Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Estoy muy orgullosa de pertenecer al colectivo LGTBIQ+, mucho. En parte creo que fue precisamente eso lo que me salvó la vida en su día y terminó llenando de sentido mi existencia. Lo he escrito muchas veces y no me cansaré de repetirlo: pertenecer a este colectivo me obligó a hacerme preguntas que probablemente nunca me habría planteado de otra forma. Me obligó a pensar por mí misma, a cuestionar lo establecido y a construir una vida más libre. Y por eso, cuando llega el Orgullo, no veo una fiesta. Veo una conquista.

Porque el Orgullo nunca fue solo una celebración.

Fue, y sigue siendo, una respuesta.

Una respuesta a quienes nos insultaron. A quienes nos hicieron creer que éramos un error. A quienes intentaron convencernos de que debíamos escondernos, pedir perdón o vivir nuestras vidas entre susurros. El Orgullo nació para decir exactamente lo contrario: aquí estamos y no pensamos volver al armario.

Por eso me preocupa cuando escucho que «ya no hace falta». Que «ya somos iguales». Que «el Orgullo se ha convertido en una fiesta». Ojalá fuera cierto. Ojalá pudiéramos permitirnos celebrar únicamente porque la batalla ya estuviera ganada.

Pero no lo está.

Basta con leer las noticias para comprobar que las agresiones contra personas LGTBIQ+ siguen produciéndose. En los últimos años hemos asistido a un preocupante aumento de los delitos de odio y de los discursos que cuestionan derechos que parecían consolidados. Basta con que una pareja de mujeres se dé la mano en determinados lugares para que todavía hoy sienta la necesidad de mirar antes a su alrededor. Basta con escuchar algunos debates públicos para comprender que nuestra existencia sigue resultando incómoda para demasiadas personas.

Y cuando aumentan las agresiones, la visibilidad deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad.

Porque el odio no desaparece ignorándolo.

Se combate ocupando espacio.

Mostrándonos.

Apoyándonos unas a otras.

Recordando que ninguna persona debería tener miedo por amar, por ser o por existir.

Por eso el Orgullo importa.

Porque no todas las adolescentes lesbianas tienen todavía un referente cerca. Porque no todos los chicos gais pueden cogerse de la mano sin pensarlo dos veces. Porque muchas personas trans siguen enfrentándose cada día a una incomprensión que desgasta. Porque todavía hay quien pierde a su familia, su trabajo o su tranquilidad simplemente por vivir con honestidad.

Y también porque el Orgullo no solo protege a quienes hoy forman parte del colectivo. Protege a quienes aún no saben que un día lo harán. A esa niña que siente que no encaja. A ese adolescente que piensa que está solo. A esa mujer que descubrirá con cuarenta años que siempre amó a otras mujeres. Todas ellas necesitan mirar alrededor y comprobar que existe un lugar al que pertenecer.

El próximo 18 de julio, las calles de Barcelona volverán a llenarse de banderas, música, reivindicación y alegría. Habrá quien solo vea una celebración. Yo veré miles de historias distintas caminando en la misma dirección. Personas que saben que los derechos nunca son definitivos y que la libertad hay que defenderla generación tras generación.

Yo estaré allí. No solo por mí. También por quienes ya no están. Por quienes lucharon cuando hacerlo era infinitamente más difícil. Por quienes sufrieron el desprecio, la violencia o el silencio para que hoy podamos vivir un poco mejor.

Y también por quienes vendrán después.

Porque el Orgullo no consiste únicamente en recordar de dónde venimos.

Consiste, sobre todo, en decidir hacia dónde queremos seguir caminando.

Feliz Orgullo.

Nos vemos en las calles.

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