etiqueta, se juzga y se discute en tiempo real. Las redes sociales han convertido cada obra en un potencial campo de batalla.

Eso no significa que hoy no exista buena ficción. Significa que la libertad se gestiona de otra manera. Más cautela, más filtros, más prevención.

Por eso a veces pienso que lo que realmente tenemos lejos no son los tacones. Son los cojones.

Los cojones creativos, quiero decir. Esa mezcla de audacia y despreocupación que permitía contar historias sin pasar previamente por una auditoría moral colectiva.

No es nostalgia. Es una constatación.

La ficción siempre ha necesitado una cierta dosis de irreverencia. Sin ella, los personajes se vuelven previsibles, las tramas demasiado correctas y el conflicto pierde filo. Y sin conflicto, una historia simplemente no respira.

Quizá por eso, cuando escribo, intento recuperar algo de ese espíritu. No el estilo de aquella época —cada generación tiene el suyo—, sino la actitud. La idea de que una novela debe poder explorar zonas incómodas sin pedir disculpas antes de empezar.

En mis novelas Clamworld y Candice, por ejemplo, el deseo entre mujeres no aparece como una rareza que necesite justificarse constantemente. Tampoco se presenta como un territorio idealizado. Es simplemente parte del universo narrativo y de la complejidad de los personajes.

Eso permite algo muy simple y, al mismo tiempo, muy raro: contar historias donde las mujeres no están pendientes de la mirada masculina ni de cumplir expectativas externas. Personajes que se equivocan, que desean, que manipulan, que aman o que se contradicen sin que nadie tenga que explicar cada decisión.

Al final, escribir también consiste en eso: crear espacios de libertad.

Porque cuando la ficción se vuelve demasiado prudente, pierde su capacidad de explorar lo que todavía no sabemos cómo nombrar. Y la literatura —como el cine— siempre ha sido un laboratorio para esas zonas ambiguas.
Tal vez el problema no sea que hoy tengamos menos libertad. Tal vez el problema es que ahora somos mucho más conscientes de sus costes.

Aun así, cada vez que vuelvo a ver Tacones lejanos, no puedo evitar pensar que algo de aquella insolencia creativa se ha ido quedando por el camino.

Los tacones siguen ahí.

Los cojones, en cambio, parecen haberse vuelto bastante más lejanos.

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