
Hay palabras que hieren más que un puñetazo. Palabras con filo, con trayectoria y con un destino claro: tu autoestima. Entre ellas, el “usted” se alza como francotirador discreto, camuflado en una falsa cortesía, listo para disparar justo cuando te sentías más joven, fresca y lozana.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que el “usted” tenía algo de nobleza. Se usaba para marcar distancias respetuosas, para tratar con deferencia a quien tenía poder, sabiduría o años acumulados. Era una especie de bastón verbal, una genuflexión fonética. Pero los tiempos han cambiado, y con ellos, el valor simbólico del “usted”. Lo que antes era reverencia, hoy puede ser un juicio sumario. Y lo peor: uno silencioso, disfrazado de buenas maneras.
Imagínatelo: entras en una tienda, tan tranquila, convencida de que ese suéter crop top te favorece horrores. Te miras en el espejo con luz favorable, y justo cuando estás a punto de pagar, la dependienta —menor de 25, no más— suelta un “¿Va a querer bolsa, señora?” seguido de un “Aquí tiene su recibo, usted puede cambiarlo en quince días”. Ametrallada. En menos de dos frases, te han añadido una década y medio litro de colágeno perdido.
Peor aún es cuando la traición ocurre en plena conversación. Has intercambiado unas palabras distendidas con alguien que te hablaba de tú. Todo fluye, parece una interacción horizontal, una zona segura, hasta que de pronto, sin aviso, llega el “usted”. Como si hubiera necesitado un poco más de tiempo para calibrarte, para decidir si podías pertenecer al club de las jóvenes. Y cuando dictamina que no, zas: cambia el registro con violencia quirúrgica. Eso no es un cambio de tratamiento, es un veredicto. Un exilio lingüístico.
Porque el “usted”, cuando no es necesario, no es educación: es sentencia. Es como si alguien te hiciera zoom en las patas de gallo mientras te ofrece una galleta digestiva. Es un gesto agresivo envuelto en celofán de urbanidad.
El “usted” como arma no lo dispara cualquiera. Se necesita cierta malicia soterrada, una puntería entrenada. Es el saludo de quienes disfrutan ubicándote en el lugar que ellos creen que ocupas. Hay algo sádico en quienes lo lanzan con voz suave y sonrisa de catálogo: no buscan respetarte, sino recordarte que el reloj corre, que hay cosas que ya no son “para ti”, que tu momento fue ayer. (+ Cuando la mayor es ella: ¿por qué escandaliza tanto?
Y ojo, no se trata de abolir el “usted” como forma de cortesía real. Hay contextos en los que sigue teniendo sentido: en cartas formales, en entornos laborales jerárquicos, con personas que explícitamente lo prefieren. Pero en la vida cotidiana, en el trato horizontal, muchas veces es una bomba de relojería social. No se dice “usted” para agradar: se dice para marcar distancia, para etiquetar, y, sobre todo, para subrayar una edad —o una percepción de ella— que a menudo ni siquiera corresponde con la realidad.
En una sociedad que valora la horizontalidad, la cercanía y la naturalidad, el “usted” puede convertirse en un fósil agresivo. Una forma de dejar claro que alguien ya no está en la flor de la vida, sino más cerca del compost.
Así que la próxima vez que oigas un “usted” que no pediste, que no te representa, que llega cargado de condescendencia o envejecimiento anticipado, no te encorves, no sonrías por educación. Mide el terreno, levanta la mirada y estate lista para contraatacar, porque en esta guerra semántica, la cortesía mal entendida también hiere. Y a veces, la mejor forma de defensa es recordar que tú decides desde cuándo y hasta cuándo te llamas “señora”.
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