Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Mucho antes de que existiera el modo belleza, antes incluso de que las redes sociales nos permitieran reinventarnos en tiempo real, Sara Montiel ya sabía que la imagen era un campo de batalla. En una época en que las cámaras no perdonaban una arruga, ella se inventó su propio filtro: una media de nailon colocada sobre el objetivo. (+ El amargo don de la belleza)

    No era un capricho: era una declaración estética. “Que me saquen guapa o no me saquen”, solía decir. Lo consiguió. Aquella técnica artesanal suavizaba los rasgos y aportaba una luminosidad que hoy lograríamos con una app. Sara había nacido en Campo de Criptana (Ciudad Real) en 1928, pero muy pronto entendió que su destino no era quedarse entre molinos, sino conquistar el mundo con un rostro imposible de olvidar.

    Y lo hizo. Tras debutar en los años cuarenta en el cine español, dio el salto a Hollywood, donde trabajó junto a Gary Cooper en Vera Cruz (1954) y compartió escenas con Burt Lancaster. Fue la primera actriz española en triunfar en la meca del cine, en una época en la que viajar sola, fumar en público o hablar con desparpajo ya era en sí un acto de rebelión.

    Su regreso a España en los años cincuenta la convirtió en leyenda. Con El último cuplé (1957) y La violetera (1958), Sara Montiel se transformó en fenómeno de masas. Vendió millones de discos, llenó teatros y cambió para siempre la forma en que se entendía la sensualidad femenina en nuestro país. Mientras otras artistas aspiraban a ser “señoras”, ella era deseo, independencia y control. Su voz grave, su forma de mirar a cámara, su manera de ocupar el espacio: todo era puro empoderamiento antes de que la palabra existiera.

    Lo de la media en la cámara no fue un simple gesto de coquetería, sino una genialidad de autoproducción visual. Sara sabía que la cámara podía ser cruel, especialmente con las mujeres. Mientras los hombres envejecían “con carácter”, a las mujeres se les exigía eterna juventud. Ella decidió tomar el control. Lo que hoy haría un algoritmo, ella lo hacía con una prenda íntima.

    Pero detrás del mito había una trabajadora incansable. En las décadas de 1960 y 1970, rodó más de 50 películas, grabó más de 30 discos y actuó en todo el mundo. Fue la estrella mejor pagada del cine español. En una época sin redes, sin community managers ni gabinetes de imagen, Sara gestionaba su marca personal con un instinto que ya quisieran muchas influencers.

    Su vida privada, por supuesto, fue material de novela: casada con el director estadounidense Anthony Mann, relacionada con el escritor León Felipe y con el actor James Dean según algunos rumores, y siempre rodeada de un halo de misterio. Cuando le preguntaban por sus romances, respondía con frases tan lapidarias como inteligentes:
    —“De lo mío no hablo. Y de lo vuestro, menos.”

    En sus últimos años, retirada de los escenarios —convertida en una figura icónica para la comunidad gay— mantenía intacto su humor. “Yo no soy una leyenda, soy una superviviente”, dijo en una de sus últimas entrevistas. Y tenía razón. Sara Montiel sobrevivió a su tiempo, a sus críticos y al escrutinio ajeno.

    Hoy, cuando abrimos Instagram y aplicamos un filtro que nos suaviza la piel o nos da brillo en los ojos, estamos repitiendo el gesto de aquella manchega que decidió no rendirse ante la luz cruda del mundo.

    Si Sara hubiera nacido en esta época, no cabe duda: sería trending topic cada semana. Pero también seguiría haciendo lo mismo que entonces —controlar su cámara, su luz y su narrativa— porque Sara no seguía modas, las inventaba.

    Y sí, puede que todo empezara con una media. Pero lo que de verdad difuminaba no eran las arrugas, sino los límites entre la realidad y el mito.

  • La pregunta incomoda, pero vamos a lo obvio: aunque comas cada día en un tres estrellas Michelin, con los años acabarás deseando un bocadillo de calamares. No porque el chef haya perdido el toque, sino porque tu cerebro está diseñado para buscar lo nuevo. La monogamia no es un mandato biológico; es un acuerdo social, práctico y, a veces, asfixiante. (+ Infidelidad: ¿El asesino mata siempre de la misma forma?)

    Según la antropóloga Helen Fisher, solo el 3 % de los mamíferos practican la monogamia “real”. Y sí, nosotras, criaturas humanas, estamos entre el 97 % que biológicamente coquetea con la variedad. El neurobiólogo David Barash añade que el deseo por múltiples parejas no es un defecto moral, sino una predisposición evolutiva: favorecer la diversidad genética. Mientras tanto, intentamos mantener relaciones exclusivas firmadas ante notario… y reforzadas con contraseñas compartidas en Netflix.

    En el reino animal, hasta las especies consideradas “fieles” hacen trampas. El célebre primatólogo Frans de Waal observó en bonobos —nuestros primos genéticos más cercanos— que resuelven tensiones con sexo, sin preguntar nombres ni pedir exclusividad. Incluso los pingüinos, símbolos del amor eterno, registran tasas de infidelidad genética del 10 al 20 % según estudios publicados en Proceedings of the Royal Society.

    ¿Y el ser humano? Pues combina anillos de compromiso con búsquedas en Google tipo “cómo saber si mi pareja me engaña”. El informe Kinsey Institute (2023) señala que el 25-30 % de las personas en relaciones largas reconocen haber sido infieles al menos una vez. Si la monogamia fuera tan natural, no necesitaríamos terapeutas, detectives o aplicaciones para controlar la última conexión de WhatsApp.

    Lo llamativo es que, aun sabiendo esto, insistimos en el guion de “para siempre y solo contigo”. Y cuando el deseo se desvía —porque se desvía— medicalizamos la culpa o llamamos “crisis” a lo que es simplemente biología bostezando de aburrimiento. La psicóloga Esther Perel, experta en deseo y relaciones, lo resume así: “Pedimos a una sola persona que nos dé lo que antes nos daba una tribu entera: amor, seguridad, emoción, novedad, estabilidad… y wifi compartido”.

    Históricamente, la monogamia tampoco ha sido tan romántica. En Grecia y Roma, los matrimonios eran contratos sociales; el amor era un lujo que se vivía fuera del hogar con amantes variopintos, esclavos o poetas trágicos. El concepto de “amor único y exclusivo hasta la muerte” es bastante reciente, apenas del siglo XVIII, con el romanticismo alemán y novelas que terminaron con medio continente suspirando… y frustrado.

    Pero ojo: cuestionar la monogamia no significa defender orgías comunitarias ni destruir bodas con bengalas. Significa reconocer que exigir exclusividad emocional, sexual y mental a perpetuidad puede ser más artificial que perverso. La naturaleza no castiga la diversidad; lo hace la culpa cultural.

    Incluso la ciencia moderna empieza a dejar de lado el mito. Estudios de neuroimagen del University College London muestran que el enamoramiento activa zonas cerebrales parecidas al consumo de cocaína: euforia, obsesión, pérdida de juicio crítico. Pero ese efecto dura de uno a tres años. Después, la dopamina baja y entra la oxitocina: amor tranquilo, sí; orgasmo existencial, no.

    Entonces, ¿es la monogamia una perversión? No exactamente. Es una construcción útil: protege patrimonios, organiza herencias y evita dramas logísticos. Pero, por otra parte, llamar “perversión” a lo que es natural —el deseo por otrxs— es como reñir al mar por tener olas.

    Quizá la pregunta real no sea si la monogamia es perversa, sino si seguimos practicándola porque la queremos… o porque nos dijeron que era la única opción respetable. Porque, aceptémoslo: puedes amar profundamente a alguien y, aun así, que tu cerebro piense, de vez en cuando, en ese delicioso bocadillo de calamares.

  • Nunca he entendido el edadismo. Quiero decir, hay muchas cosas que el ser humano hace sin pensar, pero pocas tan suicidas como despreciar a los mayores. Es como reírse de tu yo futuro, solo que con menos inteligencia y más soberbia. Y lo peor es que lo hacemos todos: el joven que interrumpe al abuelo porque “no se entera”, la mujer de cuarenta que se queja de “parecer mayor”, el empresario que no contrata a nadie de más de cincuenta. Es un suicidio demográfico en cámara lenta.

    Vivimos en una sociedad que venera la juventud con una devoción casi religiosa. Las cremas antiarrugas son más caras que los sueldos base y los filtros de Instagram funcionan mejor que cualquier terapia. Pero detrás del marketing y las frases inspiracionales, se esconde una verdad incómoda: tememos envejecer porque odiamos a los viejos. Y como no podemos evitar convertirnos en uno de ellos (a no ser que en nuestro DNI ponga Benjamin Button), preferimos fingir que el envejecimiento es una enfermedad que se puede curar con colágeno, bótox y autoengaño. (+ La nueva cara de Jorge Javier Vázquez)

    El edadismo no solo es una estupidez moral: es un problema real y cuantificable. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. La ONU estima que más del 60 % de los trabajadores mayores de 45 años ha sufrido alguna forma de discriminación laboral relacionada con la edad. Y, sin embargo, vivimos más años que nunca. La ironía es sublime: rechazamos justo a la franja de población que más está creciendo.

    La crueldad del edadismo no se limita al mercado laboral. Está en la condescendencia con que se trata a los mayores, como si fueran niños grandes. Esa costumbre de hablarles despacio, de decidir por ellos, de explicarles el menú como si fuera un jeroglífico. No hay nada más humillante que la infantilización de quien ya lo ha vivido todo. Se les roba la autonomía, la voz y, al final, la dignidad.

    En España, los abusos hacia mayores —físicos, psicológicos o económicos— afectan al 15 % de ellos, según datos del IMSERSO. Y eso sin contar el maltrato invisible: el del aislamiento, el de no recibir una llamada, el de sentirse un estorbo. El abandono emocional, que no deja moratones pero duele igual o más.

    A veces pienso que el edadismo es solo una forma sofisticada de miedo. Miedo a mirarse en el espejo y ver lo que todos seremos. Nos aterra la decadencia, la lentitud, la arruga, el temblor, porque vivimos en una cultura que asocia el valor a la productividad. Y cuando dejas de “servir”, te conviertes en una molestia. Pero lo curioso es que sin esos “molestos” no habría carreteras, hospitales, ni derechos laborales.

    Me pregunto si Benjamin Button, envejeciendo al revés, se habría librado de esta estupidez. Probablemente no. En algún punto de su ciclo vital, habría sido demasiado joven para que lo tomaran en serio o demasiado viejo para que lo contrataran. El problema no está en la edad, sino en la forma en que la sociedad mide el valor de las personas.

    El edadismo, además de cruel, es torpe. Porque todos, absolutamente todos, caminamos hacia ese mismo destino. Nadie se libra. Burlarse de los mayores es como escupir hacia arriba: el tiempo, con su puntualidad británica, se encargará de devolvértelo.

    Quizá la única forma de combatir esta idiotez sea recordar que cada arruga cuenta una historia y cada cana es una medalla. Porque al final, si tenemos suerte, también llegaremos ahí. Y entonces entenderemos —tarde, como siempre— que reírse del viejo era, en realidad, reírse de uno mismo.

  • A finales de 1975, cuando el país aún olía a miedo y a Varon Dandy, se abrió en la plaza de Cardona, en el corazón de Sant Gervasi en Barcelona, un local que cambiaría para siempre la vida de muchas mujeres: el Daniel’s. No era un bar cualquiera. Era un refugio. Un lugar donde sentirse segura, en el que, por primera vez, podías mirarla —a ella— sin disimulo. Donde se podía bailar sin miedo a ser vista por quien no debía. Aunque, paradójicamente, solo unas pocas podían cruzar esa puerta.

    Esa puerta con ventanita se convirtió en leyenda. Quienes la recuerdan aún pueden describir el sonido del timbre, la mirada inquisitiva desde dentro, el gesto rápido de abrir o no abrir. El Daniel’s funcionaba bajo la figura de asociación privada, una argucia legal que permitía a su fundadora, María del Carmen Tobar —“Daniela” para todas—, controlar quién entraba y quién no. Si no te conocían o no venías acompañada por alguien de confianza, lo más probable es que la ventanita se cerrara con un suave clic. No por desdén, sino por miedo. (+ El ocio también es patriarcal)

    Dentro, el tiempo parecía funcionar de otra manera. Las luces eran bajas, las mesas pequeñas y el aire denso de conversación, tabaco y deseo. La DJ —una mujer altísima, magnética, con aire de estrella indie antes de que existiera el concepto— era el epicentro de todas las miradas. Pinchaba a Mari Trini, Donna Summer, Alaska y Mecano cuando el ánimo se desmadraba. Algunas noches llevaba un sombrero de cowboy, y cuando alguna la veía luego por la calle, con ese mismo aire entre rockero y melancólico, se alimentaban fantasías que podían durar meses.

    Mi amiga —una de esas mujeres que amaban mirar más que ser vistas— me contaba cómo, al cruzársela por la calle, el pulso se le aceleraba. Imaginaba su piso, las discusiones con la novia, los discos apilados junto al tocadiscos. Era 1986, y aunque la ciudad empezaba a volverse moderna, aún había rincones donde los deseos femeninos eran subterráneos, casi clandestinos. Daniel’s era uno de ellos.

    La historia oral del local está hecha de gestos: una luz roja que se encendía cuando la policía iba a entrar, la orden silenciosa de sentarse, fingir que se jugaba a cartas, disolver las parejas. Un teatro improvisado para sobrevivir. En los setenta y ochenta, ser lesbiana podía costarte el trabajo, la familia o la libertad. Pero entre esas paredes se respiraba algo más fuerte que el miedo: la certeza de estar compartiendo un secreto hermoso y peligroso.

    En los años noventa, el Daniel’s amplió espacio, añadió una pequeña pista de baile y hasta patrocinó un equipo deportivo femenino. Era el sitio donde todo el mundo del ambiente terminaba cayendo tarde o temprano, incluso si fingía no saber de su existencia. Pero la modernidad, como siempre, también tuvo su precio. Las nuevas normativas municipales, las exigencias de seguridad y la gentrificación hicieron inviable mantener el local. Cerró discretamente, como había vivido: sin hacer ruido, dejando tras de sí una estela de historias.

    Hoy, si pasas por la plaza de Cardona, el número 7-8 no dice nada. Ningún cartel lo recuerda, pero quienes estuvieron allí todavía sienten que aquel lugar les cambió la vida. Porque Daniel’s no era solo un bar. Era un umbral. Una puerta con ventanita que se abría a otra posibilidad de ser mujer, de desear, de existir fuera del relato dominante.

    Y quizá por eso sigue latiendo, de alguna manera, en cada espacio que reclama libertad para amar sin permiso. El Daniel’s fue nuestra pequeña revolución doméstica: una trinchera envuelta en terciopelo rojo y música lenta. Un lugar donde, por unas horas, el mundo se volvía justo, posible y profundamente nuestro.

  • Seguro que lo has oído alguna vez, con tono solemne y una ceja arqueada de sabiduría popular:
    —Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

    Ah, la frase mágica. El bálsamo con el que este país cura su mala conciencia. Porque, seamos honestos: lo difícil no es “valer”, es que te abran la puerta. Y, una vez abierta, suele ser mucho más sencillo demostrar talento.

    En España, donde la meritocracia se pronuncia más que se practica, los contactos son el mejor currículum. En sectores como la televisión, la política, la cultura o los medios, las puertas no se empujan: se abren desde dentro. Los apellidos son llaves maestras. Y si además se hereda un poco de carisma, el resto viene rodado.

    Ahí están las sagas televisivas, los linajes de presentadores y periodistas: los Prats, los Ónega, las Campos… Los hijos de, nietos de y sobrinos de proliferan con la naturalidad con la que otras hacemos malabares para llegar a fin de mes. Según un estudio de la OCDE (2022), más del 35 % de los altos cargos en los sectores mediáticos y culturales provienen de familias con conexiones previas. En política, la cifra sube al 41 %, y en grandes corporaciones alcanza el 52 %. (+ Políticos, S.A.)

    Pero no, tranquilos, luego hay que valer. La frase se repite como un mantra para justificar lo injustificable. Como si empezar la carrera cincuenta metros más adelante no contara. Como si el apellido no pesara más que un máster.

    El nepotismo se disfraza de “confianza”, de “dinastía” o de “casualidad”. Y la ironía es que, una vez dentro, quien ha entrado por recomendación suele recibir más indulgencia que quien llega por méritos propios. Si el “enchufado” falla, se le da otra oportunidad; si el “anónimo” tropieza, se le borra del mapa.

    En el mundo de la empresa privada sucede lo mismo: cargos heredados, fichajes “de confianza”, promociones internas que parecen sacadas de un árbol genealógico más que de un proceso de selección. El talento importa, sí, pero el apellido selecciona.

    Y por si alguien duda de que esto sea así, Candice nos lo recuerda con elegancia. En una de sus escenas más deliciosamente mordaces, Vanessa recibe la llamada de un constructor que le pide un favor: colocar a su hija “mocatriz” —modelo, cantante y actriz— en alguna campaña publicitaria.
    Ella, sabiendo perfectamente de qué pie cojea la familia, responde con cortesía diplomática:
    —“Lo tendré en cuenta, querido, pero ya sabes que en esto del modeleo quien manda es el cliente…”

    La escena resume con precisión quirúrgica lo que muchos llaman “capital social” y otras preferimos llamar por su nombre: enchufe. Porque, como Vanessa, no todas las puertas están dispuestas a abrirse, pero casi siempre hay alguien que lo intenta.

    Mientras tanto, miles de personas igual de válidas —o más— siguen esperando fuera, enviando currículums a direcciones genéricas y soñando con procesos justos que rara vez existen. Y aun así, seguimos escuchando el eco:
    —Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

    Claro. Pero si tan solo nos dejaran entrar, ya veríamos cuántos valen de verdad.

  • En los últimos años hemos escuchado —con razón— hablar mucho de masculinidad tóxica: esos comportamientos aprendidos que dañan a las mujeres, a los hombres y a toda la sociedad. Pero, curiosamente, se habla muy poco de su contracara: la feminidad tóxica. Un conjunto de actitudes profundamente arraigadas que no provienen de ningún patriarca omnipresente, sino que son reproducidas, sostenidas y legitimadas muchas veces… por las propias mujeres. (+ Cuando el machismo habla con voz de madre)

    La feminidad tóxica se manifiesta cuando nos convertimos en policías unas de otras. Cuando juzgamos a otra mujer por cómo viste, por su cuerpo, por su edad, por cómo cría, por si tiene hijos o no los tiene, por si folla mucho o poco, por si es “demasiado intensa” o “demasiado fría”. Todo ese escrutinio feroz que ejercemos entre nosotras no es inocente: es el mismo sistema que nos oprime funcionando a través de nuestras propias bocas.

    Otro ejemplo evidente es la transmisión intergeneracional de la culpa. Las madres que enseñan a sus hijas a “no provocar”, a “sentarse bien”, a “no ser una fresca”. Las tías que te advierten de no “quedarte para vestir santos” y de “no ir enseñando tanto”. No son villanas: repiten un guion que heredaron. Pero al hacerlo, perpetúan los mismos mecanismos que les limitaron a ellas.

    También está la feminidad tóxica que se disfraza de “romanticismo”. Esa que glorifica el sacrificio femenino en nombre del amor: aguantar, cuidar sin límite, perdonar lo imperdonable, “porque así son los hombres”. Se nos enseña que nuestra valía está en cuánto aguantamos, en cuán indispensables nos volvemos, en la capacidad de disolvernos para que el otro brille.

    En el terreno laboral, la feminidad tóxica aparece en forma de rivalidad sutil. No siempre son puñaladas abiertas: a veces es esa sonrisa falsa, ese sabotaje pasivo, esa crítica que parece un consejo pero está diseñada para restar. La cultura del “solo puede haber una” en la cúspide es otra trampa más. Competimos en lugar de aliarnos, reforzando así el techo de cristal que decimos querer romper.

    Y, por último, está la autoexigencia llevada al extremo: el mandato de ser guapa, delgada, joven, sensual, buena madre, excelente profesional, pareja comprensiva y feminista impecable, todo a la vez. Cuando no alcanzamos el ideal imposible —porque no se puede— nos convertimos en nuestras propias carceleras. Nadie nos vigila tanto como nosotras mismas.

    Hablar de feminidad tóxica no es culparnos colectivamente ni negar las estructuras de poder que existen. Es reconocer que también tenemos agencia, y que parte de esa agencia implica revisar los comportamientos que reproducimos sin cuestionarlos. No basta con señalar la masculinidad tóxica hacia fuera: también hay que mirar hacia dentro y desactivar las trampas que perpetuamos entre nosotras.

    Solo cuando desmontemos ambas caras —masculina y femenina— de la misma moneda tóxica podremos aspirar a relaciones, comunidades y sociedades más libres. Porque si bien no creamos el sistema, muchas veces somos sus mejores guardianas.

  • Jorge Javier Vázquez se ha hecho un lifting. Un lifting fuerte, tirante, de esos que no dejan lugar a dudas: ha decidido estirarse bien la cara, como hizo en su día Carmen Franco, para que dure. Y, sinceramente, está en su absoluto derecho. Sin embargo, lo que debería ser una decisión personal —incluso banal, si lo pensamos bien— se ha convertido en un espectáculo paralelo de insultos, burlas y comentarios homófobos y edadistas que dicen mucho más de la sociedad que de él.

    En España seguimos teniendo un problema serio con el edadismo. A los hombres se les permite envejecer con poder, pero solo si lo hacen según las reglas: canas bien llevadas, arrugas “con carácter” y una masculinidad tranquila y respetable. Si, en cambio, deciden intervenir sobre su cuerpo —algo que las mujeres han hecho durante décadas sin opción de escapar a la crítica— son inmediatamente objeto de burla. Es como si solo tuvieran dos caminos legítimos: envejecer “naturalmente” o desaparecer discretamente.

    A Jorge Javier se le castiga, además, por ser visible y gay. Los ataques que ha recibido estos días combinan con una facilidad escalofriante la homofobia más rancia con el desprecio a los cuerpos que envejecen. Basta echar un vistazo a las redes sociales para comprobarlo: se han multiplicado expresiones despectivas —“maruja estirada”, “señora de”, “viejo maricón con botox”— que revelan prejuicios profundamente arraigados. (+ El origen de la LGTBIQ+fobia es cultural)

    La operación de Jorge no debería importar más que si se ha hecho unas gafas nuevas. Pero en una sociedad que finge amar la autenticidad mientras penaliza cada arruga, cada kilo y cada gesto fuera de norma, su lifting se convierte en una especie de acto político involuntario. Ha decidido no esconderse ni desaparecer, sino seguir presente en pantalla con una cara nueva —sí—, pero la misma actitud desafiante de siempre.

    Y eso molesta. Molesta que un hombre gay, con canas y poder, no pida disculpas por querer verse bien, por cuidarse o simplemente por hacerse lo que le dé la gana. Molesta que no se esconda ni se conforme con el papel de “mayor simpático” que el sistema le reservaría.

    Lo más curioso es que si fuera una mujer famosa la que se hubiera hecho el mismo lifting, la conversación no sería muy distinta. Cambiarían los adjetivos, pero el trasfondo sería el mismo: la obsesión colectiva por vigilar y juzgar los cuerpos ajenos.

    En lugar de eso, podríamos hacer algo revolucionario: callarnos y respetar. O, aún mejor, aplaudir a quien toma decisiones sobre su cuerpo sin pedir permiso. Jorge Javier Vázquez ha optado por la cirugía estética. Ni es un crimen, ni una traición, ni una desgracia nacional. Es su cara, su dinero y su vida.

    La verdadera cara fea no es la suya recién estirada. Es la de una sociedad que sigue usando la edad y la orientación sexual como armas arrojadizas.

  • La belleza es, en nuestra sociedad, un privilegio indiscutible. Abre puertas, atrae miradas, genera deseo, poder y oportunidades. Pero lo que rara vez se dice es que también puede convertirse en una trampa. Un don amargo. Una maldición disfrazada de privilegio.

    En Candice, Vanessa encarna como nadie esa obsesión por mantenerse joven, deseable, eternamente bella. Lo que en un principio parece un gesto de autocuidado, termina revelando una lucha desesperada contra el paso del tiempo, la pérdida de relevancia, la invisibilidad. Cada crema, cada bisturí, cada cita con la luz pulsada es un intento por frenar lo inevitable: el olvido de los cuerpos que ya no encajan en el canon. (+ Cremas: cosmética de lujo, ciencia barata)

    Y es que el modelo estético que rige nuestra cultura no es neutro. Tiene edad, género, raza, talla, forma, color. No es un ideal alcanzable, sino una maquinaria que premia a quienes se acercan a él y castiga con dureza a quienes se alejan. Las mujeres, sobre todo, cargan con el peso de esa exigencia. Porque si la belleza es poder, también es un campo de batalla. Y quienes no luchan en él, quedan excluidas.

    Detrás de cada Vanessa hay una historia no contada de inseguridad, miedo y agotamiento. Un espejo que no perdona. Una sociedad que vincula valor con apariencia. Y una industria que se alimenta del miedo a envejecer, a engordar, a perder el atractivo. Es un juego amañado donde incluso quienes ganan terminan perdiendo.

    ¿Quién está detrás de este modelo estético? Una red de intereses que va desde la publicidad hasta los algoritmos de Instagram, pasando por la industria cosmética, lxs influencers y los discursos coloniales que siguen marcando qué cuerpos son deseables y cuáles no. El patriarcado, por supuesto, juega un papel central: nos enseñó que la valía de una mujer está íntimamente ligada a su apariencia, y que la juventud es la única moneda válida en el mercado del deseo.

    Lo más perverso es que incluso las mujeres más bellas —las que «ganan la lotería genética»— viven atrapadas en la tiranía del espejo. Como Vanessa, deben sostener su belleza con uñas y dientes, sabiendo que el reloj siempre avanza y que, tarde o temprano, serán reemplazadas por versiones más jóvenes, más frescas, más apetecibles.

    En ese sentido, la belleza no es un don, sino una cárcel dorada. Una que brilla por fuera pero asfixia por dentro.

    Quizás la salida no sea dejar de admirar la belleza, sino liberarla de la dictadura del canon. Permitir que envejezca, que se ensanche, que se arrugue, que se vuelva real. Que se parezca más a la vida y menos a una pantalla retocada.

    Porque solo cuando la belleza deje de ser un deber, podrá volver a ser un placer.

  • La lógica, en teoría, es la herramienta suprema del pensamiento. Desde Aristóteles hasta los algoritmos modernos, ha sido celebrada como el camino para alcanzar verdades universales. Sin embargo, la lógica no es una entidad pura que flote sobre nuestras cabezas: se construye sobre premisas, y esas premisas las elige alguien. Aquí surge el peligro. (+ ¿Por qué nos resistimos al cambio? Una mirada desde la ciencia)

    Cualquier razonamiento lógico parte de un conjunto inicial de afirmaciones que damos por ciertas. Si estas premisas están sesgadas o manipuladas, la lógica se convierte en un tren perfectamente engrasado que avanza… en la dirección equivocada. En palabras del psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, nuestra mente es tan eficiente en el procesamiento de información que puede convencerse con facilidad de ideas falsas si el marco de razonamiento inicial está distorsionado.

    Ejemplos hay muchos. En política, basta con aceptar como punto de partida que “la seguridad solo se garantiza con control total” para que todo un sistema autoritario pueda justificarse lógicamente. En economía, si asumimos que “el crecimiento infinito es siempre bueno”, la explotación ilimitada de recursos se vuelve un corolario “racional”. La trampa de la lógica no está en la deducción en sí, sino en el invisible momento en que aceptamos, sin cuestionar, las premisas que nos imponen.

    Las ideologías más exitosas no suelen atacar la lógica; al contrario, la utilizan. Lo que hacen es preparar cuidadosamente el terreno, eligiendo los axiomas desde los que se desarrollará toda la argumentación. Es el equivalente a amañar un partido antes de que empiece: el resultado está decidido, aunque parezca que se juega limpio.

    Aquí entra en escena una figura curiosa: el “loco”. No el loco clínico como estereotipo peyorativo, sino aquel que rompe los esquemas al no aceptar las reglas del juego mental que la sociedad da por sentadas. Pregúntale sobre la moral, la religión o el sentido de la vida, y quizá responda: “pera”. Desde el punto de vista lógico, su respuesta es absurda; desde el punto de vista estratégico, es una fuga de la jaula.

    Estudios en neurociencia cognitiva, como los realizados por la Universidad de Cambridge sobre pensamiento divergente, muestran que las personas capaces de romper asociaciones habituales pueden encontrar soluciones más creativas e inesperadas. Aunque la locura real pueda implicar sufrimiento, su capacidad para escapar de marcos impuestos revela algo incómodo: que la libertad de pensamiento implica, a veces, desconectarse de la lógica aceptada.

    Esto no significa que debamos despreciar la lógica; sería como renunciar al fuego porque puede quemar. Pero sí implica desarrollar una vigilancia constante sobre las premisas que aceptamos. La verdadera resistencia intelectual no está solo en deducir bien, sino en elegir cuidadosamente los puntos de partida y atreverse a desmontarlos cuando es necesario.

    En un mundo donde la lógica puede ser usada como herramienta de manipulación, el loco que responde “pera” no está tan fuera de juego como creemos. Quizá, sin proponérselo, ha encontrado la salida secreta de la trampa que todos los demás pisamos con paso firme.

  • Ser lesbiana, en pleno siglo XXI, aún tiene un precio. Un precio que no siempre se mide en monedas, sino en miradas, en silencios, en oportunidades perdidas y en la energía invertida en justificar lo que, paradójicamente, debería ser incuestionable: amar.

    El primer coste es emocional. La mayoría de las mujeres lesbianas pasan por un proceso de autodescubrimiento que, a diferencia de la heterosexualidad, implica cuestionarse, enfrentarse al miedo al rechazo y, en muchos casos, vivir un armario antes de poder vivir una relación. Este tránsito deja huellas: ansiedad, inseguridades y, a menudo, la sensación de estar “fuera de lugar”. Según un estudio publicado en The Lancet Psychiatry (2022), las personas LGTBI presentan el doble de riesgo de sufrir trastornos de ansiedad y depresión debido a la discriminación y la falta de aceptación social. (+ Lesbianas: una historia de control social)

    El segundo coste es social. Aunque las leyes han avanzado, la mentalidad colectiva no siempre las acompaña. Besarse en la calle puede seguir siendo un acto político. Presentar a tu pareja en el trabajo con naturalidad puede ser arriesgado en determinados entornos. Incluso en sociedades aparentemente abiertas, las microagresiones son constantes: el “¿quién es el hombre en la relación?”, el “seguro que es una fase” o el “¿y no lo habrás intentado con chicos?”. Cada una de estas frases desgasta, recordando que tu vida íntima es vista como algo anómalo.

    El tercer coste es familiar. No siempre hay rechazo abierto, pero sí expectativas frustradas: el “nieto que, tal vez, nunca llegará”, la incomodidad en reuniones donde tu relación no recibe el mismo trato que las heterosexuales. Esta tensión obliga a muchas lesbianas a ejercer un rol de educadoras dentro de sus propios hogares, explicando, justificando, corrigiendo prejuicios.

    El cuarto coste es profesional. En determinados ámbitos, ser abiertamente lesbiana puede significar un techo de cristal invisible. La investigación Out@Work (2023) señala que un 41 % de mujeres lesbianas en Europa han ocultado su orientación sexual al menos una vez para evitar discriminación laboral. Esto implica autocensura, falta de autenticidad y, a veces, renunciar a oportunidades donde ser “la lesbiana del equipo” podría resultar incómodo.

    ¿Vale la pena pagar este precio? La respuesta es compleja. Sí, porque vivir en coherencia con quien eres no tiene sustituto. Porque cada beso visible, cada familia lesboparental, cada historia que se cuenta —como las que aparecen en novelas donde la fluidez de género y la diversidad son tan naturales como en Candice—, allana el camino para quienes vienen detrás. Pero duele que esa libertad aún no sea gratuita.

    Ser lesbiana hoy implica valentía. No solo para amar, sino para resistir el desgaste de un mundo que, aunque ha cambiado, sigue recordando que amar a otra mujer no es, todavía, igual de sencillo. Y ese es el precio: pagar por derechos que deberían ser inherentes.