
Esta tarde, en el gimnasio, me he fijado en un chico de veintipocos años que caminaba de una manera muy particular. No porque tuviera prisa, ni porque estuviera cansado, ni porque llevara una mochila que le obligara a adoptar una postura extraña. Caminaba como si estuviera interpretando algo.
Tenía los hombros colocados de una determinada manera, los brazos se movían siguiendo un patrón concreto, las piernas parecían acompañar el conjunto y hasta la pelvis tenía su papel en aquella coreografía. Todo estaba perfectamente coordinado para transmitir una idea bastante sencilla: aquí hay un hombre. Y no un hombre cualquiera, sino un hombre muy hombre.
Me hizo gracia porque tenía mucha pluma. Pluma machirula. Muchísima.
Y, una vez que reparé en ello, empecé a verla por todas partes. En otros hombres aparecía la misma rigidez en los hombros, la misma forma de caminar ocupando más espacio del necesario, la misma necesidad de que el cuerpo dijera algo que, en realidad, nadie le había preguntado.
Es curioso observar hasta qué punto aprendemos a utilizar nuestra anatomía para demostrar quiénes somos.
Porque nadie nace caminando así. Ningún bebé sale del hospital con las instrucciones de cómo debe colocar los hombros para parecer un macho. Los niños pequeños corren, saltan, se tiran al suelo, bailan cuando oyen música y se mueven con una libertad absoluta. Todavía no han aprendido que existen movimientos que son de niño y otros que son de niña, ni que algunos gestos pueden poner en peligro su recién estrenada masculinidad.
Después llega la educación y aparece el catálogo de normas: no hagas ese gesto, no muevas tanto las manos, no juntes demasiado las piernas, no seas blando, no llores, no bailes así, no hables de esa manera. Y, sobre todo, no hagas nada que pueda hacer pensar a los demás que eres femenino.
Lo curioso es que muchas de estas normas no tienen ninguna utilidad práctica. Nadie camina mejor por llevar los hombros rígidos ni se convierte en mejor hombre por ocupar medio metro más de acera. Son códigos aprendidos que, a fuerza de repetirlos, terminan pareciendo naturales.
Y ahí está la gracia: cuando llevas tantos años interpretando una determinada manera de ser hombre, llega un momento en que ya no sabes dónde termina la representación y dónde empiezas tú.
Lo mismo ocurre con muchas otras cosas. Hay hombres que no bailan porque bailar implica dejar que el cuerpo se mueva sin control. Hombres que no lloran delante de otros hombres. Hombres que no abrazan a sus amigos demasiado tiempo. Hombres que cambian el tono de voz, la postura o la forma de sentarse dependiendo de quién tengan delante. Hombres que convierten cualquier conversación en una competición porque necesitan demostrar que saben más, pueden más, aguantan más y, sobre todo, sienten menos.
Y muchas veces ni siquiera lo hacen para impresionar a las mujeres. Lo hacen para que otros hombres sepan que siguen perteneciendo a la tribu. Es como una contraseña corporal: tranquilo, sigo siendo uno de los vuestros.
Quizá por eso me llamó la atención aquel chico del gimnasio. No porque fuera masculino, sino porque parecía llevar la masculinidad puesta como quien lleva una camiseta con el logo bien visible. No había nada malo en su forma de caminar, por supuesto. Podía hacerlo como quisiera. Lo interesante era observar todo lo que había aprendido su cuerpo antes de llegar hasta allí.
Las lesbianas conocemos bastante bien esa sensación de descubrir que muchas de las cosas que nos enseñaron sobre cómo debía comportarse una mujer eran, sencillamente, normas. Algunas las hemos aceptado, otras las hemos rechazado y otras nos las hemos quitado de encima después de años de llevarlas incorporadas.
Y cuando empiezas a mirar el género desde fuera, resulta fascinante comprobar que los hombres también llevan encima un montón de instrucciones. Solo que algunas de ellas están tan normalizadas que ni siquiera lo parecen.
Aquel chico probablemente no estaba pensando en nada de esto mientras cruzaba el gimnasio. Simplemente caminaba, como caminamos todos. Pero su manera de hacerlo llevaba detrás años de aprendizaje, correcciones y pequeñas prohibiciones.
Y quizá eso sea lo más curioso de la masculinidad más rígida: que cuanto más natural parece, más interesante resulta preguntarse cuánto hay de naturaleza y cuánto de coreografía.
Porque debajo de toda esa pluma machirula, al final, solo hay un cuerpo intentando caminar.
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