Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Las relaciones humanas están atravesadas por una mezcla de emociones, expectativas y patrones de conducta. Entre ellas, la infidelidad se presenta como uno de los grandes fantasmas que rondan a las parejas. Pero hay una idea perturbadora, aunque sumamente realista, que merece ser explorada: la forma en que conociste a tu pareja puede marcar la manera en que la relación terminará, si alguna vez llega a su fin. (+ ¿Es la monogamia una perversión?)

    El viejo dicho “quien engañó una vez, engañará siempre” no es mera superstición. Numerosos estudios en psicología social apuntan a que las personas tienden a repetir conductas que en el pasado les funcionaron para satisfacer una necesidad o evitar un conflicto. La fidelidad o la infidelidad no se improvisan: se construyen a partir de hábitos, creencias y valores que suelen permanecer bastante estables en el tiempo.

    Si tu pareja inició su relación contigo mientras aún estaba vinculada con otra persona, las probabilidades de que repita el patrón no son bajas. No se trata de una maldición inevitable, sino de un guion aprendido. Como en la criminología, donde se habla de la “firma” de un asesino —ese modo característico que deja huella en cada crimen—, las relaciones sentimentales también arrastran firmas invisibles. El modo de entrar suele condicionar el modo de salir.

    La psicología cognitiva explica esto a través del concepto de consistencia conductual: los individuos tienden a mantener una coherencia en sus acciones, incluso cuando cambian las circunstancias. Una persona que recurre a aplicaciones de citas como vía rápida para evadir la monotonía o la frustración en una relación difícil probablemente seguirá utilizando esos mismos canales si vuelve a sentirse atrapada. El estímulo y la recompensa ya están grabados en su circuito neuronal.

    Esto no significa que el cambio sea imposible. Hay quien, tras una experiencia dolorosa, reflexiona y modifica genuinamente sus actitudes. Pero conviene no confundirse: no es lo mismo un cambio profundo y consciente que una modificación temporal motivada por el miedo a perder algo. El segundo suele diluirse con el tiempo; el primero requiere un trabajo personal constante, autocrítico y muchas veces acompañado de terapia.

    Lo inquietante es que muchas veces preferimos ignorar estas señales. Nos convencemos de que “conmigo será distinto”, porque el amor propio y la ilusión inicial nos ciegan. Pero la evidencia está ahí: la forma en que una persona ha gestionado sus compromisos en el pasado es uno de los mejores predictores de cómo actuará en el futuro.

    ¿Significa esto que debemos desconfiar siempre? No necesariamente. Significa que debemos estar atentos a los antecedentes y a los patrones. Si alguien fue capaz de engañar con aparente facilidad, lo más probable es que esa herramienta vuelva a estar en su repertorio cuando aparezca la tentación. El asesino rara vez cambia de arma.

    En definitiva, la pregunta que deberíamos hacernos no es si nuestra pareja puede engañarnos, sino si estamos dispuestos a aceptar la sombra de su historia como parte del presente. La lógica es implacable: la forma en que empieza un vínculo dice mucho de cómo podría terminar.

  • Nos han repetido durante siglos que la heterosexualidad es la norma natural, que el deseo entre un hombre y una mujer responde a una ley biológica inmutable. Sin embargo, investigaciones en antropología, biología y sociología muestran que lo natural no es la heterosexualidad obligatoria, sino la diversidad del deseo humano. En realidad, lo que llamamos “heterosexualidad” es un constructo cultural que se ha consolidado a lo largo de los siglos como parte del engranaje patriarcal. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)

    Judith Butler ya explicó que el género no es destino biológico, sino performance social, y Monique Wittig llegó a afirmar que “las lesbianas no son mujeres”, porque la categoría de “mujer” solo existe dentro de la heterosexualidad. De esta forma, lo que parecía incuestionable se revela como un invento con un propósito: garantizar la continuidad de un sistema.

    La antropología confirma que hubo —y aún hay— culturas donde la diversidad de género y orientación no estaba perseguida ni reducida al binomio hombre-mujer. Fue el colonialismo y la moral burguesa los que impusieron el modelo heterosexual obligatorio. En biología, tampoco hay excusas: más de 1.500 especies animales practican conductas homosexuales, lo que deja claro que no se trata de una anomalía. (+ sobre homosexualidad en animales)

    La paradoja es que, todavía hoy, cuando alguien dice ser lesbiana, se le exige justificarlo, mientras que la heterosexualidad nunca necesita explicaciones. Tiene el privilegio de pasar desapercibida, como si fuera el aire: invisible, pero asfixiante cuando se convierte en norma única.

    En mi novela Candice exploré qué sucede cuando imaginamos un mundo diferente: un universo donde la fluidez de género y de deseo se da por sentada, y la heterosexualidad aparece simplemente como una posibilidad más, sin privilegios ni jerarquías. Muchas lectoras me han comentado que esa naturalidad les resultó tan convincente que, al leer, parecía lo lógico y cotidiano. Tal vez lo sea. (+ Algunos hombres buenos)

    Aceptar que la heterosexualidad es un invento cultural es liberador. Nos permite entender que no estamos atados a un destino biológico ni a un mandato invisible. Nuestros afectos y placeres no tienen por qué obedecer a un guion preestablecido. Amar, al fin y al cabo, debería ser un acto de libertad, no de obediencia.

    Por eso, lo verdaderamente artificial no son las lesbianas, sino la heterosexualidad obligatoria. El invento no somos nosotras: es el sistema que intentó convencernos de lo contrario.

  • Vivimos en una sociedad que ha elevado la ciencia al rango de verdad absoluta. Se la presenta como la única vía legítima para entender el mundo, como si lo real fuera solo aquello que puede ser medido, cuantificado o reproducido en un laboratorio. Y, sin embargo, esa visión es, a mi modo de ver, profundamente reduccionista. No por la ciencia en sí —que admiro y respeto—, sino por cómo una cultura infantilizada y consumista ha decidido usarla.

    La ciencia es irrefutable dentro de los márgenes que ella misma define. Si decides estudiar dos moléculas, pero, por intereses comerciales, solo investigas una, entonces todo lo que descubras sobre esa molécula será científicamente válido… pero no será la única verdad. Habrás desechado otra posibilidad que quizás podría haber cambiado por completo tus conclusiones. El método científico es poderoso, pero siempre está condicionado por qué preguntas se hacen, qué se financia, qué se publica y qué se descarta.

    Este sesgo no es ajeno al cambio climático. Creo firmemente que el cambio climático tiene una explicación científica sólida, bien documentada y con datos irrefutables. Pero también creo que se ha construido una narrativa única, dominante, sostenida por enormes campañas mediáticas, empresariales y políticas que, aunque a menudo bienintencionadas, han transformado un fenómeno complejo en una historia de buenos y malos, de causas únicas y soluciones simplistas. (+ sobre la evidencia científica irrefutable del cambio climático)

    Y ahí es donde se vuelve necesario hacer una pausa.

    ¿Qué pasaría si, en lugar de ver el cambio climático solo como una “crisis creada por el hombre”, lo viéramos también como parte de un proceso evolutivo más amplio? La Tierra ha atravesado transformaciones radicales desde siempre. Ha habido extinciones masivas, edades de hielo, explosiones biológicas. ¿Y si lo que vivimos hoy es, también, un momento de transición natural, en el que nuestra especie juega un papel importante, pero no exclusivo?

    Aceptar esto no significa negar nuestra responsabilidad, ni justificar la destrucción. Significa ampliar la mirada. Reconocer que no todo cabe en una gráfica de CO₂. Que existen saberes antiguos, intuiciones ecológicas, cosmovisiones no occidentales que también tienen algo valioso que aportar. Y que reducir toda explicación válida a la ciencia positivista es otra forma —moderna y elegante— de censura.

    En el fondo, el problema no es la ciencia, sino la cultura inmadura que la ha convertido en dogma. Una sociedad que ha perdido la capacidad de convivir con el misterio, con la duda, con la posibilidad de que haya múltiples verdades coexistiendo. Una cultura que quiere consumir respuestas rápidas, cuando lo que necesitamos es sostener preguntas profundas.

    No necesitamos menos ciencia. Necesitamos más madurez para usarla con humildad, sin convertirla en religión. (+ La trampa de la lógica)

  • Puede parecer paradójico, pero el rechazo, lejos de desanimarnos, a menudo intensifica nuestro deseo. Nos sentimos más atraídas por quien no nos corresponde, más obsesionadas con quien se muestra esquivo. Esta respuesta emocional tiene raíces profundas en nuestra psicología y fisiología, y ha sido objeto de estudio en distintas disciplinas, desde la neurociencia hasta la teoría del apego. (+ Lo que un nuevo amor le hace a tu cerebro)

    Una de las explicaciones más sólidas proviene de cómo responde el cerebro ante la incertidumbre y la recompensa. Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers, ha demostrado que las áreas del cerebro relacionadas con la recompensa (como el núcleo accumbens o el área tegmental ventral) se activan intensamente ante la experiencia del amor no correspondido. Esto se debe a que el rechazo funciona como una forma de “recompensa intermitente”: no sabemos si esa persona nos querrá algún día, si nos responderá, si cambiará de opinión. Y esa duda es tremendamente poderosa.

    Este mecanismo es el mismo que se activa en las adicciones. En un famoso estudio de 2005, Fisher escaneó los cerebros de personas recientemente rechazadas y encontró que el mismo circuito que se activa con la cocaína también se activa con el amor frustrado. No estamos simplemente “tristes” por el rechazo: estamos químicamente enganchadas a él.

    Desde el punto de vista evolutivo, esto también tiene sentido. En contextos ancestrales, competir por una pareja inaccesible podía indicar valor, fuerza o estatus. La dificultad aumentaba el interés, un fenómeno conocido como efecto romeo y julieta: la oposición refuerza la atracción.

    La teoría del apego también arroja luz. Las personas con apego ansioso —más propensas a buscar aprobación externa y temer el abandono— son más vulnerables a sentirse atraídas por quienes no les corresponden. El rechazo reactiva heridas antiguas, y en vez de alejarnos, nos impulsa a intentar “ganarnos” el amor ausente como una forma de reparar el daño interno. (+ La mala educación)

    Además, la cultura popular alimenta este patrón. Historias románticas, canciones, películas… glorifican el amor imposible, el amor que duele, el que hay que “luchar por conseguir”. Esto normaliza la idea de que el desinterés ajeno es un reto, no una señal de incompatibilidad.

    Sin embargo, esta atracción por el rechazo puede ser perjudicial. Nos engancha a relaciones tóxicas, alimenta la baja autoestima y perpetúa ciclos de dependencia emocional. La solución no es dejar de sentir, sino entender el mecanismo para desmontarlo. Reconocer que el deseo no siempre es sinónimo de compatibilidad, y que ser correspondida no debe ser una excepción, sino una norma.

    En resumen, el rechazo activa zonas cerebrales ligadas al deseo, la recompensa y la incertidumbre. No es magia: es biología, historia personal y cultura. Pero una vez comprendido, podemos empezar a elegir desde el amor propio y no desde la adicción al “quizás”.

  • Entrevista realizada por J. M. Salvatierra, crítico literario

    J.M.S.: Úrsula, tu novela Clamworld se ha convertido en una obra de referencia dentro de la literatura distópica lésbica contemporánea. ¿Esperabas este impacto? (+ La importancia de contar con escritoras lesbianas de ciencia ficción)

    Úrsula J. Gilgati: Para nada. Clamworld nació como una necesidad íntima, como un espacio donde imaginar una realidad alternativa. Nunca pensé que llegaría tan lejos ni que tantas lectoras se verían reflejadas. Pero supongo que cuando escribes desde un deseo genuino, eso se transmite.

    J.M.S.: La premisa es potente: un mundo sin hombres. ¿Por qué decidiste construir ese universo?

    Úrsula J. Gilgati: Porque me interesaba explorar cómo sería una sociedad nacida y sostenida únicamente por mujeres. Clamworld no es un castigo para los hombres, sino una posibilidad de libertad para las mujeres. Una utopía incómoda que invita a pensar. En ese sentido, es una novela distópica feminista, pero también profundamente emocional.

    J.M.S.: El éxito de Clamworld ha trascendido el circuito literario LGTBIQ+. ¿Qué crees que conecta con un público más amplio?

    Úrsula J. Gilgati: Creo que la sinceridad. Las protagonistas viven sus deseos, sus heridas, sus contradicciones sin necesidad de justificarse. Y eso resuena. Además, la historia plantea preguntas que muchas personas se hacen: ¿cómo sería vivir sin la mirada patriarcal?, ¿cómo nos relacionaríamos si no existiera el mandato masculino?

    J.M.S.: ¿Consideras que la novela está ayudando a visibilizar la literatura lésbica?

    Úrsula J. Gilgati: Me gusta pensar que sí. Aunque aún falta mucho, cada vez hay más voces lésbicas que escriben ciencia ficción, distopía, erotismo… Y lo más importante: sin tener que justificar ni edulcorar su mirada. Clamworld se suma a esa corriente. Y si ha servido para abrir conversaciones, cuestionar mandatos o inspirar a otras a escribir, ya ha valido la pena.

    J.M.S.: ¿Cómo definirías tu estilo literario?

    Úrsula J. Gilgati: Directo y descriptivo, a veces provocador. Me gusta nombrar lo que ha sido silenciado. En Clamworld hay sexo, hay política, hay ternura, hay rabia. Pero sobre todo hay libertad.

    J.M.S.: Algunas lectoras te comparan con Safo, si viviera en la Barcelona actual… ¿Qué opinas?

    Úrsula J. Gilgati: (Ríe) Es un elogio precioso. Quizás Clamworld podría haberlo escrito Safo si hubiera tenido Wi-Fi y rabia queer acumulada durante siglos.

    J.M.S.: ¿Habrá segunda parte?

    Úrsula J. Gilgati: No lo descarto. Las clamers siguen hablando en mi cabeza. Y creo que aún tienen mucho que decir.

  • El deseo de ser madre o padre es, en muchos casos, una experiencia profundamente humana. Nace del amor, del vínculo, del anhelo de compartir la vida y dejar huella. Sin embargo, en las últimas décadas hemos asistido a un fenómeno preocupante: la transformación de ese deseo natural en una especie de necesidad compulsiva que convierte al hijo o hija en un objeto de consumo, una extensión del ego o una solución emocional. (+ Low cost, high daño)

    En una sociedad donde todo parece estar al alcance —desde lo más trivial hasta lo más trascendente— la paternidad se presenta, a veces, como un derecho absoluto, desligado de la responsabilidad y del contexto. Se busca “tener” un hijo como se tiene una casa, un coche o un máster. Y en ese proceso, se pierde de vista lo esencial: que un hijo no es una respuesta a una carencia, ni una decoración biográfica, sino una persona completa, con necesidades, tiempos y deseos propios.

    Este fenómeno se ve amplificado por un discurso social que idealiza la parentalidad y lo convierte en un imperativo vital. “Si no tienes hijos, algo te falta” parece ser el mensaje. Y así, muchas personas acaban confundiendo el deseo profundo de cuidar, criar y acompañar con la urgencia por “cumplir” con una supuesta plenitud personal. Es aquí donde entran las soluciones mágicas: tratamientos invasivos sin reflexión, vientres de alquiler problemáticamente normalizados, o decisiones precipitadas que ignoran las consecuencias emocionales a largo plazo.

    Las redes sociales, además, han amplificado esta confusión. El hijo o hija se convierte en contenido: imágenes, frases hechas, logros escolares convertidos en likes. En lugar de ser sujeto, el menor es objeto: una herramienta para construir una identidad digital o para reafirmar una imagen pública de éxito y ternura.

    Es urgente volver a preguntarnos: ¿desde dónde nace el deseo de maternar o paternar? ¿Es desde el vínculo, la entrega y la responsabilidad? ¿O desde una necesidad de llenar vacíos, cumplir expectativas o acceder a una idea de felicidad impuesta?

    La maternidad y la paternidad no deberían ser un capricho, ni un bien de consumo, ni una forma de validación social. Son, en su forma más auténtica, un acto de amor radical. Y el amor, por definición, nunca utiliza ni posee: acompaña, respeta y libera.

  • Cuando se estrenó La mala educación de Pedro Almodóvar en 2004, yo aún no entendía del todo su título. Sabía que iba de abusos, de secretos, de heridas escondidas bajo la sotana de una infancia truncada, pero no captaba la profundidad de esas tres palabras que lo titulaban todo. Me parecía un guiño más, una provocación almodovariana, algo entre lo literal y lo simbólico. No fue hasta mucho después —quizá muchos años después— que el título empezó a resonarme como una verdad íntima, dolorosa y universal.

    La mala educación no habla solo de colegios, ni de curas. Habla de nosotras. De cómo hemos sido educadas. De cómo esa educación, incluso la bienintencionada, nos ha recortado las alas. Nos ha enseñado a no desear demasiado, a no hablar demasiado alto, a no destacar, a no nombrar lo que nos atraviesa. A callar lo raro, lo sexual, lo LGTBIQ+, lo inadecuado. (+ El peso de la tra(d)ición)

    Con los años he comprendido que somos el resultado de ese software mental que se nos instaló sin permiso. Esa programación profunda que determina qué creemos que merecemos, hasta dónde nos atrevemos, qué tipo de amor buscamos y cuánto placer nos permitimos. Y desinstalar ese software es tan complejo como desmontar una catedral piedra por piedra. No basta con decir: “ya no soy así”. Hace falta reeducarse desde cero. Cuestionar cada creencia que nos habita. Reaprender el amor propio. Reaprender el deseo. Reaprender incluso a mirar.

    Una vez leí que, si metes una pulga dentro de un vaso del revés, con el tiempo aprenderá a saltar solo hasta donde el cristal se lo permite. Pero si días después levantas el vaso, la pulga no salta más alto. El obstáculo ya no está, pero el límite se ha quedado dentro.

    Así estamos muchas veces: con el vaso ya roto, pero con la obediencia intacta. Viviendo dentro de límites que ya no existen, pero que nosotras perpetuamos por costumbre, por miedo o por fidelidad inconsciente a lo aprendido. Y eso también es la mala educación.

    Esa película que no entendí entonces hoy me parece un manifiesto. Un espejo. Un grito. Me habla no solo del dolor del abuso, sino del abuso del sistema que nos convenció de que debíamos obedecer siempre, incluso a costa de nosotras mismas. Y también me habla de la posibilidad —dura pero real— de romper ese molde.

    Por eso escribo. Por eso leo. Por eso cuestiono. Porque sé que el verdadero trabajo no está en saltar más alto, sino en recordar que ya no hay vaso. Que el techo de cristal no es solo laboral o feminista: también es mental. Y que la buena educación no es la que enseña a comportarse, sino la que enseña a desobedecer lo que nos daña.

    Hoy entiendo el título. Hoy, La mala educación no es solo una película. Es el primer paso para construirnos de nuevo.

  • Si Safo viviera hoy, probablemente tendría un rincón favorito en el Raval, un gato negro llamado Eros, y una cuenta de Instagram donde compartiría poemas viscerales con fondo de filtro cálido. En lugar de Lesbos, viviría en un tercer piso sin ascensor en Gràcia, con plantas en la ventana, libros subrayados por todas partes, y un cenicero lleno de colillas encendidas al ritmo de sus pensamientos.

    Barcelona le sentaría bien. La ciudad tiene algo de antigua diosa mediterránea y de amante andrógina de after. Safo, en esta urbe, sería poeta, performer, lesbiana visible, y activista cultural. La verías leyendo sus versos en las plazas, en el Centre LGTBI, o en algún antro alternativo del Poble-sec. Quizá incluso escribiría para una revista feminista, o impartiría talleres de poesía sáfica en el MACBA. (+ Candy Darling local emblemático LGTBIQ+)

    Sus musas no serían ya las jóvenes vírgenes de la Grecia arcaica, sino las chicas con piercing en la ceja que se desnudan bailando en el Apolo. Amaría mujeres con pelos teñidos de índigo, cicatrices en la piel y fuego en los ojos. Mujeres autónomas, salvajes, dulces, irreverentes. De esas que no caben en ningún molde, pero sí en un poema.

    Y cuando las rimas no le bastaran, Safo escribiría ficción. Tal vez incluso distopía. Clamworld, esa novela de mujeres que han creado un mundo sin hombres, podría haber salido perfectamente de su puño y letra. Porque si alguien podría imaginar una sociedad basada en el deseo lésbico, en la autonomía corporal, en los vínculos elegidos y en la libertad radical de nombrarse sin miedo, sería ella.

    Safo entendería que el deseo entre mujeres sigue siendo un acto político. Que amar a otra en público aún incomoda. Que decir “soy lesbiana” no siempre es fácil. Por eso escribiría desde el cuerpo, desde el coño, desde la herida y desde el goce. Con versos cargados de metáforas que sangran, de imágenes que se abren como piernas dispuestas a parir otra realidad.

    No le faltaría rabia, ni ternura, ni ironía. Criticaría el pinkwashing, el machismo queer, la gentrificación, la moralina embotellada. Haría versos sobre las viejas que aman, sobre las no binarias invisibilizadas, sobre las que se hartaron de esperar a que el mundo cambiara y decidieron cambiarlo a mordiscos.

    No, la Safo de hoy no se tiraría por ningún acantilado. Escribiría desde el borde, sí, pero con una copa de vino, una sonrisa en la boca y una red de mujeres sosteniéndola. Y sabría que hay muchas como ella. Porque ahora, por fin, no está sola.

  • Fue un lunes de primavera, uno de esos lunes que no prometen nada… y acaban dándotelo todo. Aquella tarde, pisaba por primera vez el Candy Darling. Me habían hablado del ambiente, de la música, de las “tardes de chicas” bajo el lema “Me siento extraña”, pero nada me había preparado para lo que encontré. Ni para quien encontré.

    Didi Maquiaveli. Camisa perfectamente abierta, media melena pelirroja, movimientos seguros detrás de la barra. Me sirvió un Puerto de Indias de fresa con 7up y, sin decirlo, me regaló una escena que se quedaría conmigo para siempre.
    —Esto te va a gustar —me dijo. Y no hablaba solo del trago. (+ La cama no miente I)

    Mientras la música sonaba, mi amiga hablaba y el bar se llenaba de ese tropel tan maravilloso de personas no binarias, alternativas, auténticas… sentí que todo mi proceso creativo cobraba sentido. Yo ya estaba escribiendo Candice, mi novela, pero no sabía aún que me faltaba algo: una camarera icónica, alguien que encarnara la libertad, la belleza despreocupada y la ternura insolente de ese lugar.
    Y entonces lo vi claro: Didi sería mi musa.

    Así nació Gigi, la camarera del Candice, el bar ficticio donde se reúnen los personajes de mi novela. Gigi no es una copia de Didi, pero Didi fue el fuego. La chispa. El gesto detrás del personaje. Gigi sirve copas, sí, pero también lecciones de deseo, de ironía, de afecto. Gigi escucha, observa y, de alguna manera, salva.

    Y el Candy Darling también está ahí, aunque con otro nombre. Porque ¿cómo no escribir sobre un lugar donde se respira libertad corporal, identidad fluida, amor en todos los formatos? ¿Cómo no hacer literatura de esa pista de baile donde cada cuerpo es una bandera y cada copa un brindis contra el juicio? (+ La mirilla del Daniel’s)

    Esa tarde comprendí que escribir no siempre nace del dolor: a veces nace del deseo. Del asombro. Del cruce de miradas con alguien como Didi Maquiaveli, que sin saberlo le dio cuerpo a un personaje que ya me estaba esperando.

    Hoy, Candice ya está publicada, y cada vez que alguien me pregunta por Gigi, sonrío. Porque sé de dónde viene. Sé a quién le debo ese gesto. Ese sabor. Ese latido.

    Así que, si un día entras al Candy Darling (que deberías…) y ves a Didi tras la barra, sobria o con modelito farandulero, bríndale un gesto, una sonrisa.
    Porque sin ella, Candice no sería la misma novela. Y Gigi… no existiría.

  • Nos reímos, a veces con cierto aire de superioridad, de las costumbres de otras culturas. Las mujeres jirafa con sus collares que alargan el cuello. Los cuernos en los genitales como prueba de virilidad. Las escarificaciones rituales, los tatuajes tribales, las danzas de iniciación. Y sin embargo, basta con mirarnos al espejo, o pasear por cualquier ciudad occidental, para comprobar que también nosotras tenemos nuestras propias “cosas de la tribu”.

    Nuestra tribu no lleva collares de metal que alargan el cuello, pero sí prótesis de silicona para aumentar el pecho o los glúteos. No perforamos los labios para meter discos, pero nos reducimos quirúrgicamente la nariz porque “desentona” con el ideal dominante. No cubrimos el cuerpo con cenizas ni pigmentos, pero usamos cremas, bótox, ácido hialurónico y estiramientos que transforman el rostro hasta volverlo casi irreconocible. No hacemos danzas de iniciación, pero nos dejamos arrastrar por coreografías de redes sociales que cumplen una función similar: reforzar la pertenencia a la tribu contemporánea, la del like y el filtro. (+ La esclavitud de la perfección)

    Estas prácticas, lejos de ser individuales o meramente estéticas, están profundamente atravesadas por la construcción del género. En nuestra tribu, las mujeres aprenden pronto que su cuerpo es una carta de presentación, un territorio que debe ser domesticado, corregido, moldeado según los dictados de la mirada masculina (o, mejor dicho, de la mirada patriarcal que habita en todxs, incluso en nosotras mismas). La feminidad —en esta tribu— no es natural: es una coreografía aprendida. De ahí que tantas niñas, adolescentes y mujeres adultas crean que ser “más mujer” pasa por quitarse kilos, arrugas, pelos o pliegues.

    Pero no son solo las mujeres: también los hombres tienen sus ritos de paso. Esos músculos de gimnasio, esas mandíbulas cinceladas por la testosterona o la cirugía, esos relojes, coches y actitudes hipermasculinizadas, no son tan distintos —en su lógica tribal— de los adornos fálicos o los bailes guerreros de otras culturas. En el fondo, todo es símbolo. Todo es lenguaje. Todo es rito.

    Y es aquí donde vale la pena detenerse: lo que nos parece raro, ajeno, primitivo en otras culturas, no lo es más que nuestras propias prácticas. Cambian los objetos, las formas, los significados, pero no la lógica. La lógica de pertenecer. De no quedar fuera. De adaptarse para ser reconocida, respetada, deseada o temida. Porque, al fin y al cabo, seguimos siendo animales sociales: necesitamos que la tribu nos reconozca como parte de ella.

    Entonces, ¿dónde está la línea entre libertad y presión? ¿Hasta qué punto elegimos libremente nuestra manicura, ponernos bótox o costearnos una rinoplastia? ¿Y qué pasa cuando alguien —una persona trans, por ejemplo— utiliza esos mismos recursos para expresar su identidad de género? ¿Por qué entonces nos atrevemos a juzgar o patologizar?

    Tal vez haya que empezar a mirar todas estas prácticas con otra lente: no desde la jerarquía cultural, sino desde la comprensión profunda de que todo es relativo en lo relativo a la tribu. Y que nuestras “libres elecciones” casi siempre están condicionadas por una coreografía colectiva que no hemos elegido del todo. Y que seguimos bailando.