Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Cambiar no es fácil. Aunque sepamos que ciertos hábitos nos perjudican o que nuevas ideas podrían beneficiarnos, la resistencia aparece casi como un reflejo. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Qué mecanismos psicológicos y biológicos nos empujan a mantenernos en lo conocido? (+ Decir «no»: el poder de poner límites)

    Desde un punto de vista evolutivo, la preferencia por lo familiar ha sido clave para la supervivencia. El cerebro humano está diseñado para minimizar riesgos, y lo desconocido implica una posible amenaza. La amígdala, centro de procesamiento emocional, se activa ante situaciones nuevas con una respuesta de alerta. Así, el cambio puede ser interpretado como peligro, incluso cuando racionalmente lo percibimos como positivo.

    A nivel neurológico, los hábitos crean circuitos neuronales que se refuerzan con el tiempo. Romper con ellos implica un esfuerzo cognitivo importante. Según un estudio de la University College London, formar un nuevo hábito puede requerir entre 18 y 254 días, dependiendo de su complejidad y del contexto. Esto demuestra que el cambio no solo es emocionalmente desafiante, sino también físicamente costoso para el cerebro. (+ Amar no es necesitar: una historia real)

    Además, el cambio suele confrontarnos con nuestra identidad. Aceptar una nueva perspectiva puede hacernos sentir que estábamos equivocados, lo cual afecta directamente a la autoestima. Leon Festinger, creador de la teoría de la disonancia cognitiva, explicó que cuando nuestras creencias entran en conflicto con nuevas informaciones, el malestar nos empuja a rechazar la novedad para conservar la coherencia interna.

    Por otro lado, los entornos sociales influyen notablemente. Cambiar puede implicar alejarnos de normas grupales o desafiar costumbres compartidas. El miedo al rechazo, muy presente en nuestras dinámicas sociales, puede frenar incluso las transformaciones más urgentes.

    Sin embargo, no todo es resistencia. El cerebro también es plástico, capaz de adaptarse, crear nuevas conexiones y aprender. La clave está en generar entornos seguros, reducir la amenaza percibida y dar tiempo a la transformación.

    Comprender que resistirse al cambio no es señal de debilidad, sino un mecanismo natural, nos permite ser más compasivas con nosotras mismas. El reto no es eliminar esa resistencia, sino aprender a dialogar con ella y avanzar, paso a paso, hacia lo nuevo.

  • El lenguaje es una de las herramientas más poderosas que tenemos para construir realidades. No solo nombra el mundo: también lo configura. En este sentido, el lenguaje inclusivo —aquel que visibiliza la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales— no es una moda ni una exageración, sino un instrumento transformador que beneficia de manera directa al colectivo LGTBIQ+. (+ La estética del cambio: cuando el respeto se queda en la superficie)

    Durante siglos, el lenguaje normativo ha invisibilizado a quienes no encajan en el modelo cisheterosexual. Frases como “todos los hombres nacen libres” excluyen de forma automática a mujeres y personas no binarias. Esta omisión constante no solo niega la existencia de muchas personas, sino que también refuerza estructuras de poder que discriminan.

    El uso de fórmulas inclusivas, como el desdoblamiento (“niños y niñas”), el uso de la “e” o el uso de términos neutros (“personas”, “infancia”, “ciudadanía”), permite nombrar sin excluir. Y nombrar es el primer paso para reconocer, validar y respetar. Para una persona trans, por ejemplo, ser llamada por su pronombre correcto no es un detalle: es una cuestión de dignidad. Para alguien no binario, encontrar un espacio en el lenguaje significa existir también en el plano simbólico, social y legal.

    Diversos estudios en sociolingüística han mostrado que los cambios en el lenguaje acompañan —y a veces impulsan— transformaciones culturales profundas. El reconocimiento legal de parejas del mismo sexo, por ejemplo, fue precedido por una batalla lingüística para hablar de “familias diversas” o “matrimonio igualitario”. Lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no se protege.

    El lenguaje inclusivo no busca imponer, sino ampliar. No elimina formas tradicionales, pero ofrece alternativas más respetuosas y representativas. En un mundo diverso, un lenguaje que abrace esa diversidad es no solo deseable, sino necesario. Porque cada palabra cuenta. Y porque, cuando hablamos de derechos, el silencio también puede ser una forma de violencia.

  • A pesar de los avances sociales y del aumento de representaciones LGTBIQ+ en medios y literatura, el deseo entre mujeres sigue generando incomodidad en muchos sectores. No se trata solo de homofobia tradicional o de ignorancia, sino de una tensión más profunda: el deseo femenino, en sí mismo, ha sido históricamente negado, reprimido o moldeado al servicio de la mirada masculina. (+ Hombreriegas vs putas)

    Desde la infancia, a muchas niñas se les enseña a no desear, a no explorar, a no ocupar espacio con su cuerpo ni con su deseo. Y cuando ese deseo no se dirige hacia un hombre, sino hacia otra mujer, el sistema entero se sacude. La heterosexualidad obligatoria —término acuñado por la teórica Adrienne Rich— no es solo una orientación impuesta, sino una estructura que sostiene múltiples formas de poder. El deseo entre mujeres rompe esa estructura.

    En la cultura popular, las representaciones lésbicas han estado frecuentemente marcadas por la hipersexualización. Muchas veces no se trata de dos mujeres deseándose libremente, sino de una fantasía diseñada para el consumo heterosexual masculino. Cuando una historia lésbica no responde a ese guion, cuando muestra ternura, intimidad, deseo auténtico entre mujeres, incomoda. Porque desplaza al hombre como centro y como espectador. Porque el deseo ya no le pertenece. (+ Cuando la diversidad entra en casa)

    Además, existe un componente de invisibilización. Mientras que la homosexualidad masculina ha sido más ampliamente reconocida —aunque también reprimida—, el amor entre mujeres ha sido borrado o reducido a amistades intensas, a vínculos emocionales “profundos” pero no sexuales. Esta negación histórica contribuye a la incomodidad actual: no se sabe nombrar lo que nunca se reconoció.

    El deseo entre mujeres es subversivo, no solo porque desafía la norma heterosexual, sino porque recupera el cuerpo, la mirada y el placer femeninos para sí mismos. No busca la validación de un otro, sino que se teje en una lógica distinta, de complicidad, de espejo, de juego mutuo. Y eso, en un mundo que todavía coloca lo masculino como medida de todo, descoloca.

    La incomodidad es señal de que algo se mueve. Y ese movimiento, aunque incómodo, es profundamente necesario.

  • La dependencia emocional no es simplemente un apego intenso, sino un reflejo de una desconexión profunda con uno mismo. Muchas personas encadenan una relación tras otra, incapaces de detenerse a escuchar su propio dolor o reconstruirse en soledad. Este patrón responde, casi siempre, a una autoestima deteriorada y a una necesidad imperiosa de validación externa. (+ Lo que Isabel Preysler nos enseñó sobre los celos)

    Según estudios de la Universidad de Granada, las personas con baja autoestima son más propensas a permanecer en relaciones disfuncionales, tolerando dinámicas de abuso emocional o negligencia afectiva. No porque no reconozcan el daño, sino porque temen más a la soledad que al maltrato.

    Esta dificultad para romper con lo que nos hiere tiene raíces psicológicas complejas. Muchas veces, una relación tóxica representa algo familiar: el eco de una infancia sin atención emocional, donde el cariño se ganaba con esfuerzo o sumisión. Así, se normaliza la entrega sin límites, el sacrificio constante, la necesidad de complacer para no ser abandonada.

    Enlazar una pareja con la siguiente es, en este contexto, una huida. No se trata de amor ni de deseo, sino de evitar el vacío interior. El problema es que sin un periodo de introspección y duelo, se repiten los mismos errores: se elige desde la carencia, no desde la libertad.

    Detrás de esta cadena de vínculos fallidos suele haber una mala relación con uno mismo: una voz interior que juzga, que exige, que no perdona. Recuperar el vínculo interno —esa capacidad de estar a solas sin sentir abandono— es la clave para salir del círculo. (+ Navidades lésbicas o cómo sobrevivir al turrón)

    Romper con la dependencia emocional no implica cerrar el corazón, sino aprender a abrirlo desde otro lugar. El camino es lento, pero vital. Porque solo cuando dejamos de mendigar amor, empezamos a ofrecerlo de forma sana. Y para eso, hace falta primero reconciliarnos con quienes somos.

  • En un panorama mediático donde la representación LGTBIQ+ sigue siendo escasa y estereotipada, respaldar a autoras independientes del colectivo no es solo una elección cultural, sino un acto político. (+ Top 10 novelas sáficas)

    Según un informe de GLAAD, la representación LGBTQ+ en los medios de comunicación en español de EE. UU. es casi invisible, con una presencia mínima y a menudo basada en clichés. En España, un estudio de la Universidad de Málaga reveló que las personas LGTBI+ representan solo el 24,4% de los procesos mentales en la prensa progresista, y apenas el 10% en la conservadora.

    Esta falta de representación auténtica tiene consecuencias reales. Un informe de la Federación Estatal LGTBI+ indica que una de cada tres lesbianas ha sufrido acoso, y una de cada diez ha experimentado agresiones físicas o sexuales. La invisibilidad en los medios contribuye a la perpetuación de estigmas y a la falta de comprensión y empatía hacia las realidades del colectivo.

    Apoyar a autoras independientes LGTBIQ+ significa dar voz a narrativas que emergen desde la experiencia vivida, alejadas de los clichés y más cercanas a la diversidad real del colectivo. Estas autoras no solo ofrecen representación, sino que también crean espacios de reflexión y empoderamiento.

    En contraste, seguir respaldando a figuras que no defienden al colectivo o que perpetúan estereotipos dañinos contribuye a mantener un statu quo excluyente. Es esencial cuestionar a quiénes damos nuestra atención y nuestros recursos, y considerar el impacto de nuestras elecciones culturales.

    Al elegir leer, compartir y apoyar a autoras independientes LGTBIQ+, estamos contribuyendo a una cultura más inclusiva y diversa. Es una forma de resistencia y de afirmación de que nuestras historias merecen ser contadas con autenticidad y respeto.

  • Durante siglos, la figura de la bruja ha sido utilizada como instrumento de control y represión hacia las mujeres. Lejos de los clichés de sombreros puntiagudos y escobas voladoras, la «caza de brujas» fue un proceso sistemático de persecución, tortura y asesinato de mujeres que no encajaban en los moldes patriarcales: sanadoras, sabias, solteras, viudas, herbolarias o simplemente independientes. (+ El mito heterosexual)

    Entre los siglos XV y XVIII, se calcula que más de 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería en Europa, y la mayoría eran mujeres. ¿Su crimen? Saber demasiado, hablar demasiado, vivir solas, o ser pobres, viejas o diferentes. La inquisición y los tribunales civiles no solo querían erradicar prácticas “paganas”; querían erradicar la amenaza de una mujer libre.

    Desde el feminismo, la bruja se ha resignificado como símbolo de resistencia. En los años 70, colectivos como W.I.T.C.H. (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) la recuperaron como emblema de empoderamiento. Hoy, muchas feministas la reivindican como figura ancestral de sabiduría femenina, de conexión con la naturaleza y de autonomía frente a un sistema patriarcal que la temió y la destruyó.

    La bruja nos recuerda que el conocimiento, el poder y la independencia femenina han sido históricamente castigados. Que la sexualidad fuera del control del hombre, la espiritualidad no institucionalizada o la voz propia fueron motivo suficiente para arder en la hoguera.

    Hablar de brujas es hablar de historia, pero también de presente. Porque hoy muchas mujeres siguen siendo perseguidas por romper normas impuestas. Las llamas cambiaron de forma: ahora son juicios mediáticos, violencia sexual, leyes restrictivas o silenciamientos sutiles.

    Las brujas no murieron. Se transformaron. Y en cada mujer que alza la voz, que decide por su cuerpo, que guía, que cura o que crea, hay una chispa de ese fuego antiguo que nunca lograron apagar.

  • No la llamé. Fue ella quien apareció una madrugada, frente a mi portal, con una mochila colgada del hombro y ojeras profundas como pozos. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —No podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros—. Pensé en ti.

    Subió sin preguntar. Como si nunca se hubiera ido. Como si todavía supiera dónde estaban los vasos, el interruptor de la lámpara, mi cuerpo.

    En mi cama, el silencio fue largo. Se desvistió de espaldas, sin urgencia, dejando que la ropa cayera como si la estuviera soltando del mundo. Me acerqué despacio, como si temiera romper algo. Nos miramos. Nada más.

    El primer roce fue como un recuerdo encarnado. Sus manos sabían dónde tocar, dónde detenerse. Mi piel se abrió como una flor vieja que aún recuerda cómo era eso del sol.

    En medio del deseo, de su boca contra mi cuello, de mis dedos en su cintura estrecha, le susurré:

    —Eres una niña, ¿verdad? Somos dos niñas en la cama…
    Ella se detuvo un instante, apoyó la frente contra mi pecho, y soltó una risa leve, con un dejo de alivio.

    —Sí —dijo—. Pero no se lo digas a nadie.

    Nos besamos con torpeza dulce. No buscábamos placer rápido, sino reconocimiento. Reencontrarnos. Confirmar que seguíamos ahí, bajo todas las capas, el tiempo, los cuerpos que habíamos sido desde entonces.

    Dormimos abrazadas, como si el frío de afuera no pudiera entrar. Como si la cama fuera un país con leyes propias. En la oscuridad, pensé que tal vez ya no éramos las mismas, pero que algo de nosotras sí había sobrevivido. Un gesto. Una forma de mirar. Un latido.

    Cuando desperté, ella aún dormía. La observé con el corazón en un puño. No sabía si se quedaría, si volvería a desaparecer, si esto había sido solo una tregua.

    Pero ya no me importaba.

    Porque esa noche, fuimos dos niñas otra vez.

  • La volví a ver una tarde de invierno, tres años después, en una manifestación transfeminista. Yo llevaba una pancarta con una consigna tibia, ella una con furia escrita en rotulador rojo: “No nací para encajar”. Estaba rodeada de gente, pero me vio enseguida. Nos miramos con esa mezcla de sorpresa y cautela que solo tienen los reencuentros no planeados. (+ Orgullo de Oz)

    No nos abrazamos. No nos dijimos “hola”. Caminamos en paralelo entre tambores y gritos, como si nunca hubiéramos dejado de andar juntas.

    Después, en una terraza pequeña y fría, pidió una cerveza y me preguntó si aún escribía. Le mentí. Le dije que sí. No supe cómo contarle que no había escrito nada desde que se fue. Que me dejó una libreta llena de ausencias y ninguna palabra.

    Me habló de su nueva vida en otra ciudad, de un trabajo que odiaba y una chica que la cuidaba bien. Yo asentía mientras la miraba a los ojos, buscando señales de que me mentía. Pero no. Su voz era firme. Ella también había aprendido a seguir.

    En algún momento se calló, bajó la mirada y dijo:

    —A veces pienso que contigo era más libre. Más yo.

    Me tembló algo por dentro. Quise decirle que yo también. Que ninguna cama volvió a ser tan exacta. Que ningún silencio fue tan habitable.

    Pero solo murmuré:

    —Las ciudades también olvidan. Las calles por donde te busqué ya no me reconocen.

    Ella sonrió. Esa sonrisa que siempre parecía entre un bostezo y una carcajada. Y luego, como si la frase hubiera estado guardada desde hacía años, me soltó:

    —Todavía me acuerdo de cómo te estremecías cuando te decía que parecíamos una pareja hetero para los demás… pero que en la cama éramos dos mujeres. ¿Te acuerdas?

    Asentí. No por cortesía, sino porque mi cuerpo entero lo recordaba.

    Nos despedimos sin promesas. Me dio su nuevo número, escrito en el reverso de un ticket de metro.

    Lo guardé. Aún no he decidido si voy a llamarla.

  • Nos conocimos en una librería de segunda mano. Ella hojeaba un libro de poesía de Alejandra Pizarnik con la concentración de quien escucha una confesión. Llevaba pantalones anchos, una camiseta sin forma y el pelo recogido bajo una gorra azul. Me llamó la atención su manera de estar: sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Blancanieves 3.0)

    Lo que más me gustaba de ella es que parecía un niño, pero era una niña. Su voz era grave, su risa seca, su andar despreocupado. La primera vez que me cogió de la mano en la calle, sentí una punzada de adrenalina. No por el gesto en sí, sino por la manera en que algunas miradas se detenían en nosotras, confundidas. ¿Éramos dos chicas? ¿Una pareja hetero? ¿Un error en la Matrix?

    Nos besábamos en portales oscuros. Compartíamos cigarrillos y auriculares. Me leía sus poemas favoritos en voz baja, como si fuera un conjuro. Había algo en su androginia que me desarmaba. Me excitaba la idea de que en la cama seríamos dos mujeres, pero que en la calle, para muchas y muchos, ella era un tío. (+ Squirting: la gran mentira del porno)

    No era una fantasía, era una grieta en el sistema. Estábamos fuera de todo guion. Lo nuestro no cabía en ninguna etiqueta fácil, y eso lo hacía más real. Más nuestro.

    Una vez me dijo: “No soy ni lo que parezco ni lo que esperan. ¿Te sirve así?”
    Le respondí que sí, que justo así me enamoré. De su piel tibia, de su pecho plano, de sus silencios cómodos y de esa forma suya de existir sin explicarse.

    Estuvimos juntas dos años. Luego la vida —como siempre— se interpuso. Pero todavía sueño con ella a veces, con su risa quebrada y sus dedos enredados en los míos. Nunca supe si era más ella en la calle o en la cama. Tal vez ambas. Tal vez ninguna.

  • La Iglesia católica lleva más de dos mil años funcionando bajo una estructura patriarcal en la que las mujeres solo tienen un lugar: el de servidoras silenciosas. Pueden ser monjas, educadoras, cuidadoras… pero nunca lideresas. La figura de la Madre Iglesia es una metáfora poética que en la práctica se convierte en un despropósito: no hay madres al mando, solo padres que dictan normas desde púlpitos y despachos vaticanos. (+ El precio de ser lesbiana)

    Mientras el mundo avanza —aunque a trompicones— hacia una mayor igualdad de género, el Vaticano sigue anclado en una lógica de exclusión que justifica la discriminación femenina como voluntad divina. El sacerdocio sigue vetado para las mujeres, pese a que no hay argumento teológico serio que lo impida, más allá de interpretaciones convenientes de textos milenarios escritos por hombres para otros hombres.

    ¿Por qué no puede haber una Mamma que celebre la misa, dé la comunión, escuche confesiones o administre una diócesis? ¿Por qué no puede haber una Papa mujer —o al menos una Papisa sin leyenda medieval? La respuesta es simple y brutal: porque el poder dentro de la Iglesia está construido sobre la masculinidad como modelo único de autoridad.

    En lugar de avanzar, el clero reproduce una y otra vez la idea de que lo femenino es inferior, impuro o incapaz. Y lo hace mientras proclama a María como «la mujer más perfecta», siempre y cuando sea virgen, sumisa y madre. Pero María nunca pudo hablar en público, ni tomar decisiones, ni escribir cartas a los fieles. Era ideal… mientras no molestara.

    Las creyentes del siglo XXI, muchas de ellas feministas, siguen esperando una renovación que no llega. Y no hablamos de modernidad decorativa, sino de equidad real. ¿Para cuándo una Mamma? Una mujer al frente de una iglesia que se dice universal pero excluye a la mitad del mundo.

    Quizá Dios no sea hombre. Pero quienes hablan en su nombre, sí lo son. Y eso lo cambia todo.