Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Hay una corriente dentro del lesbianismo más radical que convierte el rechazo hacia los hombres en un reflejo casi automático. No siempre nace de una reflexión profunda ni de una lectura crítica del patriarcado: a veces surge como un mecanismo aprendido, un gesto defensivo heredado de experiencias colectivas de opresión… pero también de inercias culturales dentro de ciertos espacios. Y cuando ese automatismo aparece, puede resultar tan injusto como aquello que pretende combatir.

El otro día, una amiga me contó algo que lo ilustra a la perfección. En su club de lectura lésbico, una de las participantes soltó un comentario tajante: “Los hombres siempre fallan. Son un problema, no una solución.” Fue casi un eslogan. Mi amiga, lejos de entrar al trapo, respiró hondo y respondió con calma: “Habrá de todo. Yo conozco hombres buenos.” La sala quedó en silencio. No por escándalo, sino por sorpresa. Nadie esperaba que alguien cuestionara ese instinto de simplificación.

Ese tipo de reacción refleja algo que ocurre más a menudo de lo que reconocemos: la transformación del malestar en una categoría universal. Y es comprensible. El daño histórico hacia las mujeres es incontestable. El patriarcado ha sido, durante siglos, un sistema de dominación masculina sostenido por leyes, costumbres y violencias. Sin embargo, reconocer esa estructura no implica asumir que todos los hombres participan activamente en ella de la misma forma, ni que todos reproducen los mismos patrones.

La literatura, la filosofía y la psicología feminista han estudiado durante décadas cómo los movimientos oprimidos pueden generar instintos defensivos tan afianzados que se convierten en parte de su identidad política. La lesbofeminista Adrienne Rich hablaba ya en los ochenta de la “sensibilidad hipervigilante” que desarrollan muchas mujeres para protegerse del orden patriarcal. Esa hipervigilancia, útil para detectar peligros, a veces se desliza hacia respuestas automáticas que no siempre distinguen entre estructuras y personas. (+ Brujas: el fuego que no apagaron)

Mi amiga, en aquella reunión, no estaba defendiendo el patriarcado. No estaba invalidando el dolor de nadie. Lo que hizo fue algo mucho más valiente: recordar que la realidad es más compleja que los eslóganes. Y que existen hombres que se han educado fuera de la masculinidad tóxica, que apoyan a las mujeres que aman y a las que no conocen, que cuidan, que escuchan, que desaprenden, que se colocan del lado de la igualdad sin sentirse amenazados. Hombres que, simplemente, merecen no ser arrastrados por la etiqueta del enemigo universal.

Este matiz es especialmente importante si pensamos en Clamworld, ese universo narrativo donde las mujeres gobiernan la sociedad y los hombres viven apartados en reservas. En la novela, las protagonistas deben lidiar con las consecuencias de un sistema que, paradójicamente, reproduce la lógica opresora que algún día las oprimió a ellas. Y uno de los conflictos más interesantes surge precisamente cuando las mujeres descubren que esos hombres recluidos no son lo que les habían dicho. No son monstruos. No son amenazas. Son seres humanos con matices, vulnerabilidades y deseos propios.

Mi historia personal y Clamworld comparten un mensaje: cuando una idea se repite suficientes veces, puede convertirse en una verdad asumida… incluso si no es real. El rechazo automático hacia los hombres nace muchas veces del dolor, pero también de una falta de revisión crítica. Y cuestionarlo no resta compromiso feminista; al contrario, lo fortalece, porque permite distinguir entre la lucha contra un sistema y la deshumanización de personas concretas.

Reconocer que existen “algunos hombres buenos” no es ingenuidad. Es resistencia frente a la simplificación. Es apostar por una visión del mundo más justa, más exacta y más humana. Y quizá, como demostró mi amiga en su club de lectura, a veces basta una sola voz calmada para desmontar un automatismo instalado en años de discurso.

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2 respuestas a “Algunos hombres buenos”

  1. Avatar de nescriche
    nescriche

    que buen artículo! Me ha encantado! Solo puedo darte la razón! Yo también conozco hombre muy buenos y absolutamente maravillosos…. Mi mejor amigo es uno de ellos…

  2. Avatar de Úrsula J Gilgati

    Gracias por tu respuesta y feliz año. Es evidente que hay muchos hombres buenos, amiga, y algunos que comprenden el feminismo igual o mejor que muchas de nosotras, aunque nos pese. No se puede condenar a todo el género masculino por el mismo pecado, por grave que este sea; no sería justo. Hay padres maravillosos, hermanos y amigos, como el tuyo, que reman junto a nosotras para hacer de la sociedad un lugar más justo. Y a esos no hay que culparlos de nada. Un beso.

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