Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

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EL DIARIO DE ÚRSULA

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  • Jorge Javier Vázquez se ha hecho un lifting. Un lifting fuerte, tirante, de esos que no dejan lugar a dudas: ha decidido estirarse bien la cara, como hizo en su día Carmen Franco, para que dure. Y, sinceramente, está en su absoluto derecho. Sin embargo, lo que debería ser una decisión personal —incluso banal, si lo pensamos bien— se ha convertido en un espectáculo paralelo de insultos, burlas y comentarios homófobos y edadistas que dicen mucho más de la sociedad que de él.

    En España seguimos teniendo un problema serio con el edadismo. A los hombres se les permite envejecer con poder, pero solo si lo hacen según las reglas: canas bien llevadas, arrugas “con carácter” y una masculinidad tranquila y respetable. Si, en cambio, deciden intervenir sobre su cuerpo —algo que las mujeres han hecho durante décadas sin opción de escapar a la crítica— son inmediatamente objeto de burla. Es como si solo tuvieran dos caminos legítimos: envejecer “naturalmente” o desaparecer discretamente.

    A Jorge Javier se le castiga, además, por ser visible y gay. Los ataques que ha recibido estos días combinan con una facilidad escalofriante la homofobia más rancia con el desprecio a los cuerpos que envejecen. Basta echar un vistazo a las redes sociales para comprobarlo: se han multiplicado expresiones despectivas —“maruja estirada”, “señora de”, “viejo maricón con botox”— que revelan prejuicios profundamente arraigados. (+ El origen de la LGTBIQ+fobia es cultural)

    La operación de Jorge no debería importar más que si se ha hecho unas gafas nuevas. Pero en una sociedad que finge amar la autenticidad mientras penaliza cada arruga, cada kilo y cada gesto fuera de norma, su lifting se convierte en una especie de acto político involuntario. Ha decidido no esconderse ni desaparecer, sino seguir presente en pantalla con una cara nueva —sí—, pero la misma actitud desafiante de siempre.

    Y eso molesta. Molesta que un hombre gay, con canas y poder, no pida disculpas por querer verse bien, por cuidarse o simplemente por hacerse lo que le dé la gana. Molesta que no se esconda ni se conforme con el papel de “mayor simpático” que el sistema le reservaría.

    Lo más curioso es que si fuera una mujer famosa la que se hubiera hecho el mismo lifting, la conversación no sería muy distinta. Cambiarían los adjetivos, pero el trasfondo sería el mismo: la obsesión colectiva por vigilar y juzgar los cuerpos ajenos.

    En lugar de eso, podríamos hacer algo revolucionario: callarnos y respetar. O, aún mejor, aplaudir a quien toma decisiones sobre su cuerpo sin pedir permiso. Jorge Javier Vázquez ha optado por la cirugía estética. Ni es un crimen, ni una traición, ni una desgracia nacional. Es su cara, su dinero y su vida.

    La verdadera cara fea no es la suya recién estirada. Es la de una sociedad que sigue usando la edad y la orientación sexual como armas arrojadizas.

  • La belleza es, en nuestra sociedad, un privilegio indiscutible. Abre puertas, atrae miradas, genera deseo, poder y oportunidades. Pero lo que rara vez se dice es que también puede convertirse en una trampa. Un don amargo. Una maldición disfrazada de privilegio.

    En Candice, Vanessa encarna como nadie esa obsesión por mantenerse joven, deseable, eternamente bella. Lo que en un principio parece un gesto de autocuidado, termina revelando una lucha desesperada contra el paso del tiempo, la pérdida de relevancia, la invisibilidad. Cada crema, cada bisturí, cada cita con la luz pulsada es un intento por frenar lo inevitable: el olvido de los cuerpos que ya no encajan en el canon. (+ Cremas: cosmética de lujo, ciencia barata)

    Y es que el modelo estético que rige nuestra cultura no es neutro. Tiene edad, género, raza, talla, forma, color. No es un ideal alcanzable, sino una maquinaria que premia a quienes se acercan a él y castiga con dureza a quienes se alejan. Las mujeres, sobre todo, cargan con el peso de esa exigencia. Porque si la belleza es poder, también es un campo de batalla. Y quienes no luchan en él, quedan excluidas.

    Detrás de cada Vanessa hay una historia no contada de inseguridad, miedo y agotamiento. Un espejo que no perdona. Una sociedad que vincula valor con apariencia. Y una industria que se alimenta del miedo a envejecer, a engordar, a perder el atractivo. Es un juego amañado donde incluso quienes ganan terminan perdiendo.

    ¿Quién está detrás de este modelo estético? Una red de intereses que va desde la publicidad hasta los algoritmos de Instagram, pasando por la industria cosmética, lxs influencers y los discursos coloniales que siguen marcando qué cuerpos son deseables y cuáles no. El patriarcado, por supuesto, juega un papel central: nos enseñó que la valía de una mujer está íntimamente ligada a su apariencia, y que la juventud es la única moneda válida en el mercado del deseo.

    Lo más perverso es que incluso las mujeres más bellas —las que «ganan la lotería genética»— viven atrapadas en la tiranía del espejo. Como Vanessa, deben sostener su belleza con uñas y dientes, sabiendo que el reloj siempre avanza y que, tarde o temprano, serán reemplazadas por versiones más jóvenes, más frescas, más apetecibles.

    En ese sentido, la belleza no es un don, sino una cárcel dorada. Una que brilla por fuera pero asfixia por dentro.

    Quizás la salida no sea dejar de admirar la belleza, sino liberarla de la dictadura del canon. Permitir que envejezca, que se ensanche, que se arrugue, que se vuelva real. Que se parezca más a la vida y menos a una pantalla retocada.

    Porque solo cuando la belleza deje de ser un deber, podrá volver a ser un placer.

  • La lógica, en teoría, es la herramienta suprema del pensamiento. Desde Aristóteles hasta los algoritmos modernos, ha sido celebrada como el camino para alcanzar verdades universales. Sin embargo, la lógica no es una entidad pura que flote sobre nuestras cabezas: se construye sobre premisas, y esas premisas las elige alguien. Aquí surge el peligro. (+ ¿Por qué nos resistimos al cambio? Una mirada desde la ciencia)

    Cualquier razonamiento lógico parte de un conjunto inicial de afirmaciones que damos por ciertas. Si estas premisas están sesgadas o manipuladas, la lógica se convierte en un tren perfectamente engrasado que avanza… en la dirección equivocada. En palabras del psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, nuestra mente es tan eficiente en el procesamiento de información que puede convencerse con facilidad de ideas falsas si el marco de razonamiento inicial está distorsionado.

    Ejemplos hay muchos. En política, basta con aceptar como punto de partida que “la seguridad solo se garantiza con control total” para que todo un sistema autoritario pueda justificarse lógicamente. En economía, si asumimos que “el crecimiento infinito es siempre bueno”, la explotación ilimitada de recursos se vuelve un corolario “racional”. La trampa de la lógica no está en la deducción en sí, sino en el invisible momento en que aceptamos, sin cuestionar, las premisas que nos imponen.

    Las ideologías más exitosas no suelen atacar la lógica; al contrario, la utilizan. Lo que hacen es preparar cuidadosamente el terreno, eligiendo los axiomas desde los que se desarrollará toda la argumentación. Es el equivalente a amañar un partido antes de que empiece: el resultado está decidido, aunque parezca que se juega limpio.

    Aquí entra en escena una figura curiosa: el “loco”. No el loco clínico como estereotipo peyorativo, sino aquel que rompe los esquemas al no aceptar las reglas del juego mental que la sociedad da por sentadas. Pregúntale sobre la moral, la religión o el sentido de la vida, y quizá responda: “pera”. Desde el punto de vista lógico, su respuesta es absurda; desde el punto de vista estratégico, es una fuga de la jaula.

    Estudios en neurociencia cognitiva, como los realizados por la Universidad de Cambridge sobre pensamiento divergente, muestran que las personas capaces de romper asociaciones habituales pueden encontrar soluciones más creativas e inesperadas. Aunque la locura real pueda implicar sufrimiento, su capacidad para escapar de marcos impuestos revela algo incómodo: que la libertad de pensamiento implica, a veces, desconectarse de la lógica aceptada.

    Esto no significa que debamos despreciar la lógica; sería como renunciar al fuego porque puede quemar. Pero sí implica desarrollar una vigilancia constante sobre las premisas que aceptamos. La verdadera resistencia intelectual no está solo en deducir bien, sino en elegir cuidadosamente los puntos de partida y atreverse a desmontarlos cuando es necesario.

    En un mundo donde la lógica puede ser usada como herramienta de manipulación, el loco que responde “pera” no está tan fuera de juego como creemos. Quizá, sin proponérselo, ha encontrado la salida secreta de la trampa que todos los demás pisamos con paso firme.

  • Ser lesbiana, en pleno siglo XXI, aún tiene un precio. Un precio que no siempre se mide en monedas, sino en miradas, en silencios, en oportunidades perdidas y en la energía invertida en justificar lo que, paradójicamente, debería ser incuestionable: amar.

    El primer coste es emocional. La mayoría de las mujeres lesbianas pasan por un proceso de autodescubrimiento que, a diferencia de la heterosexualidad, implica cuestionarse, enfrentarse al miedo al rechazo y, en muchos casos, vivir un armario antes de poder vivir una relación. Este tránsito deja huellas: ansiedad, inseguridades y, a menudo, la sensación de estar “fuera de lugar”. Según un estudio publicado en The Lancet Psychiatry (2022), las personas LGTBI presentan el doble de riesgo de sufrir trastornos de ansiedad y depresión debido a la discriminación y la falta de aceptación social. (+ Lesbianas: una historia de control social)

    El segundo coste es social. Aunque las leyes han avanzado, la mentalidad colectiva no siempre las acompaña. Besarse en la calle puede seguir siendo un acto político. Presentar a tu pareja en el trabajo con naturalidad puede ser arriesgado en determinados entornos. Incluso en sociedades aparentemente abiertas, las microagresiones son constantes: el “¿quién es el hombre en la relación?”, el “seguro que es una fase” o el “¿y no lo habrás intentado con chicos?”. Cada una de estas frases desgasta, recordando que tu vida íntima es vista como algo anómalo.

    El tercer coste es familiar. No siempre hay rechazo abierto, pero sí expectativas frustradas: el “nieto que, tal vez, nunca llegará”, la incomodidad en reuniones donde tu relación no recibe el mismo trato que las heterosexuales. Esta tensión obliga a muchas lesbianas a ejercer un rol de educadoras dentro de sus propios hogares, explicando, justificando, corrigiendo prejuicios.

    El cuarto coste es profesional. En determinados ámbitos, ser abiertamente lesbiana puede significar un techo de cristal invisible. La investigación Out@Work (2023) señala que un 41 % de mujeres lesbianas en Europa han ocultado su orientación sexual al menos una vez para evitar discriminación laboral. Esto implica autocensura, falta de autenticidad y, a veces, renunciar a oportunidades donde ser “la lesbiana del equipo” podría resultar incómodo.

    ¿Vale la pena pagar este precio? La respuesta es compleja. Sí, porque vivir en coherencia con quien eres no tiene sustituto. Porque cada beso visible, cada familia lesboparental, cada historia que se cuenta —como las que aparecen en novelas donde la fluidez de género y la diversidad son tan naturales como en Candice—, allana el camino para quienes vienen detrás. Pero duele que esa libertad aún no sea gratuita.

    Ser lesbiana hoy implica valentía. No solo para amar, sino para resistir el desgaste de un mundo que, aunque ha cambiado, sigue recordando que amar a otra mujer no es, todavía, igual de sencillo. Y ese es el precio: pagar por derechos que deberían ser inherentes.

  • La literatura LGTBIQ+ ha recorrido un largo camino, y hoy podemos disfrutar de un abanico de voces que narran la diversidad desde múltiples perspectivas. En especial, las novelas sáficas y lésbicas han ganado terreno, ofreciendo historias que no solo visibilizan el amor entre mujeres, sino que también exploran la identidad, la libertad y la resistencia frente a los moldes sociales.

    Aquí tienes una selección de 10 novelas imprescindibles LGTBIQ+ —clásicos y contemporáneos— que marcaron y siguen marcando a generaciones de lectorxs.

    1. Maurice, de E. M. Forster ( + también puedes ver la excelente película dirigida por James Ivory)

    Publicada póstumamente en 1971, Maurice es un clásico de la literatura queer. Aunque narra la historia de un amor homosexual masculino en la Inglaterra eduardiana, abrió un camino de esperanza al proponer un final feliz en una época en la que la homosexualidad era criminalizada. Una obra pionera que sigue inspirando a quienes buscan referentes positivos.

    2. Escritos de Safo (+ Lesbos y Safo: el origen del deseo escrito)

    La poeta griega Safo, considerada una de las primeras voces sáficas de la historia, dejó versos que cantan al deseo y al amor entre mujeres. Su obra fragmentaria sigue siendo un pilar en la literatura lésbica y feminista, recordándonos que el amor sáfico ha existido siempre, aunque muchas veces haya sido silenciado.

    3. Orlando, de Virginia Woolf

    Un clásico de 1928 que desafía todas las etiquetas. Woolf narra la vida de Orlando, un personaje que cambia de género y atraviesa siglos de historia inglesa. Es una de las novelas más influyentes en cuanto a fluidez de género y exploración de la identidad, y una lectura obligatoria dentro de la literatura queer.

    4. El color púrpura, de Alice Walker

    Ganadora del Pulitzer en 1983, narra la historia de Celie, una mujer afroamericana que encuentra en su relación con Shug Avery no solo el amor, sino también la fuerza para romper con el abuso y la opresión. Un relato profundamente conmovedor y un referente en la literatura lésbica y feminista.

    5. Candice, de Úrsula J. Gilgati (+ Cómo «la jefa del Candy Darling» inspiró a una heroina literaria)

    En esta novela contemporánea, la fluidez de género y la diversidad sexual se presentan como algo natural. Lejos de poner la heterosexualidad como norma, Candice ofrece un universo en el que las relaciones sáficas, trans y queer conviven sin etiquetas limitantes. Una lectura que aporta frescura y autenticidad al panorama actual de la literatura lésbica.

    6. Clamworld, de Úrsula J. Gilgati (+ Entrevista a Úrsula J.Gilgati)

    La primera novela de Gilgati plantea un mundo distópico y reflexivo, en el que los hombres prácticamente se han extinguido, donde la identidad y el deseo se cruzan con la ciencia ficción. Sus personajes diversos y sus vínculos emocionales ofrecen un espejo queer a lectorxs que buscan reconocerse en narrativas diferentes y valientes.

    7. Fingersmith, de Sarah Waters

    Esta novela victoriana moderna mezcla misterio, romance y engaños. Waters es una de las autoras lésbicas más leídas, y aquí crea una trama envolvente que muestra cómo el deseo entre mujeres puede florecer incluso en los contextos más opresivos.

    8. Written on the Body, de Jeanette Winterson

    Winterson desafía etiquetas al narrar un amor apasionado sin revelar nunca el género del narrador. Su prosa poética y arriesgada convierte este libro en un referente de la literatura queer, donde el cuerpo y el deseo son los auténticos protagonistas.

    9. Our Lady of the Nile, de Scholastique Mukasonga

    Situada en Ruanda, esta novela muestra cómo las relaciones entre chicas adolescentes en un internado católico conviven con la violencia y la tensión política. Una obra que amplía el horizonte de la literatura sáfica más allá del contexto occidental.

    10. After Delores, de Sarah Schulman

    Un clásico del underground lésbico de los 90, donde se mezcla la dureza del desamor con la exploración de la vida queer en Nueva York. Schulman aporta una mirada cruda y realista que sigue resonando con fuerza en la literatura contemporánea.

    Conclusión

    Estos 10 libros LGTBIQ+ y novelas sáficas son solo una puerta de entrada a un universo literario cada vez más diverso. Desde los clásicos como Maurice hasta propuestas actuales como Candice o Clamworld, todas ellas tienen algo en común: muestran que nuestras historias merecen ser contadas con dignidad, deseo y libertad.

    Si buscas las mejores novelas lésbicas y queer, aquí tienes una lista que te ayudará a empezar o ampliar tu biblioteca. Porque leer también es un acto de resistencia, y cada libro suma en la construcción de un imaginario colectivo más inclusivo. (+ Nadie dijo que escribir fuera fácil)

  • En el vasto y resbaladizo terreno del lenguaje, las palabras no solo nombran: construyen realidad. Y en esa realidad, muchas veces, el diccionario no refleja la vida, sino los prejuicios. Uno de los más descarados es este: no existe la palabra hombreriega. Si una mujer mantiene relaciones sexuales con varios hombres, la lengua no se esfuerza en encontrarle un término neutro, elegante o incluso admirativo. En cambio, para los hombres que hacen lo mismo, tenemos un repertorio generoso, encabezado por mujeriego, cargado de connotaciones simpáticas, de latin lover y de picardía consentida. (+ Feminidad tóxica)

    Una mujer que disfruta de su sexualidad, que se permite el deseo sin culpa ni justificación, sigue siendo juzgada con una saña milenaria. Se la llama puta, zorra, guarra o fácil. Términos todos con un trasfondo de desprecio, de cosificación, de castigo moral. Pero no tenemos el equivalente masculino de forma natural en la lengua. ¿Por qué? Porque en la lógica patriarcal, el deseo masculino se celebra y el femenino se penaliza.

    La palabra mujeriego se desliza con soltura en conversaciones de bar, canciones, novelas e incluso artículos académicos. Es casi un halago disfrazado de crítica. «Sí, es un mujeriego, no se le puede atar.» Lo decimos como si habláramos de un gato callejero encantador. Pero cuando una mujer actúa con la misma libertad, la gramática se nos vuelve tribunal. Hombreriega no existe porque no se concibe que una mujer pueda disfrutar sin pagar un precio social por ello.

    Imaginemos por un momento que aceptamos hombreriega como neologismo. Sería una forma de devolverle al lenguaje algo de la justicia que la cultura le ha negado. Ser hombreriega no debería implicar una moral relajada, una falta de autoestima ni una búsqueda desesperada de afecto. Debería significar simplemente lo que es: una mujer que desea, elige y se acuesta con quien le da la gana. (+ El empoderamiento empieza en el coño)

    Pero el problema no es solo léxico. Es profundamente cultural. El insulto sexual hacia las mujeres es uno de los últimos bastiones del patriarcado lingüístico. Y es eficaz: muchas mujeres aún reprimen su deseo por miedo al qué dirán, por temor a ser etiquetadas, por evitar la incomodidad de explicar que no están buscando amor, ni cariño, ni compromiso. Solo placer.

    Las palabras tienen historia. Tienen sesgo. Y tienen consecuencias. Por eso es urgente cuestionarlas, desobedecerlas, reinventarlas. Llamar hombreriega a quien lo sea con orgullo, y empezar a mirar con la misma comprensión —o indiferencia— a las mujeres libres que a los hombres libres. Solo entonces podremos decir que el lenguaje avanza hacia la igualdad.

    Porque el día que hombreriega aparezca en el diccionario, sin comillas ni juicio, quizá sea el mismo día en que la libertad sexual deje de tener género. Y ese, amigas, será un día para celebrar.

  • A lo largo de la historia, el placer de la mujer ha sido uno de los grandes tabúes sociales. No porque no existiera, sino porque fue sistemáticamente silenciado, reprimido o ridiculizado por estructuras de poder que se beneficiaban de su invisibilidad. La sexualidad femenina, especialmente cuando no estaba ligada a la reproducción o al placer masculino, fue vista con sospecha, e incluso castigada. El deseo de la mujer fue considerado peligroso: algo que debía regularse, ocultarse o, directamente, negarse .(+ Siglos de control sobre las mujeres que amaban a las mujeres)

    Desde los textos antiguos hasta la medicina del siglo XIX, el cuerpo femenino fue interpretado casi siempre desde una mirada masculina. Durante siglos, el placer sexual de la mujer fue asociado con la locura, el pecado o la histeria. La masturbación femenina se consideraba una enfermedad, y no fue hasta el siglo XX cuando se comenzó a estudiar el clítoris como un órgano autónomo del placer, completamente funcional y sin otro fin que proporcionar gozo.

    Michel Foucault, en su estudio sobre la sexualidad, señala cómo el poder no se limita a prohibir, sino que también actúa a través del discurso, determinando qué puede decirse, pensarse y sentir. Así, el placer de la mujer fue negado no solo en la práctica, sino también en el lenguaje y en la cultura: se hablaba poco o nada del deseo femenino, y cuando se hacía, era desde una perspectiva distorsionada. A las mujeres se les enseñaba a ser objeto de deseo, no a desear.

    El patriarcado entendió pronto que una mujer que conoce y defiende su placer es una mujer difícil de dominar. El control del placer es una forma de control del cuerpo, y por tanto, de la autonomía. El placer femenino cuestiona jerarquías, rompe silencios y crea redes de complicidad. Por eso se le temió.

    Solo en las últimas décadas, gracias a los feminismos y a las luchas por la educación sexual integral, el deseo de la mujer ha empezado a ocupar un lugar visible. Pero los restos del pasado siguen pesando: aún hay tabúes, desinformación, pornografía centrada en el placer masculino y discursos que asocian el gozo femenino con culpa o peligro.

    Reivindicar el placer de las mujeres no es un capricho, es un acto político. Porque donde hay goce, hay poder. Y donde hay poder, hay libertad.

  • Las relaciones humanas están atravesadas por una mezcla de emociones, expectativas y patrones de conducta. Entre ellas, la infidelidad se presenta como uno de los grandes fantasmas que rondan a las parejas. Pero hay una idea perturbadora, aunque sumamente realista, que merece ser explorada: la forma en que conociste a tu pareja puede marcar la manera en que la relación terminará, si alguna vez llega a su fin. (+ ¿Es la monogamia una perversión?)

    El viejo dicho “quien engañó una vez, engañará siempre” no es mera superstición. Numerosos estudios en psicología social apuntan a que las personas tienden a repetir conductas que en el pasado les funcionaron para satisfacer una necesidad o evitar un conflicto. La fidelidad o la infidelidad no se improvisan: se construyen a partir de hábitos, creencias y valores que suelen permanecer bastante estables en el tiempo.

    Si tu pareja inició su relación contigo mientras aún estaba vinculada con otra persona, las probabilidades de que repita el patrón no son bajas. No se trata de una maldición inevitable, sino de un guion aprendido. Como en la criminología, donde se habla de la “firma” de un asesino —ese modo característico que deja huella en cada crimen—, las relaciones sentimentales también arrastran firmas invisibles. El modo de entrar suele condicionar el modo de salir.

    La psicología cognitiva explica esto a través del concepto de consistencia conductual: los individuos tienden a mantener una coherencia en sus acciones, incluso cuando cambian las circunstancias. Una persona que recurre a aplicaciones de citas como vía rápida para evadir la monotonía o la frustración en una relación difícil probablemente seguirá utilizando esos mismos canales si vuelve a sentirse atrapada. El estímulo y la recompensa ya están grabados en su circuito neuronal.

    Esto no significa que el cambio sea imposible. Hay quien, tras una experiencia dolorosa, reflexiona y modifica genuinamente sus actitudes. Pero conviene no confundirse: no es lo mismo un cambio profundo y consciente que una modificación temporal motivada por el miedo a perder algo. El segundo suele diluirse con el tiempo; el primero requiere un trabajo personal constante, autocrítico y muchas veces acompañado de terapia.

    Lo inquietante es que muchas veces preferimos ignorar estas señales. Nos convencemos de que “conmigo será distinto”, porque el amor propio y la ilusión inicial nos ciegan. Pero la evidencia está ahí: la forma en que una persona ha gestionado sus compromisos en el pasado es uno de los mejores predictores de cómo actuará en el futuro.

    ¿Significa esto que debemos desconfiar siempre? No necesariamente. Significa que debemos estar atentos a los antecedentes y a los patrones. Si alguien fue capaz de engañar con aparente facilidad, lo más probable es que esa herramienta vuelva a estar en su repertorio cuando aparezca la tentación. El asesino rara vez cambia de arma.

    En definitiva, la pregunta que deberíamos hacernos no es si nuestra pareja puede engañarnos, sino si estamos dispuestos a aceptar la sombra de su historia como parte del presente. La lógica es implacable: la forma en que empieza un vínculo dice mucho de cómo podría terminar.

  • Nos han repetido durante siglos que la heterosexualidad es la norma natural, que el deseo entre un hombre y una mujer responde a una ley biológica inmutable. Sin embargo, investigaciones en antropología, biología y sociología muestran que lo natural no es la heterosexualidad obligatoria, sino la diversidad del deseo humano. En realidad, lo que llamamos “heterosexualidad” es un constructo cultural que se ha consolidado a lo largo de los siglos como parte del engranaje patriarcal. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)

    Judith Butler ya explicó que el género no es destino biológico, sino performance social, y Monique Wittig llegó a afirmar que “las lesbianas no son mujeres”, porque la categoría de “mujer” solo existe dentro de la heterosexualidad. De esta forma, lo que parecía incuestionable se revela como un invento con un propósito: garantizar la continuidad de un sistema.

    La antropología confirma que hubo —y aún hay— culturas donde la diversidad de género y orientación no estaba perseguida ni reducida al binomio hombre-mujer. Fue el colonialismo y la moral burguesa los que impusieron el modelo heterosexual obligatorio. En biología, tampoco hay excusas: más de 1.500 especies animales practican conductas homosexuales, lo que deja claro que no se trata de una anomalía. (+ sobre homosexualidad en animales)

    La paradoja es que, todavía hoy, cuando alguien dice ser lesbiana, se le exige justificarlo, mientras que la heterosexualidad nunca necesita explicaciones. Tiene el privilegio de pasar desapercibida, como si fuera el aire: invisible, pero asfixiante cuando se convierte en norma única.

    En mi novela Candice exploré qué sucede cuando imaginamos un mundo diferente: un universo donde la fluidez de género y de deseo se da por sentada, y la heterosexualidad aparece simplemente como una posibilidad más, sin privilegios ni jerarquías. Muchas lectoras me han comentado que esa naturalidad les resultó tan convincente que, al leer, parecía lo lógico y cotidiano. Tal vez lo sea. (+ Algunos hombres buenos)

    Aceptar que la heterosexualidad es un invento cultural es liberador. Nos permite entender que no estamos atados a un destino biológico ni a un mandato invisible. Nuestros afectos y placeres no tienen por qué obedecer a un guion preestablecido. Amar, al fin y al cabo, debería ser un acto de libertad, no de obediencia.

    Por eso, lo verdaderamente artificial no son las lesbianas, sino la heterosexualidad obligatoria. El invento no somos nosotras: es el sistema que intentó convencernos de lo contrario.

  • Vivimos en una sociedad que ha elevado la ciencia al rango de verdad absoluta. Se la presenta como la única vía legítima para entender el mundo, como si lo real fuera solo aquello que puede ser medido, cuantificado o reproducido en un laboratorio. Y, sin embargo, esa visión es, a mi modo de ver, profundamente reduccionista. No por la ciencia en sí —que admiro y respeto—, sino por cómo una cultura infantilizada y consumista ha decidido usarla.

    La ciencia es irrefutable dentro de los márgenes que ella misma define. Si decides estudiar dos moléculas, pero, por intereses comerciales, solo investigas una, entonces todo lo que descubras sobre esa molécula será científicamente válido… pero no será la única verdad. Habrás desechado otra posibilidad que quizás podría haber cambiado por completo tus conclusiones. El método científico es poderoso, pero siempre está condicionado por qué preguntas se hacen, qué se financia, qué se publica y qué se descarta.

    Este sesgo no es ajeno al cambio climático. Creo firmemente que el cambio climático tiene una explicación científica sólida, bien documentada y con datos irrefutables. Pero también creo que se ha construido una narrativa única, dominante, sostenida por enormes campañas mediáticas, empresariales y políticas que, aunque a menudo bienintencionadas, han transformado un fenómeno complejo en una historia de buenos y malos, de causas únicas y soluciones simplistas. (+ sobre la evidencia científica irrefutable del cambio climático)

    Y ahí es donde se vuelve necesario hacer una pausa.

    ¿Qué pasaría si, en lugar de ver el cambio climático solo como una “crisis creada por el hombre”, lo viéramos también como parte de un proceso evolutivo más amplio? La Tierra ha atravesado transformaciones radicales desde siempre. Ha habido extinciones masivas, edades de hielo, explosiones biológicas. ¿Y si lo que vivimos hoy es, también, un momento de transición natural, en el que nuestra especie juega un papel importante, pero no exclusivo?

    Aceptar esto no significa negar nuestra responsabilidad, ni justificar la destrucción. Significa ampliar la mirada. Reconocer que no todo cabe en una gráfica de CO₂. Que existen saberes antiguos, intuiciones ecológicas, cosmovisiones no occidentales que también tienen algo valioso que aportar. Y que reducir toda explicación válida a la ciencia positivista es otra forma —moderna y elegante— de censura.

    En el fondo, el problema no es la ciencia, sino la cultura inmadura que la ha convertido en dogma. Una sociedad que ha perdido la capacidad de convivir con el misterio, con la duda, con la posibilidad de que haya múltiples verdades coexistiendo. Una cultura que quiere consumir respuestas rápidas, cuando lo que necesitamos es sostener preguntas profundas.

    No necesitamos menos ciencia. Necesitamos más madurez para usarla con humildad, sin convertirla en religión. (+ La trampa de la lógica)