Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

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EL DIARIO DE ÚRSULA

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  • Cada 23 de abril, Día de Sant Jordi transforma las calles en una celebración casi perfecta: libros, rosas, firmas, colas y una sensación compartida de cultura al alcance de todos. Es, probablemente, una de las imágenes más bonitas del mundo editorial.

    Pero también es, conviene decirlo, uno de sus días más desiguales.

    Porque detrás de esa fiesta hay cifras. Y las cifras no entienden de romanticismo.

    Se estima que Sant Jordi concentra entre un 8% y un 10% de las ventas anuales de libros en Cataluña, con una facturación que puede superar los 20 millones de euros en un solo día. Es un volumen económico enorme, concentrado en apenas unas horas, donde se decide mucho más que qué libro se regala: se decide quién ocupa espacio, quién vende y quién queda fuera.

    Y como ocurre en casi todos los mercados culturales, la distribución de ese dinero no es precisamente equitativa.

    Una parte muy significativa de esas ventas se concentra en títulos publicados por grandes grupos editoriales como Grupo Planeta o Penguin Random House Grupo Editorial. Son ellos quienes dominan escaparates, mesas centrales y presencia mediática. Sus autores —muchas veces convertidos en productos reconocibles— tienen visibilidad asegurada.

    No es casualidad. Es estructura.

    Los medios promocionan lo que ya es visible. Las librerías priorizan lo que saben que se venderá. Y el lector, en medio de ese ecosistema, elige entre lo que tiene delante.

    El resultado es un circuito bastante cerrado.

    Esto no significa que no exista diversidad. Existe. Hay autoras y autores de todo tipo, también dentro del colectivo LGTBIQ+. El problema es otro: esa diversidad no participa en igualdad de condiciones del reparto económico ni del espacio simbólico.

    Porque no basta con existir.

    Hay que estar.

    Y estar, en un día como Sant Jordi, significa algo muy concreto: tener libros distribuidos, acceso a firmas, presencia en medios y visibilidad real en el punto de venta. Todo eso requiere una maquinaria que la mayoría de escritoras independientes simplemente no tiene. (+ Apoyar o excluir: tu decisión cultural importa)

    Ahí es donde la diferencia se vuelve evidente.

    Muchas autoras LGTBIQ+ independientes trabajan con tiradas pequeñas, editoriales modestas o directamente en autoedición. Su alcance depende en gran medida del boca a boca, de redes sociales y de una comunidad que, aunque fiel, es limitada en comparación con los grandes circuitos comerciales.

    No compiten en igualdad de condiciones. Ni siquiera juegan el mismo partido.

    Mientras tanto, una parte importante del dinero que se mueve en Sant Jordi acaba en productos literarios diseñados para un consumo masivo, muchas veces vinculados a figuras mediáticas cuya relación con la literatura es, como mínimo, discutible.

    No es un problema nuevo, pero en un día como este se hace especialmente visible.

    Sant Jordi es una fiesta del libro, sí. Pero no todos los libros tienen la misma oportunidad de ser comprados.

    Y eso plantea una pregunta incómoda.

    ¿Qué estamos celebrando exactamente?

    Si la respuesta es la lectura, entonces conviene preguntarse qué tipo de historias estamos sosteniendo con nuestras decisiones de compra. Porque cada libro que se vende no es solo una transacción: es una apuesta por una voz, por una forma de contar, por un tipo de presencia en el mundo cultural.

    Elegir un libro no es un gesto neutro.

    Tiene consecuencias.

    Y en un mercado donde la visibilidad ya está tan concentrada, quizá el verdadero margen de maniobra esté en algo mucho más simple: mirar un poco más allá de la mesa principal.

    Buscar.

    Descubrir.

    Dar espacio a quienes no lo tienen garantizado.

    Porque, al final, la diferencia entre estar y no estar en días como Sant Jordi no siempre la marca la calidad.

    Muchas veces la marca la visibilidad.

    Y esa, a diferencia del talento, sí se puede repartir.

  • Durante mucho tiempo, el deseo entre mujeres ha sido contado por otros. Observado, interpretado, distorsionado. Convertido en fantasía ajena o reducido a insinuación elegante para no incomodar demasiado. Lo que rara vez se ha hecho es algo mucho más simple: dejar que las propias mujeres lo narren desde dentro. (+ Top 10 novelas sáficas y LGTB)

    Por eso escribir novela lésbica erótica no es un capricho ni un subgénero menor. Es una forma de recuperar el control sobre algo esencial: cómo se representa el deseo.

    El erotismo no es solo sexo. Es lenguaje. Es mirada. Es ritmo. Es todo aquello que ocurre antes, durante y después del encuentro. Es la forma en que un cuerpo percibe a otro, sin necesidad de traducirse ni justificarse. Y cuando ese lenguaje ha estado durante tanto tiempo filtrado por una mirada externa, escribirlo desde una experiencia propia se convierte en un acto profundamente reivindicativo.

    Durante años, gran parte del contenido erótico con mujeres ha estado pensado para un espectador masculino. Incluso cuando las protagonistas eran dos mujeres, el enfoque no lo era. Había una forma de mirar, de construir las escenas, de entender el deseo, que respondía más a una expectativa que a una vivencia.

    Ahí es donde la novela cambia las reglas.

    Porque escribir permite detenerse. Construir. Matizar. Dar espacio a lo que normalmente se simplifica. Permite que el deseo entre mujeres no sea un espectáculo, sino una experiencia. No algo que se muestra, sino algo que se vive.

    En ese sentido, introducir erotismo en novelas como Clamworld o Candice no responde a una necesidad de provocar, sino de completar. Porque excluir el deseo sería dejar fuera una parte esencial de la vida de los personajes.

    En Clamworld, donde las mujeres ocupan todo el espacio, el deseo no necesita explicaciones externas. No está enmarcado, ni traducido, ni adaptado. Simplemente forma parte del mundo, como cualquier otra dimensión de la experiencia humana. Y eso permite tratarlo con naturalidad, sin convertirlo en excepción.

    En Candice, en cambio, el erotismo se entrelaza con la complejidad emocional. No es solo encuentro físico, sino también reflejo de las dinámicas internas, de las inseguridades, de las tensiones que atraviesan a los personajes. El deseo no aparece aislado, sino conectado a todo lo demás.

    Eso es lo que hace que la novela lésbica erótica sea relevante: no se limita a mostrar, sino que integra. No separa cuerpo y mente. No simplifica.

    Además, escribir este tipo de literatura contribuye a ampliar el imaginario. Ofrece referentes distintos, formas de relación más variadas, maneras de vivir el deseo que no pasan por el mismo patrón de siempre. Y eso tiene un impacto real, aunque no siempre visible.

    Porque lo que se puede imaginar, se puede vivir con más libertad.

    Al final, no se trata de erotizar por erotizar. Se trata de escribir sin censurar partes de la experiencia por incomodidad o por inercia cultural.

    El deseo también forma parte de la historia.

    Y cuando se escribe desde dentro, deja de ser una escena para convertirse en una voz.

  • Yo no había nacido cuando el hombre llegó a la luna. Crecí escuchándolo como uno de esos hitos indiscutibles de la humanidad: el momento en que dimos un salto definitivo, en que dejamos de mirar el cielo para empezar a conquistarlo.

    “El hombre llegó a la luna”.

    La frase suena limpia, redonda, universal.

    Pero con el tiempo aprendí a escucharla de otra forma. A preguntarme quién era exactamente ese “hombre”. Porque, aunque la palabra pretendiera incluirnos a todos, la imagen era otra: hombres blancos, heterosexuales, protagonistas absolutos del relato.

    Y ahí apareció la pregunta incómoda.

    ¿Dónde estaban las mujeres?

    ¿Y dónde estaban las lesbianas?

    No en la nave.
    No en la foto.
    No en la historia.

    Durante décadas, el progreso se ha contado como una línea recta protagonizada siempre por los mismos. Los grandes descubrimientos, los avances científicos, los hitos culturales… todo parece responder a una misma narrativa: alguien conquista, alguien lidera, alguien deja huella. Y ese alguien casi nunca se parece a nosotras.

    No es solo una cuestión de presencia física. Es una cuestión de relato.

    Porque cuando no apareces en las historias que definen una época, es como si no hubieras estado allí. Como si tu experiencia no contara, no sumara, no existiera del todo.

    Por eso la pregunta no es tanto cuándo llegaremos a la luna, sino quién decidió que ese viaje no nos incluía.

    Quizá no se trata de que no estuviéramos preparadas. Quizá se trata de que nunca nos dejaron construir el cohete.

    Las lesbianas, como tantas otras identidades fuera de la norma, hemos vivido durante mucho tiempo en los márgenes del relato. No necesariamente fuera de la realidad —porque siempre hemos estado ahí—, sino fuera de la narrativa dominante. Invisibles, reinterpretadas o reducidas a notas al pie. (+ Invisibles frente a la pantalla: la heteronormatividad mediática)

    Y sin relato, no hay épica.

    Sin épica, no hay memoria.

    Y sin memoria, no hay referente.

    Por eso, durante tanto tiempo, crecer siendo lesbiana ha sido crecer sin mapas. Sin historias en las que reconocerse del todo. Sin modelos que no estuvieran atravesados por el conflicto, la tragedia o la excepción.

    En ese contexto, “llegar a la luna” no significa solo alcanzar un logro extraordinario. Significa algo más básico: ocupar el centro de la historia sin tener que pedir permiso.

    Y ahí es donde la ficción se vuelve importante.

    En Clamworld, por ejemplo, el punto de partida es radical: un mundo habitado exclusivamente por mujeres. No hay mirada masculina que valide o cuestione. No hay necesidad de explicarse. El deseo entre mujeres no es una excepción, es la norma.

    Ese cambio lo altera todo.

    Porque cuando no tienes que justificar tu existencia, puedes dedicarte a vivirla. A explorarla. A complicarla. A equivocarte sin representar a nadie más que a ti misma.

    Es, en cierto modo, otra forma de llegar a la luna.

    No conquistando un espacio ajeno, sino creando uno propio.

    Quizá por eso la pregunta inicial se queda corta. Tal vez no se trata de cuándo las lesbianas llegaremos a la luna, sino de si realmente queremos hacerlo.

    La luna, al fin y al cabo, es un símbolo heredado. Un objetivo definido por otros, dentro de una lógica que no necesariamente nos pertenece.

    Puede que nuestra revolución no consista en subirnos a ese cohete, sino en cambiar la dirección del viaje.

    En dejar de mirar hacia donde nos dijeron que estaba el éxito.

    Y empezar a construir lugares donde no tengamos que preguntarnos nunca más si estamos invitadas.

    Porque no es que no hayamos llegado.

    Es que, durante mucho tiempo, nadie se planteó que también era nuestro viaje.

  • La historia está llena de lesbianas. Lo que no está tan claro es que nos hayan dejado verlas.

    Durante siglos, el relato oficial ha sido escrito desde una mirada concreta: masculina, heterosexual y, sobre todo, cómoda. Todo lo que quedaba fuera de ese marco no desaparecía, pero se reinterpretaba, se suavizaba o directamente se borraba. No porque no existiera, sino porque incomodaba nombrarlo. (+ Por qué sigue incomodando el deseo entre mujeres?)

    Las relaciones entre mujeres han sido uno de los ejemplos más claros de esa invisibilización.

    Durante mucho tiempo, cuando dos mujeres compartían vida, afecto y una intimidad evidente, la historia encontraba una etiqueta tranquilizadora: “amistad profunda”. Una expresión lo suficientemente ambigua como para no tener que ir más allá. No había conflicto, no había deseo, no había nada que cuestionar. Solo dos mujeres muy unidas.

    Pero esa lectura no era inocente.

    Era una forma de encajar lo que no se quería entender dentro de un marco aceptable. Porque reconocer el deseo entre mujeres implicaba algo incómodo: aceptar que la sexualidad femenina no giraba necesariamente en torno a los hombres.

    Ahí empieza el borrado.

    Ahí entra Safo, la poeta de la isla de Lesbos, cuyos versos hablaban abiertamente del deseo entre mujeres hace más de dos mil años. Su obra ha sido traducida, reinterpretada y, en muchos casos, suavizada para encajar en sensibilidades posteriores. Aun así, su voz ha sobrevivido como una de las primeras pruebas de que ese deseo no es moderno, ni una moda, ni una desviación reciente.

    Siglos después, la historia repite el mismo patrón con otras figuras.

    Virginia Woolf mantuvo una relación intensa y documentada con Vita Sackville-West. Sus cartas son explícitas, emocionales y, en muchos casos, inequívocas. Y aun así, durante décadas, se prefirió hablar de inspiración literaria antes que de vínculo afectivo real.

    Lo mismo ocurre con Frida Kahlo, cuya bisexualidad fue durante mucho tiempo minimizada o tratada como una excentricidad secundaria dentro de su biografía. Como si el deseo entre mujeres fuera siempre un matiz, nunca un eje.

    Y cuando ese deseo se hacía imposible de ocultar, la respuesta era otra: el castigo.

    Radclyffe Hall publicó El pozo de la soledad en 1928, una novela que abordaba el amor entre mujeres de forma directa. El resultado fue un escándalo, censura y un proceso judicial. No se cuestionaba la calidad literaria. Se cuestionaba el derecho a contar esa historia.

    Ese es el patrón: lo que no se puede negar, se silencia; lo que no se puede silenciar, se castiga.

    Mientras tanto, la historia ha sido generosa con otros relatos. Hombres con múltiples amantes han sido retratados como apasionados, complejos, incluso admirables. Sus excesos forman parte del mito. Su deseo no se cuestiona, se celebra.

    Las mujeres, en cambio, han tenido que negociar su propia existencia narrativa.

    Por eso, hablar hoy de lesbianas históricas no es solo un ejercicio de memoria. Es un acto de corrección. No para reescribir la historia con otra ideología, sino para leerla sin los filtros que durante tanto tiempo la han distorsionado.

    Y, sin embargo, el problema no pertenece únicamente al pasado.

    Hoy existe más visibilidad, sí. Más espacio, más representación, más libertad. Pero también persisten formas más sutiles de control: la necesidad de encajar en ciertos discursos, de suavizar ciertas realidades o de hacer el deseo más digerible.

    Por eso escribir sigue siendo importante.

    Escribir sin pedir permiso. Sin justificar cada vínculo, cada emoción o cada contradicción. Crear personajes que no necesiten ser traducidos a una mirada externa para ser comprendidos.

    Porque la historia ya nos ha enseñado lo que ocurre cuando otros cuentan por ti: que acaban contando otra cosa.

    No es que no haya habido lesbianas.

    Es que durante demasiado tiempo, la historia decidió mirar hacia otro lado.

    Y ahora, por fin, empezamos a mirarlas de frente.

  • Pertenecer al colectivo LGTBIQ+ no es solo una cuestión de identidad o de orientación. Es, sobre todo, una forma particular de habitar el mundo. Una experiencia que, aunque a menudo esté atravesada por dificultades, también ofrece algo menos evidente y profundamente valioso: una amplitud de miras que no siempre está al alcance de quienes nunca han tenido que cuestionarse lo dado. (+ La trampa de la lógica)

    Crecer siendo heterosexual en una sociedad heteronormativa es, en cierto sentido, como hablar la lengua materna: todo fluye sin fricción. No hace falta explicarse, justificarse ni redefinirse. En cambio, cuando descubres que no encajas en ese molde, algo se rompe. Y en esa grieta aparece una oportunidad.

    Porque quien se ve obligado a cuestionar una norma, aprende algo que quien la habita sin conflicto rara vez necesita: que las normas son construcciones, no verdades absolutas.

    Ese aprendizaje tiene consecuencias profundas.

    Una persona LGTBIQ+ suele desarrollar, por pura supervivencia emocional, una mayor capacidad de análisis sobre las dinámicas sociales. ¿Por qué esto es lo “normal”? ¿Quién decide qué es aceptable? ¿Qué partes de mí son realmente mías y cuáles son expectativas heredadas? Son preguntas que no surgen en el vacío, sino en el roce constante con un entorno que, en mayor o menor medida, te obliga a posicionarte.

    Esa distancia crítica es una ventaja.

    Es similar a lo que ocurre con quien ha vivido en varios países o ha crecido entre dos culturas. La persona monolingüe no suele cuestionarse su idioma: simplemente lo usa. Pero quien ha tenido que traducirse, adaptarse o cambiar de código cultural desarrolla una flexibilidad mental distinta. Entiende que hay múltiples formas de nombrar la realidad, y que ninguna tiene el monopolio de lo correcto.

    Algo parecido sucede con la experiencia LGTBIQ+.

    También hay un paralelismo interesante con quienes han pasado por situaciones de pérdida o crisis. Nadie desea esas experiencias, pero quienes las han vivido suelen desarrollar una mayor tolerancia a la incertidumbre y una comprensión más compleja de la vida. Han visto lo que ocurre cuando las certezas se rompen.

    Ser LGTBIQ+ implica, en muchos casos, romper certezas muy básicas: sobre el amor, la familia, el futuro o incluso sobre una misma. Y ese proceso, aunque incómodo, amplía el campo de visión.

    Por eso resulta paradójico cuando desde dentro del propio colectivo se reproducen rigideces, juicios o nuevas normas que limitan esa amplitud. Si algo debería caracterizar a quienes han tenido que cuestionarlo todo, es precisamente la capacidad de no convertir nuevas identidades en nuevas jaulas.

    La ventaja no está en ser LGTBIQ+ en sí mismo. Está en lo que puedes hacer con esa experiencia.

    Puedes usarla para construir una identidad rígida, defensiva, cerrada. O puedes usarla para desarrollar una mirada más abierta, más flexible, más consciente de la complejidad humana.

    Porque, al final, haber tenido que replantearte quién eres desde cero te da algo que no se aprende fácilmente: la capacidad de entender que casi todo podría ser de otra manera.

    Y eso, en un mundo lleno de certezas inamovibles, es una forma de libertad.

    Una libertad que no siempre es cómoda, pero que sí es profundamente lúcida.

    No te garantiza una vida más fácil.

    Pero sí una mirada más amplia.

    Y en muchos casos, eso vale más.

  • Lo sé, soy ochentera, a lo más, noventera. Pertenezco a esa generación que creció viendo un cine español que hoy parece casi imposible de imaginar. Un cine excesivo, incómodo, provocador y, sobre todo, libre. Un cine que no pedía permiso. Un cine que no estaba calculando cada frase por si alguien decidía ofenderse.

    Cuando pienso en ello, inevitablemente me viene a la cabeza Tacones Lejanos, la película que Pedro Almodóvar estrenó en 1991. En ella había melodrama, humor negro, identidades fluidas, relaciones familiares delirantes y personajes que vivían al límite sin pedir disculpas. Todo mezclado con una naturalidad casi insolente.

    No era solo esa película. Era una época.

    El cine de Almodóvar en los ochenta y principios de los noventa tenía algo que hoy resulta extraño: una libertad creativa casi temeraria. Sus personajes podían ser exagerados, contradictorios, incómodos o directamente absurdos. Y, sin embargo, funcionaban porque detrás había una convicción clara: la ficción no estaba obligada a comportarse.

    Hoy cuesta imaginar que una película así se produjera con la misma ligereza. No porque falte talento ni porque falten historias, sino porque el clima cultural ha cambiado. Vivimos en una época en la que todo se analiza, se etiqueta, se juzga y se discute en tiempo real. Las redes sociales han convertido cada obra en un potencial campo de batalla. (+ La estética del cambio: cuando el respeto se queda en la superficie)

    Eso no significa que hoy no exista buena ficción. Significa que la libertad se gestiona de otra manera. Más cautela, más filtros, más prevención.

    Por eso a veces pienso que lo que realmente tenemos lejos no son los tacones. Son los cojones.

    Los cojones creativos, quiero decir. Esa mezcla de audacia y despreocupación que permitía contar historias sin pasar previamente por una auditoría moral colectiva.

    No es nostalgia. Es una constatación.

    La ficción siempre ha necesitado una cierta dosis de irreverencia. Sin ella, los personajes se vuelven previsibles, las tramas demasiado correctas y el conflicto pierde filo. Y sin conflicto, una historia simplemente no respira.

    Quizá por eso, cuando escribo, intento recuperar algo de ese espíritu. No el estilo de aquella época —cada generación tiene el suyo—, sino la actitud. La idea de que una novela debe poder explorar zonas incómodas sin pedir disculpas antes de empezar.

    En mis novelas Clamworld y Candice, por ejemplo, el deseo entre mujeres no aparece como una rareza que necesite justificarse constantemente. Tampoco se presenta como un territorio idealizado. Es simplemente parte del universo narrativo y de la complejidad de los personajes.

    Eso permite algo muy simple y, al mismo tiempo, muy raro: contar historias donde las mujeres no están pendientes de la mirada masculina ni de cumplir expectativas externas. Personajes que se equivocan, que desean, que manipulan, que aman o que se contradicen sin que nadie tenga que explicar cada decisión.

    Al final, escribir también consiste en eso: crear espacios de libertad.

    Porque cuando la ficción se vuelve demasiado prudente, pierde su capacidad de explorar lo que todavía no sabemos cómo nombrar. Y la literatura —como el cine— siempre ha sido un laboratorio para esas zonas ambiguas.
    Tal vez el problema no sea que hoy tengamos menos libertad. Tal vez el problema es que ahora somos mucho más conscientes de sus costes.

    Aun así, cada vez que vuelvo a ver Tacones lejanos, no puedo evitar pensar que algo de aquella insolencia creativa se ha ido quedando por el camino.

    Los tacones siguen ahí.

    Los cojones, en cambio, parecen haberse vuelto bastante más lejanos.

  • Cada 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, una fecha que hoy parece formar parte natural del calendario global. Sin embargo, su origen no está en una celebración simbólica, sino en décadas de luchas sociales, laborales y políticas impulsadas por mujeres que exigían derechos básicos: voto, condiciones laborales dignas y reconocimiento como ciudadanas.

    Recordarlo importa, porque el significado del 8M no siempre ha sido el mismo, y todavía hoy genera debates.

    • Un origen ligado a las luchas obreras

    El Día Internacional de la Mujer nació en el contexto de los movimientos obreros de principios del siglo XX. En aquella época, muchas mujeres trabajaban en fábricas textiles y de confección bajo condiciones extremadamente duras: jornadas largas, salarios bajos y escasa protección laboral.

    En 1910, durante la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague, la activista alemana Clara Zetkin propuso crear una jornada anual dedicada a reivindicar los derechos de las mujeres, especialmente el sufragio femenino. La idea fue aprobada por delegadas de distintos países.

    Un año después, en 1911, millones de mujeres participaron en manifestaciones en varios países europeos reclamando derechos políticos y laborales.

    La fecha del 8 de marzo quedó fijada después de las protestas de mujeres trabajadoras en Petrogrado en 1917, que pedían “pan y paz” en medio de la Primera Guerra Mundial. Aquella huelga fue uno de los detonantes de la Revolución rusa.

    Con el tiempo, el día se consolidó como una jornada de movilización internacional. En 1975, la Organización de las Naciones Unidas comenzó a celebrarlo oficialmente.

    • Las controversias del 8M

    A pesar de su historia reivindicativa, el Día Internacional de la Mujer no está libre de tensiones.

    Una de las críticas más habituales es la comercialización de la fecha. En muchos lugares, la jornada se ha transformado en campañas publicitarias, flores o mensajes corporativos que diluyen su origen político.

    También existen debates dentro del propio feminismo. Diferentes corrientes discuten qué temas deberían ocupar el centro del movimiento, cómo se interpretan conceptos como igualdad o emancipación y qué realidades femeninas reciben mayor visibilidad. (+ Hombreriegas vs putas)

    Estas tensiones no son nuevas. Desde sus inicios, el feminismo ha sido un espacio de debate constante.

    • La invisibilidad histórica de las escritoras lesbianas

    Dentro de esa historia, las escritoras lesbianas han ocupado durante mucho tiempo una posición especialmente frágil. Muchas autoras que escribían sobre deseo entre mujeres tuvieron que recurrir a pseudónimos, publicar en circuitos marginales o suavizar sus historias para evitar censura social o editorial.

    Durante décadas, gran parte de la literatura lésbica estuvo marcada por finales trágicos o por la necesidad de justificar la relación entre mujeres ante una mirada heterosexual dominante.

    Por eso, el 8 de marzo también invita a reflexionar sobre quién ha podido contar historias y en qué condiciones.

    • Escribir desde otra mirada

    Hoy el panorama es distinto en algunos aspectos. Existen más espacios para publicar, más lectoras interesadas en narrativa sáfica y más libertad para construir personajes que no giren alrededor de la validación masculina.

    Aun así, escribir desde una perspectiva lesbiana sigue implicando tomar decisiones conscientes sobre representación, conflicto y autenticidad.

    En novelas como Clamworld o Candice, por ejemplo, el deseo entre mujeres no aparece como una anomalía que necesite explicarse constantemente. Forma parte de la estructura del mundo narrativo o del desarrollo psicológico de los personajes. Ese cambio, aparentemente simple, modifica la forma en que se construyen las historias.

    La literatura no transforma el mundo por sí sola, pero sí contribuye a ampliar el imaginario colectivo.

    • Un día para recordar de dónde vienen ciertas libertades

    El Día Internacional de la Mujer no es solo una fecha para celebrar avances. También es un recordatorio de que muchos derechos que hoy parecen normales nacieron de conflictos sociales largos y difíciles.

    Las mujeres que marcharon hace más de un siglo reclamaban condiciones laborales dignas y derechos políticos básicos. Hoy las reivindicaciones pueden ser distintas, pero la pregunta de fondo sigue siendo similar: quién tiene voz, quién define las normas y quién puede contar su propia historia.

    Para muchas escritoras —incluidas las lesbianas— esa pregunta continúa siendo central.

  • Hay una trampa sutil que muchas lesbianas aprendemos pronto: adaptarnos. Adaptarnos para no incomodar. Adaptarnos para no parecer radicales. Adaptarnos para no perder afectos, espacios o validación. Pero crecer también implica decidir qué aceptas… y qué no.

    Aceptar tu orientación no es solo desear mujeres. Es asumir que tu vida no va a seguir el guion mayoritario. Y eso exige carácter.

    Una lesbiana debería aceptar que no gustará a todo el mundo. Que habrá quien la fetichice, quien la invisibilice y quien la tolere solo mientras no incomode demasiado. Debería aceptar que su identidad no es pedagógica: no está obligada a educar a cada persona que la cuestione. Debería aceptar que su deseo no necesita traducción masculina para ser legítimo.

    Pero hay cosas que no debería aceptar jamás.

    No debería aceptar relaciones en las que su orientación sea relativizada. Tampoco dinámicas donde se le pida discreción para no “complicar” entornos familiares o laborales. No debería aceptar ser la experiencia exótica de nadie ni la fase de exploración de quien no está dispuesta a sostener las consecuencias. (+ El tabú del maltrato entre mujeres)

    Aceptar quién eres no significa aceptar cualquier trato.

    En Clamworld, el deseo entre mujeres es norma estructural. No hay mirada masculina que lo valide ni que lo condene. Sin embargo, incluso en un entorno exclusivamente femenino, surgen otras formas de control: presión social, dogmas internos, expectativas colectivas. La lección es clara: aunque desaparezca la opresión externa, siempre existe el riesgo de crear nuevas normas que asfixien la individualidad.

    Por eso una lesbiana tampoco debería aceptar los nuevos moldes que se disfrazan de libertad. No debería aceptar que le digan cómo debe vivir su feminidad, su masculinidad o su forma de amar dentro del propio colectivo. No debería aceptar que la diversidad interna se reduzca a una estética dominante.

    Tampoco debería aceptar relaciones que la disminuyan. Amar a otra mujer no convierte automáticamente una relación en sana. La dependencia emocional, la humillación encubierta o el chantaje afectivo no se vuelven aceptables por el simple hecho de ocurrir entre mujeres. La orientación no inmuniza frente a dinámicas tóxicas.

    Lo que sí debería aceptar es la complejidad. Aceptar que el deseo puede ser intenso y contradictorio. Que el orgullo no excluye la vulnerabilidad. Que la identidad no es una pancarta estática, sino un proceso en movimiento.

    Aceptar también que el camino propio puede implicar soledad temporal. Y que esa soledad no es fracaso, sino espacio de construcción.

    Hay una diferencia fundamental entre adaptación y renuncia. Adaptarse puede ser estratégico. Renunciar a lo que te define es erosivo. Muchas mujeres aprenden a soportar microdesprecios, silencios incómodos o medias verdades por miedo a perder pertenencia. Pero pertenecer a costa de diluirse no es pertenecer: es desaparecer lentamente.

    Ser lesbiana no es solo una orientación sexual. Es una posición vital frente al deseo, frente al amor y frente a la propia coherencia. Implica elegir conscientemente qué estándares aceptas en tu vida y cuáles no.

    Aceptar que el mundo no siempre será cómodo.

    No aceptar nunca que te hagan más pequeña para encajar en él.

    Esa diferencia cambia todo.

  • Si alguien me preguntara cuál es el secreto para consolidarse como escritora lesbiana independiente, la respuesta no sería romántica. No hablaría de talento innato ni de golpes de fortuna. El secreto es bastante menos inspirador y mucho más exigente: trabajo, trabajo y más trabajo. (+ Nadie dijo que escribir fuera fácil)

    En un mercado literario saturado, donde la literatura LGTBI convive con grandes sellos y con una autopublicación masiva, diferenciarse no depende de la urgencia por publicar, sino de la claridad. Claridad sobre la propia voz. Claridad sobre el tipo de historias que se quieren contar. Claridad sobre lo que no se está dispuesta a negociar.

    Escribir desde una mirada lesbiana implica algo más que incluir personajes sáficos. Implica situar a las mujeres en el centro del relato sin convertir su identidad en accesorio ni en cuota. Implica asumir conflictos reales, contradicciones emocionales y tensiones que no siempre resultan cómodas.

    En Clamworld, la construcción del universo narrativo responde a una lógica interna firme. No se trata de una ambientación superficial, sino de un sistema con reglas propias que sostienen la historia. Ese tipo de arquitectura no surge de la improvisación: requiere planificación, coherencia y revisión constante.

    En Candice, el foco se desplaza hacia la complejidad psicológica y las dinámicas relacionales. Las historias entre mujeres no son necesariamente dulces ni armónicas. También están atravesadas por ambivalencias, inseguridades y luchas de poder. Escribirlas con honestidad exige profundidad y rigor.

    El éxito independiente no consiste en publicar con rapidez ni en perseguir tendencias pasajeras. Consiste en construir una trayectoria reconocible. En trabajar cada manuscrito más allá del primer borrador. En corregir sin complacencia. En asumir que el texto mejora cuando se cuestiona.

    La disciplina es la parte menos visible del proceso. No genera titulares ni aplausos inmediatos. Sin embargo, es el verdadero cimiento. Sin disciplina, no hay evolución estilística. Sin constancia, no hay comunidad lectora que permanezca. Sin exigencia propia, no hay identidad literaria sólida.

    Además, escribir literatura lésbica hoy implica una responsabilidad adicional: ampliar el imaginario. Durante mucho tiempo, las narrativas sáficas estuvieron asociadas casi exclusivamente al drama o a la marginalidad. Ampliar ese marco no significa idealizar, sino narrar con amplitud de registros: deseo, ambición, conflicto, poder, vulnerabilidad.

    La independencia editorial obliga a asumir todas las dimensiones del proyecto creativo. No hay intermediarios que filtren decisiones ni estructuras que sostengan errores. Esa exposición exige profesionalidad. La libertad creativa solo funciona cuando va acompañada de rigor.

    Muchas personas desean el resultado visible: el libro publicado, el reconocimiento, la etiqueta de “éxito”. Pero el trabajo real sucede antes. En las horas frente al texto. En las dudas. En las reescrituras. En la elección precisa de cada palabra.

    No hay atajos duraderos en la escritura. Puede haber momentos de visibilidad rápida, pero la consolidación requiere tiempo. Requiere coherencia temática. Requiere identidad. Requiere una ética de trabajo que no dependa del entusiasmo puntual.

    El éxito, si llega, es una consecuencia.

    El oficio es la causa.

    Y el oficio, cuando se ejerce con constancia, termina construyendo algo más sólido que cualquier golpe de suerte: una voz propia.

  • No siempre vivimos en la realidad tal como es. A menudo, habitamos versiones modificadas, tamizadas, recortadas o exageradas de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y, aunque tendemos a culpar a los medios, a las redes o a los algoritmos, lo cierto es que muchas veces somos nosotras mismas quienes distorsionamos la experiencia. A veces por protección. A veces por hábito. Otras, por pura supervivencia emocional.

    La mente humana tiene una capacidad asombrosa para reinterpretar lo que ve. Estudios en psicología cognitiva muestran que recordamos los hechos no tal como ocurrieron, sino como creímos que ocurrieron. La memoria es moldeable, inestable. Y lo mismo sucede con la percepción del presente: lo que sentimos, pensamos o tememos actúa como un filtro que da forma a lo que creemos real. (+ ¿Explorar el espacio sin conocer el mar?)

    ¿Cuántas veces hemos escuchado solo lo que queríamos o temíamos oír? ¿Cuántas veces nos hemos convencido de que alguien nos desprecia, cuando simplemente estaba absorto en sus propios pensamientos? ¿O hemos creído que no éramos suficientes porque un espejo mal calibrado —externo o interno— nos mostró una imagen distorsionada?

    Vivimos también en realidades construidas por el deseo. Idealizamos relaciones, lugares, trabajos. Aceptamos situaciones dolorosas porque hemos creado una narrativa en la que todo tiene sentido o va a mejorar. En lugar de aceptar lo que es, nos quedamos en lo que queremos que sea. Y eso, aunque momentáneamente nos proteja, puede dejarnos atrapadas en dinámicas que nos restan libertad.

    Por otro lado, también distorsionamos por necesidad de encajar. Nos ajustamos a moldes sociales, a ideas impuestas de éxito, de belleza, de amor. Adoptamos creencias que no nos pertenecen, solo porque nos han repetido que son “lo normal”. Así, muchas veces no vivimos nuestra vida, sino una versión filtrada por la mirada ajena.

    La buena noticia es que podemos desandar ese camino. Detectar cuándo no estamos viendo con claridad es el primer paso para recuperar una visión más auténtica. Preguntarnos: “¿Esto que creo es verdad o solo es una interpretación?” puede abrir grietas de lucidez. Escuchar otras voces, leer otros relatos, explorar otras formas de estar en el mundo también ayuda.

    Quizás nunca accedamos a la realidad pura. Pero podemos intentar mirarla con menos miedo y más honestidad. Porque cuanto más nos acerquemos a lo real, más posibilidades tendremos de transformarlo.