
Tengo que reconocerlo: soy extremista con este tema. Estoy radicalmente a favor de no tener hijos.
Pam.
Ya está. Ya lo he dicho.
Y no, no es que no sepa reconocer la felicidad en el rostro de quienes, siguiendo el mandato biológico —o social, o hormonal, o el que sea— deciden tenerlos. Tampoco voy a negar que los niños puedan ser monísimos, porque lo son. Eso sí: monísimos… hasta que te toca convivir con ellos una semana entera sin devolución posible.
Lo mío va por otro lado. Es algo más profundo. Una especie de antiinstinto. El movimiento contrario al de quienes, al no poder tener hijos, pierden la brújula y los ahorros intentando que la ciencia, el destino o una clínica de fertilidad les concedan uno. Yo camino en dirección opuesta.
Y por favor, ahorradme el clásico:
“Si todas pensáramos como tú, se acabaría el mundo”.
No sufráis. No va a pasar. Todas no piensan como yo, ni muchísimo menos. Soy perfectamente consciente de que pertenezco a una minoría bastante rara.
Pero qué queréis que os diga: me produce una paz inmensa pensar que no voy a dejar a nadie sufriendo aquí cuando me vaya. Ni tampoco tener que sufrir yo por alguien que, por el simple hecho de existir, quedará inevitablemente expuesto a todo lo que implica vivir.
Porque esa es otra gran verdad incómoda: traer a alguien al mundo es meterlo en un problema gigantesco.
Sí, la vida tiene cosas maravillosas. Claro que las tiene. Un atardecer bonito, enamorarse, una canción perfecta, una cerveza fría después de un mal día. Todo eso existe. Pero también existe el dolor, la ansiedad, las pérdidas, la enfermedad, la precariedad, el miedo y esa colección interminable de tarados funcionales con los que compartimos planeta.
Y aun así, decidimos invitar gente nueva.
Es fascinante.
Mis hijos, en cambio, están estupendamente donde están: en algún limbo imaginario, flotando entre nubecitas, sin hipotecas, sin traumas familiares y sin reuniones de vecinos. Angelitos asexuados y felices, esperando eternamente a que su madre tenga la brillante idea de empujarlos hacia este valle de lágrimas.
Tranquilos, nenes. No va a ocurrir.
Y sí, ya sé lo que muchas pensarán: egoísta, inmadura, exagerada, incluso loca. Lo acepto con bastante deportividad. Pero también me pregunto si alguna vez hemos analizado con honestidad hasta qué punto la maternidad se sigue tratando como una obligación moral encubierta.
Especialmente a cierta edad.
Porque una maternidad inesperada a los dieciséis puede entenderse desde el impulso, la falta de experiencia o el caos hormonal. Incluso a los veinte. Pero cuando una mujer adulta convierte tener hijos en el eje absoluto de su existencia, hasta el punto de hipotecar emocional y económicamente su vida, quizá también deberíamos permitirnos hacer algunas preguntas incómodas.
¿De verdad no hay otra forma de plenitud?
¿Tan insoportable resulta la idea de una vida centrada en una misma?
Y aquí es donde llegan las ventajas, que existen y son gloriosas: más tiempo, más libertad, más dinero, más silencio, más viajes improvisados, menos miedo constante y, sobre todo, una sensación maravillosa de ligereza.
La posibilidad de cerrar los ojos por la noche sin sentir que alguien depende de ti para seguir respirando.
Y sinceramente, después de ver el estado del mundo, me parece bastante más una bendición que una tragedia.
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