Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

CLAMWORLD

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EL DIARIO DE ÚRSULA

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CANDICE

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  • Una mujer de 65 años y un hombre de 25. No hace falta decir más para que empiecen los cuchicheos, las cejas levantadas, los diagnósticos de «crisis», los juicios rápidos y los comentarios sarcásticos. Y sin embargo, ¿cuántas veces hemos visto —sin escándalo ni sorna— la imagen inversa? Hombres de 60 con mujeres de 30. O de 70 con chicas de 25. Y no solo no se cuestiona: en muchos casos, se aplaude.

    El patriarcado ha trabajado durante siglos para convencernos de que el deseo femenino debe tener fecha de caducidad. Que pasada cierta edad, la mujer debe ocupar un espacio de silencio, abnegación o abuelidad entrañable. Mientras tanto, los hombres parecen autorizados a seguir seduciendo, follando o «rehaciendo sus vidas» a cualquier edad. Cuando es él quien rejuvenece al enamorarse de una más joven, se le llama vitalidad. Cuando es ella quien se enamora de alguien menor, se la tacha de patética.

    Pero ¿por qué molesta tanto una relación donde la mujer lleva las décadas de más? ¿Por qué tanta gente se empeña en verla como grotesca, interesada, antinatural o enfermiza? La respuesta está en lo profundo de una estructura que liga el valor femenino exclusivamente a la juventud, a la fertilidad, a la belleza normativa. Y que presupone que el deseo de un hombre joven solo puede dirigirse hacia eso. No se contempla que admire su mente, su fuerza, su experiencia, su libertad. Porque el mundo sigue sin entender que una mujer puede ser deseada por lo que es, no por lo que aparenta.

    Este tabú es el que rompe Candice, mi novela. En ella, la protagonista —una mujer madura, vital y profundamente lúcida— se enfrenta al prejuicio con una mezcla de ironía, dolor y coraje. Su historia con un chico más joven no se esconde ni se disculpa. Se vive. Sin necesidad de justificación, sin caer en estereotipos de «cougar» ni de manipulación. Vanessa ama y desea, y eso ya es bastante transgresor para algunos.

    Porque lo que está en juego no es solo una diferencia de edad. Es una diferencia de poder simbólico. En el imaginario social, la mujer mayor no puede tener la autoridad del erotismo. No puede tomar la iniciativa. No puede seducir sin ser ridícula. Y eso es exactamente lo que necesita cambiar. (+ El «usted» como arma arrojadiza)

    Aceptar que una mujer mayor puede enamorar, ser amada y tener una vida sexual activa con quien desee —sea hombre, mujer o persona no binaria, tenga la edad que tenga— es empezar a desmontar siglos de castración emocional.

    Y tal vez por eso Candice incomoda. Porque no pide permiso. Porque no se esconde. Porque deja claro que el deseo no tiene edad ni género, y que el amor verdadero —cuando llega— no se mide en años, sino en intensidad. Y eso, para muchos, sigue siendo imperdonable.

  • En una sociedad que premia la disponibilidad constante, saber decir “no” se ha convertido en un acto casi revolucionario. Desde la infancia nos enseñan a complacer, a evitar conflictos y a no decepcionar a quienes nos rodean. Como resultado, muchas personas llegan a la adultez con una profunda dificultad para poner límites, incluso cuando decir “sí” va en contra de su bienestar. (+ Apoyar o excluir cultura: tu decisión cuenta

    Aprender a decir “no” no es una muestra de egoísmo, sino de autocuidado. Estudios en psicología del comportamiento han demostrado que las personas que establecen límites claros tienden a tener una mayor autoestima, menos estrés y relaciones más saludables. Decir “no” es una afirmación de nuestros valores, tiempo y energía.

    El miedo al rechazo es uno de los principales obstáculos. Nos preocupa parecer antipáticos, egoístas o irresponsables. Sin embargo, aceptar compromisos que no deseamos asumir conlleva un alto coste: agotamiento emocional, resentimiento e incluso enfermedades psicosomáticas derivadas del estrés.

    El “sí” automático puede ser una forma de buscar aceptación o evitar la culpa. Pero, a la larga, nos desconecta de nuestras necesidades reales. Saber decir “no” con respeto es una habilidad que se aprende. No se trata de volverse hostil, sino de ser asertivos. Frases como “Gracias por pensar en mí, pero no puedo”, o “Prefiero no comprometerme con eso en este momento” son maneras válidas y empáticas de marcar límites.

    Además, cuando decimos “no” a algo que no nos conviene, estamos diciendo “sí” a lo que sí nos importa: nuestro descanso, nuestros proyectos personales, nuestra salud mental. La vida no se trata de estar disponibles para todo el mundo, sino de estar presentes para lo que realmente importa.

    Practicar el “no” puede ser incómodo al principio, especialmente si hemos vivido muchos años en modo complaciente. Pero es un paso necesario hacia una vida más auténtica. Decir “no” no nos hace menos amables: nos hace más honestos.

    Y en esa honestidad está la base de relaciones más sanas, decisiones más conscientes y una vida más plena. Porque el “no” bien dicho también es una forma poderosa de decirnos “sí” a nosotras mismas.

  • Vivimos tiempos en los que el lenguaje inclusivo, las banderas multicolores y las proclamas a favor de la diversidad son parte del paisaje social. A primera vista, parecería que el mundo ha cambiado para bien. Pero ¿cuánto de ese cambio es real y cuánto es una capa de maquillaje sobre las mismas estructuras de siempre?

    La llamada “estética del cambio” consiste en adoptar formas modernas, más amables y políticamente correctas, sin modificar el fondo del pensamiento. Es decir, sustituir “maricón” por “gay”, pero usando el nuevo término con el mismo desprecio de siempre. Cambiar el insulto por una palabra neutra, pero mantener intacto el juicio moral o el rechazo implícito.

    Esta estética, tan celebrada en redes sociales y medios de comunicación, se convierte en un disfraz social que permite fingir apertura sin asumir ninguna transformación profunda. Se dice “yo respeto a todo el mundo” como si fuera un comodín para no tener que posicionarse. Pero ese respeto generalizado, tan amplio que ya no dice nada, se convierte en una forma de cerrar el debate. De acallarlo. (+ ¿Por qué molesta tanto el Orgullo?)

    Frases como “que cada quien haga lo que quiera” o “a mí no me importa mientras no me afecte” parecen inclusivas, pero suelen esconder una indiferencia que, en el fondo, preserva el privilegio de quienes nunca han tenido que justificar su existencia.

    Aceptar de verdad implica cuestionar lo aprendido, revisar los propios gestos, reeducar la mirada. Implica hacer espacio para que lo diverso no solo sea tolerado, sino entendido. No basta con sustituir términos ni colgar una bandera en el balcón: hace falta escuchar, preguntar, dejarse incomodar.

    El cambio real incomoda. Sacude. Obliga a reformular ideas profundamente arraigadas. Es más lento, pero también más transformador. Exige voluntad de debate, de error, de escucha activa. Porque sin eso, todo se convierte en marketing.

    Aceptar sin comprender, sin habitar lo nuevo, es como colgar un cartel de “bienvenidas” en una casa que no está preparada para recibir a nadie.

    Aceptar no es repetir consignas vacías. No basta con decir «que cada cual haga lo que quiera» si en el fondo seguimos juzgando, apartando o ridiculizando. El verdadero cambio empieza cuando nos atrevemos a cuestionar nuestros prejuicios, a sostener conversaciones incómodas, a revisar nuestros silencios. Y sobre todo, cuando abandonamos el disfraz de la corrección superficial para abrazar una transformación real, honesta y comprometida.

    Porque, al igual que —según la superstición— cuando se enciende un cigarro con una vela muere un marinero en el mar, cuando apagamos un debate con una falsa aceptación y con hipocresía, una persona LGTBIQ+ es maltratada por su condición. Tal vez no de forma explícita, pero sí a través de las burlas sutiles, de las exclusiones sociales, de los chistes que aún se toleran en voz baja.

    La estética del cambio no basta. Necesitamos una ética del cambio. Una voluntad auténtica de integrar lo diverso, de escuchar lo incómodo, de permitir que lo nuevo cale hondo, aunque tambalee los cimientos de lo conocido. Porque sólo así podremos hablar de progreso real, no de cosmética ideológica.

  • Durante siglos, la historia ha domesticado el cuerpo de las mujeres. Lo ha nombrado desde fuera, lo ha medicalizado, lo ha sexualizado para otros, pero rara vez le ha permitido hablar en su propio idioma. En esta batalla por recuperar la voz, una de las luchas más radicales y necesarias es la más íntima: nombrar nuestros genitales con propiedad y sin vergüenza. Porque no es lo mismo decir “ahí abajo” que decir “coño”. No es lo mismo hablar de “vagina” cuando en realidad se quiere decir “vulva”. Y no es un detalle menor: es la diferencia entre habitar el propio cuerpo o seguir exiliadas dentro de él. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer)

    El empoderamiento no se conquista solo con discursos. Se encarna. Y no hay empoderamiento real sin una relación consciente y libre con la genitalidad. ¿Cómo es posible que sigamos nombrando nuestros genitales haciendo referencia, precisamente, a la parte donde el heteropatriarcado pretende introducirnos un pene? «Vagina» es solo el canal, y aun así se ha convertido en la palabra comodín para referirse a toda la vulva, que es —no lo olvidemos— el verdadero centro de nuestro placer. Vulva o coño, señoras, llamémosla por su nombre. Dejémonos ya de decir «vagina», por favor. Porque cuando se habla del pene, la sociedad entera sabe perfectamente a qué se refiere y cómo nombrar, una por una, todas sus partes. Como mínimo, es escandaloso

    En Clamworld, mi novela distópica y lésbica, las protagonistas han conseguido lo impensable: vivir en un mundo sin hombres, donde el deseo, el afecto y el lenguaje se reinventan. Allí, el coño no se esconde ni se disculpa. Es símbolo, es placer, es territorio propio. Las mujeres de Clamworld no solo tienen relaciones entre ellas: habitan su sexualidad con conciencia, sin pedir permiso, sin miedo a ser «demasiado». Su deseo no se explica ni se justifica. Simplemente existe, y con él, el derecho a sentirse vivas desde el cuerpo.

    Esta libertad empieza con algo tan básico como conocer la propia fisiología. Saber que la vagina es el canal interno y que la vulva es lo que vemos. Reconocer el clítoris como un órgano con más de 8.000 terminaciones nerviosas, diseñado exclusivamente para el placer. Preguntarse por qué tantas mujeres han sido educadas sin conocer siquiera cómo luce su anatomía. La ignorancia en este terreno no es inocente: es una estrategia cultural de desposesión. (+ El tabú del maltrato entre mujeres)

    En una sociedad que todavía etiqueta a las mujeres deseantes como “guarras” o “putas”, nombrar el coño con claridad es una forma de resistencia. Es volver al origen. Es poner el cuerpo —entero— en el centro del discurso. Porque el empoderamiento real no baja del cielo como un eslogan feminista prefabricado: sube desde dentro, late en la entrepierna, y se extiende como una raíz que lo sostiene todo.

    En definitiva, empoderarse es reconocerse, con nombre, con voz, y sí: con coño. Solo así podrá florecer un feminismo encarnado, gozoso y sin miedo. Como en Clamworld, donde las mujeres ya no se preguntan si tienen derecho a desear, sino qué hacer con todo ese deseo libre que por fin les pertenece.

  • Cada mes de junio, con la llegada del Orgullo LGTBIQ+, se repite una escena previsible: mientras millones de personas celebran con alegría, visibilidad y reivindicación sus derechos y existencias, un sector de la sociedad reacciona con incomodidad, burla o directamente rabia. “¿Y cuándo es el día del orgullo hetero?”, “¿por qué tienen que ir desnudos?”, “eso no es una manifestación, es una fiesta”. Son frases recurrentes que delatan algo más profundo que simple desconocimiento.

    La celebración del Orgullo no es una moda ni un exceso decorativo. Tiene una raíz histórica: nació como conmemoración de la revuelta de Stonewall en 1969, cuando un grupo de personas LGTBIQ+ —la mayoría trans, racializadas y pobres— se levantaron contra la brutalidad policial en Nueva York. Desde entonces, el Orgullo no ha sido solo una fiesta: es una respuesta política y cultural a siglos de represión, patologización y silencio. (+ Invisibles en la pantalla: la heteronormatividad mediática)

    ¿Por qué molesta? La respuesta corta: porque visibiliza lo que muchas personas preferirían seguir ignorando.

    Un estudio realizado por el Pew Research Center en 2023 reveló que, aunque el apoyo general a los derechos LGTBIQ+ ha crecido, más del 30 % de los encuestados en Europa y América Latina cree que las personas LGTBIQ+ “exigen demasiado”. La visibilidad incomoda porque desafía el statu quo. Quien nunca ha tenido que esconder a quién ama o cómo se identifica no percibe la necesidad de celebrarlo públicamente.

    Además, el Orgullo rompe con la normativa visual del “decoro”. Cuando una carroza lleva plumas, música alta o cuerpos disidentes, muchos lo leen como una provocación. Pero lo que está en juego no es el volumen de la música, sino la ruptura simbólica de una cultura que, históricamente, ha premiado lo normativo y castigado lo diverso. La queja no es por “exceso”, sino por la irrupción de lo diferente en el espacio público.

    Otro factor clave es la falsa percepción de que los derechos LGTBIQ+ ya están garantizados. Sin embargo, según ILGA Europa, en 2024 se han registrado más de 350 ataques físicos contra personas LGTBIQ+ en el continente. La violencia no es del pasado, y por eso la reivindicación sigue siendo necesaria.

    La rabia hacia el Orgullo, en definitiva, revela más del que la siente que de quienes lo celebran. Es una resistencia emocional ante la pérdida del monopolio cultural, una reacción frente al avance de otras voces que también quieren —y tienen derecho a— ocupar el espacio público, ser visibles, amarse sin miedo y bailar sin pedir permiso.

    Porque lo que molesta del Orgullo no es el ruido, ni los colores, ni la fiesta. Lo que realmente incomoda es la libertad ajena.

  • El último tramo del sendero era distinto. No había baldosas, solo un camino de tierra cálida bordeado de hierba alta y flores que se abrían al paso de las cuatro viajeras. El Espantapájaros avanzaba con pasos elásticos, el León con porte orgulloso, y la Mujer de la Armadura caminaba más ligera que nunca. Dorothy sentía que sus botas no tocaban del todo el suelo. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

    A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar un rumor suave. Voces. Risas. Música discotequera lejana. Pero no se veía a nadie.

    —¿Oís eso? —preguntó Dorothy.

    —Sí, pero no hay nadie —dijo el León, olfateando el aire—. Huele a algodón de azúcar y a libertad.

    Doblaron una última curva y el paisaje se abrió. Estaban en lo alto de una colina desde la que se divisaba una gran explanada. Y allí abajo, lo invisible se reveló.

    Una multitud de colores, formas y ritmos desfilaba con alegría. Había pancartas, banderas del arcoiris, tambores, cuerpos pintados, besos públicos y abrazos. Había risas. Lágrimas. Había Orgullo.

    —¿Qué es esto? —susurró la Mujer de la Armadura.

    —No lo sé —dijo Dorothy—. Pero creo que es aquí donde teníamos que llegar.

    Al pisar el césped, nadie se giró a mirarlas. Pero no era desdén; era acogida. Como si cada una de ellas hubiese estado ahí desde siempre. Como si no hiciera falta permiso.

    El Espantapájaros, por primera vez, gritó su nombre. Un nombre nuevo. El suyo. Nadie lo cuestionó. Alguien se lo repitió con una sonrisa. El León se puso de pie sobre sus patas traseras y rugió, pero esta vez de alegría. La Mujer de la Armadura, sin decir palabra, se quitó el casco.

    Dorothy, al ver todo eso, sintió una punzada en el pecho. No de dolor, sino de algo que durante años no había podido nombrar. Comprendió que su viaje no era solo suyo. Era también el de muchas que no llegaron. El de las que fueron silenciadas. El de las que aún no pueden.

    —¿Y ahora? —preguntó la Mujer de la Armadura.

    Dorothy miró el cielo, luego a sus compañeras.

    —Ahora… bailamos.

    Y lo hicieron.

    Bailaron, sintiéndose felices y plenas, hasta que la tarde se tiñó de naranja. Hasta que la música fue solo ritmo en sus cuerpos. Hasta que dejaron de recordar lo que las había hecho huir. Porque, por fin, podían quedarse.

    Y aunque ninguna lo dijera, sabían que aquello era solo el principio.

  • La mañana llegó con un cielo azul intenso y un aire que olía a promesa. Las cuatro siguieron el camino de baldosas, ahora más pulido y brillante, como si alguien lo hubiera limpiado durante la noche. A lo lejos, comenzaron a divisar una cúpula dorada que resplandecía bajo el sol.

    —Parece una ciudad —dijo la Mujer de la Armadura.

    —O un espejismo —añadió el León, entrecerrando los ojos.

    Cuando llegaron a la entrada, una gran puerta verde esmeralda se abrió sola. Al traspasarla, se encontraron en calles perfectas, llenas de rostros sonrientes, edificios centelleantes y música suave. Pero algo no encajaba.

    —Todo es demasiado… perfecto —murmuró Dorothy.

    Las personas les miraban con cortesía, pero sin verdadera atención. Nadie hacía preguntas. Nadie mostraba sorpresa. Era como si ya supieran quiénes eran. Como si fingieran no ver.

    En una plaza, un grupo de habitantes les ofreció té y dulces. Hablaron con frases suaves, cargadas de lugares comunes.

    —Aquí todos somos aceptados —decían con sonrisas impecables—. Aquí no hay diferencias.

    —¿Y entonces por qué no me nombran como soy? —preguntó el Espantapájaros.

    El silencio fue inmediato. Las sonrisas se congelaron. Una mujer se acercó con voz baja:

    —No queremos conflictos. Aquí todo fluye si no se nombran las cosas.

    Dorothy se levantó.

    —Pero nosotras somos cosas que necesitan ser nombradas. Silenciarnos no es paz. Es borrado.

    El León gruñó suavemente. La Mujer de la Armadura se quitó un guante, dejando ver su mano temblorosa, y sostuvo la de Dorothy.

    Una figura salió del edificio central. Era una mujer vestida de blanco, sin rostro visible bajo su velo. (+ Brujas: el fuego que no apagaron)

    —No queremos problemas —dijo con tono amable—. Podéis quedaros si aprendéis a disolveros.

    —No —dijo Dorothy, firme—. Hemos venido a ser, no a desvanecernos.

    La figura se deshizo como arena.

    La ciudad tembló. Las calles comenzaron a resquebrajarse. No por rabia, sino por liberación. Los edificios brillantes mostraron fisuras, debilidades, y tras ellas, aparecieron otras personas: no tan pulidas, no tan sonrientes, pero vivas, reales.

    Una joven de pelo índigo se acercó al grupo. —Gracias por hablar. Aquí también vivíamos atrapadas en la perfección. Ahora, al menos, podemos respirar.

    Dorothy asintió. Sabía que aún faltaba camino, pero cada paso era una grieta más en los muros del fingimiento. Pronto, la cúpula se volvió transparente y se abrió un nuevo sendero. No brillaba como el anterior, pero olía a tierra mojada y a verdad.

    —¿Seguimos? —preguntó la Mujer de la Armadura.

    Dorothy sonrió. —¡Siempre!

    Mientras caminaban por el nuevo sendero, el Espantapájaros recogía piedrecitas que brillaban débilmente al sol. El León tarareaba una melodía que no sabía que conocía. Y la Mujer de la Armadura, sin darse cuenta, había empezado a silbar.

    Dorothy miró el horizonte. Algo se perfilaba a lo lejos, como una estructura enorme rodeada de banderas. Pero aún era pronto para saber qué era. Lo importante era que, por primera vez, no necesitaban saberlo todo para avanzar.

    Porque cada paso era ya una victoria. Y el destino, fuera cual fuera, empezaba a oler a casa.

  • El camino de baldosas se fue haciendo más estrecho a medida que las sombras crecían entre los árboles. El aire, antes dulce, ahora olía a incertidumbre. Dorothy iba en cabeza, sus pasos firmes aunque el corazón le latía con fuerza. El Espantapájaros, con movimientos torpes pero llenos de determinación, la seguía. Detrás, la Mujer de la Armadura Oxidada caminaba en silencio, mientras el León se detenía cada pocos metros, vigilando los arbustos con nerviosismo. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —¿Por qué todo se siente más denso aquí? —preguntó Dorothy, apartando unas ramas.

    —Porque es el Bosque del Miedo —dijo une criatura diminuta, desde una rama—. Aquí los árboles murmuran lo que más teméis. Muchos no logran salir.

    —Nosotras sí —respondió ella con una seguridad un tanto impostada.

    Las voces comenzaron. Susurros suaves que se colaban entre las hojas:

    “Tu identidad es una fase.”

    “Nunca serás querida.”

    “Nadie entenderá quién eres.”

    Dorothy apretó los puños. El Espantapájaros bajó la cabeza. La Mujer de la Armadura sintió palpitaciones en su pecho oxidado. El León quiso huir, pero Dorothy le tomó la garra.

    —Ya basta. ¡No son verdades! Son miedos. Y no vamos a dejar que nos detengan.

    El Espantapájaros levantó la mirada. —Tengo miedo de que nunca me nombren bien. De que nadie sepa cómo tratarme. Pero también tengo el derecho a existir.

    El León dio un paso adelante.

    —Tengo miedo de decepcionar a mi familia. Pero ya no quiero esconderme más.

    La Mujer de la Armadura habló al fin. —Yo tengo miedo de ser feliz. Porque nunca he sabido cómo se siente. Pero quiero aprender.

    Los árboles comenzaron a silenciarse. Uno a uno, los susurros cesaron. Y en su lugar, el bosque se iluminó con pequeñas luciérnagas. El aire volvió a ser ligero y el camino se ensanchó.

    Más adelante, se encontraron con una criatura en forma de armadillo gigante cubierta de espejos. Bloqueaba el paso.

    —Para continuar, deben mirarse —dijo con su voz profunda y pausada.

    Cada una se acercó. Dorothy vio su reflejo: una niña segura, luminosa, real. La Mujer de la Armadura se descubrió a sí misma sin el metal, solo piel y una sonrisa tímida. El León se reconoció como un ser hermoso en su vulnerabilidad. El Espantapájaros vio por fin un cuerpo sin etiquetas, libre.

    —Ya pueden pasar —dijo la criatura, y desapareció.

    Al salir del bosque, algo había cambiado. No sólo en el entorno, sino en ellas mismas. El miedo seguía ahí, pero ya no era un muro: era solo una sombra más, bajo la luz firme que llevaban dentro.

    Cerca de un arroyo brillante, se detuvieron a descansar. El León, con la cabeza apoyada en el regazo de la Mujer de la Armadura, respiraba tranquilo. Dorothy se quitó los zapatos por primera vez desde su llegada y metió los pies en el agua fresca. El Espantapájaros, sentade sobre una roca, tejía con hierbas un collar para cada una.

    —¿Creéis que hay más como nosotras en este mundo? —preguntó Dorothy.

    —Claro que sí —respondió la Mujer de la Armadura—. Solo que muchas aún viven escondidas en sus propios bosques del miedo.

    —Entonces tenemos que seguir —dijo el León—. Para encontrarlas. Para decirles que pueden salir.

    Esa noche, acamparon bajo un cielo de estrellas tan brillantes que parecía imposible sentir miedo. Cantaron bajito. Compartieron historias que no se habían atrevido a contar antes. Cada palabra dicha, cada mirada sostenida, tejía una red de confianza. Ya no eran solo compañeras de viaje. Eran una pequeña familia nacida del reconocimiento mutuo.

    Cuando el sol volvió a aparecer, se pusieron de pie. El camino seguía. Y aunque aún no sabían adónde las llevaría, ahora sabían con certeza que estaban donde debían estar: juntas, y más fuertes que nunca.

  • Dorothy vivía en un pueblo polvoriento donde las ventanas siempre estaban cerradas y las preguntas eran un lujo que nadie se permitía. Desde pequeña sabía que su corazón latía con un ritmo distinto al que le habían asignado. Su nombre de nacimiento era otro, pero ella había elegido llamarse Dorothy, en honor a su abuela Dorotea a la que tanto amaba, como un acto de resistencia. El mundo que la rodeaba no entendía su decisión, pero ella ya no quería pedir permiso para existir. (+ Blancanieves 3.0)

    Un día, mientras observaba el cielo cargado de nubes, un tornado inesperado arrasó con todo. En lugar de miedo, sintió alivio. Como si el viento la estuviera arrancando de una tierra que ya no la quería. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba en un paisaje completamente nuevo: bosques con árboles que hablaban entre ellos en susurros, caminos de baldosas multicolores, y una atmósfera donde el aire parecía contener secretos y aventuras por descubrir.

    Allí conoció al Espantapájaros, un peculiar ser de paja con un sombrero inclinado y ojos que brillaban con inteligencia, pero que se sentía desorientado. «No sé quién soy. No me identifico con nadie, ni con esto ni con aquello. Me llaman ‘raro’, ‘confuso’, pero yo solo… soy».

    Dorothy sonrió. «Eso es más que suficiente para empezar». Juntas, emprendieron el camino de baldosas hacia el corazón del país, guiadas por una intuición que ninguna sabía explicar.

    En un claro del bosque, encontraron a una mujer cubierta de óxido, inmóvil. La aceitó Dorothy con cuidado. «Gracias», dijo con voz rasposa. «Estoy oxidada por dentro. Me casé, tuve hijos, y siempre me sentí vacía. Creí que el problema era mío, pero ahora… me doy cuenta de que nunca amé de verdad».

    Dorothy la miró con ternura. «Quizá solo te hace falta recordar quién eres, no quien te dijeron que debías ser». La mujer de la armadura oxidada se unió a ellas.

    El último compañero apareció cerca de un lago. Era un león de melena hermosa y ojos huidizos. «Todos piensan que soy valiente, pero no puedo ni decir en voz alta a quién amo. Vivo escondido, rugiendo solo por dentro».

    «Entonces vamos juntas», dijo Dorothy, tomándole la zarpa. «Quizá no haga falta rugir para ser valiente. Quizá baste con caminar».

    Durante su trayecto, se enfrentaron a desafíos insólitos: un precioso jardín encantado donde solo florecían las emociones sinceras, un bosque donde cada mentira los hacía retroceder, y una ciudad de cristal que los reflejaba como realmente eran, sin disfraces.

    Allí, Dorothy se vio a sí misma tal como quería ser vista: una niña completa, con la fuerza de quien ha sobrevivido al desarraigo. El Espantapájaros lloró al verse sin género definido, fluido, por primera vez en paz. La mujer de la armadura dejó caer una lágrima que oxidó aún más su pecho, pero que al tocar el suelo, germinó una delicada flor. El león, al verse tal cual era, susurró: «Sí, también yo merezco ser amado».

    Y así, las cuatro siguieron avanzando. No sabían aún hacia dónde se dirigían con exactitud, pero cada paso se sentía más liviano, más verdadero. Como si lo que buscaban no fuera un lugar, sino un momento. Un instante en el que todo cobrara sentido. El horizonte se extendía ante ellas como una promesa aún por descubrir.

  • La ciencia ficción ha sido, desde sus orígenes, una herramienta poderosa para imaginar futuros posibles, romper con lo establecido y cuestionar las estructuras que nos oprimen. Sin embargo, durante mucho tiempo ha estado dominada por miradas masculinas y heteronormativas. Por eso, contar con escritoras lesbianas dentro de este género no solo es necesario, sino profundamente transformador.

    Como escritora lesbiana, creo que nuestra presencia en la literatura especulativa es vital. No solo para que podamos vernos reflejadas en esos futuros, sino también para reescribir las preguntas fundamentales que el género plantea: ¿cómo queremos vivir?, ¿qué mundo deseamos construir?, ¿qué ocurre si eliminamos ciertas opresiones del tablero?

    Cuando escribí Clamworld, mi objetivo no era crear una utopía perfecta, sino explorar qué pasaría si las mujeres vivieran en un mundo sin hombres. Quería imaginar una sociedad donde el deseo entre mujeres no fuera un margen, sino el centro. Un mundo donde las alianzas, los conflictos, las pasiones y los miedos se articulasen desde nuestras voces, sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Entrevista a Úrsula J.Gilgati)

    Clamworld no busca excluir, sino visibilizar. Nos han acostumbrado a que los universos de ficción —especialmente los futuristas— estén regidos por las mismas jerarquías que ya sufrimos en la vida real. Pero ¿y si pudiéramos escribir otra cosa? ¿Y si la ciencia ficción lésbica no solo fuera un género literario, sino también un gesto político?

    Porque leer a escritoras lesbianas en ciencia ficción no es solo una cuestión de representación; es una forma de ampliar el imaginario colectivo. Cuando nuestras historias son narradas por nosotras, desde nuestras propias experiencias, se abren posibilidades nuevas. Se produce una reparación simbólica. Se construye un futuro más libre, más honesto, más humano.

    Sigo creyendo que imaginar es un acto radical. Y que cada historia que nace desde el deseo entre mujeres es una forma de resistencia. Por eso necesitamos más ciencia ficción escrita por autoras lesbianas. Porque sin nosotras, el futuro está incompleto.