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Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

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EL DIARIO DE ÚRSULA

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  • Ser parte del colectivo LGTBIQ+ nunca debería ser un factor de riesgo para la salud mental. Sin embargo, las estadísticas muestran una realidad dura: vivir fuera de la norma aumenta la vulnerabilidad psicológica en casi todas las etapas de la vida. No por ser LGTBIQ+, sino por el estigma, la discriminación y la violencia que todavía persisten. La ciencia lo ha demostrado una y otra vez: la llamada minority stress theory no es una teoría abstracta, sino una descripción precisa del peso emocional que cargan millones de personas. (+ El observatorio contra la LGTBIQ+fobia: un faro necesario frente el odio)

    Diversos estudios señalan que las personas LGTBIQ+ tienen entre dos y seis veces más probabilidades de sufrir ansiedad, depresión o trastornos relacionados con el estrés. La Universidad de Cornell (2021) revisó más de 300 investigaciones internacionales y concluyó que la discriminación estructural —desde el bullying escolar hasta las leyes restrictivas— es uno de los factores más determinantes en el deterioro de la salud mental del colectivo.

    Uno de los datos más alarmantes está en la población joven. El informe de The Trevor Project (2023), basado en 28.000 participantes adolescentes y jóvenes, reveló que el 41 % de las personas LGTBIQ+ entre 13 y 24 años consideró seriamente el suicidio en el último año, una cifra que se dispara hasta el 56 % en jóvenes trans y no binaries. Esta crisis no nace en la identidad, sino en el rechazo que reciben por ella. De hecho, el mismo estudio mostró que el riesgo de suicidio se reduce drásticamente cuando la familia acepta la identidad del menor. Basta un entorno estable y afirmativo para cambiar una vida entera.

    En el caso específico de las mujeres lesbianas y bisexuales, la realidad también tiene matices propios. Aunque suelen tener una mayor red de apoyo femenino, lo que podría ejercer un efecto protector, esto no las inmuniza ante la violencia psicológica derivada del estigma o del aislamiento. Un análisis longitudinal publicado en Psychological Medicine (2022) encontró que las mujeres que aman a mujeres reportan niveles más altos de síntomas depresivos cuando viven en regiones donde la homosexualidad femenina sigue fuertemente invisibilizada o fetichizada. La invisibilidad también hiere.

    La situación es especialmente crítica para las personas trans. Un metaanálisis publicado por The Lancet Psychiatry (2022) informó que el 80 % ha experimentado ideas suicidas en algún momento de su vida, y más del 40 % ha realizado al menos un intento. Frente a estos datos, el acceso a la atención médica afirmativa se convierte en una herramienta de supervivencia. No es un tema ideológico, sino clínico.

    Pero no todo es oscuridad. La evidencia científica también apunta a las soluciones. Uno de los factores protectores más estudiados es el apoyo social. Una simple variable —sentirse aceptada, respetada o acompañada— reduce el riesgo de trastornos mentales en un 40 al 60 %. Lo mismo sucede con los entornos laborales inclusivos: disminuir la discriminación mejora la productividad y reduce el estrés crónico. La inclusión, literalmente, salva vidas.

    El acceso a la salud mental especializada también es crucial. Las terapias afirmativas, que reconocen la diversidad sexual y de género sin patologizarla, han demostrado aumentar el bienestar y reducir síntomas depresivos con mayor eficacia que los modelos tradicionales. La American Psychological Association sostiene que las intervenciones afirmativas no solo son éticas, sino necesarias para garantizar una atención adecuada.

    La lucha ahora no está solo en la visibilidad, sino en la salud. Comprender que la salud mental del colectivo LGTBIQ+ depende tanto del cuidado individual como del cambio social es el primer paso. Romper el estigma, educar, proteger y acompañar puede transformar un presente difícil en un futuro respirable.

  • La historia oficial siempre ha tenido un punto ciego: las mujeres que amaban a mujeres. No solo fueron borradas; también fueron vigiladas, corregidas, castigadas o directamente ridiculizadas. Su deseo no encajaba ni en la estructura familiar patriarcal ni en las narrativas religiosas o científicas de cada época. Y aunque hoy vivimos una mayor visibilidad, el silencio histórico todavía pesa.

    Este artículo no va de victimismo, sino de memoria: de entender cómo llegamos hasta aquí, qué obstáculos se construyeron sobre el deseo femenino y por qué muchas de nosotras aún cargamos heridas que vienen de siglos atrás.

    Cuando amar a otra mujer era “invisible” por decreto

    A diferencia de la homosexualidad masculina, el amor entre mujeres no siempre estuvo explícitamente prohibido, y esto no fue un acto de libertad, sino de negación. En la Edad Media y el Renacimiento, muchos legisladores europeos consideraban imposible que dos mujeres “pudieran tener sexo real”. Si no había pene, no había delito… ni existencia.

    Es decir:
    si no se nombra, no existe; y si no existe, no puede ser perseguido… ni reconocido.
    Así de simple. Y así de devastador.

    Pero cuando se sospechaba que una mujer “suplantaba al hombre”, las penas sí aparecían. El caso más conocido es el de Katherina Hetzeldorfer, ejecutada en 1477 en Alemania por mantener relaciones sexuales con mujeres usando un arnés artesanal. El problema no era el amor: era la transgresión del rol femenino. (+ sobre Katherina)

    Del romanticismo femenino al diagnóstico psiquiátrico

    Durante siglos, las relaciones íntimas entre mujeres se toleraron si cabían dentro del concepto de “amistades románticas”: vínculos intensos, afectuosos, apasionados… siempre que no se sospechara deseo sexual. Las cartas de mujeres de los siglos XVIII y XIX están llenas de frases que hoy sonarían inequívocamente lesbianas, pero entonces se interpretaban como parte de la sensibilidad femenina.

    El borrado era total:
    si las mujeres no eran consideradas seres sexuales, tampoco podían ser sexualmente disidentes.

    Todo cambió en el siglo XIX, cuando la medicina empezó a clasificar comportamientos y a definir “anormalidades”.
    En 1896, el médico alemán Richard von Krafft-Ebing incluyó el lesbianismo en su influyente Psychopathia Sexualis, describiéndolo como una desviación congénita.
    Más tarde, en 1925, Magnus Hirschfeld, pionero en los derechos LGBT+, lo consideró una orientación natural, aunque minoritaria.

    La ciencia, por primera vez, empezó a hablar de nosotras… pero siempre desde afuera.

    Lesbianas en la sombra del feminismo

    La primera ola feminista, centrada en el derecho al voto, evitó el tema.
    La segunda, en los años 60 y 70, lo abrazó… pero con tensiones.

    En Estados Unidos, grupos como Daughters of Bilitis (fundado en 1955, el primer grupo lésbico del país) fueron esenciales, pero muchas feministas heterosexuales temían que la presencia de lesbianas diera mala imagen al movimiento. (+ sobre este grupo)

    De hecho, una de las grandes frases políticas de la época –“El feminismo es la teoría; el lesbianismo es la práctica”– surgió como reacción a esa exclusión y marcó un antes y un después.

    El control del cuerpo femenino como raíz del problema

    La opresión histórica hacia las mujeres que aman a mujeres tiene una base muy clara:
    una mujer autónoma rompe el sistema.
    Una mujer que no necesita un marido lo rompe aún más.
    Una mujer que desea exclusivamente a otras mujeres lo dinamita por completo.

    Su cuerpo no produce herederos.
    Su deseo no depende de un hombre.
    Su vida no sigue el guion asignado.

    Y por eso fue tan necesario silenciarlas. (+ ¿Por qué incomoda el deseo entre mujeres?)

    La herencia actual de un silencio antiguo

    El borrado generó tres heridas que aún vemos hoy:

    Falta de referentes históricos: muchas piensan que “no hubo lesbianas antes”, cuando en realidad hubo miles, solo que sin archivos.

    Dificultad para nombrar el deseo: siglos sin lenguaje dejan rastro. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer?)

    Estigma interno: si una identidad se reprime durante generaciones, cuesta vivirla sin culpa.

    Rescatar la historia es un acto político

    No para victimizar, sino para reparar.
    Saber que siempre existimos.
    Que siempre nos amamos.
    Que solo nos faltaron los micrófonos, no la historia.

    Y que ahora, por fin, estamos escribiendo la nuestra sin permiso de nadie.

  • Hay quien todavía intenta justificar los celos como una prueba de amor. Una reacción “humana”. Un gesto de pasión. Pero no: no hay celos buenos. Nunca los ha habido. Detrás de cada escena, de cada sospecha, de cada explosión de inseguridad disfrazada de interés, se esconde un mecanismo silencioso que erosiona relaciones, autoestima y paz mental. Los celos no unen; asfixian. No hacen a nadie más amado; hacen al otro más vigilado. (+Independencia emocilnal: felicidad sin ataduras)

    Esto no es teoría: es experiencia. Y pocas mujeres han hablado con tanta claridad sobre ello como Isabel Preysler en sus memorias Mi verdadera historia. Ella, acostumbrada a vivir en el centro del foco mediático, ha reconocido sin rodeos que los celos han estado presentes en todas sus relaciones importantes, y que las consecuencias han sido profundas.

    En el libro afirma una verdad incuestionable:
    “Desde luego, los celos son una falta de seguridad en uno mismo.”
    No son una reacción espontánea, ni un impulso inevitable. Son inseguridad convertida en comportamiento. Y, como ella misma añade,
    “siempre son malos para el que los padece y para el que los sufre y dañan cualquier relación, por muy sólida que sea.”
    No hay definición más precisa: dos víctimas, un solo problema.

    Preysler no solo habla en abstracto. Relata situaciones concretas que muestran cómo los celos funcionan como una forma de presión silenciosa. De Julio Iglesias afirma que sentía “unos celos enfermizos hacia cualquiera que se me acercara”, una vigilancia constante que convertía la convivencia en terreno minado. El control a través del miedo a “provocar” una reacción es, en esencia, una forma de maltrato psicológico: te obliga a reducirte, medir tus gestos, tus conversaciones, tus apariciones.

    Con Miguel Boyer, aquellos celos adoptaron otra forma:
    una obsesión “ridícula”, en palabras de ella, donde él “creía que todo el mundo se enamoraba de mí”. Es una frase que puede parecer anecdótica, incluso humorística, hasta que se comprende su trasfondo: vivir bajo sospecha permanente, donde cualquier interacción es interpretada como amenaza. Preysler reconoce que con los años esa actitud se agravó tanto que le pidió que acudiera a un psiquiatra. Cuando una mujer tiene que pedir ayuda profesional para que su pareja deje de torturarla emocionalmente, no se puede hablar de “celos normales”. Es un abuso afectivo.

    Mario Vargas Llosa tampoco escapa al retrato. En la carta de ruptura que ella hizo pública, menciona sus “escenas de celos infundados”. Que un hombre culto, premiado y admirado caiga también en dinámicas de desconfianza demuestra algo que deberíamos asumir colectivamente: la inteligencia no inmuniza contra la inseguridad, y la inseguridad no justifica comportamientos que dañan emocionalmente a otros.

    Los celos son un sistema que opera sobre un eje muy sencillo: el otro debe comportarse de una forma concreta para no desencadenar mi malestar. Es un chantaje emocional. Una forma de control. Una imposición disfrazada de amor. No hay romanticismo ahí: hay desgaste psicológico.

    Quien sufre los celos ajenos termina viviendo en estado de alerta: revisando cada palabra, cada movimiento, cada gesto. No porque haya hecho nada malo, sino porque el otro ha decidido interpretar cualquier cosa como amenaza. Es una violencia suave, pero devastadora: no grita, pero se oye dentro durante años.

    Cuando Isabel Preysler afirma que los celos “dañan cualquier relación”, habla desde la experiencia, sí, pero también desde un lugar de autoridad emocional. Ella ha convivido con hombres poderosos, famosos, admirados. Y aun así, el veneno de los celos estaba ahí. La posición social no protege. La fama no protege. El dinero no protege. Nadie está a salvo de la inseguridad ajena convertida en arma.

    Por eso conviene repetirlo sin aditivos:
    No hay celos buenos.
    No los del artista apasionado, ni los del político brillante, ni los del intelectual célebre, ni los del vecino de al lado. No hay “un poco sí, pero”. No hay excusas culturales, ni biológicas, ni emocionales. Lo que hay es daño.

    Si alguna vez alguien te dice que sus celos son “normalitos”, “inevitables” o “prueba de amor”, recuerda lo que muestran décadas de experiencia y la voz de quien los ha vivido en primera persona:

    Los celos no son amor.
    Son miedo en forma de control.
    Y el amor nunca controla; acompaña.

  • Chicas, siento cortaros el rollo, pero… hay algo que tenemos que hablar: las ETS también existen entre lesbianas. Ya, ya lo sé. Es incómodo, poco glamuroso y bastante menos divertido que hablar de citas, flirteos o primeros besos. Pero, si vamos a ser sinceras —y adultas—, más vale dejar los mitos a un lado y hablar de lo que nadie parece querer tocar: la salud sexual entre mujeres que tienen sexo con mujeres (MSM), o, dicho sin tecnicismos, entre nosotras.

    Porque sí, en pleno 2025 aún hay quien cree que dos mujeres no pueden contagiarse nada “porque no hay penetración con pene”. Error, amigas. No solo es falso, sino que esa falsa sensación de seguridad ha hecho que los estudios sobre ETS en lesbianas estén subestimados o directamente ignorados por la medicina tradicional durante décadas. (+ Son cosas de la tribu)

    Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, las mujeres que tienen sexo exclusivamente con otras mujeres también pueden contraer infecciones como el virus del papiloma humano (VPH), herpes genital, clamidia, tricomoniasis o incluso sífilis. En un estudio publicado por el Journal of Infectious Diseases (2023), el VPH apareció en el 29 % de las mujeres lesbianas analizadas, pese a que la mayoría nunca había tenido contacto sexual con hombres. El dato desmonta, por completo, el mito del “sexo lésbico seguro por naturaleza”.

    Y es que la transmisión no necesita un pene de por medio. Basta el contacto piel con piel, el intercambio de fluidos (sí, incluso durante el sexo oral o el uso compartido de juguetes sexuales) o pequeñas lesiones en la mucosa vaginal. Es biología, no magia.

    Aun así, el problema real no es solo el contagio, sino la invisibilidad médica. Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2022 señala que más del 70 % de las lesbianas no mencionan su orientación sexual en las revisiones ginecológicas, por miedo a prejuicios o por considerar que “no es relevante”. Resultado: muchas dejan de hacerse citologías, revisiones del VPH o pruebas de ITS porque “eso es para heteros”. Craso error.

    Y aquí llega la parte realmente irritante: la falta de educación sexual inclusiva. ¿Recordáis las clases de biología del instituto? Probablemente nadie mencionó una barrera bucal, ni explicó cómo limpiar un juguete erótico, ni habló de preservativos femeninos. Todo giraba en torno al pene, al semen y al embarazo. Nada de eso aplicaba del todo, así que muchas crecimos pensando que el sexo entre mujeres era prácticamente “higiénico”.

    Spoiler: no lo es.

    Así que sí, chicas, toca hablar de láminas de látex, guantes y limpieza adecuada de juguetes. Toca asumir que el erotismo y la prevención pueden coexistir sin que la pasión se enfríe. Toca visitar al ginecólogo aunque no haya hombres en la ecuación. Y toca exigir que la medicina deje de tratarnos como una nota al pie de página.

    Por suerte, las cosas están cambiando. Cada vez hay más profesionales sanitarios con perspectiva de género y orientación sexual diversa, más campañas de visibilidad y más recursos en línea sobre salud sexual lésbica. Pero aún queda camino. Según un estudio del British Medical Journal (2024), el 46 % de las lesbianas encuestadas nunca había recibido información específica sobre salud sexual femenina-femenina.

    ¿Y sabéis qué es lo más paradójico de todo esto? Que el deseo entre mujeres sigue siendo el más invisibilizado y, al mismo tiempo, el menos protegido. Se asume que si no hay “riesgo de embarazo”, no hay riesgo de nada. Y así seguimos, confiando en la suerte o en los mitos.

    Así que, sin ánimo de aguar ninguna fiesta, lo diré claro:
    el sexo entre mujeres puede ser maravilloso, intenso, divertido y seguro… pero solo si lo cuidamos como merece.

    Chicas, ya podéis seguir con lo vuestro.
    Pero ahora, al menos, con un poco más de información y una lámina de látex en el cajón de la mesilla.

  • Mucho antes de que existiera el modo belleza, antes incluso de que las redes sociales nos permitieran reinventarnos en tiempo real, Sara Montiel ya sabía que la imagen era un campo de batalla. En una época en que las cámaras no perdonaban una arruga, ella se inventó su propio filtro: una media de nailon colocada sobre el objetivo. (+ El amargo don de la belleza)

    No era un capricho: era una declaración estética. “Que me saquen guapa o no me saquen”, solía decir. Lo consiguió. Aquella técnica artesanal suavizaba los rasgos y aportaba una luminosidad que hoy lograríamos con una app. Sara había nacido en Campo de Criptana (Ciudad Real) en 1928, pero muy pronto entendió que su destino no era quedarse entre molinos, sino conquistar el mundo con un rostro imposible de olvidar.

    Y lo hizo. Tras debutar en los años cuarenta en el cine español, dio el salto a Hollywood, donde trabajó junto a Gary Cooper en Vera Cruz (1954) y compartió escenas con Burt Lancaster. Fue la primera actriz española en triunfar en la meca del cine, en una época en la que viajar sola, fumar en público o hablar con desparpajo ya era en sí un acto de rebelión.

    Su regreso a España en los años cincuenta la convirtió en leyenda. Con El último cuplé (1957) y La violetera (1958), Sara Montiel se transformó en fenómeno de masas. Vendió millones de discos, llenó teatros y cambió para siempre la forma en que se entendía la sensualidad femenina en nuestro país. Mientras otras artistas aspiraban a ser “señoras”, ella era deseo, independencia y control. Su voz grave, su forma de mirar a cámara, su manera de ocupar el espacio: todo era puro empoderamiento antes de que la palabra existiera.

    Lo de la media en la cámara no fue un simple gesto de coquetería, sino una genialidad de autoproducción visual. Sara sabía que la cámara podía ser cruel, especialmente con las mujeres. Mientras los hombres envejecían “con carácter”, a las mujeres se les exigía eterna juventud. Ella decidió tomar el control. Lo que hoy haría un algoritmo, ella lo hacía con una prenda íntima.

    Pero detrás del mito había una trabajadora incansable. En las décadas de 1960 y 1970, rodó más de 50 películas, grabó más de 30 discos y actuó en todo el mundo. Fue la estrella mejor pagada del cine español. En una época sin redes, sin community managers ni gabinetes de imagen, Sara gestionaba su marca personal con un instinto que ya quisieran muchas influencers.

    Su vida privada, por supuesto, fue material de novela: casada con el director estadounidense Anthony Mann, relacionada con el escritor León Felipe y con el actor James Dean según algunos rumores, y siempre rodeada de un halo de misterio. Cuando le preguntaban por sus romances, respondía con frases tan lapidarias como inteligentes:
    —“De lo mío no hablo. Y de lo vuestro, menos.”

    En sus últimos años, retirada de los escenarios —convertida en una figura icónica para la comunidad gay— mantenía intacto su humor. “Yo no soy una leyenda, soy una superviviente”, dijo en una de sus últimas entrevistas. Y tenía razón. Sara Montiel sobrevivió a su tiempo, a sus críticos y al escrutinio ajeno.

    Hoy, cuando abrimos Instagram y aplicamos un filtro que nos suaviza la piel o nos da brillo en los ojos, estamos repitiendo el gesto de aquella manchega que decidió no rendirse ante la luz cruda del mundo.

    Si Sara hubiera nacido en esta época, no cabe duda: sería trending topic cada semana. Pero también seguiría haciendo lo mismo que entonces —controlar su cámara, su luz y su narrativa— porque Sara no seguía modas, las inventaba.

    Y sí, puede que todo empezara con una media. Pero lo que de verdad difuminaba no eran las arrugas, sino los límites entre la realidad y el mito.

  • La pregunta incomoda, pero vamos a lo obvio: aunque comas cada día en un tres estrellas Michelin, con los años acabarás deseando un bocadillo de calamares. No porque el chef haya perdido el toque, sino porque tu cerebro está diseñado para buscar lo nuevo. La monogamia no es un mandato biológico; es un acuerdo social, práctico y, a veces, asfixiante. (+ Infidelidad: ¿El asesino mata siempre de la misma forma?)

    Según la antropóloga Helen Fisher, solo el 3 % de los mamíferos practican la monogamia “real”. Y sí, nosotras, criaturas humanas, estamos entre el 97 % que biológicamente coquetea con la variedad. El neurobiólogo David Barash añade que el deseo por múltiples parejas no es un defecto moral, sino una predisposición evolutiva: favorecer la diversidad genética. Mientras tanto, intentamos mantener relaciones exclusivas firmadas ante notario… y reforzadas con contraseñas compartidas en Netflix.

    En el reino animal, hasta las especies consideradas “fieles” hacen trampas. El célebre primatólogo Frans de Waal observó en bonobos —nuestros primos genéticos más cercanos— que resuelven tensiones con sexo, sin preguntar nombres ni pedir exclusividad. Incluso los pingüinos, símbolos del amor eterno, registran tasas de infidelidad genética del 10 al 20 % según estudios publicados en Proceedings of the Royal Society.

    ¿Y el ser humano? Pues combina anillos de compromiso con búsquedas en Google tipo “cómo saber si mi pareja me engaña”. El informe Kinsey Institute (2023) señala que el 25-30 % de las personas en relaciones largas reconocen haber sido infieles al menos una vez. Si la monogamia fuera tan natural, no necesitaríamos terapeutas, detectives o aplicaciones para controlar la última conexión de WhatsApp.

    Lo llamativo es que, aun sabiendo esto, insistimos en el guion de “para siempre y solo contigo”. Y cuando el deseo se desvía —porque se desvía— medicalizamos la culpa o llamamos “crisis” a lo que es simplemente biología bostezando de aburrimiento. La psicóloga Esther Perel, experta en deseo y relaciones, lo resume así: “Pedimos a una sola persona que nos dé lo que antes nos daba una tribu entera: amor, seguridad, emoción, novedad, estabilidad… y wifi compartido”.

    Históricamente, la monogamia tampoco ha sido tan romántica. En Grecia y Roma, los matrimonios eran contratos sociales; el amor era un lujo que se vivía fuera del hogar con amantes variopintos, esclavos o poetas trágicos. El concepto de “amor único y exclusivo hasta la muerte” es bastante reciente, apenas del siglo XVIII, con el romanticismo alemán y novelas que terminaron con medio continente suspirando… y frustrado.

    Pero ojo: cuestionar la monogamia no significa defender orgías comunitarias ni destruir bodas con bengalas. Significa reconocer que exigir exclusividad emocional, sexual y mental a perpetuidad puede ser más artificial que perverso. La naturaleza no castiga la diversidad; lo hace la culpa cultural.

    Incluso la ciencia moderna empieza a dejar de lado el mito. Estudios de neuroimagen del University College London muestran que el enamoramiento activa zonas cerebrales parecidas al consumo de cocaína: euforia, obsesión, pérdida de juicio crítico. Pero ese efecto dura de uno a tres años. Después, la dopamina baja y entra la oxitocina: amor tranquilo, sí; orgasmo existencial, no.

    Entonces, ¿es la monogamia una perversión? No exactamente. Es una construcción útil: protege patrimonios, organiza herencias y evita dramas logísticos. Pero, por otra parte, llamar “perversión” a lo que es natural —el deseo por otrxs— es como reñir al mar por tener olas.

    Quizá la pregunta real no sea si la monogamia es perversa, sino si seguimos practicándola porque la queremos… o porque nos dijeron que era la única opción respetable. Porque, aceptémoslo: puedes amar profundamente a alguien y, aun así, que tu cerebro piense, de vez en cuando, en ese delicioso bocadillo de calamares.

  • Nunca he entendido el edadismo. Quiero decir, hay muchas cosas que el ser humano hace sin pensar, pero pocas tan suicidas como despreciar a los mayores. Es como reírse de tu yo futuro, solo que con menos inteligencia y más soberbia. Y lo peor es que lo hacemos todos: el joven que interrumpe al abuelo porque “no se entera”, la mujer de cuarenta que se queja de “parecer mayor”, el empresario que no contrata a nadie de más de cincuenta. Es un suicidio demográfico en cámara lenta.

    Vivimos en una sociedad que venera la juventud con una devoción casi religiosa. Las cremas antiarrugas son más caras que los sueldos base y los filtros de Instagram funcionan mejor que cualquier terapia. Pero detrás del marketing y las frases inspiracionales, se esconde una verdad incómoda: tememos envejecer porque odiamos a los viejos. Y como no podemos evitar convertirnos en uno de ellos (a no ser que en nuestro DNI ponga Benjamin Button), preferimos fingir que el envejecimiento es una enfermedad que se puede curar con colágeno, bótox y autoengaño. (+ La nueva cara de Jorge Javier Vázquez)

    El edadismo no solo es una estupidez moral: es un problema real y cuantificable. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. La ONU estima que más del 60 % de los trabajadores mayores de 45 años ha sufrido alguna forma de discriminación laboral relacionada con la edad. Y, sin embargo, vivimos más años que nunca. La ironía es sublime: rechazamos justo a la franja de población que más está creciendo.

    La crueldad del edadismo no se limita al mercado laboral. Está en la condescendencia con que se trata a los mayores, como si fueran niños grandes. Esa costumbre de hablarles despacio, de decidir por ellos, de explicarles el menú como si fuera un jeroglífico. No hay nada más humillante que la infantilización de quien ya lo ha vivido todo. Se les roba la autonomía, la voz y, al final, la dignidad.

    En España, los abusos hacia mayores —físicos, psicológicos o económicos— afectan al 15 % de ellos, según datos del IMSERSO. Y eso sin contar el maltrato invisible: el del aislamiento, el de no recibir una llamada, el de sentirse un estorbo. El abandono emocional, que no deja moratones pero duele igual o más.

    A veces pienso que el edadismo es solo una forma sofisticada de miedo. Miedo a mirarse en el espejo y ver lo que todos seremos. Nos aterra la decadencia, la lentitud, la arruga, el temblor, porque vivimos en una cultura que asocia el valor a la productividad. Y cuando dejas de “servir”, te conviertes en una molestia. Pero lo curioso es que sin esos “molestos” no habría carreteras, hospitales, ni derechos laborales.

    Me pregunto si Benjamin Button, envejeciendo al revés, se habría librado de esta estupidez. Probablemente no. En algún punto de su ciclo vital, habría sido demasiado joven para que lo tomaran en serio o demasiado viejo para que lo contrataran. El problema no está en la edad, sino en la forma en que la sociedad mide el valor de las personas.

    El edadismo, además de cruel, es torpe. Porque todos, absolutamente todos, caminamos hacia ese mismo destino. Nadie se libra. Burlarse de los mayores es como escupir hacia arriba: el tiempo, con su puntualidad británica, se encargará de devolvértelo.

    Quizá la única forma de combatir esta idiotez sea recordar que cada arruga cuenta una historia y cada cana es una medalla. Porque al final, si tenemos suerte, también llegaremos ahí. Y entonces entenderemos —tarde, como siempre— que reírse del viejo era, en realidad, reírse de uno mismo.

  • A finales de 1975, cuando el país aún olía a miedo y a Varon Dandy, se abrió en la plaza de Cardona, en el corazón de Sant Gervasi en Barcelona, un local que cambiaría para siempre la vida de muchas mujeres: el Daniel’s. No era un bar cualquiera. Era un refugio. Un lugar donde sentirse segura, en el que, por primera vez, podías mirarla —a ella— sin disimulo. Donde se podía bailar sin miedo a ser vista por quien no debía. Aunque, paradójicamente, solo unas pocas podían cruzar esa puerta.

    Esa puerta con ventanita se convirtió en leyenda. Quienes la recuerdan aún pueden describir el sonido del timbre, la mirada inquisitiva desde dentro, el gesto rápido de abrir o no abrir. El Daniel’s funcionaba bajo la figura de asociación privada, una argucia legal que permitía a su fundadora, María del Carmen Tobar —“Daniela” para todas—, controlar quién entraba y quién no. Si no te conocían o no venías acompañada por alguien de confianza, lo más probable es que la ventanita se cerrara con un suave clic. No por desdén, sino por miedo. (+ El ocio también es patriarcal)

    Dentro, el tiempo parecía funcionar de otra manera. Las luces eran bajas, las mesas pequeñas y el aire denso de conversación, tabaco y deseo. La DJ —una mujer altísima, magnética, con aire de estrella indie antes de que existiera el concepto— era el epicentro de todas las miradas. Pinchaba a Mari Trini, Donna Summer, Alaska y Mecano cuando el ánimo se desmadraba. Algunas noches llevaba un sombrero de cowboy, y cuando alguna la veía luego por la calle, con ese mismo aire entre rockero y melancólico, se alimentaban fantasías que podían durar meses.

    Mi amiga —una de esas mujeres que amaban mirar más que ser vistas— me contaba cómo, al cruzársela por la calle, el pulso se le aceleraba. Imaginaba su piso, las discusiones con la novia, los discos apilados junto al tocadiscos. Era 1986, y aunque la ciudad empezaba a volverse moderna, aún había rincones donde los deseos femeninos eran subterráneos, casi clandestinos. Daniel’s era uno de ellos.

    La historia oral del local está hecha de gestos: una luz roja que se encendía cuando la policía iba a entrar, la orden silenciosa de sentarse, fingir que se jugaba a cartas, disolver las parejas. Un teatro improvisado para sobrevivir. En los setenta y ochenta, ser lesbiana podía costarte el trabajo, la familia o la libertad. Pero entre esas paredes se respiraba algo más fuerte que el miedo: la certeza de estar compartiendo un secreto hermoso y peligroso.

    En los años noventa, el Daniel’s amplió espacio, añadió una pequeña pista de baile y hasta patrocinó un equipo deportivo femenino. Era el sitio donde todo el mundo del ambiente terminaba cayendo tarde o temprano, incluso si fingía no saber de su existencia. Pero la modernidad, como siempre, también tuvo su precio. Las nuevas normativas municipales, las exigencias de seguridad y la gentrificación hicieron inviable mantener el local. Cerró discretamente, como había vivido: sin hacer ruido, dejando tras de sí una estela de historias.

    Hoy, si pasas por la plaza de Cardona, el número 7-8 no dice nada. Ningún cartel lo recuerda, pero quienes estuvieron allí todavía sienten que aquel lugar les cambió la vida. Porque Daniel’s no era solo un bar. Era un umbral. Una puerta con ventanita que se abría a otra posibilidad de ser mujer, de desear, de existir fuera del relato dominante.

    Y quizá por eso sigue latiendo, de alguna manera, en cada espacio que reclama libertad para amar sin permiso. El Daniel’s fue nuestra pequeña revolución doméstica: una trinchera envuelta en terciopelo rojo y música lenta. Un lugar donde, por unas horas, el mundo se volvía justo, posible y profundamente nuestro.

  • Seguro que lo has oído alguna vez, con tono solemne y una ceja arqueada de sabiduría popular:
    —Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

    Ah, la frase mágica. El bálsamo con el que este país cura su mala conciencia. Porque, seamos honestos: lo difícil no es “valer”, es que te abran la puerta. Y, una vez abierta, suele ser mucho más sencillo demostrar talento.

    En España, donde la meritocracia se pronuncia más que se practica, los contactos son el mejor currículum. En sectores como la televisión, la política, la cultura o los medios, las puertas no se empujan: se abren desde dentro. Los apellidos son llaves maestras. Y si además se hereda un poco de carisma, el resto viene rodado.

    Ahí están las sagas televisivas, los linajes de presentadores y periodistas: los Prats, los Ónega, las Campos… Los hijos de, nietos de y sobrinos de proliferan con la naturalidad con la que otras hacemos malabares para llegar a fin de mes. Según un estudio de la OCDE (2022), más del 35 % de los altos cargos en los sectores mediáticos y culturales provienen de familias con conexiones previas. En política, la cifra sube al 41 %, y en grandes corporaciones alcanza el 52 %. (+ Políticos, S.A.)

    Pero no, tranquilos, luego hay que valer. La frase se repite como un mantra para justificar lo injustificable. Como si empezar la carrera cincuenta metros más adelante no contara. Como si el apellido no pesara más que un máster.

    El nepotismo se disfraza de “confianza”, de “dinastía” o de “casualidad”. Y la ironía es que, una vez dentro, quien ha entrado por recomendación suele recibir más indulgencia que quien llega por méritos propios. Si el “enchufado” falla, se le da otra oportunidad; si el “anónimo” tropieza, se le borra del mapa.

    En el mundo de la empresa privada sucede lo mismo: cargos heredados, fichajes “de confianza”, promociones internas que parecen sacadas de un árbol genealógico más que de un proceso de selección. El talento importa, sí, pero el apellido selecciona.

    Y por si alguien duda de que esto sea así, Candice nos lo recuerda con elegancia. En una de sus escenas más deliciosamente mordaces, Vanessa recibe la llamada de un constructor que le pide un favor: colocar a su hija “mocatriz” —modelo, cantante y actriz— en alguna campaña publicitaria.
    Ella, sabiendo perfectamente de qué pie cojea la familia, responde con cortesía diplomática:
    —“Lo tendré en cuenta, querido, pero ya sabes que en esto del modeleo quien manda es el cliente…”

    La escena resume con precisión quirúrgica lo que muchos llaman “capital social” y otras preferimos llamar por su nombre: enchufe. Porque, como Vanessa, no todas las puertas están dispuestas a abrirse, pero casi siempre hay alguien que lo intenta.

    Mientras tanto, miles de personas igual de válidas —o más— siguen esperando fuera, enviando currículums a direcciones genéricas y soñando con procesos justos que rara vez existen. Y aun así, seguimos escuchando el eco:
    —Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

    Claro. Pero si tan solo nos dejaran entrar, ya veríamos cuántos valen de verdad.

  • En los últimos años hemos escuchado —con razón— hablar mucho de masculinidad tóxica: esos comportamientos aprendidos que dañan a las mujeres, a los hombres y a toda la sociedad. Pero, curiosamente, se habla muy poco de su contracara: la feminidad tóxica. Un conjunto de actitudes profundamente arraigadas que no provienen de ningún patriarca omnipresente, sino que son reproducidas, sostenidas y legitimadas muchas veces… por las propias mujeres. (+ Cuando el machismo habla con voz de madre)

    La feminidad tóxica se manifiesta cuando nos convertimos en policías unas de otras. Cuando juzgamos a otra mujer por cómo viste, por su cuerpo, por su edad, por cómo cría, por si tiene hijos o no los tiene, por si folla mucho o poco, por si es “demasiado intensa” o “demasiado fría”. Todo ese escrutinio feroz que ejercemos entre nosotras no es inocente: es el mismo sistema que nos oprime funcionando a través de nuestras propias bocas.

    Otro ejemplo evidente es la transmisión intergeneracional de la culpa. Las madres que enseñan a sus hijas a “no provocar”, a “sentarse bien”, a “no ser una fresca”. Las tías que te advierten de no “quedarte para vestir santos” y de “no ir enseñando tanto”. No son villanas: repiten un guion que heredaron. Pero al hacerlo, perpetúan los mismos mecanismos que les limitaron a ellas.

    También está la feminidad tóxica que se disfraza de “romanticismo”. Esa que glorifica el sacrificio femenino en nombre del amor: aguantar, cuidar sin límite, perdonar lo imperdonable, “porque así son los hombres”. Se nos enseña que nuestra valía está en cuánto aguantamos, en cuán indispensables nos volvemos, en la capacidad de disolvernos para que el otro brille.

    En el terreno laboral, la feminidad tóxica aparece en forma de rivalidad sutil. No siempre son puñaladas abiertas: a veces es esa sonrisa falsa, ese sabotaje pasivo, esa crítica que parece un consejo pero está diseñada para restar. La cultura del “solo puede haber una” en la cúspide es otra trampa más. Competimos en lugar de aliarnos, reforzando así el techo de cristal que decimos querer romper.

    Y, por último, está la autoexigencia llevada al extremo: el mandato de ser guapa, delgada, joven, sensual, buena madre, excelente profesional, pareja comprensiva y feminista impecable, todo a la vez. Cuando no alcanzamos el ideal imposible —porque no se puede— nos convertimos en nuestras propias carceleras. Nadie nos vigila tanto como nosotras mismas.

    Hablar de feminidad tóxica no es culparnos colectivamente ni negar las estructuras de poder que existen. Es reconocer que también tenemos agencia, y que parte de esa agencia implica revisar los comportamientos que reproducimos sin cuestionarlos. No basta con señalar la masculinidad tóxica hacia fuera: también hay que mirar hacia dentro y desactivar las trampas que perpetuamos entre nosotras.

    Solo cuando desmontemos ambas caras —masculina y femenina— de la misma moneda tóxica podremos aspirar a relaciones, comunidades y sociedades más libres. Porque si bien no creamos el sistema, muchas veces somos sus mejores guardianas.