Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Una mujer de 65 años y un hombre de 25. No hace falta decir más para que empiecen los cuchicheos, las cejas levantadas, los diagnósticos de «crisis», los juicios rápidos y los comentarios sarcásticos. Y sin embargo, ¿cuántas veces hemos visto —sin escándalo ni sorna— la imagen inversa? Hombres de 60 con mujeres de 30. O de 70 con chicas de 25. Y no solo no se cuestiona: en muchos casos, se aplaude.

El patriarcado ha trabajado durante siglos para convencernos de que el deseo femenino debe tener fecha de caducidad. Que pasada cierta edad, la mujer debe ocupar un espacio de silencio, abnegación o abuelidad entrañable. Mientras tanto, los hombres parecen autorizados a seguir seduciendo, follando o «rehaciendo sus vidas» a cualquier edad. Cuando es él quien rejuvenece al enamorarse de una más joven, se le llama vitalidad. Cuando es ella quien se enamora de alguien menor, se la tacha de patética.

Pero ¿por qué molesta tanto una relación donde la mujer lleva las décadas de más? ¿Por qué tanta gente se empeña en verla como grotesca, interesada, antinatural o enfermiza? La respuesta está en lo profundo de una estructura que liga el valor femenino exclusivamente a la juventud, a la fertilidad, a la belleza normativa. Y que presupone que el deseo de un hombre joven solo puede dirigirse hacia eso. No se contempla que admire su mente, su fuerza, su experiencia, su libertad. Porque el mundo sigue sin entender que una mujer puede ser deseada por lo que es, no por lo que aparenta.

Este tabú es el que rompe Candice, mi novela. En ella, la protagonista —una mujer madura, vital y profundamente lúcida— se enfrenta al prejuicio con una mezcla de ironía, dolor y coraje. Su historia con un chico más joven no se esconde ni se disculpa. Se vive. Sin necesidad de justificación, sin caer en estereotipos de «cougar» ni de manipulación. Vanessa ama y desea, y eso ya es bastante transgresor para algunos.

Porque lo que está en juego no es solo una diferencia de edad. Es una diferencia de poder simbólico. En el imaginario social, la mujer mayor no puede tener la autoridad del erotismo. No puede tomar la iniciativa. No puede seducir sin ser ridícula. Y eso es exactamente lo que necesita cambiar. (+ El «usted» como arma arrojadiza)

Aceptar que una mujer mayor puede enamorar, ser amada y tener una vida sexual activa con quien desee —sea hombre, mujer o persona no binaria, tenga la edad que tenga— es empezar a desmontar siglos de castración emocional.

Y tal vez por eso Candice incomoda. Porque no pide permiso. Porque no se esconde. Porque deja claro que el deseo no tiene edad ni género, y que el amor verdadero —cuando llega— no se mide en años, sino en intensidad. Y eso, para muchos, sigue siendo imperdonable.

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2 respuestas a “Cuando la mayor es ella: ¿por qué escandaliza tanto?”

  1. Avatar de Claudia
    Claudia

    Totalmente cierto, aunque la sociedad siempre se resiste a ver y/o aceptar una relación como Candice de una manera tan simple como dos personas que se atraen. Mis relaciones más importantes han sido menores que yo pero no he dejado que influyera nadie en ellas.

    1. Avatar de Úrsula J Gilgati

      Gracias por tu comentario, Claudia. Tienes toda la razón: Candice representa no solo una historia de amor entre una mujer mayor y un hombre joven, sino también una poderosa reivindicación de la libertad afectiva y de los derechos del colectivo LGTBIQ+.

      Todavía vivimos en una sociedad profundamente atravesada por el edadismo, el machismo y la homofobia disfrazada de “preocupación moral”. Relaciones como la de Candice siguen siendo vistas con recelo, mientras que sus equivalentes masculinos —hombres mayores con mujeres jóvenes— apenas se cuestionan. Sin embargo, como bien señalas, hay algo profundamente revolucionario en seguir adelante sin pedir permiso, sin ceder al juicio externo.

      Creo firmemente que la verdadera revolución no siempre se da en las grandes pancartas, sino en los gestos cotidianos: amar a quien se ama, vivir sin miedo, no justificar el deseo, y como tú dices, no dejar que nadie se inmiscuya en nuestras decisiones afectivas.

      En Candice, quise retratar precisamente eso: a una mujer libre que, como muchas de nosotras, se pone el mundo por montera y construye su felicidad al margen del qué dirán. Cada lectora que se reconoce en ese gesto me recuerda que no estamos solas, que vamos juntas —aunque a veces el camino parezca cuesta arriba.

      Gracias por compartir tu experiencia. En cada historia como la tuya, hay un hilo más en esta red de resistencia y empoderamiento que estamos tejiendo entre todxs.

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