
Puede parecer paradójico, pero el rechazo, lejos de desanimarnos, a menudo intensifica nuestro deseo. Nos sentimos más atraídas por quien no nos corresponde, más obsesionadas con quien se muestra esquivo. Esta respuesta emocional tiene raíces profundas en nuestra psicología y fisiología, y ha sido objeto de estudio en distintas disciplinas, desde la neurociencia hasta la teoría del apego. (+ Lo que un nuevo amor le hace a tu cerebro)
Una de las explicaciones más sólidas proviene de cómo responde el cerebro ante la incertidumbre y la recompensa. Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers, ha demostrado que las áreas del cerebro relacionadas con la recompensa (como el núcleo accumbens o el área tegmental ventral) se activan intensamente ante la experiencia del amor no correspondido. Esto se debe a que el rechazo funciona como una forma de “recompensa intermitente”: no sabemos si esa persona nos querrá algún día, si nos responderá, si cambiará de opinión. Y esa duda es tremendamente poderosa.
Este mecanismo es el mismo que se activa en las adicciones. En un famoso estudio de 2005, Fisher escaneó los cerebros de personas recientemente rechazadas y encontró que el mismo circuito que se activa con la cocaína también se activa con el amor frustrado. No estamos simplemente “tristes” por el rechazo: estamos químicamente enganchadas a él.
Desde el punto de vista evolutivo, esto también tiene sentido. En contextos ancestrales, competir por una pareja inaccesible podía indicar valor, fuerza o estatus. La dificultad aumentaba el interés, un fenómeno conocido como efecto romeo y julieta: la oposición refuerza la atracción.
La teoría del apego también arroja luz. Las personas con apego ansioso —más propensas a buscar aprobación externa y temer el abandono— son más vulnerables a sentirse atraídas por quienes no les corresponden. El rechazo reactiva heridas antiguas, y en vez de alejarnos, nos impulsa a intentar “ganarnos” el amor ausente como una forma de reparar el daño interno. (+ La mala educación)
Además, la cultura popular alimenta este patrón. Historias románticas, canciones, películas… glorifican el amor imposible, el amor que duele, el que hay que “luchar por conseguir”. Esto normaliza la idea de que el desinterés ajeno es un reto, no una señal de incompatibilidad.
Sin embargo, esta atracción por el rechazo puede ser perjudicial. Nos engancha a relaciones tóxicas, alimenta la baja autoestima y perpetúa ciclos de dependencia emocional. La solución no es dejar de sentir, sino entender el mecanismo para desmontarlo. Reconocer que el deseo no siempre es sinónimo de compatibilidad, y que ser correspondida no debe ser una excepción, sino una norma.
En resumen, el rechazo activa zonas cerebrales ligadas al deseo, la recompensa y la incertidumbre. No es magia: es biología, historia personal y cultura. Pero una vez comprendido, podemos empezar a elegir desde el amor propio y no desde la adicción al “quizás”.
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