
Cada 23 de abril, Día de Sant Jordi transforma las calles en una celebración casi perfecta: libros, rosas, firmas, colas y una sensación compartida de cultura al alcance de todos. Es, probablemente, una de las imágenes más bonitas del mundo editorial.
Pero también es, conviene decirlo, uno de sus días más desiguales.
Porque detrás de esa fiesta hay cifras. Y las cifras no entienden de romanticismo.
Se estima que Sant Jordi concentra entre un 8% y un 10% de las ventas anuales de libros en Cataluña, con una facturación que puede superar los 20 millones de euros en un solo día. Es un volumen económico enorme, concentrado en apenas unas horas, donde se decide mucho más que qué libro se regala: se decide quién ocupa espacio, quién vende y quién queda fuera.
Y como ocurre en casi todos los mercados culturales, la distribución de ese dinero no es precisamente equitativa.
Una parte muy significativa de esas ventas se concentra en títulos publicados por grandes grupos editoriales como Grupo Planeta o Penguin Random House Grupo Editorial. Son ellos quienes dominan escaparates, mesas centrales y presencia mediática. Sus autores —muchas veces convertidos en productos reconocibles— tienen visibilidad asegurada.
No es casualidad. Es estructura.
Los medios promocionan lo que ya es visible. Las librerías priorizan lo que saben que se venderá. Y el lector, en medio de ese ecosistema, elige entre lo que tiene delante.
El resultado es un circuito bastante cerrado.
Esto no significa que no exista diversidad. Existe. Hay autoras y autores de todo tipo, también dentro del colectivo LGTBIQ+. El problema es otro: esa diversidad no participa en igualdad de condiciones del reparto económico ni del espacio simbólico.
Porque no basta con existir.
Hay que estar.
Y estar, en un día como Sant Jordi, significa algo muy concreto: tener libros distribuidos, acceso a firmas, presencia en medios y visibilidad real en el punto de venta. Todo eso requiere una maquinaria que la mayoría de escritoras independientes simplemente no tiene.
Ahí es donde la diferencia se vuelve evidente.
Muchas autoras LGTBIQ+ independientes trabajan con tiradas pequeñas, editoriales modestas o directamente en autoedición. Su alcance depende en gran medida del boca a boca, de redes sociales y de una comunidad que, aunque fiel, es limitada en comparación con los grandes circuitos comerciales.
No compiten en igualdad de condiciones. Ni siquiera juegan el mismo partido.
Mientras tanto, una parte importante del dinero que se mueve en Sant Jordi acaba en productos literarios diseñados para un consumo masivo, muchas veces vinculados a figuras mediáticas cuya relación con la literatura es, como mínimo, discutible.
No es un problema nuevo, pero en un día como este se hace especialmente visible.
Sant Jordi es una fiesta del libro, sí. Pero no todos los libros tienen la misma oportunidad de ser comprados.
Y eso plantea una pregunta incómoda.
¿Qué estamos celebrando exactamente?
Si la respuesta es la lectura, entonces conviene preguntarse qué tipo de historias estamos sosteniendo con nuestras decisiones de compra. Porque cada libro que se vende no es solo una transacción: es una apuesta por una voz, por una forma de contar, por un tipo de presencia en el mundo cultural.
Elegir un libro no es un gesto neutro.
Tiene consecuencias.
Y en un mercado donde la visibilidad ya está tan concentrada, quizá el verdadero margen de maniobra esté en algo mucho más simple: mirar un poco más allá de la mesa principal.
Buscar.
Descubrir.
Dar espacio a quienes no lo tienen garantizado.
Porque, al final, la diferencia entre estar y no estar en días como Sant Jordi no siempre la marca la calidad.
Muchas veces la marca la visibilidad.
Y esa, a diferencia del talento, sí se puede repartir.
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