Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • La mañana llegó con un cielo azul intenso y un aire que olía a promesa. Las cuatro siguieron el camino de baldosas, ahora más pulido y brillante, como si alguien lo hubiera limpiado durante la noche. A lo lejos, comenzaron a divisar una cúpula dorada que resplandecía bajo el sol.

    —Parece una ciudad —dijo la Mujer de la Armadura.

    —O un espejismo —añadió el León, entrecerrando los ojos.

    Cuando llegaron a la entrada, una gran puerta verde esmeralda se abrió sola. Al traspasarla, se encontraron en calles perfectas, llenas de rostros sonrientes, edificios centelleantes y música suave. Pero algo no encajaba.

    —Todo es demasiado… perfecto —murmuró Dorothy.

    Las personas les miraban con cortesía, pero sin verdadera atención. Nadie hacía preguntas. Nadie mostraba sorpresa. Era como si ya supieran quiénes eran. Como si fingieran no ver.

    En una plaza, un grupo de habitantes les ofreció té y dulces. Hablaron con frases suaves, cargadas de lugares comunes.

    —Aquí todos somos aceptados —decían con sonrisas impecables—. Aquí no hay diferencias.

    —¿Y entonces por qué no me nombran como soy? —preguntó el Espantapájaros.

    El silencio fue inmediato. Las sonrisas se congelaron. Una mujer se acercó con voz baja:

    —No queremos conflictos. Aquí todo fluye si no se nombran las cosas.

    Dorothy se levantó.

    —Pero nosotras somos cosas que necesitan ser nombradas. Silenciarnos no es paz. Es borrado.

    El León gruñó suavemente. La Mujer de la Armadura se quitó un guante, dejando ver su mano temblorosa, y sostuvo la de Dorothy.

    Una figura salió del edificio central. Era una mujer vestida de blanco, sin rostro visible bajo su velo. (+ Brujas: el fuego que no apagaron)

    —No queremos problemas —dijo con tono amable—. Podéis quedaros si aprendéis a disolveros.

    —No —dijo Dorothy, firme—. Hemos venido a ser, no a desvanecernos.

    La figura se deshizo como arena.

    La ciudad tembló. Las calles comenzaron a resquebrajarse. No por rabia, sino por liberación. Los edificios brillantes mostraron fisuras, debilidades, y tras ellas, aparecieron otras personas: no tan pulidas, no tan sonrientes, pero vivas, reales.

    Una joven de pelo índigo se acercó al grupo. —Gracias por hablar. Aquí también vivíamos atrapadas en la perfección. Ahora, al menos, podemos respirar.

    Dorothy asintió. Sabía que aún faltaba camino, pero cada paso era una grieta más en los muros del fingimiento. Pronto, la cúpula se volvió transparente y se abrió un nuevo sendero. No brillaba como el anterior, pero olía a tierra mojada y a verdad.

    —¿Seguimos? —preguntó la Mujer de la Armadura.

    Dorothy sonrió. —¡Siempre!

    Mientras caminaban por el nuevo sendero, el Espantapájaros recogía piedrecitas que brillaban débilmente al sol. El León tarareaba una melodía que no sabía que conocía. Y la Mujer de la Armadura, sin darse cuenta, había empezado a silbar.

    Dorothy miró el horizonte. Algo se perfilaba a lo lejos, como una estructura enorme rodeada de banderas. Pero aún era pronto para saber qué era. Lo importante era que, por primera vez, no necesitaban saberlo todo para avanzar.

    Porque cada paso era ya una victoria. Y el destino, fuera cual fuera, empezaba a oler a casa.

  • El camino de baldosas se fue haciendo más estrecho a medida que las sombras crecían entre los árboles. El aire, antes dulce, ahora olía a incertidumbre. Dorothy iba en cabeza, sus pasos firmes aunque el corazón le latía con fuerza. El Espantapájaros, con movimientos torpes pero llenos de determinación, la seguía. Detrás, la Mujer de la Armadura Oxidada caminaba en silencio, mientras el León se detenía cada pocos metros, vigilando los arbustos con nerviosismo. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —¿Por qué todo se siente más denso aquí? —preguntó Dorothy, apartando unas ramas.

    —Porque es el Bosque del Miedo —dijo une criatura diminuta, desde una rama—. Aquí los árboles murmuran lo que más teméis. Muchos no logran salir.

    —Nosotras sí —respondió ella con una seguridad un tanto impostada.

    Las voces comenzaron. Susurros suaves que se colaban entre las hojas:

    “Tu identidad es una fase.”

    “Nunca serás querida.”

    “Nadie entenderá quién eres.”

    Dorothy apretó los puños. El Espantapájaros bajó la cabeza. La Mujer de la Armadura sintió palpitaciones en su pecho oxidado. El León quiso huir, pero Dorothy le tomó la garra.

    —Ya basta. ¡No son verdades! Son miedos. Y no vamos a dejar que nos detengan.

    El Espantapájaros levantó la mirada. —Tengo miedo de que nunca me nombren bien. De que nadie sepa cómo tratarme. Pero también tengo el derecho a existir.

    El León dio un paso adelante.

    —Tengo miedo de decepcionar a mi familia. Pero ya no quiero esconderme más.

    La Mujer de la Armadura habló al fin. —Yo tengo miedo de ser feliz. Porque nunca he sabido cómo se siente. Pero quiero aprender.

    Los árboles comenzaron a silenciarse. Uno a uno, los susurros cesaron. Y en su lugar, el bosque se iluminó con pequeñas luciérnagas. El aire volvió a ser ligero y el camino se ensanchó.

    Más adelante, se encontraron con una criatura en forma de armadillo gigante cubierta de espejos. Bloqueaba el paso.

    —Para continuar, deben mirarse —dijo con su voz profunda y pausada.

    Cada una se acercó. Dorothy vio su reflejo: una niña segura, luminosa, real. La Mujer de la Armadura se descubrió a sí misma sin el metal, solo piel y una sonrisa tímida. El León se reconoció como un ser hermoso en su vulnerabilidad. El Espantapájaros vio por fin un cuerpo sin etiquetas, libre.

    —Ya pueden pasar —dijo la criatura, y desapareció.

    Al salir del bosque, algo había cambiado. No sólo en el entorno, sino en ellas mismas. El miedo seguía ahí, pero ya no era un muro: era solo una sombra más, bajo la luz firme que llevaban dentro.

    Cerca de un arroyo brillante, se detuvieron a descansar. El León, con la cabeza apoyada en el regazo de la Mujer de la Armadura, respiraba tranquilo. Dorothy se quitó los zapatos por primera vez desde su llegada y metió los pies en el agua fresca. El Espantapájaros, sentade sobre una roca, tejía con hierbas un collar para cada una.

    —¿Creéis que hay más como nosotras en este mundo? —preguntó Dorothy.

    —Claro que sí —respondió la Mujer de la Armadura—. Solo que muchas aún viven escondidas en sus propios bosques del miedo.

    —Entonces tenemos que seguir —dijo el León—. Para encontrarlas. Para decirles que pueden salir.

    Esa noche, acamparon bajo un cielo de estrellas tan brillantes que parecía imposible sentir miedo. Cantaron bajito. Compartieron historias que no se habían atrevido a contar antes. Cada palabra dicha, cada mirada sostenida, tejía una red de confianza. Ya no eran solo compañeras de viaje. Eran una pequeña familia nacida del reconocimiento mutuo.

    Cuando el sol volvió a aparecer, se pusieron de pie. El camino seguía. Y aunque aún no sabían adónde las llevaría, ahora sabían con certeza que estaban donde debían estar: juntas, y más fuertes que nunca.

  • Dorothy vivía en un pueblo polvoriento donde las ventanas siempre estaban cerradas y las preguntas eran un lujo que nadie se permitía. Desde pequeña sabía que su corazón latía con un ritmo distinto al que le habían asignado. Su nombre de nacimiento era otro, pero ella había elegido llamarse Dorothy, en honor a su abuela Dorotea a la que tanto amaba, como un acto de resistencia. El mundo que la rodeaba no entendía su decisión, pero ella ya no quería pedir permiso para existir. (+ Blancanieves 3.0)

    Un día, mientras observaba el cielo cargado de nubes, un tornado inesperado arrasó con todo. En lugar de miedo, sintió alivio. Como si el viento la estuviera arrancando de una tierra que ya no la quería. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba en un paisaje completamente nuevo: bosques con árboles que hablaban entre ellos en susurros, caminos de baldosas multicolores, y una atmósfera donde el aire parecía contener secretos y aventuras por descubrir.

    Allí conoció al Espantapájaros, un peculiar ser de paja con un sombrero inclinado y ojos que brillaban con inteligencia, pero que se sentía desorientado. «No sé quién soy. No me identifico con nadie, ni con esto ni con aquello. Me llaman ‘raro’, ‘confuso’, pero yo solo… soy».

    Dorothy sonrió. «Eso es más que suficiente para empezar». Juntas, emprendieron el camino de baldosas hacia el corazón del país, guiadas por una intuición que ninguna sabía explicar.

    En un claro del bosque, encontraron a una mujer cubierta de óxido, inmóvil. La aceitó Dorothy con cuidado. «Gracias», dijo con voz rasposa. «Estoy oxidada por dentro. Me casé, tuve hijos, y siempre me sentí vacía. Creí que el problema era mío, pero ahora… me doy cuenta de que nunca amé de verdad».

    Dorothy la miró con ternura. «Quizá solo te hace falta recordar quién eres, no quien te dijeron que debías ser». La mujer de la armadura oxidada se unió a ellas.

    El último compañero apareció cerca de un lago. Era un león de melena hermosa y ojos huidizos. «Todos piensan que soy valiente, pero no puedo ni decir en voz alta a quién amo. Vivo escondido, rugiendo solo por dentro».

    «Entonces vamos juntas», dijo Dorothy, tomándole la zarpa. «Quizá no haga falta rugir para ser valiente. Quizá baste con caminar».

    Durante su trayecto, se enfrentaron a desafíos insólitos: un precioso jardín encantado donde solo florecían las emociones sinceras, un bosque donde cada mentira los hacía retroceder, y una ciudad de cristal que los reflejaba como realmente eran, sin disfraces.

    Allí, Dorothy se vio a sí misma tal como quería ser vista: una niña completa, con la fuerza de quien ha sobrevivido al desarraigo. El Espantapájaros lloró al verse sin género definido, fluido, por primera vez en paz. La mujer de la armadura dejó caer una lágrima que oxidó aún más su pecho, pero que al tocar el suelo, germinó una delicada flor. El león, al verse tal cual era, susurró: «Sí, también yo merezco ser amado».

    Y así, las cuatro siguieron avanzando. No sabían aún hacia dónde se dirigían con exactitud, pero cada paso se sentía más liviano, más verdadero. Como si lo que buscaban no fuera un lugar, sino un momento. Un instante en el que todo cobrara sentido. El horizonte se extendía ante ellas como una promesa aún por descubrir.

  • La ciencia ficción ha sido, desde sus orígenes, una herramienta poderosa para imaginar futuros posibles, romper con lo establecido y cuestionar las estructuras que nos oprimen. Sin embargo, durante mucho tiempo ha estado dominada por miradas masculinas y heteronormativas. Por eso, contar con escritoras lesbianas dentro de este género no solo es necesario, sino profundamente transformador.

    Como escritora lesbiana, creo que nuestra presencia en la literatura especulativa es vital. No solo para que podamos vernos reflejadas en esos futuros, sino también para reescribir las preguntas fundamentales que el género plantea: ¿cómo queremos vivir?, ¿qué mundo deseamos construir?, ¿qué ocurre si eliminamos ciertas opresiones del tablero?

    Cuando escribí Clamworld, mi objetivo no era crear una utopía perfecta, sino explorar qué pasaría si las mujeres vivieran en un mundo sin hombres. Quería imaginar una sociedad donde el deseo entre mujeres no fuera un margen, sino el centro. Un mundo donde las alianzas, los conflictos, las pasiones y los miedos se articulasen desde nuestras voces, sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Entrevista a Úrsula J.Gilgati)

    Clamworld no busca excluir, sino visibilizar. Nos han acostumbrado a que los universos de ficción —especialmente los futuristas— estén regidos por las mismas jerarquías que ya sufrimos en la vida real. Pero ¿y si pudiéramos escribir otra cosa? ¿Y si la ciencia ficción lésbica no solo fuera un género literario, sino también un gesto político?

    Porque leer a escritoras lesbianas en ciencia ficción no es solo una cuestión de representación; es una forma de ampliar el imaginario colectivo. Cuando nuestras historias son narradas por nosotras, desde nuestras propias experiencias, se abren posibilidades nuevas. Se produce una reparación simbólica. Se construye un futuro más libre, más honesto, más humano.

    Sigo creyendo que imaginar es un acto radical. Y que cada historia que nace desde el deseo entre mujeres es una forma de resistencia. Por eso necesitamos más ciencia ficción escrita por autoras lesbianas. Porque sin nosotras, el futuro está incompleto.

  • Imagina que entras en un gran centro comercial. Tienes decenas de tiendas entre las que elegir: ropas ecológicas, moda urbana, productos tradicionales, propuestas rompedoras. Aparentemente, una gran diversidad. Sin embargo, al mirar con lupa, descubres algo perturbador: todas las tiendas pertenecen al mismo grupo empresarial. Da igual si compras en la tienda progresista o en la más conservadora, el dinero acaba en el mismo bolsillo. (+ Apoyar o excluir: la decisión cultural que haces sin darte cuenta)

    Así funciona, para muchas personas, el sistema democrático contemporáneo. Nos venden la idea de la pluralidad política, nos animan a “elegir”, a “participar”, a “confiar en las urnas”. Pero en el fondo, gane quien gane, los beneficiarios últimos son siempre los mismos: la clase política profesional, sus privilegios, su centro comercial de butacas acolchadas, dietas generosas y puertas giratorias.

    Cuando llega el momento de votar, nos tratan como a clientes indecisos: lanzan campañas de marketing, mensajes emocionales, descuentos en forma de promesas que nunca llegan al ticket final. Pero lo que realmente les interesa no es tanto a quién votes, sino que compres algo, que consumas “democracia” y valides el sistema. Porque cada voto emitido es un pase VIP para que ese centro comercial siga operando con normalidad.

    ¿Y si tu partido no gana? Poco importa. Las tiendas compiten, sí, pero entre bastidores comparten trastienda. Comparten sueldos blindados, pensiones vitalicias, la seguridad de que, gobierne quien gobierne, ellos seguirán con calefacción central y coche oficial. Como en cualquier franquicia, hay marcas más visibles y otras más discretas, pero todas bajo el mismo techo: Políticos, S.A.

    Esto no significa que votar no tenga sentido o que todos sean iguales, pero sí invita a reflexionar sobre un sistema donde la ciudadanía juega el rol de consumidora más que de protagonista. Un sistema donde la verdadera transformación no se encuentra en las urnas, sino en la participación activa, en la calle, en las decisiones del día a día que no pasan por una papeleta.

    Así que, la próxima vez que entres en el centro comercial de las elecciones, pregúntate: ¿Dónde va a ir a parar, al final, el importe de tu compra en esa tienda que tanto te gusta?

  • Cada vez que encontramos una camiseta a 3,99 €, nos creemos afortunadas. Un chollo, pensamos. Un capricho sin culpa. Pero pocas veces nos preguntamos cómo es posible que una prenda cueste menos que un café. ¿Qué se esconde detrás de esos precios tan bajos? La respuesta es incómoda: explotación laboral, contaminación y un sistema que beneficia a unos pocos a costa del sufrimiento de muchos. (+ Explorar el espacio… sin conocer el mar?)

    La industria de la moda rápida —la llamada fast fashion— ha convertido la ropa en un producto desechable. Se fabrican millones de prendas cada día en países como Bangladesh, India, Camboya o Etiopía, donde las condiciones laborales rozan la esclavitud moderna. Jornadas de más de 12 horas, salarios de miseria, fábricas inseguras y sin derechos básicos. Todo eso para que en el otro lado del mundo podamos llenar nuestros armarios sin vaciar nuestras carteras.

    Y no solo es una cuestión social. El impacto ambiental es devastador. La industria textil es la segunda más contaminante del planeta. La producción masiva de ropa genera toneladas de residuos, utiliza sustancias químicas altamente tóxicas y consume miles de litros de agua por prenda. Muchas de esas prendas acabarán en vertederos en menos de un año. De hecho, se estima que el 85 % de la ropa que compramos se desecha antes de los 12 meses.

    ¿Y por qué seguimos comprando así? Porque el sistema nos empuja. Cambios constantes de temporada, colecciones semanales, presión social y precios engañosamente bajos. Pero lo barato, en realidad, lo paga otra persona, en otro lugar del mundo, con su salud, su dignidad y su futuro.

    Comprar con cabeza no significa no comprar nunca, sino hacerlo con conciencia. Elegir menos prendas, de más calidad. Apostar por marcas éticas, de producción local o reciclada. Reutilizar, intercambiar, reparar. Porque cada compra es un voto, y con él decidimos qué mundo alimentamos.

    No se trata de vivir con culpa, sino con criterio. De entender que cada camiseta tiene una historia, y que depende de nosotras decidir si esa historia está escrita con explotación o con respeto. Lo barato, cuando lo miras de cerca, casi nunca es un buen trato. Y desde luego, nunca lo es para quien la cose en silencio, al otro lado del planeta.

  • Como los Reyes Magos, el bullying también tiene su gran revelación: el bullying son los padres. Puede parecer una frase excesiva, incluso cruel, pero basta observar con atención para ver que los insultos, el desprecio, la exclusión y la burla que ejercen algunos niños sobre otros son un reflejo directo del mundo adulto que los rodea. Los niños aprenden lo que viven. Absorben como esponjas las tensiones, los prejuicios, las violencias sutiles —y no tan sutiles— que observan en casa, en la televisión, en la calle, en la manera en que los adultos se relacionan entre sí y con ellos. (+ Educar para incluir: un camino hacia el respeto real)

    Un niño no nace sabiendo discriminar. No aparece en el patio con un manual bajo el brazo que diga “cómo detectar y humillar al diferente”. Lo aprende. A veces lo ve en su padre cuando se burla de una mujer con sobrepeso. O en su madre cuando desprecia a un vecino por su forma de vestir. O en esa maestra que ignora sistemáticamente a la niña trans. Lo escucha cuando alguien dice que “los maricones siempre buscan llamar la atención” o que “las raritas siempre están solas porque se lo buscan”. Y entonces el niño lo repite. Lo adapta a su mundo, pero la semilla no es suya. Se la dieron.

    Por eso, señalar al niño como único responsable del bullying es como culpar al cartero por las cartas que reparte. El niño que agrede también necesita ayuda, porque está expresando, de forma violenta, algo que ha sido legitimado o tolerado por su entorno.

    En esta ecuación, el papel del profesorado es crucial. No basta con ser testigos. El profesorado tiene el poder —y la obligación— de intervenir, educar, corregir y proteger. Cuando un docente mira hacia otro lado, minimiza la violencia o espera que “se arreglen entre ellos”, se convierte en cómplice silencioso de una cultura de agresión.

    Decir que el bullying son los padres no es quitar responsabilidad a los niños, sino poner el foco donde empieza el problema. Porque si queremos erradicar el acoso, no basta con enseñar a no insultar: hay que revisar el tipo de sociedad que estamos construyendo desde el ejemplo cotidiano.

    El día en que los adultos dejen de sembrar odio, los patios se llenarán de juegos, no de heridas.

  • En un mundo que presume de avances sociales, la realidad cotidiana para muchas personas LGTBIQ+ sigue siendo dolorosamente hostil. Discriminaciones sutiles, agresiones verbales o físicas, acoso escolar, laboral o institucional… son parte del día a día de quienes no encajan en la norma heterocispatriarcal. En este contexto, la existencia de organismos como el Observatorio contra la LGTBIfobia no solo es importante: es imprescindible. (+ El origen de la LGTBIfobia es una construcción cultural)

    El Observatorio actúa como termómetro social y como altavoz. Recoge denuncias, da acompañamiento a las víctimas, visibiliza casos de violencia que muchas veces quedarían silenciados y, sobre todo, genera datos y análisis que permiten entender cómo se reproduce la LGTBIfobia en diferentes ámbitos: educación, sanidad, medios de comunicación, espacios públicos, etc. Esa labor estadística y cualitativa permite hacer presión política y diseñar políticas públicas más eficaces. (+ Si eres victima de LGTBIfobia, denuncia aquí)

    Además, el Observatorio tiene una dimensión pedagógica clave. Forma a profesionales, genera campañas de sensibilización y contribuye a desactivar mitos y prejuicios profundamente arraigados. En sociedades donde el discurso de odio gana terreno —muchas veces disfrazado de “libertad de expresión”—, estos espacios se convierten en defensores activos de los derechos humanos.

    Quienes niegan la necesidad de un Observatorio así, a menudo lo hacen desde el privilegio. Porque nunca les han gritado “maricón” en la calle, ni les han negado el alquiler por ser una pareja de mujeres, ni han tenido que escuchar burlas por su identidad de género. Para quienes sí han vivido esas realidades, saber que hay una entidad que los escucha, los cree y los acompaña, marca una diferencia inmensa. (+ Salud mental y colectivo LGTBIQ+)

    No se trata de victimizar a nadie. Se trata de garantizar que todas las personas puedan vivir con dignidad, sin miedo y con igualdad de oportunidades. El Observatorio contra la LGTBIfobia no solo denuncia el odio: construye comunidad, memoria y futuro.

    Mientras haya quien sufra por amar o ser quien es, esta labor será necesaria. Porque callar ante la LGTBIfobia es permitir que continúe. Y porque el silencio, como ya sabemos, nunca fue una opción.

  • El ser humano mira a las estrellas con una mezcla de asombro y ambición. Soñamos con colonizar Marte, enviar sondas más allá del sistema solar o detectar vida en exoplanetas a años luz. Sin embargo, hay un territorio igual de misterioso y mucho más cercano que sigue, en gran parte, inexplorado: el océano. (+ El Tarot: entre el símbolo y el engaño)

    A pesar de cubrir más del 70 % de la superficie terrestre, sabemos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo marino. De hecho, menos del 25 % del lecho oceánico ha sido cartografiado con precisión, y se estima que hasta dos tercios de las especies marinas aún no han sido descubiertas. En el fondo del mar, existen montañas más altas que el Everest y cañones más profundos que el Gran Cañón, completamente ocultos a la mirada humana. ¿Cómo es posible que busquemos vida en otros planetas cuando todavía ignoramos buena parte de la biodiversidad que habita bajo nuestras propias aguas?

    El océano no es solo una extensión de agua: es un ecosistema inmenso y complejo, con regiones tan inhóspitas como el espacio exterior. A profundidades abisales, la presión es más de mil veces la de la superficie, la luz desaparece por completo y la vida se adapta de formas extraordinarias. Algunas criaturas marinas producen su propia luz mediante bioluminiscencia, sobreviven con cantidades mínimas de oxígeno o viven cerca de fuentes hidrotermales ricas en minerales tóxicos para la mayoría de los seres vivos. Son adaptaciones tan insólitas que podrían ayudarnos a entender cómo sería la vida en otros mundos. Paradójicamente, el mar podría ser nuestro mejor entrenamiento para el espacio.

    Entonces, ¿por qué invertimos tanto más en explorar el cosmos? Parte de la respuesta está en el mito del progreso: mirar hacia fuera parece más ambicioso, más épico. Además, el océano está asociado al caos, lo imprevisible y lo salvaje. Pero ignorarlo tiene consecuencias: los océanos regulan el clima, producen más de la mitad del oxígeno que respiramos y absorben enormes cantidades de dióxido de carbono. Nuestro desconocimiento no es solo una curiosidad científica, sino un riesgo ambiental. (+ Consumismo y ecología: una contradicción estructural)

    Explorar el espacio es apasionante y necesario, pero hacerlo sin terminar de comprender nuestro propio planeta es, como mínimo, contradictorio. El mar es otro planeta dentro de este. Uno que aún no conocemos.

  • Hay palabras que hieren más que un puñetazo. Palabras con filo, con trayectoria y con un destino claro: tu autoestima. Entre ellas, el “usted” se alza como francotirador discreto, camuflado en una falsa cortesía, listo para disparar justo cuando te sentías más joven, fresca y lozana.

    No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que el “usted” tenía algo de nobleza. Se usaba para marcar distancias respetuosas, para tratar con deferencia a quien tenía poder, sabiduría o años acumulados. Era una especie de bastón verbal, una genuflexión fonética. Pero los tiempos han cambiado, y con ellos, el valor simbólico del “usted”. Lo que antes era reverencia, hoy puede ser un juicio sumario. Y lo peor: uno silencioso, disfrazado de buenas maneras.

    Imagínatelo: entras en una tienda, tan tranquila, convencida de que ese suéter crop top te favorece horrores. Te miras en el espejo con luz favorable, y justo cuando estás a punto de pagar, la dependienta —menor de 25, no más— suelta un “¿Va a querer bolsa, señora?” seguido de un “Aquí tiene su recibo, usted puede cambiarlo en quince días”. Ametrallada. En menos de dos frases, te han añadido una década y medio litro de colágeno perdido.

    Peor aún es cuando la traición ocurre en plena conversación. Has intercambiado unas palabras distendidas con alguien que te hablaba de tú. Todo fluye, parece una interacción horizontal, una zona segura, hasta que de pronto, sin aviso, llega el “usted”. Como si hubiera necesitado un poco más de tiempo para calibrarte, para decidir si podías pertenecer al club de las jóvenes. Y cuando dictamina que no, zas: cambia el registro con violencia quirúrgica. Eso no es un cambio de tratamiento, es un veredicto. Un exilio lingüístico.

    Porque el “usted”, cuando no es necesario, no es educación: es sentencia. Es como si alguien te hiciera zoom en las patas de gallo mientras te ofrece una galleta digestiva. Es un gesto agresivo envuelto en celofán de urbanidad.

    El “usted” como arma no lo dispara cualquiera. Se necesita cierta malicia soterrada, una puntería entrenada. Es el saludo de quienes disfrutan ubicándote en el lugar que ellos creen que ocupas. Hay algo sádico en quienes lo lanzan con voz suave y sonrisa de catálogo: no buscan respetarte, sino recordarte que el reloj corre, que hay cosas que ya no son “para ti”, que tu momento fue ayer. (+ Cuando la mayor es ella: ¿por qué escandaliza tanto?

    Y ojo, no se trata de abolir el “usted” como forma de cortesía real. Hay contextos en los que sigue teniendo sentido: en cartas formales, en entornos laborales jerárquicos, con personas que explícitamente lo prefieren. Pero en la vida cotidiana, en el trato horizontal, muchas veces es una bomba de relojería social. No se dice “usted” para agradar: se dice para marcar distancia, para etiquetar, y, sobre todo, para subrayar una edad —o una percepción de ella— que a menudo ni siquiera corresponde con la realidad.

    En una sociedad que valora la horizontalidad, la cercanía y la naturalidad, el “usted” puede convertirse en un fósil agresivo. Una forma de dejar claro que alguien ya no está en la flor de la vida, sino más cerca del compost.

    Así que la próxima vez que oigas un “usted” que no pediste, que no te representa, que llega cargado de condescendencia o envejecimiento anticipado, no te encorves, no sonrías por educación. Mide el terreno, levanta la mirada y estate lista para contraatacar, porque en esta guerra semántica, la cortesía mal entendida también hiere. Y a veces, la mejor forma de defensa es recordar que tú decides desde cuándo y hasta cuándo te llamas “señora”.