Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Últimamente observo algo que, cuanto menos, resulta curioso: muchas lesbianas y personas del colectivo LGTBIQ+ se manifiestan abiertamente contra el genocidio en Gaza, llenan redes sociales de mensajes de apoyo y acuden a manifestaciones ondeando banderas arcoíris junto a banderas palestinas. Y, en principio, me parece bien. Defender a población civil atrapada entre bombas, hambre y destrucción debería ser algo bastante básico desde el punto de vista humano.

El problema aparece cuando intentas introducir un matiz.

Porque sí, existe una realidad incómoda que muchas veces desaparece de la conversación: gran parte de Oriente Medio —incluida Gaza— está muy lejos de ser un lugar amable para las personas homosexuales, bisexuales o trans. No hablamos de pequeños desacuerdos ideológicos. Hablamos de sociedades profundamente conservadoras donde la homosexualidad sigue estando perseguida social, religiosa o incluso legalmente.

Y aquí es donde el debate se vuelve interesante.

¿Cómo es posible que colectivos históricamente perseguidos apoyen con tanta intensidad contextos donde probablemente ellos mismos serían rechazados?

La respuesta rápida sería hablar de empatía. Y es cierto: una persona puede condenar el sufrimiento humano sin necesidad de compartir la cultura, religión o valores de quien lo padece. No hace falta que alguien te aceptara a ti para entender que no merece morir bajo un bombardeo.

Hasta ahí, todo lógico.

Pero creo que también existe otro fenómeno mucho más contemporáneo: la idea de que todas las minorías forman automáticamente parte del mismo bloque moral y político. Como si cualquier colectivo discriminado tuviera necesariamente objetivos, valores o visiones del mundo compatibles entre sí.

Y la realidad no funciona así.

Ser una minoría no convierte automáticamente a nadie en tolerante, feminista o defensor de los derechos LGTBIQ+. La historia está llena de grupos oprimidos que, a su vez, oprimían a otros. Nos cuesta aceptar eso porque preferimos las narrativas simples: buenos y malos, víctimas y verdugos, opresores y oprimidos perfectamente ordenados en casillas morales.

Y quizá ahí aparece otro problema aún más profundo.

Vivimos en una sociedad tan acostumbrada al consumo emocional y a las narrativas simplificadas que, en ocasiones, parece haber perdido parte de su capacidad para mirar la realidad de frente. Todo debe ser rápido, identificable y emocionalmente limpio. Necesitamos héroes reconocibles y causas fáciles de compartir en una story de Instagram.

Pero el mundo real no funciona como una película infantil.

Un león no es Simba. Y determinadas regiones del planeta tampoco responden necesariamente a los códigos culturales y morales que proyectamos sobre ellas desde Occidente. A veces da la sensación de que parte del activismo contemporáneo consume conflictos complejos del mismo modo que alguien hace un safari creyendo que la naturaleza salvaje comparte la lógica amable de un dibujo animado. Y luego llegan las sorpresas.

La realidad suele ser bastante menos simpática que nuestra necesidad emocional de simplificarla.

Eso no significa justificar bombardeos ni relativizar el sufrimiento civil. Y precisamente ahí está el matiz que tan difícil parece sostener hoy en día. Porque se puede condenar la destrucción de Gaza y, al mismo tiempo, reconocer que los derechos LGTBIQ+ en esos territorios son prácticamente inexistentes.

Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

Y asumirlo no debería convertir a nadie en monstruo.

De hecho, quizá la verdadera madurez política empieza precisamente ahí: cuando eres capaz de sostener dos ideas incómodas simultáneamente sin apagar el cerebro para sentirte moralmente puro.

Personalmente, creo que parte del activismo moderno ha caído en una especie de sentimentalismo automático donde introducir complejidad parece casi una traición. Si apoyas una causa, parece obligatorio aceptar absolutamente todo lo relacionado con ella. Y si introduces matices, inmediatamente corres el riesgo de ser señalado.

Pero pensar no debería consistir en repetir consignas emocionalmente cómodas.

Pensar debería consistir precisamente en soportar contradicciones sin convertir el mundo en un cuento infantil.

Porque la empatía real no exige idealizar a nadie.

Y quizá uno de los mayores errores de nuestra época sea creer que solo merecen compasión quienes piensan exactamente como nosotros.

Posted in

Una respuesta a «Gaza, banderas arcoíris y contradicciones incómodas»

  1. Avatar de Nico
    Nico

    Tengo una pregunta ¿Tú, Úrsula por qué crees que el colectivo LGTBIQ+ sale a manifestarse con sus banderas contra el genocidio de Gaza? O puedo reformular la pregunta ¿Por qué crees que salen con sus banderas a favor de Gaza sabiendo que están totalmente en contra de homosexuales, bisexuales o trans?. Porque sea haberlos los hay en todo el mundo 🌎 .

Deja un comentario

Descubre más desde Úrsula J.Gilgati

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo