Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Últimamente observo algo que, cuanto menos, resulta curioso: muchas lesbianas y personas del colectivo LGTBIQ+ se manifiestan abiertamente contra el genocidio en Gaza, llenan redes sociales de mensajes de apoyo y acuden a manifestaciones ondeando banderas arcoíris junto a banderas palestinas. Y, en principio, me parece bien. Defender a población civil atrapada entre bombas, hambre y destrucción debería ser algo bastante básico desde el punto de vista humano.

    El problema aparece cuando intentas introducir un matiz.

    Porque sí, existe una realidad incómoda que muchas veces desaparece de la conversación: gran parte de Oriente Medio —incluida Gaza— está muy lejos de ser un lugar amable para las personas homosexuales, bisexuales o trans. No hablamos de pequeños desacuerdos ideológicos. Hablamos de sociedades profundamente conservadoras donde la homosexualidad sigue estando perseguida social, religiosa o incluso legalmente.

    Y aquí es donde el debate se vuelve interesante.

    ¿Cómo es posible que colectivos históricamente perseguidos apoyen con tanta intensidad contextos donde probablemente ellos mismos serían rechazados?

    La respuesta rápida sería hablar de empatía. Y es cierto: una persona puede condenar el sufrimiento humano sin necesidad de compartir la cultura, religión o valores de quien lo padece. No hace falta que alguien te aceptara a ti para entender que no merece morir bajo un bombardeo.

    Hasta ahí, todo lógico.

    Pero creo que también existe otro fenómeno mucho más contemporáneo: la idea de que todas las minorías forman automáticamente parte del mismo bloque moral y político. Como si cualquier colectivo discriminado tuviera necesariamente objetivos, valores o visiones del mundo compatibles entre sí.

    Y la realidad no funciona así.

    Ser una minoría no convierte automáticamente a nadie en tolerante, feminista o defensor de los derechos LGTBIQ+. La historia está llena de grupos oprimidos que, a su vez, oprimían a otros. Nos cuesta aceptar eso porque preferimos las narrativas simples: buenos y malos, víctimas y verdugos, opresores y oprimidos perfectamente ordenados en casillas morales.

    Y quizá ahí aparece otro problema aún más profundo.

    Vivimos en una sociedad tan acostumbrada al consumo emocional y a las narrativas simplificadas que, en ocasiones, parece haber perdido parte de su capacidad para mirar la realidad de frente. Todo debe ser rápido, identificable y emocionalmente limpio. Necesitamos héroes reconocibles y causas fáciles de compartir en una story de Instagram.

    Pero el mundo real no funciona como una película infantil.

    Un león no es Simba. Y determinadas regiones del planeta tampoco responden necesariamente a los códigos culturales y morales que proyectamos sobre ellas desde Occidente. A veces da la sensación de que parte del activismo contemporáneo consume conflictos complejos del mismo modo que alguien hace un safari creyendo que la naturaleza salvaje comparte la lógica amable de un dibujo animado. Y luego llegan las sorpresas.

    La realidad suele ser bastante menos simpática que nuestra necesidad emocional de simplificarla.

    Eso no significa justificar bombardeos ni relativizar el sufrimiento civil. Y precisamente ahí está el matiz que tan difícil parece sostener hoy en día. Porque se puede condenar la destrucción de Gaza y, al mismo tiempo, reconocer que los derechos LGTBIQ+ en esos territorios son prácticamente inexistentes.

    Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

    Y asumirlo no debería convertir a nadie en monstruo.

    De hecho, quizá la verdadera madurez política empieza precisamente ahí: cuando eres capaz de sostener dos ideas incómodas simultáneamente sin apagar el cerebro para sentirte moralmente puro.

    Personalmente, creo que parte del activismo moderno ha caído en una especie de sentimentalismo automático donde introducir complejidad parece casi una traición. Si apoyas una causa, parece obligatorio aceptar absolutamente todo lo relacionado con ella. Y si introduces matices, inmediatamente corres el riesgo de ser señalado.

    Pero pensar no debería consistir en repetir consignas emocionalmente cómodas.

    Pensar debería consistir precisamente en soportar contradicciones sin convertir el mundo en un cuento infantil.

    Porque la empatía real no exige idealizar a nadie.

    Y quizá uno de los mayores errores de nuestra época sea creer que solo merecen compasión quienes piensan exactamente como nosotros.

  • Tengo que reconocerlo: soy extremista con este tema. Estoy radicalmente a favor de no tener hijos.

    Pam.

    Ya está. Ya lo he dicho.

    Y no, no es que no sepa reconocer la felicidad en el rostro de quienes, siguiendo el mandato biológico —o social, o hormonal, o el que sea— deciden tenerlos. Tampoco voy a negar que los niños puedan ser monísimos, porque lo son. Eso sí: monísimos… hasta que te toca convivir con ellos una semana entera sin devolución posible.

    Lo mío va por otro lado. Es algo más profundo. Una especie de antiinstinto. El movimiento contrario al de quienes, al no poder tener hijos, pierden la brújula y los ahorros intentando que la ciencia, el destino o una clínica de fertilidad les concedan uno. Yo camino en dirección opuesta.

    Y por favor, ahorradme el clásico:

    “Si todas pensáramos como tú, se acabaría el mundo”.

    No sufráis. No va a pasar. Todas no piensan como yo, ni muchísimo menos. Soy perfectamente consciente de que pertenezco a una minoría bastante rara.

    Pero qué queréis que os diga: me produce una paz inmensa pensar que no voy a dejar a nadie sufriendo aquí cuando me vaya. Ni tampoco tener que sufrir yo por alguien que, por el simple hecho de existir, quedará inevitablemente expuesto a todo lo que implica vivir.

    Porque esa es otra gran verdad incómoda: traer a alguien al mundo es meterlo en un problema gigantesco.

    Sí, la vida tiene cosas maravillosas. Claro que las tiene. Un atardecer bonito, enamorarse, una canción perfecta, una cerveza fría después de un mal día. Todo eso existe. Pero también existe el dolor, la ansiedad, las pérdidas, la enfermedad, la precariedad, el miedo y esa colección interminable de tarados funcionales con los que compartimos planeta.

    Y aun así, decidimos invitar gente nueva.

    Es fascinante.

    Mis hijos, en cambio, están estupendamente donde están: en algún limbo imaginario, flotando entre nubecitas, sin hipotecas, sin traumas familiares y sin reuniones de vecinos. Angelitos asexuados y felices, esperando eternamente a que su madre tenga la brillante idea de empujarlos hacia este valle de lágrimas.

    Tranquilos, nenes. No va a ocurrir.

    Y sí, ya sé lo que muchas pensarán: egoísta, inmadura, exagerada, incluso loca. Lo acepto con bastante deportividad. Pero también me pregunto si alguna vez hemos analizado con honestidad hasta qué punto la maternidad se sigue tratando como una obligación moral encubierta.

    Especialmente a cierta edad.

    Porque una maternidad inesperada a los dieciséis puede entenderse desde el impulso, la falta de experiencia o el caos hormonal. Incluso a los veinte. Pero cuando una mujer adulta convierte tener hijos en el eje absoluto de su existencia, hasta el punto de hipotecar emocional y económicamente su vida, quizá también deberíamos permitirnos hacer algunas preguntas incómodas.

    ¿De verdad no hay otra forma de plenitud?

    ¿Tan insoportable resulta la idea de una vida centrada en una misma?

    Y aquí es donde llegan las ventajas, que existen y son gloriosas: más tiempo, más libertad, más dinero, más silencio, más viajes improvisados, menos miedo constante y, sobre todo, una sensación maravillosa de ligereza.

    La posibilidad de cerrar los ojos por la noche sin sentir que alguien depende de ti para seguir respirando.

    Y sinceramente, después de ver el estado del mundo, me parece bastante más una bendición que una tragedia.

  • Yo soy ochentera. O, como mínimo, profundamente noventera. Y eso significa haber crecido en una época donde la transexualidad existía, sí, pero de una forma muy distinta a como se entiende hoy. Mucho más dura, más marginal y, sobre todo, mucho más silenciosa.

    En los años ochenta el heteropatriarcado era una estructura mucho más rígida que ahora. Los hombres debían parecer hombres. Las mujeres debían parecer mujeres. Y cualquiera que se saliera de ahí quedaba automáticamente fuera del sistema. No había apenas referentes, ni lenguaje, ni redes sociales donde encontrar respuestas. La diferencia no se debatía: se castigaba.

    En ese contexto apareció la figura de la mujer transexual tal y como gran parte de mi generación la conoció: mujeres que hacían enormes esfuerzos físicos, sociales y médicos para integrarse en el género con el que se identificaban. Hormonas, operaciones, maquillaje, voz, gestos, ropa… todo giraba alrededor de una idea muy concreta: conseguir pasar desapercibidas dentro de una sociedad ferozmente binaria.

    Y eso no ocurría por frivolidad. Ocurría por supervivencia.

    El heteropatriarcado no toleraba zonas grises. Cuanto más conseguía parecerse una mujer trans al ideal clásico de feminidad, más posibilidades tenía de trabajar, alquilar un piso, evitar agresiones o simplemente caminar tranquila por la calle.

    Era un modelo durísimo, pero coherente con el mundo que existía entonces.

    Por eso muchas personas de mi generación sienten desconcierto ante ciertos discursos actuales sobre identidad de género. No necesariamente por rechazo, sino porque el marco mental era otro. En los ochenta, la transexualidad estaba profundamente ligada a la transformación física y al deseo de pertenecer socialmente al sexo sentido. La idea de que bastaba únicamente con la autoidentificación simplemente no formaba parte de la conversación pública.

    Y aquí aparece otro tema del que casi nunca se habla: la invisibilidad absoluta de los hombres trans.

    Porque el heteropatriarcado también operaba ahí de forma curiosa. Una mujer masculina podía generar incomodidad, pero un hombre afeminado era castigado con mucha más dureza social. La feminidad en los hombres se percibía como degradación; la masculinidad en las mujeres, en cambio, podía pasar más desapercibida o incluso interpretarse como una simple “marimacho”.

    Resultado: las mujeres trans eran hipervisibles y los hombres trans prácticamente invisibles.

    Muchas personas crecimos sin saber siquiera que existían.

    Eso también explica por qué gran parte del imaginario trans de los ochenta estaba centrado casi exclusivamente en mujeres trans muy feminizadas. Era la única representación que alcanzaba cierta presencia pública, aunque casi siempre desde la caricatura, la prostitución o el morbo televisivo.

    Hoy el escenario es completamente distinto. El concepto de identidad de género se ha ampliado enormemente y ya no todas las personas trans sienten la necesidad de modificar su cuerpo de la misma forma ni persiguen necesariamente el “passing” clásico. Para las generaciones más jóvenes, el género se entiende muchas veces como algo más flexible, más interno y menos condicionado por la apariencia física.

    Y ahí nace parte del choque generacional que estamos viviendo.

    No porque unas personas sean más válidas que otras, sino porque las reglas culturales han cambiado muchísimo en muy poco tiempo.

    Quienes crecieron en los ochenta aprendieron que el cuerpo era central en la transexualidad. Que convertirse en mujer o en hombre implicaba un proceso físico profundo porque la sociedad no iba a concederte absolutamente nada gratis. Las generaciones actuales, en cambio, han empezado a separar identidad y apariencia de una manera que entonces habría sido casi inimaginable.

    Quizá la clave no esté en decidir quién tiene razón.

    Quizá la clave sea entender que cada época fabrica sus propias formas de supervivencia.

    Y pocas cosas revelan mejor la evolución de una sociedad que observar cómo cambian las maneras de habitar el género.

  • Pues sí. Un año más como escritora LGTBIQ+. Un año en el que, una vez más, no se ha elegido una Mamma en Roma, sino otro Papa (para la colección). Un año en el que las lesbianas seguimos sin haber llegado a la luna, mientras los hombres ya se plantean vivir allí. Y un año en el que el 8M, la fiesta de todas las mujeres, sigue mostrando grietas, distancias y tensiones entre nosotras. Nuestro propio ojo crítico y ese impulso constante por normativizar el movimiento acaban, en ocasiones, separándonos.

    A pesar de todo, ha sido un buen año. Un año vivido con entrega y pasión por lo que hago y por lo que me mueve internamente, que no siempre es fácil de sostener. Un año lleno de Orgullo —con mayúscula, como debe ser— por lo que soy y por el colectivo al que pertenezco, que para mí es el mejor del mundo.

    Lo he dicho muchas veces: no sabemos lo que tenemos. No hay nada, absolutamente nada, comparable a formar parte de alguna de nuestras siglas. Nuestra resiliencia y nuestro amor por la libertad siguen siendo nuestra mayor fortaleza. Y no debemos dejar nunca de mirar hacia ese horizonte donde están quienes, en el fondo, saben que son de las nuestras, aunque todavía no hayan dado el paso. Llegará el momento. Y cuando lo hagan, nos encontrarán.

    Estoy más convencida que nunca de la necesidad de voces LGTBIQ+ en todos los ámbitos, y especialmente en la literatura. No podemos retroceder en lo que hemos conseguido en términos de visibilidad, aunque quede tanto por hacer —y, en particular, en lo que a nosotras se refiere—. No ha sido fácil llegar hasta aquí. Muchas activistas se han dejado la piel por el camino para que hoy podamos ocupar este espacio.

    Por todo ello nace *El diario de Úrsula*. Un libro que recoge lo que ha ido ocurriendo a lo largo de estos 365 días y que ha captado mi atención. La mayoría de los textos giran en torno a mujeres que aman a otras mujeres; otros abordan temas más generales, y algunos son cuentos reinterpretados bajo una mirada atravesada por los colores del arcoíris. Es, en definitiva, una colección de artículos que a mí me habría gustado leer cuando era una adolescente perdida en mi propio cuerpo, cuando no tenía brújula.

    Gracias, siempre, por estar ahí, al otro lado, formando parte de esta historia que comenzó hace ya un par de años con *Clamworld* —ese mundo habitado solo por mujeres, donde los hombres no son ni siquiera un recuerdo—.

    Gracias por vuestros comentarios, por cualquiera de los canales desde los que me escribís, siempre sumando algo más a mis propias reflexiones. Y gracias también por vuestras pequeñas aportaciones —que para mí son enormes— y que hacen posible que este espacio siga vivo.

    Y, sobre todo, gracias por leer mis libros, por regalarlos y por seguir confiando en mí como autora.

  • Fingir un orgasmo no va de sexo.

    Va de desaparecer.

    De salir de una situación sin hacer ruido. De no incomodar. De no abrir una conversación que puede ser incómoda, torpe o directamente molesta. Es un gesto rápido, eficaz, casi automático. Un atajo.

    Y como todos los atajos, tiene un precio.

    Durante años, fingir el orgasmo se ha tratado como una anécdota. Algo incluso gracioso. Parte del juego. Pero basta rascar un poco para ver que no tiene nada de trivial. Es una conducta aprendida, repetida y, en muchos casos, normalizada.

    ¿Por qué se finge?

    Para terminar antes.
    Para no herir al otro.
    Para no dar explicaciones.
    Para no parecer “complicada”.
    Para no enfrentarse a algo que no está funcionando.

    Es decir: para evitar.

    Y funciona.

    El problema es que, mientras funciona hacia fuera, falla hacia dentro.

    Porque fingir no solo engaña al otro. También te descoloca a ti. Validas algo que no ha ocurrido. Das por buena una experiencia que no lo es. Y repites el patrón.

    La consecuencia es bastante simple: si todo “va bien”, nada cambia.

    Aquí entra un dato incómodo: existe una diferencia clara en la frecuencia de orgasmos entre hombres y mujeres en relaciones heterosexuales. No es un misterio biológico. Es, en gran parte, una cuestión de práctica, comunicación y conocimiento. Y fingir contribuye a que esa diferencia se mantenga.

    Porque si el resultado parece correcto, nadie revisa el proceso.

    Pero lo más interesante no está solo en el sexo.

    Está en el patrón.

    Fingir un orgasmo es una forma de gestionar una situación en la que una parte de ti no está satisfecha, pero decide no decirlo. No corregirlo. No pararlo. No cambiarlo.

    Simplemente, terminar.

    Y cuando una estrategia funciona, se repite.

    No hace falta hacer un salto enorme para verlo en otros ámbitos. Decir que sí cuando no apetece. Reír una gracia que no tiene ninguna. Mantener conversaciones por inercia. Sostener relaciones que no terminan de encajar.

    No es algo calculado. Es hábito.

    Un hábito que tiene lógica: evita conflicto, reduce tensión y permite seguir adelante sin fricción inmediata. Pero también tiene una consecuencia menos visible: te va alejando de lo que realmente pasa.

    Porque llega un momento en que no es solo el orgasmo lo que se finge.

    Se finge el interés.
    La comodidad.
    La conexión.

    Y eso ya no tiene que ver con el sexo.

    Tiene que ver con la forma en que una persona se relaciona consigo misma.

    Por eso la idea de que fingir es “inofensivo” es engañosa. No porque sea grave en sí mismo, sino porque es acumulativo. Cada vez que eliges no decir lo que ocurre, refuerzas esa decisión. Cada vez que la refuerzas, se vuelve más automática.

    Hasta que deja de parecer una elección.

    Y ahí está la trampa.

    No en haber fingido una vez. Sino en convertirlo en una forma de estar.

    Porque fingir resuelve el momento, sí. Pero también evita que algo mejore. Y lo que no mejora, se queda como está o empeora.

    En algún punto, la pregunta deja de ser si el otro lo está haciendo bien o mal.

    La pregunta es otra.

    ¿Por qué estás aceptando algo que no te sirve?

    Fingir un orgasmo no es un problema sexual.

    Es una renuncia pequeña.

    Y como todas las renuncias pequeñas, cuando se repiten, acaban construyendo algo mucho más grande de lo que parecía al principio.

  • Cada 23 de abril, Día de Sant Jordi transforma las calles en una celebración casi perfecta: libros, rosas, firmas, colas y una sensación compartida de cultura al alcance de todos. Es, probablemente, una de las imágenes más bonitas del mundo editorial.

    Pero también es, conviene decirlo, uno de sus días más desiguales.

    Porque detrás de esa fiesta hay cifras. Y las cifras no entienden de romanticismo.

    Se estima que Sant Jordi concentra entre un 8% y un 10% de las ventas anuales de libros en Cataluña, con una facturación que puede superar los 20 millones de euros en un solo día. Es un volumen económico enorme, concentrado en apenas unas horas, donde se decide mucho más que qué libro se regala: se decide quién ocupa espacio, quién vende y quién queda fuera.

    Y como ocurre en casi todos los mercados culturales, la distribución de ese dinero no es precisamente equitativa.

    Una parte muy significativa de esas ventas se concentra en títulos publicados por grandes grupos editoriales como Grupo Planeta o Penguin Random House Grupo Editorial. Son ellos quienes dominan escaparates, mesas centrales y presencia mediática. Sus autores —muchas veces convertidos en productos reconocibles— tienen visibilidad asegurada.

    No es casualidad. Es estructura.

    Los medios promocionan lo que ya es visible. Las librerías priorizan lo que saben que se venderá. Y el lector, en medio de ese ecosistema, elige entre lo que tiene delante.

    El resultado es un circuito bastante cerrado.

    Esto no significa que no exista diversidad. Existe. Hay autoras y autores de todo tipo, también dentro del colectivo LGTBIQ+. El problema es otro: esa diversidad no participa en igualdad de condiciones del reparto económico ni del espacio simbólico.

    Porque no basta con existir.

    Hay que estar.

    Y estar, en un día como Sant Jordi, significa algo muy concreto: tener libros distribuidos, acceso a firmas, presencia en medios y visibilidad real en el punto de venta. Todo eso requiere una maquinaria que la mayoría de escritoras independientes simplemente no tiene.

    Ahí es donde la diferencia se vuelve evidente.

    Muchas autoras LGTBIQ+ independientes trabajan con tiradas pequeñas, editoriales modestas o directamente en autoedición. Su alcance depende en gran medida del boca a boca, de redes sociales y de una comunidad que, aunque fiel, es limitada en comparación con los grandes circuitos comerciales.

    No compiten en igualdad de condiciones. Ni siquiera juegan el mismo partido.

    Mientras tanto, una parte importante del dinero que se mueve en Sant Jordi acaba en productos literarios diseñados para un consumo masivo, muchas veces vinculados a figuras mediáticas cuya relación con la literatura es, como mínimo, discutible.

    No es un problema nuevo, pero en un día como este se hace especialmente visible.

    Sant Jordi es una fiesta del libro, sí. Pero no todos los libros tienen la misma oportunidad de ser comprados.

    Y eso plantea una pregunta incómoda.

    ¿Qué estamos celebrando exactamente?

    Si la respuesta es la lectura, entonces conviene preguntarse qué tipo de historias estamos sosteniendo con nuestras decisiones de compra. Porque cada libro que se vende no es solo una transacción: es una apuesta por una voz, por una forma de contar, por un tipo de presencia en el mundo cultural.

    Elegir un libro no es un gesto neutro.

    Tiene consecuencias.

    Y en un mercado donde la visibilidad ya está tan concentrada, quizá el verdadero margen de maniobra esté en algo mucho más simple: mirar un poco más allá de la mesa principal.

    Buscar.

    Descubrir.

    Dar espacio a quienes no lo tienen garantizado.

    Porque, al final, la diferencia entre estar y no estar en días como Sant Jordi no siempre la marca la calidad.

    Muchas veces la marca la visibilidad.

    Y esa, a diferencia del talento, sí se puede repartir.

  • Durante mucho tiempo, el deseo entre mujeres ha sido contado por otros. Observado, interpretado, distorsionado. Convertido en fantasía ajena o reducido a insinuación elegante para no incomodar demasiado. Lo que rara vez se ha hecho es algo mucho más simple: dejar que las propias mujeres lo narren desde dentro.

    Por eso escribir novela lésbica erótica no es un capricho ni un subgénero menor. Es una forma de recuperar el control sobre algo esencial: cómo se representa el deseo.

    El erotismo no es solo sexo. Es lenguaje. Es mirada. Es ritmo. Es todo aquello que ocurre antes, durante y después del encuentro. Es la forma en que un cuerpo percibe a otro, sin necesidad de traducirse ni justificarse. Y cuando ese lenguaje ha estado durante tanto tiempo filtrado por una mirada externa, escribirlo desde una experiencia propia se convierte en un acto profundamente reivindicativo.

    Durante años, gran parte del contenido erótico con mujeres ha estado pensado para un espectador masculino. Incluso cuando las protagonistas eran dos mujeres, el enfoque no lo era. Había una forma de mirar, de construir las escenas, de entender el deseo, que respondía más a una expectativa que a una vivencia.

    Ahí es donde la novela cambia las reglas.

    Porque escribir permite detenerse. Construir. Matizar. Dar espacio a lo que normalmente se simplifica. Permite que el deseo entre mujeres no sea un espectáculo, sino una experiencia. No algo que se muestra, sino algo que se vive.

    En ese sentido, introducir erotismo en novelas como Clamworld o Candice no responde a una necesidad de provocar, sino de completar. Porque excluir el deseo sería dejar fuera una parte esencial de la vida de los personajes.

    En Clamworld, donde las mujeres ocupan todo el espacio, el deseo no necesita explicaciones externas. No está enmarcado, ni traducido, ni adaptado. Simplemente forma parte del mundo, como cualquier otra dimensión de la experiencia humana. Y eso permite tratarlo con naturalidad, sin convertirlo en excepción.

    En Candice, en cambio, el erotismo se entrelaza con la complejidad emocional. No es solo encuentro físico, sino también reflejo de las dinámicas internas, de las inseguridades, de las tensiones que atraviesan a los personajes. El deseo no aparece aislado, sino conectado a todo lo demás.

    Eso es lo que hace que la novela lésbica erótica sea relevante: no se limita a mostrar, sino que integra. No separa cuerpo y mente. No simplifica.

    Además, escribir este tipo de literatura contribuye a ampliar el imaginario. Ofrece referentes distintos, formas de relación más variadas, maneras de vivir el deseo que no pasan por el mismo patrón de siempre. Y eso tiene un impacto real, aunque no siempre visible.

    Porque lo que se puede imaginar, se puede vivir con más libertad.

    Al final, no se trata de erotizar por erotizar. Se trata de escribir sin censurar partes de la experiencia por incomodidad o por inercia cultural.

    El deseo también forma parte de la historia.

    Y cuando se escribe desde dentro, deja de ser una escena para convertirse en una voz.

  • Yo no había nacido cuando el hombre llegó a la luna. Crecí escuchándolo como uno de esos hitos indiscutibles de la humanidad: el momento en que dimos un salto definitivo, en que dejamos de mirar el cielo para empezar a conquistarlo.

    “El hombre llegó a la luna”.

    La frase suena limpia, redonda, universal.

    Pero con el tiempo aprendí a escucharla de otra forma. A preguntarme quién era exactamente ese “hombre”. Porque, aunque la palabra pretendiera incluirnos a todos, la imagen era otra: hombres blancos, heterosexuales, protagonistas absolutos del relato.

    Y ahí apareció la pregunta incómoda.

    ¿Dónde estaban las mujeres?

    ¿Y dónde estaban las lesbianas?

    No en la nave.
    No en la foto.
    No en la historia.

    Durante décadas, el progreso se ha contado como una línea recta protagonizada siempre por los mismos. Los grandes descubrimientos, los avances científicos, los hitos culturales… todo parece responder a una misma narrativa: alguien conquista, alguien lidera, alguien deja huella. Y ese alguien casi nunca se parece a nosotras.

    No es solo una cuestión de presencia física. Es una cuestión de relato.

    Porque cuando no apareces en las historias que definen una época, es como si no hubieras estado allí. Como si tu experiencia no contara, no sumara, no existiera del todo.

    Por eso la pregunta no es tanto cuándo llegaremos a la luna, sino quién decidió que ese viaje no nos incluía.

    Quizá no se trata de que no estuviéramos preparadas. Quizá se trata de que nunca nos dejaron construir el cohete.

    Las lesbianas, como tantas otras identidades fuera de la norma, hemos vivido durante mucho tiempo en los márgenes del relato. No necesariamente fuera de la realidad —porque siempre hemos estado ahí—, sino fuera de la narrativa dominante. Invisibles, reinterpretadas o reducidas a notas al pie.

    Y sin relato, no hay épica.

    Sin épica, no hay memoria.

    Y sin memoria, no hay referente.

    Por eso, durante tanto tiempo, crecer siendo lesbiana ha sido crecer sin mapas. Sin historias en las que reconocerse del todo. Sin modelos que no estuvieran atravesados por el conflicto, la tragedia o la excepción.

    En ese contexto, “llegar a la luna” no significa solo alcanzar un logro extraordinario. Significa algo más básico: ocupar el centro de la historia sin tener que pedir permiso.

    Y ahí es donde la ficción se vuelve importante.

    En Clamworld, por ejemplo, el punto de partida es radical: un mundo habitado exclusivamente por mujeres. No hay mirada masculina que valide o cuestione. No hay necesidad de explicarse. El deseo entre mujeres no es una excepción, es la norma.

    Ese cambio lo altera todo.

    Porque cuando no tienes que justificar tu existencia, puedes dedicarte a vivirla. A explorarla. A complicarla. A equivocarte sin representar a nadie más que a ti misma.

    Es, en cierto modo, otra forma de llegar a la luna.

    No conquistando un espacio ajeno, sino creando uno propio.

    Quizá por eso la pregunta inicial se queda corta. Tal vez no se trata de cuándo las lesbianas llegaremos a la luna, sino de si realmente queremos hacerlo.

    La luna, al fin y al cabo, es un símbolo heredado. Un objetivo definido por otros, dentro de una lógica que no necesariamente nos pertenece.

    Puede que nuestra revolución no consista en subirnos a ese cohete, sino en cambiar la dirección del viaje.

    En dejar de mirar hacia donde nos dijeron que estaba el éxito.

    Y empezar a construir lugares donde no tengamos que preguntarnos nunca más si estamos invitadas.

    Porque no es que no hayamos llegado.

    Es que, durante mucho tiempo, nadie se planteó que también era nuestro viaje.

  • La historia está llena de lesbianas. Lo que no está tan claro es que nos hayan dejado verlas.

    Durante siglos, el relato oficial ha sido escrito desde una mirada concreta: masculina, heterosexual y, sobre todo, cómoda. Todo lo que quedaba fuera de ese marco no desaparecía, pero se reinterpretaba, se suavizaba o directamente se borraba. No porque no existiera, sino porque incomodaba nombrarlo.

    Las relaciones entre mujeres han sido uno de los ejemplos más claros de esa invisibilización.

    Durante mucho tiempo, cuando dos mujeres compartían vida, afecto y una intimidad evidente, la historia encontraba una etiqueta tranquilizadora: “amistad profunda”. Una expresión lo suficientemente ambigua como para no tener que ir más allá. No había conflicto, no había deseo, no había nada que cuestionar. Solo dos mujeres muy unidas.

    Pero esa lectura no era inocente.

    Era una forma de encajar lo que no se quería entender dentro de un marco aceptable. Porque reconocer el deseo entre mujeres implicaba algo incómodo: aceptar que la sexualidad femenina no giraba necesariamente en torno a los hombres.

    Ahí empieza el borrado.

    Ahí entra Safo, la poeta de la isla de Lesbos, cuyos versos hablaban abiertamente del deseo entre mujeres hace más de dos mil años. Su obra ha sido traducida, reinterpretada y, en muchos casos, suavizada para encajar en sensibilidades posteriores. Aun así, su voz ha sobrevivido como una de las primeras pruebas de que ese deseo no es moderno, ni una moda, ni una desviación reciente.

    Siglos después, la historia repite el mismo patrón con otras figuras.

    Virginia Woolf mantuvo una relación intensa y documentada con Vita Sackville-West. Sus cartas son explícitas, emocionales y, en muchos casos, inequívocas. Y aun así, durante décadas, se prefirió hablar de inspiración literaria antes que de vínculo afectivo real.

    Lo mismo ocurre con Frida Kahlo, cuya bisexualidad fue durante mucho tiempo minimizada o tratada como una excentricidad secundaria dentro de su biografía. Como si el deseo entre mujeres fuera siempre un matiz, nunca un eje.

    Y cuando ese deseo se hacía imposible de ocultar, la respuesta era otra: el castigo.

    Radclyffe Hall publicó El pozo de la soledad en 1928, una novela que abordaba el amor entre mujeres de forma directa. El resultado fue un escándalo, censura y un proceso judicial. No se cuestionaba la calidad literaria. Se cuestionaba el derecho a contar esa historia.

    Ese es el patrón: lo que no se puede negar, se silencia; lo que no se puede silenciar, se castiga.

    Mientras tanto, la historia ha sido generosa con otros relatos. Hombres con múltiples amantes han sido retratados como apasionados, complejos, incluso admirables. Sus excesos forman parte del mito. Su deseo no se cuestiona, se celebra.

    Las mujeres, en cambio, han tenido que negociar su propia existencia narrativa.

    Por eso, hablar hoy de lesbianas históricas no es solo un ejercicio de memoria. Es un acto de corrección. No para reescribir la historia con otra ideología, sino para leerla sin los filtros que durante tanto tiempo la han distorsionado.

    Y, sin embargo, el problema no pertenece únicamente al pasado.

    Hoy existe más visibilidad, sí. Más espacio, más representación, más libertad. Pero también persisten formas más sutiles de control: la necesidad de encajar en ciertos discursos, de suavizar ciertas realidades o de hacer el deseo más digerible.

    Por eso escribir sigue siendo importante.

    Escribir sin pedir permiso. Sin justificar cada vínculo, cada emoción o cada contradicción. Crear personajes que no necesiten ser traducidos a una mirada externa para ser comprendidos.

    Porque la historia ya nos ha enseñado lo que ocurre cuando otros cuentan por ti: que acaban contando otra cosa.

    No es que no haya habido lesbianas.

    Es que durante demasiado tiempo, la historia decidió mirar hacia otro lado.

    Y ahora, por fin, empezamos a mirarlas de frente.

  • Pertenecer al colectivo LGTBIQ+ no es solo una cuestión de identidad o de orientación. Es, sobre todo, una forma particular de habitar el mundo. Una experiencia que, aunque a menudo esté atravesada por dificultades, también ofrece algo menos evidente y profundamente valioso: una amplitud de miras que no siempre está al alcance de quienes nunca han tenido que cuestionarse lo dado.

    Crecer siendo heterosexual en una sociedad heteronormativa es, en cierto sentido, como hablar la lengua materna: todo fluye sin fricción. No hace falta explicarse, justificarse ni redefinirse. En cambio, cuando descubres que no encajas en ese molde, algo se rompe. Y en esa grieta aparece una oportunidad.

    Porque quien se ve obligado a cuestionar una norma, aprende algo que quien la habita sin conflicto rara vez necesita: que las normas son construcciones, no verdades absolutas.

    Ese aprendizaje tiene consecuencias profundas.

    Una persona LGTBIQ+ suele desarrollar, por pura supervivencia emocional, una mayor capacidad de análisis sobre las dinámicas sociales. ¿Por qué esto es lo “normal”? ¿Quién decide qué es aceptable? ¿Qué partes de mí son realmente mías y cuáles son expectativas heredadas? Son preguntas que no surgen en el vacío, sino en el roce constante con un entorno que, en mayor o menor medida, te obliga a posicionarte.

    Esa distancia crítica es una ventaja.

    Es similar a lo que ocurre con quien ha vivido en varios países o ha crecido entre dos culturas. La persona monolingüe no suele cuestionarse su idioma: simplemente lo usa. Pero quien ha tenido que traducirse, adaptarse o cambiar de código cultural desarrolla una flexibilidad mental distinta. Entiende que hay múltiples formas de nombrar la realidad, y que ninguna tiene el monopolio de lo correcto.

    Algo parecido sucede con la experiencia LGTBIQ+.

    También hay un paralelismo interesante con quienes han pasado por situaciones de pérdida o crisis. Nadie desea esas experiencias, pero quienes las han vivido suelen desarrollar una mayor tolerancia a la incertidumbre y una comprensión más compleja de la vida. Han visto lo que ocurre cuando las certezas se rompen.

    Ser LGTBIQ+ implica, en muchos casos, romper certezas muy básicas: sobre el amor, la familia, el futuro o incluso sobre una misma. Y ese proceso, aunque incómodo, amplía el campo de visión.

    Por eso resulta paradójico cuando desde dentro del propio colectivo se reproducen rigideces, juicios o nuevas normas que limitan esa amplitud. Si algo debería caracterizar a quienes han tenido que cuestionarlo todo, es precisamente la capacidad de no convertir nuevas identidades en nuevas jaulas.

    La ventaja no está en ser LGTBIQ+ en sí mismo. Está en lo que puedes hacer con esa experiencia.

    Puedes usarla para construir una identidad rígida, defensiva, cerrada. O puedes usarla para desarrollar una mirada más abierta, más flexible, más consciente de la complejidad humana.

    Porque, al final, haber tenido que replantearte quién eres desde cero te da algo que no se aprende fácilmente: la capacidad de entender que casi todo podría ser de otra manera.

    Y eso, en un mundo lleno de certezas inamovibles, es una forma de libertad.

    Una libertad que no siempre es cómoda, pero que sí es profundamente lúcida.

    No te garantiza una vida más fácil.

    Pero sí una mirada más amplia.

    Y en muchos casos, eso vale más.