Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

CLAMWORLD

Comprar

EL DIARIO DE ÚRSULA

Comprar

CANDICE

Comprar
  • Esta tarde, en el gimnasio, me he fijado en un chico de veintipocos años que caminaba de una manera muy particular. No porque tuviera prisa, ni porque estuviera cansado, ni porque llevara una mochila que le obligara a adoptar una postura extraña. Caminaba como si estuviera interpretando algo.

    Tenía los hombros colocados de una determinada manera, los brazos se movían siguiendo un patrón concreto, las piernas parecían acompañar el conjunto y hasta la pelvis tenía su papel en aquella coreografía. Todo estaba perfectamente coordinado para transmitir una idea bastante sencilla: aquí hay un hombre. Y no un hombre cualquiera, sino un hombre muy hombre.

    Me hizo gracia porque tenía mucha pluma. Pluma machirula. Muchísima.

    Y, una vez que reparé en ello, empecé a verla por todas partes. En otros hombres aparecía la misma rigidez en los hombros, la misma forma de caminar ocupando más espacio del necesario, la misma necesidad de que el cuerpo dijera algo que, en realidad, nadie le había preguntado.

    Es curioso observar hasta qué punto aprendemos a utilizar nuestra anatomía para demostrar quiénes somos.

    Porque nadie nace caminando así. Ningún bebé sale del hospital con las instrucciones de cómo debe colocar los hombros para parecer un macho. Los niños pequeños corren, saltan, se tiran al suelo, bailan cuando oyen música y se mueven con una libertad absoluta. Todavía no han aprendido que existen movimientos que son de niño y otros que son de niña, ni que algunos gestos pueden poner en peligro su recién estrenada masculinidad.

    Después llega la educación y aparece el catálogo de normas: no hagas ese gesto, no muevas tanto las manos, no juntes demasiado las piernas, no seas blando, no llores, no bailes así, no hables de esa manera. Y, sobre todo, no hagas nada que pueda hacer pensar a los demás que eres femenino.

    Lo curioso es que muchas de estas normas no tienen ninguna utilidad práctica. Nadie camina mejor por llevar los hombros rígidos ni se convierte en mejor hombre por ocupar medio metro más de acera. Son códigos aprendidos que, a fuerza de repetirlos, terminan pareciendo naturales.

    Y ahí está la gracia: cuando llevas tantos años interpretando una determinada manera de ser hombre, llega un momento en que ya no sabes dónde termina la representación y dónde empiezas tú.

    Lo mismo ocurre con muchas otras cosas. Hay hombres que no bailan porque bailar implica dejar que el cuerpo se mueva sin control. Hombres que no lloran delante de otros hombres. Hombres que no abrazan a sus amigos demasiado tiempo. Hombres que cambian el tono de voz, la postura o la forma de sentarse dependiendo de quién tengan delante. Hombres que convierten cualquier conversación en una competición porque necesitan demostrar que saben más, pueden más, aguantan más y, sobre todo, sienten menos.

    Y muchas veces ni siquiera lo hacen para impresionar a las mujeres. Lo hacen para que otros hombres sepan que siguen perteneciendo a la tribu. Es como una contraseña corporal: tranquilo, sigo siendo uno de los vuestros.

    Quizá por eso me llamó la atención aquel chico del gimnasio. No porque fuera masculino, sino porque parecía llevar la masculinidad puesta como quien lleva una camiseta con el logo bien visible. No había nada malo en su forma de caminar, por supuesto. Podía hacerlo como quisiera. Lo interesante era observar todo lo que había aprendido su cuerpo antes de llegar hasta allí.

    Las lesbianas conocemos bastante bien esa sensación de descubrir que muchas de las cosas que nos enseñaron sobre cómo debía comportarse una mujer eran, sencillamente, normas. Algunas las hemos aceptado, otras las hemos rechazado y otras nos las hemos quitado de encima después de años de llevarlas incorporadas.

    Y cuando empiezas a mirar el género desde fuera, resulta fascinante comprobar que los hombres también llevan encima un montón de instrucciones. Solo que algunas de ellas están tan normalizadas que ni siquiera lo parecen.

    Aquel chico probablemente no estaba pensando en nada de esto mientras cruzaba el gimnasio. Simplemente caminaba, como caminamos todos. Pero su manera de hacerlo llevaba detrás años de aprendizaje, correcciones y pequeñas prohibiciones.

    Y quizá eso sea lo más curioso de la masculinidad más rígida: que cuanto más natural parece, más interesante resulta preguntarse cuánto hay de naturaleza y cuánto de coreografía.

    Porque debajo de toda esa pluma machirula, al final, solo hay un cuerpo intentando caminar.

  • Hay ciudades que un día dejan de pertenecer a quienes las habitan. Siguen llamándose igual. Conservan sus edificios, sus plazas y sus monumentos. Aparecen en las mismas postales y en las mismas guías de viaje. Pero algo ha cambiado. Han dejado de vivir para sí mismas y han empezado a vivir para los demás.

    No puedo evitar pensar que algunas ciudades, especialmente Barcelona, han acabado prostituyéndose.

    Y no, no lo digo como un insulto. Lo digo en el sentido más estricto de la palabra.

    Una prostituta alquila temporalmente su cuerpo a cambio de dinero. Una ciudad prostituida hace algo parecido: alquila sus calles, sus barrios, su identidad y hasta su alma para satisfacer un consumo rápido y masivo.

    No es una ciudad. Es un producto.

    Y como todo producto, acaba desgastándose.

    Siempre me ha gustado observar a los turistas. No porque me molesten; al contrario. Yo también he sido turista en muchas ciudades y sé perfectamente la ilusión que hace descubrir un lugar nuevo. El problema no es viajar. El problema es cuando dejamos de viajar para empezar a consumir ciudades.

    Consumirlas.

    Esa es la palabra.

    Llegar.

    Hacer la fotografía obligatoria.

    Comprar el imán para la nevera.

    Comer donde comen todos.

    Publicar tres historias en Instagram.

    Y marcharse.

    Todo ello en cuarenta y ocho horas.

    Mientras tanto, la ciudad sigue pagando la factura.

    Los comercios de toda la vida desaparecen porque ya no pueden competir con las tiendas de recuerdos.

    Las panaderías dejan paso a las franquicias.

    Los bares de barrio se transforman en escaparates donde una paella congelada cuesta treinta euros porque el cliente probablemente no volverá jamás.

    Los alquileres suben.

    Los vecinos se marchan.

    Y el barrio pierde la memoria.

    Barcelona lleva años viviendo este proceso. Hay calles por las que camino y tengo la extraña sensación de estar visitando un parque temático inspirado en Barcelona. Todo sigue estando donde estaba, pero ya no parece pensado para quienes vivimos aquí. Parece diseñado para quien llega un jueves y se marcha el domingo.

    Las Ramblas hace mucho que dejaron de ser las Ramblas de los barceloneses.

    El Barrio Gótico corre el riesgo de convertirse en un decorado.

    Y la Barceloneta lucha cada verano por recordar que antes de las toallas existieron vecinos.

    Lo más triste es que muchas veces confundimos éxito con saturación.

    Cuantos más turistas, mejor.

    Cuantos más cruceros, mejor.

    Cuantos más apartamentos turísticos, mejor.

    ¿Seguro?

    Porque una ciudad también necesita respirar.

    Necesita que haya personas que la vivan y no únicamente personas que la utilicen.

    Siempre me ha parecido curioso que hablemos de sostenibilidad cuando hablamos del planeta, pero tan poco cuando hablamos de las ciudades. Como si las calles no pudieran agotarse. Como si el patrimonio no pudiera erosionarse. Como si la identidad de un lugar fuera infinita.

    Y no lo es.

    Las ciudades también se cansan.

    También envejecen.

    También pueden perder aquello que las hacía únicas.

    Quizá el verdadero lujo no sea poder visitar Barcelona.

    Quizá el verdadero lujo sea que Barcelona siga siendo Barcelona dentro de veinte o treinta años.

    Que continúe teniendo librerías donde comprar un libro sin hacer cola detrás de veinte mochilas.

    Que sus mercados sigan vendiendo a los vecinos antes que a los algoritmos de las redes sociales.

    Que aún existan bares donde el camarero recuerde tu nombre y no solo el idioma en el que debe atenderte.

    No estoy en contra del turismo.

    Estoy en contra del turismo que desgasta más de lo que devuelve.

    Del que convierte las ciudades en mercancía.

    Del que exprime hasta la última gota de autenticidad para vender una experiencia cada vez más artificial.

    Porque las ciudades, igual que las personas, pueden vender su cuerpo durante un tiempo.

    Lo que no deberían vender nunca es su alma.

    Y tengo la sensación de que Barcelona lleva demasiado tiempo negociando precisamente con ella.

  • «Yo era una chica normal, en una edad especial y fantasía en el pelo…»

    Cada vez que escucho esa canción de Mónica Naranjo vuelvo inevitablemente al año 2002. Yo también era una chica normal. Bueno… eso creía. Porque aquel año contraje una enfermedad de la que tardé más de tres años en recuperarme.

    La medicina la llama enamoramiento.

    Yo prefiero llamarla locura transitoria.

    La relación duró quince días.

    La enfermedad, más de tres años.

    Sí, habéis leído bien.

    Quince días de relación. Tres años de convalecencia.

    Con el tiempo comprendí que el amor tiene muy poco que ver con el corazón y muchísimo con el cerebro. Cuando nos enamoramos, la dopamina se dispara, el sistema de recompensa se vuelve loco y la parte encargada del pensamiento crítico decide tomarse unas vacaciones. De pronto, esa persona se convierte en alguien imprescindible. No porque lo sea, sino porque nuestro cerebro decide que así debe ser.

    No vemos a quien tenemos delante.

    Vemos a quien necesitamos ver.

    Y yo construí una auténtica religión alrededor de alguien a quien apenas había conocido.

    Recuerdo perfectamente la noche en la que quiso terminar la relación. Bueno, técnicamente pidió «un tiempo». Esa frase tan elegante que suele significar que una historia ya ha empezado a acabarse.

    Yo, con toda la seguridad que solo puede tener una persona profundamente enamorada, respondí:

    —Yo tiempo no te voy a dar… pero ¿con quién vas a dormir hoy?

    No sé si fue orgullo, ingenuidad o una mezcla explosiva de ambas.

    El caso es que aquella noche acabamos buscando un hotel por el casco antiguo de Barcelona.

    Y aquella despedida terminó siendo el peor tratamiento posible para mi enfermedad.

    Lo que debía haber sido un punto final se convirtió en unos puntos suspensivos.

    Mi cabeza decidió que todavía existía esperanza.

    Y cuando el cerebro se aferra a una esperanza, la realidad importa muy poco.

    Durante más de tres años viví pendiente de una historia que solo seguía existiendo dentro de mí.

    Hoy miro hacia atrás y casi sonrío.

    No porque fuera divertido.

    Sino porque aquella caída terminó convirtiéndose en el principio de todo.

    Hasta entonces había buscado fuera lo que nunca había construido dentro.

    Esperaba que otra persona llenara espacios que me correspondía llenar a mí.

    Confiaba mi felicidad a decisiones que no dependían de mí.

    Vivía convencida de que el amor consistía en encontrar a alguien.

    Hoy creo exactamente lo contrario.

    Creo que el amor consiste, antes que nada, en encontrarse una misma.

    Aquella enfermedad me obligó a iniciar el viaje más largo que he hecho nunca.

    No fue un viaje por Europa ni al otro lado del mundo.

    Fue un viaje hacia mí.

    Aprendí a estar sola.

    A viajar sola.

    A disfrutar de mi propia compañía.

    A dejar de pedir permiso para ser quien era.

    A convertirme en mi refugio.

    Y comprendí algo que nadie me había enseñado.

    Que el amor más importante de nuestra vida no es el que sentimos por otra persona.

    Es el que somos capaces de construir con nosotras mismas.

    Hoy sigo creyendo en el amor.

    Muchísimo.

    Pero ya no creo en la dependencia.

    Porque la mujer que salió de aquella historia no volvió a buscar a nadie que la completara.

    Descubrió algo mucho más valioso.

    Que ya estaba completa.

    Y quizá esa sea la única vacuna eficaz contra esta enfermedad.

    Quererse tanto que, si un día el amor vuelve a llamar a la puerta, entre como un regalo.

    Nunca más como un salvavidas.

  • Estoy muy orgullosa de pertenecer al colectivo LGTBIQ+, mucho. En parte creo que fue precisamente eso lo que me salvó la vida en su día y terminó llenando de sentido mi existencia. Lo he escrito muchas veces y no me cansaré de repetirlo: pertenecer a este colectivo me obligó a hacerme preguntas que probablemente nunca me habría planteado de otra forma. Me obligó a pensar por mí misma, a cuestionar lo establecido y a construir una vida más libre. Y por eso, cuando llega el Orgullo, no veo una fiesta. Veo una conquista.

    Porque el Orgullo nunca fue solo una celebración.

    Fue, y sigue siendo, una respuesta.

    Una respuesta a quienes nos insultaron. A quienes nos hicieron creer que éramos un error. A quienes intentaron convencernos de que debíamos escondernos, pedir perdón o vivir nuestras vidas entre susurros. El Orgullo nació para decir exactamente lo contrario: aquí estamos y no pensamos volver al armario.

    Por eso me preocupa cuando escucho que «ya no hace falta». Que «ya somos iguales». Que «el Orgullo se ha convertido en una fiesta». Ojalá fuera cierto. Ojalá pudiéramos permitirnos celebrar únicamente porque la batalla ya estuviera ganada.

    Pero no lo está.

    Basta con leer las noticias para comprobar que las agresiones contra personas LGTBIQ+ siguen produciéndose. En los últimos años hemos asistido a un preocupante aumento de los delitos de odio y de los discursos que cuestionan derechos que parecían consolidados. Basta con que una pareja de mujeres se dé la mano en determinados lugares para que todavía hoy sienta la necesidad de mirar antes a su alrededor. Basta con escuchar algunos debates públicos para comprender que nuestra existencia sigue resultando incómoda para demasiadas personas.

    Y cuando aumentan las agresiones, la visibilidad deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad.

    Porque el odio no desaparece ignorándolo.

    Se combate ocupando espacio.

    Mostrándonos.

    Apoyándonos unas a otras.

    Recordando que ninguna persona debería tener miedo por amar, por ser o por existir.

    Por eso el Orgullo importa.

    Porque no todas las adolescentes lesbianas tienen todavía un referente cerca. Porque no todos los chicos gais pueden cogerse de la mano sin pensarlo dos veces. Porque muchas personas trans siguen enfrentándose cada día a una incomprensión que desgasta. Porque todavía hay quien pierde a su familia, su trabajo o su tranquilidad simplemente por vivir con honestidad.

    Y también porque el Orgullo no solo protege a quienes hoy forman parte del colectivo. Protege a quienes aún no saben que un día lo harán. A esa niña que siente que no encaja. A ese adolescente que piensa que está solo. A esa mujer que descubrirá con cuarenta años que siempre amó a otras mujeres. Todas ellas necesitan mirar alrededor y comprobar que existe un lugar al que pertenecer.

    El próximo 18 de julio, las calles de Barcelona volverán a llenarse de banderas, música, reivindicación y alegría. Habrá quien solo vea una celebración. Yo veré miles de historias distintas caminando en la misma dirección. Personas que saben que los derechos nunca son definitivos y que la libertad hay que defenderla generación tras generación.

    Yo estaré allí. No solo por mí. También por quienes ya no están. Por quienes lucharon cuando hacerlo era infinitamente más difícil. Por quienes sufrieron el desprecio, la violencia o el silencio para que hoy podamos vivir un poco mejor.

    Y también por quienes vendrán después.

    Porque el Orgullo no consiste únicamente en recordar de dónde venimos.

    Consiste, sobre todo, en decidir hacia dónde queremos seguir caminando.

    Feliz Orgullo.

    Nos vemos en las calles.

  • Hay una frase que escucho con cierta frecuencia y que siempre consigue dejarme perpleja:

    —Yo no sé bailar.

    Curiosamente, quien la pronuncia casi nunca es una mujer. Suele ser un hombre heterosexual de cierta edad, atrapado en una boda, una fiesta o cualquier otro contexto en el que alguien ha cometido la temeridad de poner música.

    Entonces sucede el ritual.

    Las mujeres bailan.

    Los niños bailan.

    Las abuelas bailan.

    Las lesbianas bailan.

    Los gays bailan.

    Los camareros, si les dejan, también bailan.

    Y en una esquina aparece él, inmóvil como un armario empotrado, agarrado a una cerveza como si fuera un salvavidas en mitad del océano.

    —Yo no sé bailar.

    ¿Perdón?

    ¿Y cuándo lo olvidaste?

    Porque, hasta donde yo sé, todos los bebés bailan.

    Todos.

    No existe un solo bebé que escuche música y piense: «Me gustaría moverme, pero temo que mi reputación masculina pueda verse comprometida».

    Los bebés se mueven. Punto.

    Bailan con entusiasmo, con descoordinación, con alegría y sin el menor sentido del ridículo. Exactamente igual que deberíamos hacer los adultos.

    Por eso sospecho que el problema no es no saber bailar.

    El problema es otro.

    Lo que muchos hombres quieren decir en realidad es:

    —No quiero que me vean bailar.

    Y ahí entramos en el fascinante mundo de las heterosexualidades tóxicas.

    Esas pequeñas representaciones teatrales mediante las cuales algunos hombres se ven obligados a demostrar constantemente que son hombres. Muy hombres. Tan hombres que cualquier actividad mínimamente lúdica, expresiva o espontánea parece poner en peligro toda esa construcción.

    Porque no se trata solo de bailar.

    También están los que no cantan.

    Los que no abrazan.

    Los que no expresan emociones.

    Los que no piden ayuda.

    Los que no usan determinadas prendas.

    Los que no leen determinadas novelas.

    Los que no ven determinados espectáculos.

    Los que parecen pasar la vida entera superando una prueba de acceso a la masculinidad que nadie les ha pedido.

    Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera lo hacen para impresionar a las mujeres.

    Lo hacen para impresionar a otros hombres.

    Como si existiera un jurado invisible evaluando cada movimiento de sus caderas.

    Lo observo y no puedo evitar sentir cierta ternura.

    Porque tiene que ser agotador.

    Imagina vivir vigilándote constantemente.

    Calculando cada gesto.

    Filtrando cada palabra.

    Preguntándote si algo parecerá suficientemente masculino.

    Yo, que soy lesbiana, hace años que abandoné ese tipo de controles fronterizos. Una vez cuestionas las normas sobre a quién debes amar, empiezas a sospechar que quizá muchas otras normas también eran absurdas.

    Y descubres algo maravilloso.

    Que bailar no tiene orientación sexual.

    Que reír no tiene orientación sexual.

    Que emocionarse no tiene orientación sexual.

    Que disfrutar tampoco la tiene.

    La libertad consiste precisamente en eso: en hacer las cosas porque te apetecen, no porque encajen en una caricatura de lo que se supone que debes ser.

    Por eso, cada vez que escucho a un hombre decir que no sabe bailar, no puedo evitar imaginarme al niño que fue.

    Ese niño que se movía feliz al escuchar cualquier melodía.

    Ese niño que no tenía ningún problema con su cuerpo.

    Ese niño que todavía no había aprendido a censurarse.

    Y entonces me pregunto quién le convenció de que quedarse quieto era más masculino que disfrutar.

    Porque sospecho que, en realidad, sí sabe bailar.

    Lo que olvidó fue cómo dejar de tener miedo.

  • Durante este último año muchas lectoras me han escrito para compartir dudas, inquietudes o experiencias personales.

    Algunas de esas conversaciones han terminado inspirando artículos enteros.
    Por eso he decidido abrir una nueva sección: Pregúntale a Úrsula.

    Si hay algo que te ronda la cabeza —sobre relaciones, felicidad, autoestima, lesbianismo, escritura o simplemente sobre la vida— puedes enviarme tu pregunta, abajo, en comentarios.

    Quizá termine convirtiéndose en uno de los próximos artículos del blog.

  • Hace unos días estaba hablando con una amiga. Tiene pareja, una casa bonita, trabajo estable y unos padres que, afortunadamente, gozan de buena salud. Sin embargo, lleva años conviviendo con la ansiedad y la depresión. En un momento de la conversación le pregunté algo que me salió casi sin pensar:

    —¿Eres feliz?

    No me respondió. O mejor dicho, me respondió con evasivas. Dio un rodeo, luego otro, y terminó cambiando de tema. Después añadió una frase que se me quedó dando vueltas en la cabeza durante días:

    —Eres la única persona feliz que conozco.

    Tengo que reconocer que me sorprendió.

    Soy feliz, sí. Me gusta serlo y me gusta reconocerlo. Pero no porque haya tenido una vida perfecta, ni porque consuma muchos productos innecesarios, ni porque me rodee de gente para no sentirme sola. Tampoco porque todo me salga bien. Nada de eso.

    Ha habido mucho trabajo personal y muchas conversaciones interiores hasta llegar a la excelente relación que tengo hoy conmigo misma.

    Ha sido un entrenamiento.

    Poco a poco aprendí a tratarme como trataría a mi mejor amiga: apoyándome cuando lo necesitaba, evitando críticas inútiles, acariciándome el lomo cuando la situación era difícil y siendo estricta cuando hacía falta. Estricta, sí. Mortificante, jamás.

    Mientras hablaba con mi amiga, me vino una pregunta a la cabeza. Si una persona tiene pareja, una casa agradable, estabilidad económica y una vida aparentemente ordenada, ¿por qué sigue siendo profundamente infeliz? ¿Por qué seguimos dedicando tanta energía a ampliar estructuras externas cuando la estructura interna se está desmoronando?

    Porque ese es el problema.

    Nos enseñan a construir una vida, pero no a construirnos a nosotras mismas.

    Nos enseñan a buscar pareja, trabajo, propiedades, reconocimiento social y seguridad económica. Y todas esas cosas pueden ser estupendas. Pero ninguna de ellas tiene capacidad para arreglar una mala relación con una misma.

    Ninguna.

    Chicas, asumámoslo: estamos solas.

    Y no lo digo de forma trágica. Lo digo como una realidad liberadora.

    La única persona que va a acompañarnos desde el primer día hasta el último somos nosotras mismas. Todo lo demás cambia. Las parejas llegan y se van. Las amistades aparecen y desaparecen. Los trabajos terminan. Incluso las familias se transforman con el paso de los años.

    Nosotras permanecemos.

    Recuerdo cuando yo misma era tremendamente dependiente. Aquello acabó llevándome a la consulta de una psicóloga. Bueno, siendo exactas, lo que me llevó allí fue la ansiedad. Bendita compañera. Siempre aparece cuando insistimos en caminar por el camino equivocado.

    Durante una sesión le dije, convencidísima, que yo era una persona muy independiente.

    Ella me miró fijamente y me preguntó:

    —¿Has ido alguna vez sola al cine?

    No.

    —¿A cenar?

    No.

    —¿Al teatro?

    No.

    —¿Has viajado sola?

    Tampoco.

    Y en ese momento desmontó, en apenas treinta segundos, toda la imagen que tenía de mí misma.

    Aquellos fueron mis deberes. Y terminaron cambiando mi vida.

    Porque la independencia también se entrena.

    Nadie pretende levantar cien kilos sin haber tocado antes una pesa. Nadie espera bailar pole dance sin meses de práctica. Sin embargo, muchas personas creen que pueden ser emocionalmente independientes sin haber ejercitado nunca esa capacidad.

    La independencia se construye haciendo planes con una misma. Aprendiendo a disfrutar de la propia compañía. Descubriendo que una comida, un viaje o una tarde de cine no pierden valor porque no haya otra persona al lado.

    Al principio resulta extraño.

    Te sientes observada. Fuera de lugar. Incómoda.

    Son las agujetas de la nueva rutina.

    Pero poco a poco sucede algo extraordinario: empiezas a conocerte. Y cuando te conoces, empiezas a gustarte. Y cuando te gustas, dejas de necesitar desesperadamente que otras personas llenen vacíos que solo te corresponde llenar a ti.

    Porque la única persona que no puede abandonarte eres tú.

    Y quizá por eso la relación más importante de toda tu vida no sea la de pareja, ni la familiar, ni siquiera la de amistad.

    Quizá sea la que mantienes contigo misma.

    La pregunta es sencilla: si fueras tu propia compañera de viaje para siempre, ¿te gustaría pasar tiempo contigo?

  • Últimamente observo algo que, cuanto menos, resulta curioso: muchas lesbianas y personas del colectivo LGTBIQ+ se manifiestan abiertamente contra el genocidio en Gaza, llenan redes sociales de mensajes de apoyo y acuden a manifestaciones ondeando banderas arcoíris junto a banderas palestinas. Y, en principio, me parece bien. Defender a población civil atrapada entre bombas, hambre y destrucción debería ser algo bastante básico desde el punto de vista humano.

    El problema aparece cuando intentas introducir un matiz.

    Porque sí, existe una realidad incómoda que muchas veces desaparece de la conversación: gran parte de Oriente Medio —incluida Gaza— está muy lejos de ser un lugar amable para las personas homosexuales, bisexuales o trans. No hablamos de pequeños desacuerdos ideológicos. Hablamos de sociedades profundamente conservadoras donde la homosexualidad sigue estando perseguida social, religiosa o incluso legalmente.

    Y aquí es donde el debate se vuelve interesante.

    ¿Cómo es posible que colectivos históricamente perseguidos apoyen con tanta intensidad contextos donde probablemente ellos mismos serían rechazados?

    La respuesta rápida sería hablar de empatía. Y es cierto: una persona puede condenar el sufrimiento humano sin necesidad de compartir la cultura, religión o valores de quien lo padece. No hace falta que alguien te aceptara a ti para entender que no merece morir bajo un bombardeo.

    Hasta ahí, todo lógico.

    Pero creo que también existe otro fenómeno mucho más contemporáneo: la idea de que todas las minorías forman automáticamente parte del mismo bloque moral y político. Como si cualquier colectivo discriminado tuviera necesariamente objetivos, valores o visiones del mundo compatibles entre sí.

    Y la realidad no funciona así.

    Ser una minoría no convierte automáticamente a nadie en tolerante, feminista o defensor de los derechos LGTBIQ+. La historia está llena de grupos oprimidos que, a su vez, oprimían a otros. Nos cuesta aceptar eso porque preferimos las narrativas simples: buenos y malos, víctimas y verdugos, opresores y oprimidos perfectamente ordenados en casillas morales.

    Y quizá ahí aparece otro problema aún más profundo.

    Vivimos en una sociedad tan acostumbrada al consumo emocional y a las narrativas simplificadas que, en ocasiones, parece haber perdido parte de su capacidad para mirar la realidad de frente. Todo debe ser rápido, identificable y emocionalmente limpio. Necesitamos héroes reconocibles y causas fáciles de compartir en una story de Instagram.

    Pero el mundo real no funciona como una película infantil.

    Un león no es Simba. Y determinadas regiones del planeta tampoco responden necesariamente a los códigos culturales y morales que proyectamos sobre ellas desde Occidente. A veces da la sensación de que parte del activismo contemporáneo consume conflictos complejos del mismo modo que alguien hace un safari creyendo que la naturaleza salvaje comparte la lógica amable de un dibujo animado. Y luego llegan las sorpresas.

    La realidad suele ser bastante menos simpática que nuestra necesidad emocional de simplificarla.

    Eso no significa justificar bombardeos ni relativizar el sufrimiento civil. Y precisamente ahí está el matiz que tan difícil parece sostener hoy en día. Porque se puede condenar la destrucción de Gaza y, al mismo tiempo, reconocer que los derechos LGTBIQ+ en esos territorios son prácticamente inexistentes.

    Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

    Y asumirlo no debería convertir a nadie en monstruo.

    De hecho, quizá la verdadera madurez política empieza precisamente ahí: cuando eres capaz de sostener dos ideas incómodas simultáneamente sin apagar el cerebro para sentirte moralmente puro.

    Personalmente, creo que parte del activismo moderno ha caído en una especie de sentimentalismo automático donde introducir complejidad parece casi una traición. Si apoyas una causa, parece obligatorio aceptar absolutamente todo lo relacionado con ella. Y si introduces matices, inmediatamente corres el riesgo de ser señalado.

    Pero pensar no debería consistir en repetir consignas emocionalmente cómodas.

    Pensar debería consistir precisamente en soportar contradicciones sin convertir el mundo en un cuento infantil.

    Porque la empatía real no exige idealizar a nadie.

    Y quizá uno de los mayores errores de nuestra época sea creer que solo merecen compasión quienes piensan exactamente como nosotros.

  • Tengo que reconocerlo: soy extremista con este tema. Estoy radicalmente a favor de no tener hijos.

    Pam.

    Ya está. Ya lo he dicho.

    Y no, no es que no sepa reconocer la felicidad en el rostro de quienes, siguiendo el mandato biológico —o social, o hormonal, o el que sea— deciden tenerlos. Tampoco voy a negar que los niños puedan ser monísimos, porque lo son. Eso sí: monísimos… hasta que te toca convivir con ellos una semana entera sin devolución posible.

    Lo mío va por otro lado. Es algo más profundo. Una especie de antiinstinto. El movimiento contrario al de quienes, al no poder tener hijos, pierden la brújula y los ahorros intentando que la ciencia, el destino o una clínica de fertilidad les concedan uno. Yo camino en dirección opuesta.

    Y por favor, ahorradme el clásico:

    “Si todas pensáramos como tú, se acabaría el mundo”.

    No sufráis. No va a pasar. Todas no piensan como yo, ni muchísimo menos. Soy perfectamente consciente de que pertenezco a una minoría bastante rara.

    Pero qué queréis que os diga: me produce una paz inmensa pensar que no voy a dejar a nadie sufriendo aquí cuando me vaya. Ni tampoco tener que sufrir yo por alguien que, por el simple hecho de existir, quedará inevitablemente expuesto a todo lo que implica vivir.

    Porque esa es otra gran verdad incómoda: traer a alguien al mundo es meterlo en un problema gigantesco.

    Sí, la vida tiene cosas maravillosas. Claro que las tiene. Un atardecer bonito, enamorarse, una canción perfecta, una cerveza fría después de un mal día. Todo eso existe. Pero también existe el dolor, la ansiedad, las pérdidas, la enfermedad, la precariedad, el miedo y esa colección interminable de tarados funcionales con los que compartimos planeta.

    Y aun así, decidimos invitar gente nueva.

    Es fascinante.

    Mis hijos, en cambio, están estupendamente donde están: en algún limbo imaginario, flotando entre nubecitas, sin hipotecas, sin traumas familiares y sin reuniones de vecinos. Angelitos asexuados y felices, esperando eternamente a que su madre tenga la brillante idea de empujarlos hacia este valle de lágrimas.

    Tranquilos, nenes. No va a ocurrir.

    Y sí, ya sé lo que muchas pensarán: egoísta, inmadura, exagerada, incluso loca. Lo acepto con bastante deportividad. Pero también me pregunto si alguna vez hemos analizado con honestidad hasta qué punto la maternidad se sigue tratando como una obligación moral encubierta.

    Especialmente a cierta edad.

    Porque una maternidad inesperada a los dieciséis puede entenderse desde el impulso, la falta de experiencia o el caos hormonal. Incluso a los veinte. Pero cuando una mujer adulta convierte tener hijos en el eje absoluto de su existencia, hasta el punto de hipotecar emocional y económicamente su vida, quizá también deberíamos permitirnos hacer algunas preguntas incómodas.

    ¿De verdad no hay otra forma de plenitud?

    ¿Tan insoportable resulta la idea de una vida centrada en una misma?

    Y aquí es donde llegan las ventajas, que existen y son gloriosas: más tiempo, más libertad, más dinero, más silencio, más viajes improvisados, menos miedo constante y, sobre todo, una sensación maravillosa de ligereza.

    La posibilidad de cerrar los ojos por la noche sin sentir que alguien depende de ti para seguir respirando.

    Y sinceramente, después de ver el estado del mundo, me parece bastante más una bendición que una tragedia.

  • Yo soy ochentera. O, como mínimo, profundamente noventera. Y eso significa haber crecido en una época donde la transexualidad existía, sí, pero de una forma muy distinta a como se entiende hoy. Mucho más dura, más marginal y, sobre todo, mucho más silenciosa.

    En los años ochenta el heteropatriarcado era una estructura mucho más rígida que ahora. Los hombres debían parecer hombres. Las mujeres debían parecer mujeres. Y cualquiera que se saliera de ahí quedaba automáticamente fuera del sistema. No había apenas referentes, ni lenguaje, ni redes sociales donde encontrar respuestas. La diferencia no se debatía: se castigaba.

    En ese contexto apareció la figura de la mujer transexual tal y como gran parte de mi generación la conoció: mujeres que hacían enormes esfuerzos físicos, sociales y médicos para integrarse en el género con el que se identificaban. Hormonas, operaciones, maquillaje, voz, gestos, ropa… todo giraba alrededor de una idea muy concreta: conseguir pasar desapercibidas dentro de una sociedad ferozmente binaria.

    Y eso no ocurría por frivolidad. Ocurría por supervivencia.

    El heteropatriarcado no toleraba zonas grises. Cuanto más conseguía parecerse una mujer trans al ideal clásico de feminidad, más posibilidades tenía de trabajar, alquilar un piso, evitar agresiones o simplemente caminar tranquila por la calle.

    Era un modelo durísimo, pero coherente con el mundo que existía entonces.

    Por eso muchas personas de mi generación sienten desconcierto ante ciertos discursos actuales sobre identidad de género. No necesariamente por rechazo, sino porque el marco mental era otro. En los ochenta, la transexualidad estaba profundamente ligada a la transformación física y al deseo de pertenecer socialmente al sexo sentido. La idea de que bastaba únicamente con la autoidentificación simplemente no formaba parte de la conversación pública.

    Y aquí aparece otro tema del que casi nunca se habla: la invisibilidad absoluta de los hombres trans.

    Porque el heteropatriarcado también operaba ahí de forma curiosa. Una mujer masculina podía generar incomodidad, pero un hombre afeminado era castigado con mucha más dureza social. La feminidad en los hombres se percibía como degradación; la masculinidad en las mujeres, en cambio, podía pasar más desapercibida o incluso interpretarse como una simple “marimacho”.

    Resultado: las mujeres trans eran hipervisibles y los hombres trans prácticamente invisibles.

    Muchas personas crecimos sin saber siquiera que existían.

    Eso también explica por qué gran parte del imaginario trans de los ochenta estaba centrado casi exclusivamente en mujeres trans muy feminizadas. Era la única representación que alcanzaba cierta presencia pública, aunque casi siempre desde la caricatura, la prostitución o el morbo televisivo.

    Hoy el escenario es completamente distinto. El concepto de identidad de género se ha ampliado enormemente y ya no todas las personas trans sienten la necesidad de modificar su cuerpo de la misma forma ni persiguen necesariamente el “passing” clásico. Para las generaciones más jóvenes, el género se entiende muchas veces como algo más flexible, más interno y menos condicionado por la apariencia física.

    Y ahí nace parte del choque generacional que estamos viviendo.

    No porque unas personas sean más válidas que otras, sino porque las reglas culturales han cambiado muchísimo en muy poco tiempo.

    Quienes crecieron en los ochenta aprendieron que el cuerpo era central en la transexualidad. Que convertirse en mujer o en hombre implicaba un proceso físico profundo porque la sociedad no iba a concederte absolutamente nada gratis. Las generaciones actuales, en cambio, han empezado a separar identidad y apariencia de una manera que entonces habría sido casi inimaginable.

    Quizá la clave no esté en decidir quién tiene razón.

    Quizá la clave sea entender que cada época fabrica sus propias formas de supervivencia.

    Y pocas cosas revelan mejor la evolución de una sociedad que observar cómo cambian las maneras de habitar el género.