Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

Hay ciudades que un día dejan de pertenecer a quienes las habitan. Siguen llamándose igual. Conservan sus edificios, sus plazas y sus monumentos. Aparecen en las mismas postales y en las mismas guías de viaje. Pero algo ha cambiado. Han dejado de vivir para sí mismas y han empezado a vivir para los demás.

No puedo evitar pensar que algunas ciudades, especialmente Barcelona, han acabado prostituyéndose.

Y no, no lo digo como un insulto. Lo digo en el sentido más estricto de la palabra.

Una prostituta alquila temporalmente su cuerpo a cambio de dinero. Una ciudad prostituida hace algo parecido: alquila sus calles, sus barrios, su identidad y hasta su alma para satisfacer un consumo rápido y masivo.

No es una ciudad. Es un producto.

Y como todo producto, acaba desgastándose.

Siempre me ha gustado observar a los turistas. No porque me molesten; al contrario. Yo también he sido turista en muchas ciudades y sé perfectamente la ilusión que hace descubrir un lugar nuevo. El problema no es viajar. El problema es cuando dejamos de viajar para empezar a consumir ciudades.

Consumirlas.

Esa es la palabra.

Llegar.

Hacer la fotografía obligatoria.

Comprar el imán para la nevera.

Comer donde comen todos.

Publicar tres historias en Instagram.

Y marcharse.

Todo ello en cuarenta y ocho horas.

Mientras tanto, la ciudad sigue pagando la factura.

Los comercios de toda la vida desaparecen porque ya no pueden competir con las tiendas de recuerdos.

Las panaderías dejan paso a las franquicias.

Los bares de barrio se transforman en escaparates donde una paella congelada cuesta treinta euros porque el cliente probablemente no volverá jamás.

Los alquileres suben.

Los vecinos se marchan.

Y el barrio pierde la memoria.

Barcelona lleva años viviendo este proceso. Hay calles por las que camino y tengo la extraña sensación de estar visitando un parque temático inspirado en Barcelona. Todo sigue estando donde estaba, pero ya no parece pensado para quienes vivimos aquí. Parece diseñado para quien llega un jueves y se marcha el domingo.

Las Ramblas hace mucho que dejaron de ser las Ramblas de los barceloneses.

El Barrio Gótico corre el riesgo de convertirse en un decorado.

Y la Barceloneta lucha cada verano por recordar que antes de las toallas existieron vecinos.

Lo más triste es que muchas veces confundimos éxito con saturación.

Cuantos más turistas, mejor.

Cuantos más cruceros, mejor.

Cuantos más apartamentos turísticos, mejor.

¿Seguro?

Porque una ciudad también necesita respirar.

Necesita que haya personas que la vivan y no únicamente personas que la utilicen.

Siempre me ha parecido curioso que hablemos de sostenibilidad cuando hablamos del planeta, pero tan poco cuando hablamos de las ciudades. Como si las calles no pudieran agotarse. Como si el patrimonio no pudiera erosionarse. Como si la identidad de un lugar fuera infinita.

Y no lo es.

Las ciudades también se cansan.

También envejecen.

También pueden perder aquello que las hacía únicas.

Quizá el verdadero lujo no sea poder visitar Barcelona.

Quizá el verdadero lujo sea que Barcelona siga siendo Barcelona dentro de veinte o treinta años.

Que continúe teniendo librerías donde comprar un libro sin hacer cola detrás de veinte mochilas.

Que sus mercados sigan vendiendo a los vecinos antes que a los algoritmos de las redes sociales.

Que aún existan bares donde el camarero recuerde tu nombre y no solo el idioma en el que debe atenderte.

No estoy en contra del turismo.

Estoy en contra del turismo que desgasta más de lo que devuelve.

Del que convierte las ciudades en mercancía.

Del que exprime hasta la última gota de autenticidad para vender una experiencia cada vez más artificial.

Porque las ciudades, igual que las personas, pueden vender su cuerpo durante un tiempo.

Lo que no deberían vender nunca es su alma.

Y tengo la sensación de que Barcelona lleva demasiado tiempo negociando precisamente con ella.

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