Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Yo soy ochentera. O, como mínimo, profundamente noventera. Y eso significa haber crecido en una época donde la transexualidad existía, sí, pero de una forma muy distinta a como se entiende hoy. Mucho más dura, más marginal y, sobre todo, mucho más silenciosa.

En los años ochenta el heteropatriarcado era una estructura mucho más rígida que ahora. Los hombres debían parecer hombres. Las mujeres debían parecer mujeres. Y cualquiera que se saliera de ahí quedaba automáticamente fuera del sistema. No había apenas referentes, ni lenguaje, ni redes sociales donde encontrar respuestas. La diferencia no se debatía: se castigaba.

En ese contexto apareció la figura de la mujer transexual tal y como gran parte de mi generación la conoció: mujeres que hacían enormes esfuerzos físicos, sociales y médicos para integrarse en el género con el que se identificaban. Hormonas, operaciones, maquillaje, voz, gestos, ropa… todo giraba alrededor de una idea muy concreta: conseguir pasar desapercibidas dentro de una sociedad ferozmente binaria.

Y eso no ocurría por frivolidad. Ocurría por supervivencia.

El heteropatriarcado no toleraba zonas grises. Cuanto más conseguía parecerse una mujer trans al ideal clásico de feminidad, más posibilidades tenía de trabajar, alquilar un piso, evitar agresiones o simplemente caminar tranquila por la calle.

Era un modelo durísimo, pero coherente con el mundo que existía entonces.

Por eso muchas personas de mi generación sienten desconcierto ante ciertos discursos actuales sobre identidad de género. No necesariamente por rechazo, sino porque el marco mental era otro. En los ochenta, la transexualidad estaba profundamente ligada a la transformación física y al deseo de pertenecer socialmente al sexo sentido. La idea de que bastaba únicamente con la autoidentificación simplemente no formaba parte de la conversación pública.

Y aquí aparece otro tema del que casi nunca se habla: la invisibilidad absoluta de los hombres trans.

Porque el heteropatriarcado también operaba ahí de forma curiosa. Una mujer masculina podía generar incomodidad, pero un hombre afeminado era castigado con mucha más dureza social. La feminidad en los hombres se percibía como degradación; la masculinidad en las mujeres, en cambio, podía pasar más desapercibida o incluso interpretarse como una simple “marimacho”.

Resultado: las mujeres trans eran hipervisibles y los hombres trans prácticamente invisibles.

Muchas personas crecimos sin saber siquiera que existían.

Eso también explica por qué gran parte del imaginario trans de los ochenta estaba centrado casi exclusivamente en mujeres trans muy feminizadas. Era la única representación que alcanzaba cierta presencia pública, aunque casi siempre desde la caricatura, la prostitución o el morbo televisivo.

Hoy el escenario es completamente distinto. El concepto de identidad de género se ha ampliado enormemente y ya no todas las personas trans sienten la necesidad de modificar su cuerpo de la misma forma ni persiguen necesariamente el “passing” clásico. Para las generaciones más jóvenes, el género se entiende muchas veces como algo más flexible, más interno y menos condicionado por la apariencia física.

Y ahí nace parte del choque generacional que estamos viviendo.

No porque unas personas sean más válidas que otras, sino porque las reglas culturales han cambiado muchísimo en muy poco tiempo.

Quienes crecieron en los ochenta aprendieron que el cuerpo era central en la transexualidad. Que convertirse en mujer o en hombre implicaba un proceso físico profundo porque la sociedad no iba a concederte absolutamente nada gratis. Las generaciones actuales, en cambio, han empezado a separar identidad y apariencia de una manera que entonces habría sido casi inimaginable.

Quizá la clave no esté en decidir quién tiene razón.

Quizá la clave sea entender que cada época fabrica sus propias formas de supervivencia.

Y pocas cosas revelan mejor la evolución de una sociedad que observar cómo cambian las maneras de habitar el género.

Posted in

Una respuesta a «Heteropatriarcado, transexualidad y ochenterismo»

  1. Avatar de nescriche
    nescriche

    buenísimo artículo 👏👏👏

Deja un comentario

Descubre más desde Úrsula J.Gilgati

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo