Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • La volví a ver una tarde de invierno, tres años después, en una manifestación transfeminista. Yo llevaba una pancarta con una consigna tibia, ella una con furia escrita en rotulador rojo: “No nací para encajar”. Estaba rodeada de gente, pero me vio enseguida. Nos miramos con esa mezcla de sorpresa y cautela que solo tienen los reencuentros no planeados. (+ Orgullo de Oz)

    No nos abrazamos. No nos dijimos “hola”. Caminamos en paralelo entre tambores y gritos, como si nunca hubiéramos dejado de andar juntas.

    Después, en una terraza pequeña y fría, pidió una cerveza y me preguntó si aún escribía. Le mentí. Le dije que sí. No supe cómo contarle que no había escrito nada desde que se fue. Que me dejó una libreta llena de ausencias y ninguna palabra.

    Me habló de su nueva vida en otra ciudad, de un trabajo que odiaba y una chica que la cuidaba bien. Yo asentía mientras la miraba a los ojos, buscando señales de que me mentía. Pero no. Su voz era firme. Ella también había aprendido a seguir.

    En algún momento se calló, bajó la mirada y dijo:

    —A veces pienso que contigo era más libre. Más yo.

    Me tembló algo por dentro. Quise decirle que yo también. Que ninguna cama volvió a ser tan exacta. Que ningún silencio fue tan habitable.

    Pero solo murmuré:

    —Las ciudades también olvidan. Las calles por donde te busqué ya no me reconocen.

    Ella sonrió. Esa sonrisa que siempre parecía entre un bostezo y una carcajada. Y luego, como si la frase hubiera estado guardada desde hacía años, me soltó:

    —Todavía me acuerdo de cómo te estremecías cuando te decía que parecíamos una pareja hetero para los demás… pero que en la cama éramos dos mujeres. ¿Te acuerdas?

    Asentí. No por cortesía, sino porque mi cuerpo entero lo recordaba.

    Nos despedimos sin promesas. Me dio su nuevo número, escrito en el reverso de un ticket de metro.

    Lo guardé. Aún no he decidido si voy a llamarla.

  • Nos conocimos en una librería de segunda mano. Ella hojeaba un libro de poesía de Alejandra Pizarnik con la concentración de quien escucha una confesión. Llevaba pantalones anchos, una camiseta sin forma y el pelo recogido bajo una gorra azul. Me llamó la atención su manera de estar: sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Blancanieves 3.0)

    Lo que más me gustaba de ella es que parecía un niño, pero era una niña. Su voz era grave, su risa seca, su andar despreocupado. La primera vez que me cogió de la mano en la calle, sentí una punzada de adrenalina. No por el gesto en sí, sino por la manera en que algunas miradas se detenían en nosotras, confundidas. ¿Éramos dos chicas? ¿Una pareja hetero? ¿Un error en la Matrix?

    Nos besábamos en portales oscuros. Compartíamos cigarrillos y auriculares. Me leía sus poemas favoritos en voz baja, como si fuera un conjuro. Había algo en su androginia que me desarmaba. Me excitaba la idea de que en la cama seríamos dos mujeres, pero que en la calle, para muchas y muchos, ella era un tío.

    No era una fantasía, era una grieta en el sistema. Estábamos fuera de todo guion. Lo nuestro no cabía en ninguna etiqueta fácil, y eso lo hacía más real. Más nuestro.

    Una vez me dijo: “No soy ni lo que parezco ni lo que esperan. ¿Te sirve así?”
    Le respondí que sí, que justo así me enamoré. De su piel tibia, de su pecho plano, de sus silencios cómodos y de esa forma suya de existir sin explicarse.

    Estuvimos juntas dos años. Luego la vida —como siempre— se interpuso. Pero todavía sueño con ella a veces, con su risa quebrada y sus dedos enredados en los míos. Nunca supe si era más ella en la calle o en la cama. Tal vez ambas. Tal vez ninguna.

  • La Iglesia católica lleva más de dos mil años funcionando bajo una estructura patriarcal en la que las mujeres solo tienen un lugar: el de servidoras silenciosas. Pueden ser monjas, educadoras, cuidadoras… pero nunca lideresas. La figura de la Madre Iglesia es una metáfora poética que en la práctica se convierte en un despropósito: no hay madres al mando, solo padres que dictan normas desde púlpitos y despachos vaticanos. (+ El precio de ser lesbiana)

    Mientras el mundo avanza —aunque a trompicones— hacia una mayor igualdad de género, el Vaticano sigue anclado en una lógica de exclusión que justifica la discriminación femenina como voluntad divina. El sacerdocio sigue vetado para las mujeres, pese a que no hay argumento teológico serio que lo impida, más allá de interpretaciones convenientes de textos milenarios escritos por hombres para otros hombres.

    ¿Por qué no puede haber una Mamma que celebre la misa, dé la comunión, escuche confesiones o administre una diócesis? ¿Por qué no puede haber una Papa mujer —o al menos una Papisa sin leyenda medieval? La respuesta es simple y brutal: porque el poder dentro de la Iglesia está construido sobre la masculinidad como modelo único de autoridad.

    En lugar de avanzar, el clero reproduce una y otra vez la idea de que lo femenino es inferior, impuro o incapaz. Y lo hace mientras proclama a María como «la mujer más perfecta», siempre y cuando sea virgen, sumisa y madre. Pero María nunca pudo hablar en público, ni tomar decisiones, ni escribir cartas a los fieles. Era ideal… mientras no molestara.

    Las creyentes del siglo XXI, muchas de ellas feministas, siguen esperando una renovación que no llega. Y no hablamos de modernidad decorativa, sino de equidad real. ¿Para cuándo una Mamma? Una mujer al frente de una iglesia que se dice universal pero excluye a la mitad del mundo.

    Quizá Dios no sea hombre. Pero quienes hablan en su nombre, sí lo son. Y eso lo cambia todo.

  • La hostilidad hacia las personas LGTBIQ+ no es un fenómeno natural, sino una construcción social y cultural que ha sido alimentada por siglos de patriarcado, religión institucionalizada y control político. Diversas investigaciones antropológicas y sociológicas coinciden en que la LGTBIQ+fobia no tiene base biológica: no hay evidencia científica que respalde que la diversidad sexual o de género sea “antinatural”. De hecho, se ha documentado comportamiento homosexual y transgénero en más de 1.500 especies animales, desde delfines hasta aves y primates.

    El rechazo hacia las disidencias sexuales comenzó a sistematizarse con el auge de las religiones monoteístas, especialmente con el cristianismo institucionalizado desde el siglo IV. La doctrina católica, por ejemplo, condenó el placer sexual fuera de la reproducción y asoció la homosexualidad con el pecado. Esta visión fue reforzada más tarde por regímenes coloniales europeos que impusieron leyes anti-LGTBIQ+ en muchas partes del mundo donde antes existía una mayor diversidad de género y orientación sexual.

    Durante los siglos XIX y XX, la medicina y la psiquiatría también contribuyeron a patologizar la homosexualidad. No fue hasta 1990 que la Organización Mundial de la Salud la eliminó de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, los estigmas sociales continúan profundamente arraigados.

    Según un informe de ILGA World (2023), más de 60 países todavía criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo. Esta persecución tiene consecuencias graves: altos índices de suicidio, exclusión social y violencia estructural. La LGTBIQ+fobia se sostiene por ignorancia, miedo a lo diferente y estructuras de poder que necesitan uniformidad para mantenerse. (+ El bullying son los padres)

    Romper con esa lógica implica cuestionar qué entendemos por normalidad, y reconocer que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza. Solo desde la educación, el arte y la visibilidad podremos desmantelar el odio que no nace con nosotras, sino que se enseña.

  • La representación LGTBIQ+ en los medios de comunicación sigue siendo limitada y sesgada. Según GLAAD (2023), solo el 10,6 % de los personajes en series eran LGTBIQ+, frente a un 89,4 % heterosexuales. En España, las mujeres lesbianas apenas representan el 3,8 % de los personajes femeninos en televisión. Y cuando aparecen, suelen estar estereotipadas, sexualizadas o condenadas a tramas marginales o trágicas. (+ Siglos de control sobre las mujeres que amaban a las mujeres)

    Esta invisibilidad mediática refuerza la norma heterosexual y borra la diversidad real de afectos, cuerpos y modos de vida. Frente a ello, obras como Clamworld o Candice apuestan por narrativas protagonizadas por mujeres que aman a mujeres, sin pedir permiso ni disculpas. En estos universos literarios, la disidencia no es un añadido forzado, sino el centro de la historia.

    En un panorama donde las lesbianas siguen siendo anecdóticas o decorativas, estas novelas construyen referentes necesarios, potentes y políticos. Porque si no nos vemos, no existimos. Y si lo que vemos no nos representa, seguimos siendo espectadoras de la historia de otras. (+ Chicas siento cortaros el rollo…: ETS)

    La revolución también empieza por imaginar. Y Clamworld lo hace sin concesiones.

  • La perfección no existe, y sin embargo, nos han convencido de que debemos alcanzarla. ¿Pero perfección respecto a qué? ¿A quién? La respuesta es siempre la misma: un ideal arbitrario, cambiante y, sobre todo, rentable. La sociedad de consumo ha hecho de la perfección un producto más. Nos vende cuerpos moldeados, rostros congelados, pieles irreales. Y lo más perverso: nos convence de que podemos —y debemos— comprarla. La cirugía estética, los filtros, las dietas extremas… todo responde a un modelo artificial que solo beneficia a quien lo impone. Perseguir esa perfección no es empoderamiento, es sometimiento. Porque cuando crees que no vales tal como eres, siempre hay alguien dispuesto a venderte la solución. Y eso, también, es esclavitud. (+ La estupidez del edadismo)

  • La independencia emocional es una pieza clave de para una vida plena, pero la sociedad de consumo se encarga de debilitarla a cada paso. Nos bombardean con mensajes que nos empujan a depender: de una pareja, de un objeto, de una validación externa. Se nos enseña a necesitar, no a sostenernos. Sin embargo, la verdadera felicidad nace cuando dejamos de buscar fuera lo que ya habita dentro. Ser emocionalmente autónomas no es cerrarse al amor, sino vivirlo sin miedo a perderse en él. En una cultura que se alimenta de carencias, apostar por la autosuficiencia afectiva es un acto de resistencia. Y, quizás, el mayor acto de amor propio. (+ La seducción del «no»: por qué el rechazo nos atrae)

  • En Clamworld, ser madre lesbiana es un acto celebrado, libre de juicios, donde la maternidad fluye sin cuestionamientos sociales ni estructuras patriarcales. No hay necesidad de explicar, justificar o esconder el modelo familiar: las hijas nacen en una sociedad que honra la diversidad afectiva desde el origen. En contraste, en el mundo real, muchas madres lesbianas enfrentan aún prejuicios, trámites humillantes y una constante sensación de tener que “demostrar” su validez como familia. El amor existe en ambos mundos, pero mientras en Clamworld florece sin obstáculos, aquí sigue abriéndose paso entre burocracia, discriminación y miedo. Esa diferencia marca no solo la experiencia de criar, sino también la forma en que nos permitimos imaginar futuros posibles. (+ Son cosas de la tribu)

  • El peso de la tra(d)ición no siempre se percibe a primera vista. A menudo, la homofobia más cruel no viene de fuera, sino que se internaliza, se acomoda en nuestros pensamientos y hábitos, disfrazada de prudencia o sentido común. Aprendemos desde pequeñas a desconfiar de lo que somos, a medir nuestros gestos, a corregir nuestras palabras. Y en ese proceso —casi siempre inconsciente— traicionamos nuestro deseo, nuestra forma de amar, de imaginar, de existir. Es una tra(d)ición que se transmite sin querer, y cuya ruptura requiere un esfuerzo enorme de autoconciencia y valentía. Pensar en clave LGTBIQ+ no es fácil: implica revisar incluso nuestras certezas más íntimas. Pero solo desde ahí puede surgir una libertad real, incómoda y luminosa. (+ Dependencia emocional: cuando el amor se convierte en autoabandono)

  • Y mucho menos cuando decides crear un mundo que desafía lo establecido, que incomoda, que provoca. Clamworld nació del deseo de imaginar una realidad donde las mujeres no solo sobreviven, sino que gobiernan, crean, deciden. Escribir esta novela fue recorrer pasillos oscuros de dudas, pero también abrir puertas a la imaginación más libre y luminosa. A veces, mientras teclean los dedos, tiemblan las certezas. Pero cada palabra que lucha por existir es también una forma de resistencia. Hoy, ver cómo lectoras diversas abrazan este universo me confirma que vale la pena narrar desde los márgenes. Porque ahí, justo ahí, es donde se empieza a escribir el centro del futuro. (+ Pero luego hay que valer)