Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Fingir un orgasmo no va de sexo.

Va de desaparecer.

De salir de una situación sin hacer ruido. De no incomodar. De no abrir una conversación que puede ser incómoda, torpe o directamente molesta. Es un gesto rápido, eficaz, casi automático. Un atajo.

Y como todos los atajos, tiene un precio.

Durante años, fingir el orgasmo se ha tratado como una anécdota. Algo incluso gracioso. Parte del juego. Pero basta rascar un poco para ver que no tiene nada de trivial. Es una conducta aprendida, repetida y, en muchos casos, normalizada.

¿Por qué se finge?

Para terminar antes.
Para no herir al otro.
Para no dar explicaciones.
Para no parecer “complicada”.
Para no enfrentarse a algo que no está funcionando.

Es decir: para evitar.

Y funciona.

El problema es que, mientras funciona hacia fuera, falla hacia dentro.

Porque fingir no solo engaña al otro. También te descoloca a ti. Validas algo que no ha ocurrido. Das por buena una experiencia que no lo es. Y repites el patrón.

La consecuencia es bastante simple: si todo “va bien”, nada cambia.

Aquí entra un dato incómodo: existe una diferencia clara en la frecuencia de orgasmos entre hombres y mujeres en relaciones heterosexuales. No es un misterio biológico. Es, en gran parte, una cuestión de práctica, comunicación y conocimiento. Y fingir contribuye a que esa diferencia se mantenga.

Porque si el resultado parece correcto, nadie revisa el proceso.

Pero lo más interesante no está solo en el sexo.

Está en el patrón.

Fingir un orgasmo es una forma de gestionar una situación en la que una parte de ti no está satisfecha, pero decide no decirlo. No corregirlo. No pararlo. No cambiarlo.

Simplemente, terminar.

Y cuando una estrategia funciona, se repite.

No hace falta hacer un salto enorme para verlo en otros ámbitos. Decir que sí cuando no apetece. Reír una gracia que no tiene ninguna. Mantener conversaciones por inercia. Sostener relaciones que no terminan de encajar.

No es algo calculado. Es hábito.

Un hábito que tiene lógica: evita conflicto, reduce tensión y permite seguir adelante sin fricción inmediata. Pero también tiene una consecuencia menos visible: te va alejando de lo que realmente pasa.

Porque llega un momento en que no es solo el orgasmo lo que se finge.

Se finge el interés.
La comodidad.
La conexión.

Y eso ya no tiene que ver con el sexo.

Tiene que ver con la forma en que una persona se relaciona consigo misma.

Por eso la idea de que fingir es “inofensivo” es engañosa. No porque sea grave en sí mismo, sino porque es acumulativo. Cada vez que eliges no decir lo que ocurre, refuerzas esa decisión. Cada vez que la refuerzas, se vuelve más automática.

Hasta que deja de parecer una elección.

Y ahí está la trampa.

No en haber fingido una vez. Sino en convertirlo en una forma de estar.

Porque fingir resuelve el momento, sí. Pero también evita que algo mejore. Y lo que no mejora, se queda como está o empeora.

En algún punto, la pregunta deja de ser si el otro lo está haciendo bien o mal.

La pregunta es otra.

¿Por qué estás aceptando algo que no te sirve?

Fingir un orgasmo no es un problema sexual.

Es una renuncia pequeña.

Y como todas las renuncias pequeñas, cuando se repiten, acaban construyendo algo mucho más grande de lo que parecía al principio.

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