Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Hay una frase que escucho con cierta frecuencia y que siempre consigue dejarme perpleja:

—Yo no sé bailar.

Curiosamente, quien la pronuncia casi nunca es una mujer. Suele ser un hombre heterosexual de cierta edad, atrapado en una boda, una fiesta o cualquier otro contexto en el que alguien ha cometido la temeridad de poner música.

Entonces sucede el ritual.

Las mujeres bailan.

Los niños bailan.

Las abuelas bailan.

Las lesbianas bailan.

Los gays bailan.

Los camareros, si les dejan, también bailan.

Y en una esquina aparece él, inmóvil como un armario empotrado, agarrado a una cerveza como si fuera un salvavidas en mitad del océano.

—Yo no sé bailar.

¿Perdón?

¿Y cuándo lo olvidaste?

Porque, hasta donde yo sé, todos los bebés bailan.

Todos.

No existe un solo bebé que escuche música y piense: «Me gustaría moverme, pero temo que mi reputación masculina pueda verse comprometida».

Los bebés se mueven. Punto.

Bailan con entusiasmo, con descoordinación, con alegría y sin el menor sentido del ridículo. Exactamente igual que deberíamos hacer los adultos.

Por eso sospecho que el problema no es no saber bailar.

El problema es otro.

Lo que muchos hombres quieren decir en realidad es:

—No quiero que me vean bailar.

Y ahí entramos en el fascinante mundo de las heterosexualidades tóxicas.

Esas pequeñas representaciones teatrales mediante las cuales algunos hombres se ven obligados a demostrar constantemente que son hombres. Muy hombres. Tan hombres que cualquier actividad mínimamente lúdica, expresiva o espontánea parece poner en peligro toda esa construcción.

Porque no se trata solo de bailar.

También están los que no cantan.

Los que no abrazan.

Los que no expresan emociones.

Los que no piden ayuda.

Los que no usan determinadas prendas.

Los que no leen determinadas novelas.

Los que no ven determinados espectáculos.

Los que parecen pasar la vida entera superando una prueba de acceso a la masculinidad que nadie les ha pedido.

Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera lo hacen para impresionar a las mujeres.

Lo hacen para impresionar a otros hombres.

Como si existiera un jurado invisible evaluando cada movimiento de sus caderas.

Lo observo y no puedo evitar sentir cierta ternura.

Porque tiene que ser agotador.

Imagina vivir vigilándote constantemente.

Calculando cada gesto.

Filtrando cada palabra.

Preguntándote si algo parecerá suficientemente masculino.

Yo, que soy lesbiana, hace años que abandoné ese tipo de controles fronterizos. Una vez cuestionas las normas sobre a quién debes amar, empiezas a sospechar que quizá muchas otras normas también eran absurdas.

Y descubres algo maravilloso.

Que bailar no tiene orientación sexual.

Que reír no tiene orientación sexual.

Que emocionarse no tiene orientación sexual.

Que disfrutar tampoco la tiene.

La libertad consiste precisamente en eso: en hacer las cosas porque te apetecen, no porque encajen en una caricatura de lo que se supone que debes ser.

Por eso, cada vez que escucho a un hombre decir que no sabe bailar, no puedo evitar imaginarme al niño que fue.

Ese niño que se movía feliz al escuchar cualquier melodía.

Ese niño que no tenía ningún problema con su cuerpo.

Ese niño que todavía no había aprendido a vigilarse.

Y entonces me pregunto quién le convenció de que quedarse quieto era más masculino que disfrutar.

Porque sospecho que, en realidad, sí sabe bailar.

Lo que olvidó fue cómo dejar de tener miedo.

Posted in ,

Deja un comentario

Descubre más desde Úrsula J.Gilgati

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo