
Yo no había nacido cuando el hombre llegó a la luna. Crecí escuchándolo como uno de esos hitos indiscutibles de la humanidad: el momento en que dimos un salto definitivo, en que dejamos de mirar el cielo para empezar a conquistarlo.
“El hombre llegó a la luna”.
La frase suena limpia, redonda, universal.
Pero con el tiempo aprendí a escucharla de otra forma. A preguntarme quién era exactamente ese “hombre”. Porque, aunque la palabra pretendiera incluirnos a todos, la imagen era otra: hombres blancos, heterosexuales, protagonistas absolutos del relato.
Y ahí apareció la pregunta incómoda.
¿Dónde estaban las mujeres?
¿Y dónde estaban las lesbianas?
No en la nave.
No en la foto.
No en la historia.
Durante décadas, el progreso se ha contado como una línea recta protagonizada siempre por los mismos. Los grandes descubrimientos, los avances científicos, los hitos culturales… todo parece responder a una misma narrativa: alguien conquista, alguien lidera, alguien deja huella. Y ese alguien casi nunca se parece a nosotras.
No es solo una cuestión de presencia física. Es una cuestión de relato.
Porque cuando no apareces en las historias que definen una época, es como si no hubieras estado allí. Como si tu experiencia no contara, no sumara, no existiera del todo.
Por eso la pregunta no es tanto cuándo llegaremos a la luna, sino quién decidió que ese viaje no nos incluía.
Quizá no se trata de que no estuviéramos preparadas. Quizá se trata de que nunca nos dejaron construir el cohete.
Las lesbianas, como tantas otras identidades fuera de la norma, hemos vivido durante mucho tiempo en los márgenes del relato. No necesariamente fuera de la realidad —porque siempre hemos estado ahí—, sino fuera de la narrativa dominante. Invisibles, reinterpretadas o reducidas a notas al pie.
Y sin relato, no hay épica.
Sin épica, no hay memoria.
Y sin memoria, no hay referente.
Por eso, durante tanto tiempo, crecer siendo lesbiana ha sido crecer sin mapas. Sin historias en las que reconocerse del todo. Sin modelos que no estuvieran atravesados por el conflicto, la tragedia o la excepción.
En ese contexto, “llegar a la luna” no significa solo alcanzar un logro extraordinario. Significa algo más básico: ocupar el centro de la historia sin tener que pedir permiso.
Y ahí es donde la ficción se vuelve importante.
En Clamworld, por ejemplo, el punto de partida es radical: un mundo habitado exclusivamente por mujeres. No hay mirada masculina que valide o cuestione. No hay necesidad de explicarse. El deseo entre mujeres no es una excepción, es la norma.
Ese cambio lo altera todo.
Porque cuando no tienes que justificar tu existencia, puedes dedicarte a vivirla. A explorarla. A complicarla. A equivocarte sin representar a nadie más que a ti misma.
Es, en cierto modo, otra forma de llegar a la luna.
No conquistando un espacio ajeno, sino creando uno propio.
Quizá por eso la pregunta inicial se queda corta. Tal vez no se trata de cuándo las lesbianas llegaremos a la luna, sino de si realmente queremos hacerlo.
La luna, al fin y al cabo, es un símbolo heredado. Un objetivo definido por otros, dentro de una lógica que no necesariamente nos pertenece.
Puede que nuestra revolución no consista en subirnos a ese cohete, sino en cambiar la dirección del viaje.
En dejar de mirar hacia donde nos dijeron que estaba el éxito.
Y empezar a construir lugares donde no tengamos que preguntarnos nunca más si estamos invitadas.
Porque no es que no hayamos llegado.
Es que, durante mucho tiempo, nadie se planteó que también era nuestro viaje.
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