Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Si Safo viviera hoy, probablemente tendría un rincón favorito en el Raval, un gato negro llamado Eros, y una cuenta de Instagram donde compartiría poemas viscerales con fondo de filtro cálido. En lugar de Lesbos, viviría en un tercer piso sin ascensor en Gràcia, con plantas en la ventana, libros subrayados por todas partes, y un cenicero lleno de colillas encendidas al ritmo de sus pensamientos.

    Barcelona le sentaría bien. La ciudad tiene algo de antigua diosa mediterránea y de amante andrógina de after. Safo, en esta urbe, sería poeta, performer, lesbiana visible, y activista cultural. La verías leyendo sus versos en las plazas, en el Centre LGTBI, o en algún antro alternativo del Poble-sec. Quizá incluso escribiría para una revista feminista, o impartiría talleres de poesía sáfica en el MACBA. (+ Candy Darling local emblemático LGTBIQ+)

    Sus musas no serían ya las jóvenes vírgenes de la Grecia arcaica, sino las chicas con piercing en la ceja que se desnudan bailando en el Apolo. Amaría mujeres con pelos teñidos de índigo, cicatrices en la piel y fuego en los ojos. Mujeres autónomas, salvajes, dulces, irreverentes. De esas que no caben en ningún molde, pero sí en un poema.

    Y cuando las rimas no le bastaran, Safo escribiría ficción. Tal vez incluso distopía. Clamworld, esa novela de mujeres que han creado un mundo sin hombres, podría haber salido perfectamente de su puño y letra. Porque si alguien podría imaginar una sociedad basada en el deseo lésbico, en la autonomía corporal, en los vínculos elegidos y en la libertad radical de nombrarse sin miedo, sería ella.

    Safo entendería que el deseo entre mujeres sigue siendo un acto político. Que amar a otra en público aún incomoda. Que decir “soy lesbiana” no siempre es fácil. Por eso escribiría desde el cuerpo, desde el coño, desde la herida y desde el goce. Con versos cargados de metáforas que sangran, de imágenes que se abren como piernas dispuestas a parir otra realidad.

    No le faltaría rabia, ni ternura, ni ironía. Criticaría el pinkwashing, el machismo queer, la gentrificación, la moralina embotellada. Haría versos sobre las viejas que aman, sobre las no binarias invisibilizadas, sobre las que se hartaron de esperar a que el mundo cambiara y decidieron cambiarlo a mordiscos.

    No, la Safo de hoy no se tiraría por ningún acantilado. Escribiría desde el borde, sí, pero con una copa de vino, una sonrisa en la boca y una red de mujeres sosteniéndola. Y sabría que hay muchas como ella. Porque ahora, por fin, no está sola.

  • Fue un lunes de primavera, uno de esos lunes que no prometen nada… y acaban dándotelo todo. Aquella tarde, pisaba por primera vez el Candy Darling. Me habían hablado del ambiente, de la música, de las “tardes de chicas” bajo el lema “Me siento extraña”, pero nada me había preparado para lo que encontré. Ni para quien encontré.

    Didi Maquiaveli. Camisa perfectamente abierta, media melena pelirroja, movimientos seguros detrás de la barra. Me sirvió un Puerto de Indias de fresa con 7up y, sin decirlo, me regaló una escena que se quedaría conmigo para siempre.
    —Esto te va a gustar —me dijo. Y no hablaba solo del trago. (+ La cama no miente I)

    Mientras la música sonaba, mi amiga hablaba y el bar se llenaba de ese tropel tan maravilloso de personas no binarias, alternativas, auténticas… sentí que todo mi proceso creativo cobraba sentido. Yo ya estaba escribiendo Candice, mi novela, pero no sabía aún que me faltaba algo: una camarera icónica, alguien que encarnara la libertad, la belleza despreocupada y la ternura insolente de ese lugar.
    Y entonces lo vi claro: Didi sería mi musa.

    Así nació Gigi, la camarera del Candice, el bar ficticio donde se reúnen los personajes de mi novela. Gigi no es una copia de Didi, pero Didi fue el fuego. La chispa. El gesto detrás del personaje. Gigi sirve copas, sí, pero también lecciones de deseo, de ironía, de afecto. Gigi escucha, observa y, de alguna manera, salva.

    Y el Candy Darling también está ahí, aunque con otro nombre. Porque ¿cómo no escribir sobre un lugar donde se respira libertad corporal, identidad fluida, amor en todos los formatos? ¿Cómo no hacer literatura de esa pista de baile donde cada cuerpo es una bandera y cada copa un brindis contra el juicio? (+ La mirilla del Daniel’s)

    Esa tarde comprendí que escribir no siempre nace del dolor: a veces nace del deseo. Del asombro. Del cruce de miradas con alguien como Didi Maquiaveli, que sin saberlo le dio cuerpo a un personaje que ya me estaba esperando.

    Hoy, Candice ya está publicada, y cada vez que alguien me pregunta por Gigi, sonrío. Porque sé de dónde viene. Sé a quién le debo ese gesto. Ese sabor. Ese latido.

    Así que, si un día entras al Candy Darling (que deberías…) y ves a Didi tras la barra, sobria o con modelito farandulero, bríndale un gesto, una sonrisa.
    Porque sin ella, Candice no sería la misma novela. Y Gigi… no existiría.

  • Nos reímos, a veces con cierto aire de superioridad, de las costumbres de otras culturas. Las mujeres jirafa con sus collares que alargan el cuello. Los cuernos en los genitales como prueba de virilidad. Las escarificaciones rituales, los tatuajes tribales, las danzas de iniciación. Y sin embargo, basta con mirarnos al espejo, o pasear por cualquier ciudad occidental, para comprobar que también nosotras tenemos nuestras propias “cosas de la tribu”.

    Nuestra tribu no lleva collares de metal que alargan el cuello, pero sí prótesis de silicona para aumentar el pecho o los glúteos. No perforamos los labios para meter discos, pero nos reducimos quirúrgicamente la nariz porque “desentona” con el ideal dominante. No cubrimos el cuerpo con cenizas ni pigmentos, pero usamos cremas, bótox, ácido hialurónico y estiramientos que transforman el rostro hasta volverlo casi irreconocible. No hacemos danzas de iniciación, pero nos dejamos arrastrar por coreografías de redes sociales que cumplen una función similar: reforzar la pertenencia a la tribu contemporánea, la del like y el filtro. (+ La esclavitud de la perfección)

    Estas prácticas, lejos de ser individuales o meramente estéticas, están profundamente atravesadas por la construcción del género. En nuestra tribu, las mujeres aprenden pronto que su cuerpo es una carta de presentación, un territorio que debe ser domesticado, corregido, moldeado según los dictados de la mirada masculina (o, mejor dicho, de la mirada patriarcal que habita en todxs, incluso en nosotras mismas). La feminidad —en esta tribu— no es natural: es una coreografía aprendida. De ahí que tantas niñas, adolescentes y mujeres adultas crean que ser “más mujer” pasa por quitarse kilos, arrugas, pelos o pliegues.

    Pero no son solo las mujeres: también los hombres tienen sus ritos de paso. Esos músculos de gimnasio, esas mandíbulas cinceladas por la testosterona o la cirugía, esos relojes, coches y actitudes hipermasculinizadas, no son tan distintos —en su lógica tribal— de los adornos fálicos o los bailes guerreros de otras culturas. En el fondo, todo es símbolo. Todo es lenguaje. Todo es rito.

    Y es aquí donde vale la pena detenerse: lo que nos parece raro, ajeno, primitivo en otras culturas, no lo es más que nuestras propias prácticas. Cambian los objetos, las formas, los significados, pero no la lógica. La lógica de pertenecer. De no quedar fuera. De adaptarse para ser reconocida, respetada, deseada o temida. Porque, al fin y al cabo, seguimos siendo animales sociales: necesitamos que la tribu nos reconozca como parte de ella.

    Entonces, ¿dónde está la línea entre libertad y presión? ¿Hasta qué punto elegimos libremente nuestra manicura, ponernos bótox o costearnos una rinoplastia? ¿Y qué pasa cuando alguien —una persona trans, por ejemplo— utiliza esos mismos recursos para expresar su identidad de género? ¿Por qué entonces nos atrevemos a juzgar o patologizar?

    Tal vez haya que empezar a mirar todas estas prácticas con otra lente: no desde la jerarquía cultural, sino desde la comprensión profunda de que todo es relativo en lo relativo a la tribu. Y que nuestras “libres elecciones” casi siempre están condicionadas por una coreografía colectiva que no hemos elegido del todo. Y que seguimos bailando.

  • Nadie te enseña a masturbarte si eres mujer. A nadie parece preocuparle tu placer, salvo para juzgarlo. Mientras los chicos reciben (de forma explícita o implícita) permiso para explorar su cuerpo, tocarse y hablar de ello con bravuconería o entre risas, a las niñas se les da la orden silenciosa de no mirar, no tocar y, sobre todo, no decir. Desde pequeñas, aprendemos que nuestras manos deben estar ocupadas en otra cosa. En todo caso, bien lejos de la entrepierna. (+ El placer negado)

    La educación sexual —cuando llega— está centrada en el miedo. Miedo al embarazo, miedo a las ETS, miedo a «caer». Se habla de protección, de anatomía, de ciclos menstruales. Pero no se habla de deseo. Mucho menos de autoexploración. Masturbarse es algo que, en el caso de las mujeres, simplemente “no existe” en los manuales escolares ni en las conversaciones familiares. Como si el placer femenino solo pudiera llegar de fuera, o como si no debiera llegar nunca.

    Y así crecemos: muchas mujeres descubren su propio clítoris tarde, si es que lo descubren. Otras confunden toda su genitalidad con la “vagina” —palabra que sigue ocupando el lugar de la vulva en el lenguaje popular— y no saben identificar de dónde viene el goce. Lo peor es que no es casual. Es estructural. Porque una mujer que conoce su cuerpo y se da placer es una mujer menos controlable, menos dependiente, menos dispuesta a aceptar que su sexualidad sea un instrumento al servicio de otro.

    Nos enseñaron a tener vergüenza de algo tan natural como tocarnos. Nos enseñaron que “una chica decente” no hace esas cosas. ¿Pero sabéis qué? La decencia nunca tuvo nada que ver con el deseo. Fue solo otro truco para mantenernos a raya.

    Masturbarse siendo mujer no es simplemente un acto íntimo. Es político. Es una forma de romper el silencio. De rebelarse contra una historia escrita por varones que decidieron que el clítoris no tenía ninguna función útil, y por eso podía ignorarse. Es decir: no era útil para ellos.

    Y aún hoy, en pleno siglo XXI, con redes saturadas de pornografía, sigue siendo raro que las jóvenes hablen con naturalidad de masturbarse. Porque la cultura pop ha sexualizado la imagen de la mujer hasta la náusea, pero sigue sin dejarle el control del guion.

    Es hora de cambiar eso. De hablar del clítoris como lo que es: un órgano exclusivamente dedicado al placer. De nombrar la vulva sin eufemismos. De decir, con todas las letras, que el autoerotismo femenino es saludable, deseable y absolutamente necesario.

    Mujer: tócate. Descúbrete. No esperes a que nadie lo haga por ti. Porque tu placer no necesita permiso. Solo necesita tu mano y tu tiempo. Y si te molesta leerlo, probablemente es porque aún no lo has intentado.

  • Una mujer de 65 años y un hombre de 25. No hace falta decir más para que empiecen los cuchicheos, las cejas levantadas, los diagnósticos de «crisis», los juicios rápidos y los comentarios sarcásticos. Y sin embargo, ¿cuántas veces hemos visto —sin escándalo ni sorna— la imagen inversa? Hombres de 60 con mujeres de 30. O de 70 con chicas de 25. Y no solo no se cuestiona: en muchos casos, se aplaude.

    El patriarcado ha trabajado durante siglos para convencernos de que el deseo femenino debe tener fecha de caducidad. Que pasada cierta edad, la mujer debe ocupar un espacio de silencio, abnegación o abuelidad entrañable. Mientras tanto, los hombres parecen autorizados a seguir seduciendo, follando o «rehaciendo sus vidas» a cualquier edad. Cuando es él quien rejuvenece al enamorarse de una más joven, se le llama vitalidad. Cuando es ella quien se enamora de alguien menor, se la tacha de patética.

    Pero ¿por qué molesta tanto una relación donde la mujer lleva las décadas de más? ¿Por qué tanta gente se empeña en verla como grotesca, interesada, antinatural o enfermiza? La respuesta está en lo profundo de una estructura que liga el valor femenino exclusivamente a la juventud, a la fertilidad, a la belleza normativa. Y que presupone que el deseo de un hombre joven solo puede dirigirse hacia eso. No se contempla que admire su mente, su fuerza, su experiencia, su libertad. Porque el mundo sigue sin entender que una mujer puede ser deseada por lo que es, no por lo que aparenta.

    Este tabú es el que rompe Candice, mi novela. En ella, la protagonista —una mujer madura, vital y profundamente lúcida— se enfrenta al prejuicio con una mezcla de ironía, dolor y coraje. Su historia con un chico más joven no se esconde ni se disculpa. Se vive. Sin necesidad de justificación, sin caer en estereotipos de «cougar» ni de manipulación. Vanessa ama y desea, y eso ya es bastante transgresor para algunos.

    Porque lo que está en juego no es solo una diferencia de edad. Es una diferencia de poder simbólico. En el imaginario social, la mujer mayor no puede tener la autoridad del erotismo. No puede tomar la iniciativa. No puede seducir sin ser ridícula. Y eso es exactamente lo que necesita cambiar. (+ El «usted» como arma arrojadiza)

    Aceptar que una mujer mayor puede enamorar, ser amada y tener una vida sexual activa con quien desee —sea hombre, mujer o persona no binaria, tenga la edad que tenga— es empezar a desmontar siglos de castración emocional.

    Y tal vez por eso Candice incomoda. Porque no pide permiso. Porque no se esconde. Porque deja claro que el deseo no tiene edad ni género, y que el amor verdadero —cuando llega— no se mide en años, sino en intensidad. Y eso, para muchos, sigue siendo imperdonable.

  • En una sociedad que premia la disponibilidad constante, saber decir “no” se ha convertido en un acto casi revolucionario. Desde la infancia nos enseñan a complacer, a evitar conflictos y a no decepcionar a quienes nos rodean. Como resultado, muchas personas llegan a la adultez con una profunda dificultad para poner límites, incluso cuando decir “sí” va en contra de su bienestar. (+ Apoyar o excluir cultura: tu decisión cuenta

    Aprender a decir “no” no es una muestra de egoísmo, sino de autocuidado. Estudios en psicología del comportamiento han demostrado que las personas que establecen límites claros tienden a tener una mayor autoestima, menos estrés y relaciones más saludables. Decir “no” es una afirmación de nuestros valores, tiempo y energía.

    El miedo al rechazo es uno de los principales obstáculos. Nos preocupa parecer antipáticos, egoístas o irresponsables. Sin embargo, aceptar compromisos que no deseamos asumir conlleva un alto coste: agotamiento emocional, resentimiento e incluso enfermedades psicosomáticas derivadas del estrés.

    El “sí” automático puede ser una forma de buscar aceptación o evitar la culpa. Pero, a la larga, nos desconecta de nuestras necesidades reales. Saber decir “no” con respeto es una habilidad que se aprende. No se trata de volverse hostil, sino de ser asertivos. Frases como “Gracias por pensar en mí, pero no puedo”, o “Prefiero no comprometerme con eso en este momento” son maneras válidas y empáticas de marcar límites.

    Además, cuando decimos “no” a algo que no nos conviene, estamos diciendo “sí” a lo que sí nos importa: nuestro descanso, nuestros proyectos personales, nuestra salud mental. La vida no se trata de estar disponibles para todo el mundo, sino de estar presentes para lo que realmente importa.

    Practicar el “no” puede ser incómodo al principio, especialmente si hemos vivido muchos años en modo complaciente. Pero es un paso necesario hacia una vida más auténtica. Decir “no” no nos hace menos amables: nos hace más honestos.

    Y en esa honestidad está la base de relaciones más sanas, decisiones más conscientes y una vida más plena. Porque el “no” bien dicho también es una forma poderosa de decirnos “sí” a nosotras mismas.

  • Vivimos tiempos en los que el lenguaje inclusivo, las banderas multicolores y las proclamas a favor de la diversidad son parte del paisaje social. A primera vista, parecería que el mundo ha cambiado para bien. Pero ¿cuánto de ese cambio es real y cuánto es una capa de maquillaje sobre las mismas estructuras de siempre?

    La llamada “estética del cambio” consiste en adoptar formas modernas, más amables y políticamente correctas, sin modificar el fondo del pensamiento. Es decir, sustituir “maricón” por “gay”, pero usando el nuevo término con el mismo desprecio de siempre. Cambiar el insulto por una palabra neutra, pero mantener intacto el juicio moral o el rechazo implícito.

    Esta estética, tan celebrada en redes sociales y medios de comunicación, se convierte en un disfraz social que permite fingir apertura sin asumir ninguna transformación profunda. Se dice “yo respeto a todo el mundo” como si fuera un comodín para no tener que posicionarse. Pero ese respeto generalizado, tan amplio que ya no dice nada, se convierte en una forma de cerrar el debate. De acallarlo. (+ ¿Por qué molesta tanto el Orgullo?)

    Frases como “que cada quien haga lo que quiera” o “a mí no me importa mientras no me afecte” parecen inclusivas, pero suelen esconder una indiferencia que, en el fondo, preserva el privilegio de quienes nunca han tenido que justificar su existencia.

    Aceptar de verdad implica cuestionar lo aprendido, revisar los propios gestos, reeducar la mirada. Implica hacer espacio para que lo diverso no solo sea tolerado, sino entendido. No basta con sustituir términos ni colgar una bandera en el balcón: hace falta escuchar, preguntar, dejarse incomodar.

    El cambio real incomoda. Sacude. Obliga a reformular ideas profundamente arraigadas. Es más lento, pero también más transformador. Exige voluntad de debate, de error, de escucha activa. Porque sin eso, todo se convierte en marketing.

    Aceptar sin comprender, sin habitar lo nuevo, es como colgar un cartel de “bienvenidas” en una casa que no está preparada para recibir a nadie.

    Aceptar no es repetir consignas vacías. No basta con decir «que cada cual haga lo que quiera» si en el fondo seguimos juzgando, apartando o ridiculizando. El verdadero cambio empieza cuando nos atrevemos a cuestionar nuestros prejuicios, a sostener conversaciones incómodas, a revisar nuestros silencios. Y sobre todo, cuando abandonamos el disfraz de la corrección superficial para abrazar una transformación real, honesta y comprometida.

    Porque, al igual que —según la superstición— cuando se enciende un cigarro con una vela muere un marinero en el mar, cuando apagamos un debate con una falsa aceptación y con hipocresía, una persona LGTBIQ+ es maltratada por su condición. Tal vez no de forma explícita, pero sí a través de las burlas sutiles, de las exclusiones sociales, de los chistes que aún se toleran en voz baja.

    La estética del cambio no basta. Necesitamos una ética del cambio. Una voluntad auténtica de integrar lo diverso, de escuchar lo incómodo, de permitir que lo nuevo cale hondo, aunque tambalee los cimientos de lo conocido. Porque sólo así podremos hablar de progreso real, no de cosmética ideológica.

  • Durante siglos, la historia ha domesticado el cuerpo de las mujeres. Lo ha nombrado desde fuera, lo ha medicalizado, lo ha sexualizado para otros, pero rara vez le ha permitido hablar en su propio idioma. En esta batalla por recuperar la voz, una de las luchas más radicales y necesarias es la más íntima: nombrar nuestros genitales con propiedad y sin vergüenza. Porque no es lo mismo decir “ahí abajo” que decir “coño”. No es lo mismo hablar de “vagina” cuando en realidad se quiere decir “vulva”. Y no es un detalle menor: es la diferencia entre habitar el propio cuerpo o seguir exiliadas dentro de él. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer)

    El empoderamiento no se conquista solo con discursos. Se encarna. Y no hay empoderamiento real sin una relación consciente y libre con la genitalidad. ¿Cómo es posible que sigamos nombrando nuestros genitales haciendo referencia, precisamente, a la parte donde el heteropatriarcado pretende introducirnos un pene? «Vagina» es solo el canal, y aun así se ha convertido en la palabra comodín para referirse a toda la vulva, que es —no lo olvidemos— el verdadero centro de nuestro placer. Vulva o coño, señoras, llamémosla por su nombre. Dejémonos ya de decir «vagina», por favor. Porque cuando se habla del pene, la sociedad entera sabe perfectamente a qué se refiere y cómo nombrar, una por una, todas sus partes. Como mínimo, es escandaloso

    En Clamworld, mi novela distópica y lésbica, las protagonistas han conseguido lo impensable: vivir en un mundo sin hombres, donde el deseo, el afecto y el lenguaje se reinventan. Allí, el coño no se esconde ni se disculpa. Es símbolo, es placer, es territorio propio. Las mujeres de Clamworld no solo tienen relaciones entre ellas: habitan su sexualidad con conciencia, sin pedir permiso, sin miedo a ser «demasiado». Su deseo no se explica ni se justifica. Simplemente existe, y con él, el derecho a sentirse vivas desde el cuerpo.

    Esta libertad empieza con algo tan básico como conocer la propia fisiología. Saber que la vagina es el canal interno y que la vulva es lo que vemos. Reconocer el clítoris como un órgano con más de 8.000 terminaciones nerviosas, diseñado exclusivamente para el placer. Preguntarse por qué tantas mujeres han sido educadas sin conocer siquiera cómo luce su anatomía. La ignorancia en este terreno no es inocente: es una estrategia cultural de desposesión.

    En una sociedad que todavía etiqueta a las mujeres deseantes como “guarras” o “putas”, nombrar el coño con claridad es una forma de resistencia. Es volver al origen. Es poner el cuerpo —entero— en el centro del discurso. Porque el empoderamiento real no baja del cielo como un eslogan feminista prefabricado: sube desde dentro, late en la entrepierna, y se extiende como una raíz que lo sostiene todo.

    En definitiva, empoderarse es reconocerse, con nombre, con voz, y sí: con coño. Solo así podrá florecer un feminismo encarnado, gozoso y sin miedo. Como en Clamworld, donde las mujeres ya no se preguntan si tienen derecho a desear, sino qué hacer con todo ese deseo libre que por fin les pertenece.

  • Cada mes de junio, con la llegada del Orgullo LGTBIQ+, se repite una escena previsible: mientras millones de personas celebran con alegría, visibilidad y reivindicación sus derechos y existencias, un sector de la sociedad reacciona con incomodidad, burla o directamente rabia. “¿Y cuándo es el día del orgullo hetero?”, “¿por qué tienen que ir desnudos?”, “eso no es una manifestación, es una fiesta”. Son frases recurrentes que delatan algo más profundo que simple desconocimiento.

    La celebración del Orgullo no es una moda ni un exceso decorativo. Tiene una raíz histórica: nació como conmemoración de la revuelta de Stonewall en 1969, cuando un grupo de personas LGTBIQ+ —la mayoría trans, racializadas y pobres— se levantaron contra la brutalidad policial en Nueva York. Desde entonces, el Orgullo no ha sido solo una fiesta: es una respuesta política y cultural a siglos de represión, patologización y silencio. (+ Invisibles en la pantalla: la heteronormatividad mediática)

    ¿Por qué molesta? La respuesta corta: porque visibiliza lo que muchas personas preferirían seguir ignorando.

    Un estudio realizado por el Pew Research Center en 2023 reveló que, aunque el apoyo general a los derechos LGTBIQ+ ha crecido, más del 30 % de los encuestados en Europa y América Latina cree que las personas LGTBIQ+ “exigen demasiado”. La visibilidad incomoda porque desafía el statu quo. Quien nunca ha tenido que esconder a quién ama o cómo se identifica no percibe la necesidad de celebrarlo públicamente.

    Además, el Orgullo rompe con la normativa visual del “decoro”. Cuando una carroza lleva plumas, música alta o cuerpos disidentes, muchos lo leen como una provocación. Pero lo que está en juego no es el volumen de la música, sino la ruptura simbólica de una cultura que, históricamente, ha premiado lo normativo y castigado lo diverso. La queja no es por “exceso”, sino por la irrupción de lo diferente en el espacio público.

    Otro factor clave es la falsa percepción de que los derechos LGTBIQ+ ya están garantizados. Sin embargo, según ILGA Europa, en 2024 se han registrado más de 350 ataques físicos contra personas LGTBIQ+ en el continente. La violencia no es del pasado, y por eso la reivindicación sigue siendo necesaria.

    La rabia hacia el Orgullo, en definitiva, revela más del que la siente que de quienes lo celebran. Es una resistencia emocional ante la pérdida del monopolio cultural, una reacción frente al avance de otras voces que también quieren —y tienen derecho a— ocupar el espacio público, ser visibles, amarse sin miedo y bailar sin pedir permiso.

    Porque lo que molesta del Orgullo no es el ruido, ni los colores, ni la fiesta. Lo que realmente incomoda es la libertad ajena.

  • El último tramo del sendero era distinto. No había baldosas, solo un camino de tierra cálida bordeado de hierba alta y flores que se abrían al paso de las cuatro viajeras. El Espantapájaros avanzaba con pasos elásticos, el León con porte orgulloso, y la Mujer de la Armadura caminaba más ligera que nunca. Dorothy sentía que sus botas no tocaban del todo el suelo. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

    A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar un rumor suave. Voces. Risas. Música discotequera lejana. Pero no se veía a nadie.

    —¿Oís eso? —preguntó Dorothy.

    —Sí, pero no hay nadie —dijo el León, olfateando el aire—. Huele a algodón de azúcar y a libertad.

    Doblaron una última curva y el paisaje se abrió. Estaban en lo alto de una colina desde la que se divisaba una gran explanada. Y allí abajo, lo invisible se reveló.

    Una multitud de colores, formas y ritmos desfilaba con alegría. Había pancartas, banderas del arcoiris, tambores, cuerpos pintados, besos públicos y abrazos. Había risas. Lágrimas. Había Orgullo.

    —¿Qué es esto? —susurró la Mujer de la Armadura.

    —No lo sé —dijo Dorothy—. Pero creo que es aquí donde teníamos que llegar.

    Al pisar el césped, nadie se giró a mirarlas. Pero no era desdén; era acogida. Como si cada una de ellas hubiese estado ahí desde siempre. Como si no hiciera falta permiso.

    El Espantapájaros, por primera vez, gritó su nombre. Un nombre nuevo. El suyo. Nadie lo cuestionó. Alguien se lo repitió con una sonrisa. El León se puso de pie sobre sus patas traseras y rugió, pero esta vez de alegría. La Mujer de la Armadura, sin decir palabra, se quitó el casco.

    Dorothy, al ver todo eso, sintió una punzada en el pecho. No de dolor, sino de algo que durante años no había podido nombrar. Comprendió que su viaje no era solo suyo. Era también el de muchas que no llegaron. El de las que fueron silenciadas. El de las que aún no pueden.

    —¿Y ahora? —preguntó la Mujer de la Armadura.

    Dorothy miró el cielo, luego a sus compañeras.

    —Ahora… bailamos.

    Y lo hicieron.

    Bailaron, sintiéndose felices y plenas, hasta que la tarde se tiñó de naranja. Hasta que la música fue solo ritmo en sus cuerpos. Hasta que dejaron de recordar lo que las había hecho huir. Porque, por fin, podían quedarse.

    Y aunque ninguna lo dijera, sabían que aquello era solo el principio.