
«Yo era una chica normal, en una edad especial y fantasía en el pelo…»
Cada vez que escucho esa canción de Mónica Naranjo vuelvo inevitablemente al año 2002. Yo también era una chica normal. Bueno… eso creía. Porque aquel año contraje una enfermedad de la que tardé más de tres años en recuperarme.
La medicina la llama enamoramiento.
Yo prefiero llamarla locura transitoria.
La relación duró quince días.
La enfermedad, más de tres años.
Sí, habéis leído bien.
Quince días de relación. Tres años de convalecencia.
Con el tiempo comprendí que el amor tiene muy poco que ver con el corazón y muchísimo con el cerebro. Cuando nos enamoramos, la dopamina se dispara, el sistema de recompensa se vuelve loco y la parte encargada del pensamiento crítico decide tomarse unas vacaciones. De pronto, esa persona se convierte en alguien imprescindible. No porque lo sea, sino porque nuestro cerebro decide que así debe ser.
No vemos a quien tenemos delante.
Vemos a quien necesitamos ver.
Y yo construí una auténtica religión alrededor de alguien a quien apenas había conocido.
Recuerdo perfectamente la noche en la que quiso terminar la relación. Bueno, técnicamente pidió «un tiempo». Esa frase tan elegante que suele significar que una historia ya ha empezado a acabarse.
Yo, con toda la seguridad que solo puede tener una persona profundamente enamorada, respondí:
—Yo tiempo no te voy a dar… pero ¿con quién vas a dormir hoy?
No sé si fue orgullo, ingenuidad o una mezcla explosiva de ambas.
El caso es que aquella noche acabamos buscando un hotel por el casco antiguo de Barcelona.
Y aquella despedida terminó siendo el peor tratamiento posible para mi enfermedad.
Lo que debía haber sido un punto final se convirtió en unos puntos suspensivos.
Mi cabeza decidió que todavía existía esperanza.
Y cuando el cerebro se aferra a una esperanza, la realidad importa muy poco.
Durante más de tres años viví pendiente de una historia que solo seguía existiendo dentro de mí.
Hoy miro hacia atrás y casi sonrío.
No porque fuera divertido.
Sino porque aquella caída terminó convirtiéndose en el principio de todo.
Hasta entonces había buscado fuera lo que nunca había construido dentro.
Esperaba que otra persona llenara espacios que me correspondía llenar a mí.
Confiaba mi felicidad a decisiones que no dependían de mí.
Vivía convencida de que el amor consistía en encontrar a alguien.
Hoy creo exactamente lo contrario.
Creo que el amor consiste, antes que nada, en encontrarse una misma.
Aquella enfermedad me obligó a iniciar el viaje más largo que he hecho nunca.
No fue un viaje por Europa ni al otro lado del mundo.
Fue un viaje hacia mí.
Aprendí a estar sola.
A viajar sola.
A disfrutar de mi propia compañía.
A dejar de pedir permiso para ser quien era.
A convertirme en mi refugio.
Y comprendí algo que nadie me había enseñado.
Que el amor más importante de nuestra vida no es el que sentimos por otra persona.
Es el que somos capaces de construir con nosotras mismas.
Hoy sigo creyendo en el amor.
Muchísimo.
Pero ya no creo en la dependencia.
Porque la mujer que salió de aquella historia no volvió a buscar a nadie que la completara.
Descubrió algo mucho más valioso.
Que ya estaba completa.
Y quizá esa sea la única vacuna eficaz contra esta enfermedad.
Quererse tanto que, si un día el amor vuelve a llamar a la puerta, entre como un regalo.
Nunca más como un salvavidas.
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