Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • La ciencia ficción ha sido, desde sus orígenes, una herramienta poderosa para imaginar futuros posibles, romper con lo establecido y cuestionar las estructuras que nos oprimen. Sin embargo, durante mucho tiempo ha estado dominada por miradas masculinas y heteronormativas. Por eso, contar con escritoras lesbianas dentro de este género no solo es necesario, sino profundamente transformador.

    Como escritora lesbiana, creo que nuestra presencia en la literatura especulativa es vital. No solo para que podamos vernos reflejadas en esos futuros, sino también para reescribir las preguntas fundamentales que el género plantea: ¿cómo queremos vivir?, ¿qué mundo deseamos construir?, ¿qué ocurre si eliminamos ciertas opresiones del tablero?

    Cuando escribí Clamworld, mi objetivo no era crear una utopía perfecta, sino explorar qué pasaría si las mujeres vivieran en un mundo sin hombres. Quería imaginar una sociedad donde el deseo entre mujeres no fuera un margen, sino el centro. Un mundo donde las alianzas, los conflictos, las pasiones y los miedos se articulasen desde nuestras voces, sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Entrevista a Úrsula J.Gilgati)

    Clamworld no busca excluir, sino visibilizar. Nos han acostumbrado a que los universos de ficción —especialmente los futuristas— estén regidos por las mismas jerarquías que ya sufrimos en la vida real. Pero ¿y si pudiéramos escribir otra cosa? ¿Y si la ciencia ficción lésbica no solo fuera un género literario, sino también un gesto político?

    Porque leer a escritoras lesbianas en ciencia ficción no es solo una cuestión de representación; es una forma de ampliar el imaginario colectivo. Cuando nuestras historias son narradas por nosotras, desde nuestras propias experiencias, se abren posibilidades nuevas. Se produce una reparación simbólica. Se construye un futuro más libre, más honesto, más humano.

    Sigo creyendo que imaginar es un acto radical. Y que cada historia que nace desde el deseo entre mujeres es una forma de resistencia. Por eso necesitamos más ciencia ficción escrita por autoras lesbianas. Porque sin nosotras, el futuro está incompleto.

  • Imagina que entras en un gran centro comercial. Tienes decenas de tiendas entre las que elegir: ropas ecológicas, moda urbana, productos tradicionales, propuestas rompedoras. Aparentemente, una gran diversidad. Sin embargo, al mirar con lupa, descubres algo perturbador: todas las tiendas pertenecen al mismo grupo empresarial. Da igual si compras en la tienda progresista o en la más conservadora, el dinero acaba en el mismo bolsillo. (+ Apoyar o excluir: la decisión cultural que haces sin darte cuenta)

    Así funciona, para muchas personas, el sistema democrático contemporáneo. Nos venden la idea de la pluralidad política, nos animan a “elegir”, a “participar”, a “confiar en las urnas”. Pero en el fondo, gane quien gane, los beneficiarios últimos son siempre los mismos: la clase política profesional, sus privilegios, su centro comercial de butacas acolchadas, dietas generosas y puertas giratorias.

    Cuando llega el momento de votar, nos tratan como a clientes indecisos: lanzan campañas de marketing, mensajes emocionales, descuentos en forma de promesas que nunca llegan al ticket final. Pero lo que realmente les interesa no es tanto a quién votes, sino que compres algo, que consumas “democracia” y valides el sistema. Porque cada voto emitido es un pase VIP para que ese centro comercial siga operando con normalidad.

    ¿Y si tu partido no gana? Poco importa. Las tiendas compiten, sí, pero entre bastidores comparten trastienda. Comparten sueldos blindados, pensiones vitalicias, la seguridad de que, gobierne quien gobierne, ellos seguirán con calefacción central y coche oficial. Como en cualquier franquicia, hay marcas más visibles y otras más discretas, pero todas bajo el mismo techo: Políticos, S.A.

    Esto no significa que votar no tenga sentido o que todos sean iguales, pero sí invita a reflexionar sobre un sistema donde la ciudadanía juega el rol de consumidora más que de protagonista. Un sistema donde la verdadera transformación no se encuentra en las urnas, sino en la participación activa, en la calle, en las decisiones del día a día que no pasan por una papeleta.

    Así que, la próxima vez que entres en el centro comercial de las elecciones, pregúntate: ¿Dónde va a ir a parar, al final, el importe de tu compra en esa tienda que tanto te gusta?

  • Cada vez que encontramos una camiseta a 3,99 €, nos creemos afortunadas. Un chollo, pensamos. Un capricho sin culpa. Pero pocas veces nos preguntamos cómo es posible que una prenda cueste menos que un café. ¿Qué se esconde detrás de esos precios tan bajos? La respuesta es incómoda: explotación laboral, contaminación y un sistema que beneficia a unos pocos a costa del sufrimiento de muchos. (+ Explorar el espacio… sin conocer el mar?)

    La industria de la moda rápida —la llamada fast fashion— ha convertido la ropa en un producto desechable. Se fabrican millones de prendas cada día en países como Bangladesh, India, Camboya o Etiopía, donde las condiciones laborales rozan la esclavitud moderna. Jornadas de más de 12 horas, salarios de miseria, fábricas inseguras y sin derechos básicos. Todo eso para que en el otro lado del mundo podamos llenar nuestros armarios sin vaciar nuestras carteras.

    Y no solo es una cuestión social. El impacto ambiental es devastador. La industria textil es la segunda más contaminante del planeta. La producción masiva de ropa genera toneladas de residuos, utiliza sustancias químicas altamente tóxicas y consume miles de litros de agua por prenda. Muchas de esas prendas acabarán en vertederos en menos de un año. De hecho, se estima que el 85 % de la ropa que compramos se desecha antes de los 12 meses.

    ¿Y por qué seguimos comprando así? Porque el sistema nos empuja. Cambios constantes de temporada, colecciones semanales, presión social y precios engañosamente bajos. Pero lo barato, en realidad, lo paga otra persona, en otro lugar del mundo, con su salud, su dignidad y su futuro.

    Comprar con cabeza no significa no comprar nunca, sino hacerlo con conciencia. Elegir menos prendas, de más calidad. Apostar por marcas éticas, de producción local o reciclada. Reutilizar, intercambiar, reparar. Porque cada compra es un voto, y con él decidimos qué mundo alimentamos.

    No se trata de vivir con culpa, sino con criterio. De entender que cada camiseta tiene una historia, y que depende de nosotras decidir si esa historia está escrita con explotación o con respeto. Lo barato, cuando lo miras de cerca, casi nunca es un buen trato. Y desde luego, nunca lo es para quien la cose en silencio, al otro lado del planeta.

  • Como los Reyes Magos, el bullying también tiene su gran revelación: el bullying son los padres. Puede parecer una frase excesiva, incluso cruel, pero basta observar con atención para ver que los insultos, el desprecio, la exclusión y la burla que ejercen algunos niños sobre otros son un reflejo directo del mundo adulto que los rodea. Los niños aprenden lo que viven. Absorben como esponjas las tensiones, los prejuicios, las violencias sutiles —y no tan sutiles— que observan en casa, en la televisión, en la calle, en la manera en que los adultos se relacionan entre sí y con ellos. (+ Educar para incluir: un camino hacia el respeto real)

    Un niño no nace sabiendo discriminar. No aparece en el patio con un manual bajo el brazo que diga “cómo detectar y humillar al diferente”. Lo aprende. A veces lo ve en su padre cuando se burla de una mujer con sobrepeso. O en su madre cuando desprecia a un vecino por su forma de vestir. O en esa maestra que ignora sistemáticamente a la niña trans. Lo escucha cuando alguien dice que “los maricones siempre buscan llamar la atención” o que “las raritas siempre están solas porque se lo buscan”. Y entonces el niño lo repite. Lo adapta a su mundo, pero la semilla no es suya. Se la dieron.

    Por eso, señalar al niño como único responsable del bullying es como culpar al cartero por las cartas que reparte. El niño que agrede también necesita ayuda, porque está expresando, de forma violenta, algo que ha sido legitimado o tolerado por su entorno.

    En esta ecuación, el papel del profesorado es crucial. No basta con ser testigos. El profesorado tiene el poder —y la obligación— de intervenir, educar, corregir y proteger. Cuando un docente mira hacia otro lado, minimiza la violencia o espera que “se arreglen entre ellos”, se convierte en cómplice silencioso de una cultura de agresión. (+ El TOC y sus esclavizantes rituales)

    Decir que el bullying son los padres no es quitar responsabilidad a los niños, sino poner el foco donde empieza el problema. Porque si queremos erradicar el acoso, no basta con enseñar a no insultar: hay que revisar el tipo de sociedad que estamos construyendo desde el ejemplo cotidiano.

    El día en que los adultos dejen de sembrar odio, los patios se llenarán de juegos, no de heridas.

  • En un mundo que presume de avances sociales, la realidad cotidiana para muchas personas LGTBIQ+ sigue siendo dolorosamente hostil. Discriminaciones sutiles, agresiones verbales o físicas, acoso escolar, laboral o institucional… son parte del día a día de quienes no encajan en la norma heterocispatriarcal. En este contexto, la existencia de organismos como el Observatorio contra la LGTBIfobia no solo es importante: es imprescindible. (+ El origen de la LGTBIfobia es una construcción cultural)

    El Observatorio actúa como termómetro social y como altavoz. Recoge denuncias, da acompañamiento a las víctimas, visibiliza casos de violencia que muchas veces quedarían silenciados y, sobre todo, genera datos y análisis que permiten entender cómo se reproduce la LGTBIfobia en diferentes ámbitos: educación, sanidad, medios de comunicación, espacios públicos, etc. Esa labor estadística y cualitativa permite hacer presión política y diseñar políticas públicas más eficaces. (+ Si eres victima de LGTBIfobia, denuncia aquí)

    Además, el Observatorio tiene una dimensión pedagógica clave. Forma a profesionales, genera campañas de sensibilización y contribuye a desactivar mitos y prejuicios profundamente arraigados. En sociedades donde el discurso de odio gana terreno —muchas veces disfrazado de “libertad de expresión”—, estos espacios se convierten en defensores activos de los derechos humanos.

    Quienes niegan la necesidad de un Observatorio así, a menudo lo hacen desde el privilegio. Porque nunca les han gritado “maricón” en la calle, ni les han negado el alquiler por ser una pareja de mujeres, ni han tenido que escuchar burlas por su identidad de género. Para quienes sí han vivido esas realidades, saber que hay una entidad que los escucha, los cree y los acompaña, marca una diferencia inmensa. (+ Salud mental y colectivo LGTBIQ+)

    No se trata de victimizar a nadie. Se trata de garantizar que todas las personas puedan vivir con dignidad, sin miedo y con igualdad de oportunidades. El Observatorio contra la LGTBIfobia no solo denuncia el odio: construye comunidad, memoria y futuro.

    Mientras haya quien sufra por amar o ser quien es, esta labor será necesaria. Porque callar ante la LGTBIfobia es permitir que continúe. Y porque el silencio, como ya sabemos, nunca fue una opción.

  • El ser humano mira a las estrellas con una mezcla de asombro y ambición. Soñamos con colonizar Marte, enviar sondas más allá del sistema solar o detectar vida en exoplanetas a años luz. Sin embargo, hay un territorio igual de misterioso y mucho más cercano que sigue, en gran parte, inexplorado: el océano. (+ El Tarot: entre el símbolo y el engaño)

    A pesar de cubrir más del 70 % de la superficie terrestre, sabemos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo marino. De hecho, menos del 25 % del lecho oceánico ha sido cartografiado con precisión, y se estima que hasta dos tercios de las especies marinas aún no han sido descubiertas. En el fondo del mar, existen montañas más altas que el Everest y cañones más profundos que el Gran Cañón, completamente ocultos a la mirada humana. ¿Cómo es posible que busquemos vida en otros planetas cuando todavía ignoramos buena parte de la biodiversidad que habita bajo nuestras propias aguas?

    El océano no es solo una extensión de agua: es un ecosistema inmenso y complejo, con regiones tan inhóspitas como el espacio exterior. A profundidades abisales, la presión es más de mil veces la de la superficie, la luz desaparece por completo y la vida se adapta de formas extraordinarias. Algunas criaturas marinas producen su propia luz mediante bioluminiscencia, sobreviven con cantidades mínimas de oxígeno o viven cerca de fuentes hidrotermales ricas en minerales tóxicos para la mayoría de los seres vivos. Son adaptaciones tan insólitas que podrían ayudarnos a entender cómo sería la vida en otros mundos. Paradójicamente, el mar podría ser nuestro mejor entrenamiento para el espacio.

    Entonces, ¿por qué invertimos tanto más en explorar el cosmos? Parte de la respuesta está en el mito del progreso: mirar hacia fuera parece más ambicioso, más épico. Además, el océano está asociado al caos, lo imprevisible y lo salvaje. Pero ignorarlo tiene consecuencias: los océanos regulan el clima, producen más de la mitad del oxígeno que respiramos y absorben enormes cantidades de dióxido de carbono. Nuestro desconocimiento no es solo una curiosidad científica, sino un riesgo ambiental. (+ Consumismo y ecología: una contradicción estructural)

    Explorar el espacio es apasionante y necesario, pero hacerlo sin terminar de comprender nuestro propio planeta es, como mínimo, contradictorio. El mar es otro planeta dentro de este. Uno que aún no conocemos.

  • Hay palabras que hieren más que un puñetazo. Palabras con filo, con trayectoria y con un destino claro: tu autoestima. Entre ellas, el “usted” se alza como francotirador discreto, camuflado en una falsa cortesía, listo para disparar justo cuando te sentías más joven, fresca y lozana.

    No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que el “usted” tenía algo de nobleza. Se usaba para marcar distancias respetuosas, para tratar con deferencia a quien tenía poder, sabiduría o años acumulados. Era una especie de bastón verbal, una genuflexión fonética. Pero los tiempos han cambiado, y con ellos, el valor simbólico del “usted”. Lo que antes era reverencia, hoy puede ser un juicio sumario. Y lo peor: uno silencioso, disfrazado de buenas maneras.

    Imagínatelo: entras en una tienda, tan tranquila, convencida de que ese suéter crop top te favorece horrores. Te miras en el espejo con luz favorable, y justo cuando estás a punto de pagar, la dependienta —menor de 25, no más— suelta un “¿Va a querer bolsa, señora?” seguido de un “Aquí tiene su recibo, usted puede cambiarlo en quince días”. Ametrallada. En menos de dos frases, te han añadido una década y medio litro de colágeno perdido.

    Peor aún es cuando la traición ocurre en plena conversación. Has intercambiado unas palabras distendidas con alguien que te hablaba de tú. Todo fluye, parece una interacción horizontal, una zona segura, hasta que de pronto, sin aviso, llega el “usted”. Como si hubiera necesitado un poco más de tiempo para calibrarte, para decidir si podías pertenecer al club de las jóvenes. Y cuando dictamina que no, zas: cambia el registro con violencia quirúrgica. Eso no es un cambio de tratamiento, es un veredicto. Un exilio lingüístico.

    Porque el “usted”, cuando no es necesario, no es educación: es sentencia. Es como si alguien te hiciera zoom en las patas de gallo mientras te ofrece una galleta digestiva. Es un gesto agresivo envuelto en celofán de urbanidad.

    El “usted” como arma no lo dispara cualquiera. Se necesita cierta malicia soterrada, una puntería entrenada. Es el saludo de quienes disfrutan ubicándote en el lugar que ellos creen que ocupas. Hay algo sádico en quienes lo lanzan con voz suave y sonrisa de catálogo: no buscan respetarte, sino recordarte que el reloj corre, que hay cosas que ya no son “para ti”, que tu momento fue ayer. (+ Cuando la mayor es ella: ¿por qué escandaliza tanto?

    Y ojo, no se trata de abolir el “usted” como forma de cortesía real. Hay contextos en los que sigue teniendo sentido: en cartas formales, en entornos laborales jerárquicos, con personas que explícitamente lo prefieren. Pero en la vida cotidiana, en el trato horizontal, muchas veces es una bomba de relojería social. No se dice “usted” para agradar: se dice para marcar distancia, para etiquetar, y, sobre todo, para subrayar una edad —o una percepción de ella— que a menudo ni siquiera corresponde con la realidad.

    En una sociedad que valora la horizontalidad, la cercanía y la naturalidad, el “usted” puede convertirse en un fósil agresivo. Una forma de dejar claro que alguien ya no está en la flor de la vida, sino más cerca del compost.

    Así que la próxima vez que oigas un “usted” que no pediste, que no te representa, que llega cargado de condescendencia o envejecimiento anticipado, no te encorves, no sonrías por educación. Mide el terreno, levanta la mirada y estate lista para contraatacar, porque en esta guerra semántica, la cortesía mal entendida también hiere. Y a veces, la mejor forma de defensa es recordar que tú decides desde cuándo y hasta cuándo te llamas “señora”.

  • La escasez de bares lésbicos no es una casualidad ni una simple cuestión de oferta y demanda. Es el reflejo de una sociedad que aún invisibiliza el deseo femenino, especialmente el que no orbita alrededor del hombre. Mientras en muchas ciudades hay numerosos bares gais, frecuentados en su mayoría por hombres, los espacios específicamente creados por y para mujeres lesbianas son notablemente escasos. ¿Por qué? (+ ¿Para cuándo una Mamma?)

    Una de las razones principales es económica: las mujeres, en términos generales, tienen menor poder adquisitivo que los hombres. Según el informe de Eurostat (2023), la brecha salarial en la Unión Europea sigue rondando el 12,7 %. Esto implica que las mujeres disponen de menos ingresos para ocio nocturno y consumo frecuente en bares, lo cual complica la sostenibilidad de un local orientado exclusivamente a ellas.

    Además, dentro del propio colectivo LGTBIQ+, las lesbianas han sido históricamente menos visibles y menos representadas. Las redes sociales, los medios de comunicación y las narrativas dominantes han priorizado las historias de hombres gais. La masculinidad, incluso en su versión homosexual, sigue teniendo más espacio y validación que el lesbianismo, que suele reducirse al fetiche masculino o al silencio.

    También influye el modo en que muchas mujeres lesbianas socializan. No todas buscan ligar o reunirse en bares. Muchas prefieren entornos más seguros, culturales o íntimos, como asociaciones, festivales o grupos de afinidad. Esta diferencia en las dinámicas de socialización responde tanto a razones culturales como a una necesidad histórica de protegerse en contextos menos expuestos al acoso o la violencia.

    A eso se suma un problema estructural: la apertura y mantenimiento de un bar lésbico requiere una base estable de clientela. En ciudades pequeñas o medianas, el número de mujeres lesbianas abiertamente visibles puede no ser suficiente para sostener un negocio nocturno exclusivo. Incluso en grandes urbes, los pocos bares existentes a menudo deben diversificar su público para sobrevivir.

    La escasez de bares lésbicos no es una anécdota: es una muestra de la desigualdad persistente dentro y fuera del colectivo. Crear y sostener espacios lésbicos visibles es una forma de resistencia. Porque los lugares donde nos encontramos también cuentan quiénes somos, y qué historias merecen ser contadas.

  • Cuando los soldados entraron al claro, esperaban encontrar a una bruja. Lo que vieron fue otra cosa: siete mujeres en pie, firmes, armadas no con espadas, sino con convicción. Blanca estaba al frente. Ya no llevaba encajes ni trenzas perfectas. El vestido que alguna vez fue símbolo de sumisión ahora estaba cubierto de barro, madera y huellas de una vida nueva. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —Estamos buscando a la fugitiva —gruñó uno de ellos.

    —No hay fugitivas aquí —dijo Blanca con voz serena—. Sólo mujeres libres.

    Hubo tensión. Los soldados, formados en la obediencia ciega, vacilaron. Aquella escena no encajaba en sus mapas de poder. Eran ellas las que no temblaban.

    Ninguna batalla estalló. No hubo sangre. Solo una grieta, una duda. Pequeña, pero decisiva. Uno de los soldados bajó su arma. Otro lo imitó. La Reina había enviado miedo, pero no contaba con la ternura. Y la ternura, esa tarde, fue más contagiosa que el odio.

    La historia viajó rápido. Por las aldeas, por las fronteras del reino. Mujeres empezaron a preguntarse qué pasaría si no se disculparan tanto. Si dijeran no. Si se eligieran. El castillo, antes núcleo de poder, empezó a parecer anticuado, como una joya heredada que ya nadie quiere llevar.

    La Reina envejeció sin darse cuenta. No porque el Espejo dejara de decirle la verdad, sino porque un día dejó de hablar. Como si la verdad, cansada de la tiranía, hubiera abandonado sus labios.

    Blanca y Sari construyeron un nuevo refugio, más amplio. Las otras siguieron explorando, sembrando, esculpiendo. A veces regresaban para compartir historias y pan recién hecho. Nunca se habló de “final feliz”, porque no buscaban uno. Buscaban principios, caminos que no dependieran de cuentos impuestos.

    Blanca colgó en la entrada una manzana de madera. Tallada a mano, con una grieta en el centro. Un símbolo. De lo que dolió. De lo que transformó. De lo que ya no engaña.

    A veces, niñas del pueblo venían a visitarla. Le pedían que les contara su historia. Y ella lo hacía. Pero cambiaba los finales. Cambiaba los besos. Cambiaba los miedos.

    —¿Y el príncipe? —preguntaban a veces.

    —No llegó —respondía Blanca, con una sonrisa—. Y no hizo falta.

  • Durante los primeros días, Blanca apenas habló. Observaba. La cabaña era una sinfonía de independencia: cada una de las siete mujeres aportaba su arte, su fuerza y su historia para sostener aquel oasis. Cocinaban sin jerarquías, dormían donde querían y se nombraban sin etiquetas. Blanca, que había crecido en un mundo de peines dorados y silencios obligados, sintió algo parecido a la libertad por primera vez. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

    Fue Nara, la escultora, quien primero tocó la piel de Blanca con las manos manchadas de savia. Le mostró cómo tallar madera con formas nuevas, sin reglas, sin patrones. En esas tardes de astillas y resina, Blanca empezó a hablar. Sobre el castillo, sobre el Espejo, sobre el odio disfrazado de autoridad. Y sobre cómo, desde que tenía uso de razón, todos querían que gustara a un príncipe. Nunca se le ocurrió gustarse a sí misma. Hasta ahora.

    Pronto, también habló con Élia, la exsoldado. Le enseñó a afilar piedras y a leer estrategias antiguas en los mapas. Pero fue con Sari, la médica autodidacta, con quien la conexión se volvió eléctrica. Sari le hablaba del cuerpo como si fuese un templo en continua construcción. Blanca sentía cómo su lengua se secaba cuando la miraba, y cómo algo crecía en su pecho, sin nombre pero sin miedo. Por primera vez no quería ser amada: quería amar.

    Mientras tanto, en el castillo, la Reina repetía la misma pregunta frente al Espejo cada día. Y cada día, él le respondía con la verdad insoportable:
    —Blanca vive. Y es más libre que tú.

    La Reina, incapaz de tolerar la existencia de una mujer bella sin obediencia, sin marido, sin vergüenza, tejió un plan. No una manzana. No un peine envenenado. Esta vez sería algo más sutil: un rumor. Hizo correr la noticia de que una joven peligrosa se escondía en el bosque, que seducía a mujeres y envenenaba su razón. Envió a sus guardias con órdenes de “limpiar” la zona.

    Blanca lo supo antes de que llegaran. Sari la encontró en el taller de Nara. Le cogió la mano sin prisa, como si las urgencias no pudieran tocar el deseo.
    —No puedes huir otra vez.
    —No lo haré —respondió Blanca—. Esta vez no corro. Esta vez lucho.

    Las siete se prepararon. No para una guerra, sino para un nuevo principio.