Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Hace unos días estaba hablando con una amiga. Tiene pareja, una casa bonita, trabajo estable y unos padres que, afortunadamente, gozan de buena salud. Sin embargo, lleva años conviviendo con la ansiedad y la depresión. En un momento de la conversación le pregunté algo que me salió casi sin pensar:

—¿Eres feliz?

No me respondió. O mejor dicho, me respondió con evasivas. Dio un rodeo, luego otro, y terminó cambiando de tema. Después añadió una frase que se me quedó dando vueltas en la cabeza durante días:

—Eres la única persona feliz que conozco.

Tengo que reconocer que me sorprendió.

Soy feliz, sí. Me gusta serlo y me gusta reconocerlo. Pero no porque haya tenido una vida perfecta, ni porque consuma muchos productos innecesarios, ni porque me rodee de gente para no sentirme sola. Tampoco porque todo me salga bien. Nada de eso.

Ha habido mucho trabajo personal y muchas conversaciones interiores hasta llegar a la excelente relación que tengo hoy conmigo misma.

Ha sido un entrenamiento.

Poco a poco aprendí a tratarme como trataría a mi mejor amiga: apoyándome cuando lo necesitaba, evitando críticas inútiles, acariciándome el lomo cuando la situación era difícil y siendo estricta cuando hacía falta. Estricta, sí. Mortificante, jamás.

Mientras hablaba con mi amiga, me vino una pregunta a la cabeza. Si una persona tiene pareja, una casa agradable, estabilidad económica y una vida aparentemente ordenada, ¿por qué sigue siendo profundamente infeliz? ¿Por qué seguimos dedicando tanta energía a ampliar estructuras externas cuando la estructura interna se está desmoronando?

Porque ese es el problema.

Nos enseñan a construir una vida, pero no a construirnos a nosotras mismas.

Nos enseñan a buscar pareja, trabajo, propiedades, reconocimiento social y seguridad económica. Y todas esas cosas pueden ser estupendas. Pero ninguna de ellas tiene capacidad para arreglar una mala relación con una misma.

Ninguna.

Chicas, asumámoslo: estamos solas.

Y no lo digo de forma trágica. Lo digo como una realidad liberadora.

La única persona que va a acompañarnos desde el primer día hasta el último somos nosotras mismas. Todo lo demás cambia. Las parejas llegan y se van. Las amistades aparecen y desaparecen. Los trabajos terminan. Incluso las familias se transforman con el paso de los años.

Nosotras permanecemos.

Recuerdo cuando yo misma era tremendamente dependiente. Aquello acabó llevándome a la consulta de una psicóloga. Bueno, siendo exactas, lo que me llevó allí fue la ansiedad. Bendita compañera. Siempre aparece cuando insistimos en caminar por el camino equivocado.

Durante una sesión le dije, convencidísima, que yo era una persona muy independiente.

Ella me miró fijamente y me preguntó:

—¿Has ido alguna vez sola al cine?

No.

—¿A cenar?

No.

—¿Al teatro?

No.

—¿Has viajado sola?

Tampoco.

Y en ese momento desmontó, en apenas treinta segundos, toda la imagen que tenía de mí misma.

Aquellos fueron mis deberes. Y terminaron cambiando mi vida.

Porque la independencia también se entrena.

Nadie pretende levantar cien kilos sin haber tocado antes una pesa. Nadie espera bailar pole dance sin meses de práctica. Sin embargo, muchas personas creen que pueden ser emocionalmente independientes sin haber ejercitado nunca esa capacidad.

La independencia se construye haciendo planes con una misma. Aprendiendo a disfrutar de la propia compañía. Descubriendo que una comida, un viaje o una tarde de cine no pierden valor porque no haya otra persona al lado.

Al principio resulta extraño.

Te sientes observada. Fuera de lugar. Incómoda.

Son las agujetas de la nueva rutina.

Pero poco a poco sucede algo extraordinario: empiezas a conocerte. Y cuando te conoces, empiezas a gustarte. Y cuando te gustas, dejas de necesitar desesperadamente que otras personas llenen vacíos que solo te corresponde llenar a ti.

Porque la única persona que no puede abandonarte eres tú.

Y quizá por eso la relación más importante de toda tu vida no sea la de pareja, ni la familiar, ni siquiera la de amistad.

Quizá sea la que mantienes contigo misma.

La pregunta es sencilla: si fueras tu propia compañera de viaje para siempre, ¿te gustaría pasar tiempo contigo?

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