Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Al cruzar el umbral, Alicia sintió que el mundo giraba al revés. Como si, en lugar de caminar hacia adelante, se sumergiera dentro de sí misma. (+ Orgullo de Oz)

    La sala era redonda, abovedada, sin esquinas donde esconderse. En el centro, una fuente de agua cristalina brillaba con una luz violeta intensa, pulsante, como si respirara. La fuente no manaba agua: brotaban de ella imágenes. Instantes. Besos. Dedos entrelazados. Mujeres mirándose sin miedo.

    Alicia se acercó. El conejo, por primera vez, se quedó atrás.

    Al tocar el agua, una corriente de calor la envolvió.

    No vio su reflejo. Vio otra cosa: una mujer. Desnuda, pero sin pudor. Su cuerpo no se ofrecía, se afirmaba. Su mirada no era invitación, era verdad. Alicia la reconoció. Era ella, años después. Una versión que aún no había sido, pero que ahora sabía posible.

    —¿Qué es esta fuente? —preguntó.

    La voz vino de todas partes y de ninguna:

    —La memoria que quisieron borrar. El deseo que llamaron error. El lenguaje que dijeron impuro. Pero que persiste, porque nunca murió del todo.

    Alicia se arrodilló. Lloró, pero no de tristeza. Lloró como si al fin algo le quitara el peso del pecho. Lloró porque en la fuente no había culpa. Ni deber. Solo deseo, ternura y pertenencia.

    —¿Y si vuelvo a la vida? —preguntó, temblando.

    —Volverás si bebes.

    —¿Y entonces qué?

    —Entonces amarás. Sin miedo. Como niña. Como mujer. Como tú.

    Alicia acercó los labios. El agua sabía a fruta fresca, a tierra mojada, a secretos compartidos en voz baja. Supo entonces que su muerte no había sido definitiva. Que fue un paréntesis. Un exilio. Que muchas como ella habían cruzado universos buscando permiso para existir.

    Cuando se levantó, el mundo temblaba. Ya no era niña. Pero tampoco adulta. Era algo entre ambas. Un brote.

    La sala comenzó a desaparecer. El conejo la miró con ternura.

    —¿Volveré a verte? —preguntó Alicia.

    —Volverás a ti.

    Y entonces, nada.

    Silencio.

    Y luego: luz.

    Una cama. Un hospital. Un pitido largo convertido en ritmo. Una mujer sentada a su lado, sosteniéndole la mano.

    —Clara… —susurró.

    La otra abrió los ojos, sorprendida.

    —¿Cómo sabes mi nombre?

    Alicia sonrió.

    —Porque te quise antes de que pudiera decirlo.

    Clara se sonrojó. No preguntó más. Porque, a veces, las almas se reconocen incluso antes de hablar.

    Afuera llovía.

    Pero en Alicia, por fin, un sol radiante lo iluminaba todo.

  • El jardín no era jardín. Era un laberinto de bocas cerradas, de labios cosidos con hilos invisibles. Flores sin pétalos hablaban en susurros, y los árboles tenían nombres escritos con sangre seca en sus cortezas: Carmen, Isabel, Laura, Dolores… Mujeres olvidadas, enterradas vivas en la historia. (+ Blancanieves 3.0)

    Alicia avanzaba en silencio, con el conejo siempre unos pasos adelante, marcando el camino con su pata ensangrentada.

    —¿Quiénes son ellas? —preguntó.

    —Las que sintieron y no pudieron decir. Las que se amaron y se ocultaron. Las que fueron castigadas por no amar como debían.

    Una de las bocas de piedra se abrió al paso de Alicia y exhaló una frase: “Tú no lo sabes aún, pero estás aquí porque fuiste una de nosotras.”

    La niña se detuvo. Quiso preguntar. Pero ya no pudo.

    En su garganta algo se había cerrado. Notó el peso de todas las palabras que no dijo en vida: cuando miraba a Clara en clase y se le desordenaba el pecho, cuando evitaba que su madre leyera sus diarios, cuando deseaba no ser “tan rara”. En su tiempo, nadie le ofreció otra posibilidad que el silencio.

    —No hay salida si no se recuerda —dijo el conejo.

    El colgante con forma de “L” comenzó a arderle en el pecho. Un ardor dulce, casi familiar. Como el roce de una mejilla contra la suya en la oscuridad de una habitación compartida.

    Entonces, lo vio.

    Al fondo del jardín, tras un arco de costillas de mármol, se alzaba una mujer enorme, con un vestido hecho de rejas y una corona de candados.

    —La Reina de las Cadenas —susurró el conejo.

    Alicia se acercó.

    —¿Tú guardas la fuente?

    —Yo guardo la puerta a ella —respondió la reina, con voz de muchas mujeres al mismo tiempo—. Pero solo puedes pasar si dejas tu vergüenza aquí. Si la reconoces. Si la entiendes.

    —¿Qué debo hacer?

    La reina señaló un espejo, incrustado en su pecho.

    —Mírate como fuiste. Y di lo que nunca dijiste.

    Alicia se acercó. En el reflejo, vio a su yo viva. Doce años. Risa contenida. Espalda tensa. Vio el momento exacto en que se dio cuenta de que lo que sentía por Clara no era amistad. Y cómo tragó saliva. Y cómo se odió por ello.

    Lloró. Y al llorar, su voz volvió.

    —Quise a una niña —dijo—. Quise a una niña y me sentí sucia.

    La reina asintió. El espejo se hizo trizas. Y las cadenas se deshicieron como humo.

    —Entonces puedes pasar.

    Del otro lado, una puerta temblaba como un corazón.

    Alicia la abrió.

  • Alicia estaba muerta.

    Lo supo desde el principio, aunque no hubo entierro, ni campanas, ni pañuelos en los ojos de su madre. Solo un suspiro largo como el crujir de las hojas al final del otoño, y luego… el silencio. Un silencio tan espeso que podía oírse. (+ La cama no miente: Ella era un secreto a voces)

    Despertó tendida en un suelo de terciopelo negro. No había cielo sobre su cabeza ni suelo firme bajo su cuerpo, solo una extraña bruma azul que se arremolinaba a su alrededor, como si el mundo aún estuviera decidiéndose a nacer. No tenía frío ni miedo, pero sentía una falta, una ausencia de líquido vital latiéndole en las muñecas.

    —¿Dónde estoy? —preguntó, pero su voz se diluyó como el humo.

    Un conejo pálido con ojos violetas y una corona de espinas en una oreja saltó frente a ella. La miró con pesar y dijo:

    —Has cruzado. Ya no perteneces allá.

    —¿Allá?

    —Donde fuiste niña. Donde no fuiste escuchada.

    El conejo giró sobre sí mismo y corrió hacia una grieta en el suelo. Sin pensarlo, Alicia lo siguió. Cayó, claro. Como en los cuentos. Pero esta vez no hubo muebles flotantes ni relojes ni pasteles con instrucciones. Solo una sensación creciente de que algo en ella se había apagado mucho antes de morir.

    Al llegar al fondo, apareció en un bosque de árboles invertidos: las raíces arriba, los frutos hundidos bajo tierra. Todo crecía al revés. Como ella.

    Caminó sin rumbo hasta encontrar a una mujer sin rostro, sentada sobre una rama de cristal.

    —¿Has venido a buscar la fuente? —le dijo telepáticamente.

    Alicia asintió.

    —Dicen que devuelve la vida —susurró ella—. Pero no a cualquiera. Solo a quienes han muerto sin ser jamás ellas mismas.

    —¿Dónde está?

    —Más allá del jardín de las que callaron. Más allá de las lenguas cortadas. Más allá de la Reina de las Cadenas.

    La mujer sin rostro le entregó un pequeño colgante: una llave con forma de letra “L”.

    —Esto te será muy útil cuando llegues. No antes.

    Alicia se lo colgó del cuello. Por primera vez desde que murió, sintió algo parecido al calor.

    El conejo reapareció.

    —¿Lista?

    —Nunca lo estuve tanto —dijo Alicia.

    Y juntos, los dos, cruzaron el umbral hacia el jardín de las que callaron.

  • Cambiar no es fácil. Aunque sepamos que ciertos hábitos nos perjudican o que nuevas ideas podrían beneficiarnos, la resistencia aparece casi como un reflejo. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Qué mecanismos psicológicos y biológicos nos empujan a mantenernos en lo conocido? (+ Decir «no»: el poder de poner límites)

    Desde un punto de vista evolutivo, la preferencia por lo familiar ha sido clave para la supervivencia. El cerebro humano está diseñado para minimizar riesgos, y lo desconocido implica una posible amenaza. La amígdala, centro de procesamiento emocional, se activa ante situaciones nuevas con una respuesta de alerta. Así, el cambio puede ser interpretado como peligro, incluso cuando racionalmente lo percibimos como positivo.

    A nivel neurológico, los hábitos crean circuitos neuronales que se refuerzan con el tiempo. Romper con ellos implica un esfuerzo cognitivo importante. Según un estudio de la University College London, formar un nuevo hábito puede requerir entre 18 y 254 días, dependiendo de su complejidad y del contexto. Esto demuestra que el cambio no solo es emocionalmente desafiante, sino también físicamente costoso para el cerebro.

    Además, el cambio suele confrontarnos con nuestra identidad. Aceptar una nueva perspectiva puede hacernos sentir que estábamos equivocados, lo cual afecta directamente a la autoestima. Leon Festinger, creador de la teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando nuestras creencias entran en conflicto con nuevas informaciones, el malestar nos empuja a rechazar la novedad para conservar la coherencia interna.

    Por otro lado, los entornos sociales influyen notablemente. Cambiar puede implicar alejarnos de normas grupales o desafiar costumbres compartidas. El miedo al rechazo, muy presente en nuestras dinámicas sociales, puede frenar incluso las transformaciones más urgentes.

    Sin embargo, no todo es resistencia. El cerebro también es plástico, capaz de adaptarse, crear nuevas conexiones y aprender. La clave está en generar entornos seguros, reducir la amenaza percibida y dar tiempo a la transformación.

    Comprender que resistirse al cambio no es señal de debilidad, sino un mecanismo natural, nos permite ser más compasivas con nosotras mismas. El reto no es eliminar esa resistencia, sino aprender a dialogar con ella y avanzar, paso a paso, hacia lo nuevo.

  • El lenguaje es una de las herramientas más poderosas que tenemos para construir realidades. No solo nombra el mundo: también lo configura. En este sentido, el lenguaje inclusivo —aquel que visibiliza la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales— no es una moda ni una exageración, sino un instrumento transformador que beneficia de manera directa al colectivo LGTBIQ+. (+ La estética del cambio: cuando el respeto se queda en la superficie)

    Durante siglos, el lenguaje normativo ha invisibilizado a quienes no encajan en el modelo cisheterosexual. Frases como “todos los hombres nacen libres” excluyen de forma automática a mujeres y personas no binarias. Esta omisión constante no solo niega la existencia de muchas personas, sino que también refuerza estructuras de poder que discriminan.

    El uso de fórmulas inclusivas, como el desdoblamiento (“niños y niñas”), el uso de la “e” o el uso de términos neutros (“personas”, “infancia”, “ciudadanía”), permite nombrar sin excluir. Y nombrar es el primer paso para reconocer, validar y respetar. Para una persona trans, por ejemplo, ser llamada por su pronombre correcto no es un detalle: es una cuestión de dignidad. Para alguien no binario, encontrar un espacio en el lenguaje significa existir también en el plano simbólico, social y legal.

    Diversos estudios en sociolingüística han mostrado que los cambios en el lenguaje acompañan —y a veces impulsan— transformaciones culturales profundas. El reconocimiento legal de parejas del mismo sexo, por ejemplo, fue precedido por una batalla lingüística para hablar de “familias diversas” o “matrimonio igualitario”. Lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no se protege.

    El lenguaje inclusivo no busca imponer, sino ampliar. No elimina formas tradicionales, pero ofrece alternativas más respetuosas y representativas. En un mundo diverso, un lenguaje que abrace esa diversidad es no solo deseable, sino necesario. Porque cada palabra cuenta. Y porque, cuando hablamos de derechos, el silencio también puede ser una forma de violencia.

  • A pesar de los avances sociales y del aumento de representaciones LGTBIQ+ en medios y literatura, el deseo entre mujeres sigue generando incomodidad en muchos sectores. No se trata solo de homofobia tradicional o de ignorancia, sino de una tensión más profunda: el deseo femenino, en sí mismo, ha sido históricamente negado, reprimido o moldeado al servicio de la mirada masculina. (+ Hombreriegas vs putas)

    Desde la infancia, a muchas niñas se les enseña a no desear, a no explorar, a no ocupar espacio con su cuerpo ni con su deseo. Y cuando ese deseo no se dirige hacia un hombre, sino hacia otra mujer, el sistema entero se sacude. La heterosexualidad obligatoria —término acuñado por la teórica Adrienne Rich— no es solo una orientación impuesta, sino una estructura que sostiene múltiples formas de poder. El deseo entre mujeres rompe esa estructura.

    En la cultura popular, las representaciones lésbicas han estado frecuentemente marcadas por la hipersexualización. Muchas veces no se trata de dos mujeres deseándose libremente, sino de una fantasía diseñada para el consumo heterosexual masculino. Cuando una historia lésbica no responde a ese guion, cuando muestra ternura, intimidad, deseo auténtico entre mujeres, incomoda. Porque desplaza al hombre como centro y como espectador. Porque el deseo ya no le pertenece.

    Además, existe un componente de invisibilización. Mientras que la homosexualidad masculina ha sido más ampliamente reconocida —aunque también reprimida—, el amor entre mujeres ha sido borrado o reducido a amistades intensas, a vínculos emocionales “profundos” pero no sexuales. Esta negación histórica contribuye a la incomodidad actual: no se sabe nombrar lo que nunca se reconoció.

    El deseo entre mujeres es subversivo, no solo porque desafía la norma heterosexual, sino porque recupera el cuerpo, la mirada y el placer femeninos para sí mismos. No busca la validación de un otro, sino que se teje en una lógica distinta, de complicidad, de espejo, de juego mutuo. Y eso, en un mundo que todavía coloca lo masculino como medida de todo, descoloca.

    La incomodidad es señal de que algo se mueve. Y ese movimiento, aunque incómodo, es profundamente necesario.

  • La dependencia emocional no es simplemente un apego intenso, sino un reflejo de una desconexión profunda con uno mismo. Muchas personas encadenan una relación tras otra, incapaces de detenerse a escuchar su propio dolor o reconstruirse en soledad. Este patrón responde, casi siempre, a una autoestima deteriorada y a una necesidad imperiosa de validación externa. (+ Lo que Isabel Preysler nos enseñó sobre los celos)

    Según estudios de la Universidad de Granada, las personas con baja autoestima son más propensas a permanecer en relaciones disfuncionales, tolerando dinámicas de abuso emocional o negligencia afectiva. No porque no reconozcan el daño, sino porque temen más a la soledad que al maltrato.

    Esta dificultad para romper con lo que nos hiere tiene raíces psicológicas complejas. Muchas veces, una relación tóxica representa algo familiar: el eco de una infancia sin atención emocional, donde el cariño se ganaba con esfuerzo o sumisión. Así, se normaliza la entrega sin límites, el sacrificio constante, la necesidad de complacer para no ser abandonada.

    Enlazar una pareja con la siguiente es, en este contexto, una huida. No se trata de amor ni de deseo, sino de evitar el vacío interior. El problema es que sin un periodo de introspección y duelo, se repiten los mismos errores: se elige desde la carencia, no desde la libertad.

    Detrás de esta cadena de vínculos fallidos suele haber una mala relación con uno mismo: una voz interior que juzga, que exige, que no perdona. Recuperar el vínculo interno —esa capacidad de estar a solas sin sentir abandono— es la clave para salir del círculo. (+ Navidades lésbicas o cómo sobrevivir al turrón)

    Romper con la dependencia emocional no implica cerrar el corazón, sino aprender a abrirlo desde otro lugar. El camino es lento, pero vital. Porque solo cuando dejamos de mendigar amor, empezamos a ofrecerlo de forma sana. Y para eso, hace falta primero reconciliarnos con quienes somos.

  • En un panorama mediático donde la representación LGTBIQ+ sigue siendo escasa y estereotipada, respaldar a autoras independientes del colectivo no es solo una elección cultural, sino un acto político. (+ Top 10 novelas sáficas)

    Según un informe de GLAAD, la representación LGBTQ+ en los medios de comunicación en español de EE. UU. es casi invisible, con una presencia mínima y a menudo basada en clichés. En España, un estudio de la Universidad de Málaga reveló que las personas LGTBI+ representan solo el 24,4% de los procesos mentales en la prensa progresista, y apenas el 10% en la conservadora.

    Esta falta de representación auténtica tiene consecuencias reales. Un informe de la Federación Estatal LGTBI+ indica que una de cada tres lesbianas ha sufrido acoso, y una de cada diez ha experimentado agresiones físicas o sexuales. La invisibilidad en los medios contribuye a la perpetuación de estigmas y a la falta de comprensión y empatía hacia las realidades del colectivo.

    Apoyar a autoras independientes LGTBIQ+ significa dar voz a narrativas que emergen desde la experiencia vivida, alejadas de los clichés y más cercanas a la diversidad real del colectivo. Estas autoras no solo ofrecen representación, sino que también crean espacios de reflexión y empoderamiento.

    En contraste, seguir respaldando a figuras que no defienden al colectivo o que perpetúan estereotipos dañinos contribuye a mantener un statu quo excluyente. Es esencial cuestionar a quiénes damos nuestra atención y nuestros recursos, y considerar el impacto de nuestras elecciones culturales.

    Al elegir leer, compartir y apoyar a autoras independientes LGTBIQ+, estamos contribuyendo a una cultura más inclusiva y diversa. Es una forma de resistencia y de afirmación de que nuestras historias merecen ser contadas con autenticidad y respeto.

  • Durante siglos, la figura de la bruja ha sido utilizada como instrumento de control y represión hacia las mujeres. Lejos de los clichés de sombreros puntiagudos y escobas voladoras, la «caza de brujas» fue un proceso sistemático de persecución, tortura y asesinato de mujeres que no encajaban en los moldes patriarcales: sanadoras, sabias, solteras, viudas, herbolarias o simplemente independientes. (+ El mito heterosexual)

    Entre los siglos XV y XVIII, se calcula que más de 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería en Europa, y la mayoría eran mujeres. ¿Su crimen? Saber demasiado, hablar demasiado, vivir solas, o ser pobres, viejas o diferentes. La inquisición y los tribunales civiles no solo querían erradicar prácticas “paganas”; querían erradicar la amenaza de una mujer libre.

    Desde el feminismo, la bruja se ha resignificado como símbolo de resistencia. En los años 70, colectivos como W.I.T.C.H. (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) la recuperaron como emblema de empoderamiento. Hoy, muchas feministas la reivindican como figura ancestral de sabiduría femenina, de conexión con la naturaleza y de autonomía frente a un sistema patriarcal que la temió y la destruyó.

    La bruja nos recuerda que el conocimiento, el poder y la independencia femenina han sido históricamente castigados. Que la sexualidad fuera del control del hombre, la espiritualidad no institucionalizada o la voz propia fueron motivo suficiente para arder en la hoguera.

    Hablar de brujas es hablar de historia, pero también de presente. Porque hoy muchas mujeres siguen siendo perseguidas por romper normas impuestas. Las llamas cambiaron de forma: ahora son juicios mediáticos, violencia sexual, leyes restrictivas o silenciamientos sutiles.

    Las brujas no murieron. Se transformaron. Y en cada mujer que alza la voz, que decide por su cuerpo, que guía, que cura o que crea, hay una chispa de ese fuego antiguo que nunca lograron apagar.

  • No la llamé. Fue ella quien apareció una madrugada, frente a mi portal, con una mochila colgada del hombro y ojeras profundas como pozos. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —No podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros—. Pensé en ti.

    Subió sin preguntar. Como si nunca se hubiera ido. Como si todavía supiera dónde estaban los vasos, el interruptor de la lámpara, mi cuerpo.

    En mi cama, el silencio fue largo. Se desvistió de espaldas, sin urgencia, dejando que la ropa cayera como si la estuviera soltando del mundo. Me acerqué despacio, como si temiera romper algo. Nos miramos. Nada más.

    El primer roce fue como un recuerdo encarnado. Sus manos sabían dónde tocar, dónde detenerse. Mi piel se abrió como una flor vieja que aún recuerda cómo era eso del sol.

    En medio del deseo, de su boca contra mi cuello, de mis dedos en su cintura estrecha, le susurré:

    —Eres una niña, ¿verdad? Somos dos niñas en la cama…
    Ella se detuvo un instante, apoyó la frente contra mi pecho, y soltó una risa leve, con un dejo de alivio.

    —Sí —dijo—. Pero no se lo digas a nadie.

    Nos besamos con torpeza dulce. No buscábamos placer rápido, sino reconocimiento. Reencontrarnos. Confirmar que seguíamos ahí, bajo todas las capas, el tiempo, los cuerpos que habíamos sido desde entonces.

    Dormimos abrazadas, como si el frío de afuera no pudiera entrar. Como si la cama fuera un país con leyes propias. En la oscuridad, pensé que tal vez ya no éramos las mismas, pero que algo de nosotras sí había sobrevivido. Un gesto. Una forma de mirar. Un latido.

    Cuando desperté, ella aún dormía. La observé con el corazón en un puño. No sabía si se quedaría, si volvería a desaparecer, si esto había sido solo una tregua.

    Pero ya no me importaba.

    Porque esa noche, fuimos dos niñas otra vez.