
En el vasto y resbaladizo terreno del lenguaje, las palabras no solo nombran: construyen realidad. Y en esa realidad, muchas veces, el diccionario no refleja la vida, sino los prejuicios. Uno de los más descarados es este: no existe la palabra hombreriega. Si una mujer mantiene relaciones sexuales con varios hombres, la lengua no se esfuerza en encontrarle un término neutro, elegante o incluso admirativo. En cambio, para los hombres que hacen lo mismo, tenemos un repertorio generoso, encabezado por mujeriego, cargado de connotaciones simpáticas, de latin lover y de picardía consentida. (+ Feminidad tóxica)
Una mujer que disfruta de su sexualidad, que se permite el deseo sin culpa ni justificación, sigue siendo juzgada con una saña milenaria. Se la llama puta, zorra, guarra o fácil. Términos todos con un trasfondo de desprecio, de cosificación, de castigo moral. Pero no tenemos el equivalente masculino de forma natural en la lengua. ¿Por qué? Porque en la lógica patriarcal, el deseo masculino se celebra y el femenino se penaliza.
La palabra mujeriego se desliza con soltura en conversaciones de bar, canciones, novelas e incluso artículos académicos. Es casi un halago disfrazado de crítica. «Sí, es un mujeriego, no se le puede atar.» Lo decimos como si habláramos de un gato callejero encantador. Pero cuando una mujer actúa con la misma libertad, la gramática se nos vuelve tribunal. Hombreriega no existe porque no se concibe que una mujer pueda disfrutar sin pagar un precio social por ello.
Imaginemos por un momento que aceptamos hombreriega como neologismo. Sería una forma de devolverle al lenguaje algo de la justicia que la cultura le ha negado. Ser hombreriega no debería implicar una moral relajada, una falta de autoestima ni una búsqueda desesperada de afecto. Debería significar simplemente lo que es: una mujer que desea, elige y se acuesta con quien le da la gana. (+ El empoderamiento empieza en el coño)
Pero el problema no es solo léxico. Es profundamente cultural. El insulto sexual hacia las mujeres es uno de los últimos bastiones del patriarcado lingüístico. Y es eficaz: muchas mujeres aún reprimen su deseo por miedo al qué dirán, por temor a ser etiquetadas, por evitar la incomodidad de explicar que no están buscando amor, ni cariño, ni compromiso. Solo placer.
Las palabras tienen historia. Tienen sesgo. Y tienen consecuencias. Por eso es urgente cuestionarlas, desobedecerlas, reinventarlas. Llamar hombreriega a quien lo sea con orgullo, y empezar a mirar con la misma comprensión —o indiferencia— a las mujeres libres que a los hombres libres. Solo entonces podremos decir que el lenguaje avanza hacia la igualdad.
Porque el día que hombreriega aparezca en el diccionario, sin comillas ni juicio, quizá sea el mismo día en que la libertad sexual deje de tener género. Y ese, amigas, será un día para celebrar.
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