Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • La escasez de bares lésbicos no es una casualidad ni una simple cuestión de oferta y demanda. Es el reflejo de una sociedad que aún invisibiliza el deseo femenino, especialmente el que no orbita alrededor del hombre. Mientras en muchas ciudades hay numerosos bares gais, frecuentados en su mayoría por hombres, los espacios específicamente creados por y para mujeres lesbianas son notablemente escasos. ¿Por qué? (+ ¿Para cuándo una Mamma?)

    Una de las razones principales es económica: las mujeres, en términos generales, tienen menor poder adquisitivo que los hombres. Según el informe de Eurostat (2023), la brecha salarial en la Unión Europea sigue rondando el 12,7 %. Esto implica que las mujeres disponen de menos ingresos para ocio nocturno y consumo frecuente en bares, lo cual complica la sostenibilidad de un local orientado exclusivamente a ellas.

    Además, dentro del propio colectivo LGTBIQ+, las lesbianas han sido históricamente menos visibles y menos representadas. Las redes sociales, los medios de comunicación y las narrativas dominantes han priorizado las historias de hombres gais. La masculinidad, incluso en su versión homosexual, sigue teniendo más espacio y validación que el lesbianismo, que suele reducirse al fetiche masculino o al silencio.

    También influye el modo en que muchas mujeres lesbianas socializan. No todas buscan ligar o reunirse en bares. Muchas prefieren entornos más seguros, culturales o íntimos, como asociaciones, festivales o grupos de afinidad. Esta diferencia en las dinámicas de socialización responde tanto a razones culturales como a una necesidad histórica de protegerse en contextos menos expuestos al acoso o la violencia.

    A eso se suma un problema estructural: la apertura y mantenimiento de un bar lésbico requiere una base estable de clientela. En ciudades pequeñas o medianas, el número de mujeres lesbianas abiertamente visibles puede no ser suficiente para sostener un negocio nocturno exclusivo. Incluso en grandes urbes, los pocos bares existentes a menudo deben diversificar su público para sobrevivir.

    La escasez de bares lésbicos no es una anécdota: es una muestra de la desigualdad persistente dentro y fuera del colectivo. Crear y sostener espacios lésbicos visibles es una forma de resistencia. Porque los lugares donde nos encontramos también cuentan quiénes somos, y qué historias merecen ser contadas.

  • Cuando los soldados entraron al claro, esperaban encontrar a una bruja. Lo que vieron fue otra cosa: siete mujeres en pie, firmes, armadas no con espadas, sino con convicción. Blanca estaba al frente. Ya no llevaba encajes ni trenzas perfectas. El vestido que alguna vez fue símbolo de sumisión ahora estaba cubierto de barro, madera y huellas de una vida nueva. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —Estamos buscando a la fugitiva —gruñó uno de ellos.

    —No hay fugitivas aquí —dijo Blanca con voz serena—. Sólo mujeres libres.

    Hubo tensión. Los soldados, formados en la obediencia ciega, vacilaron. Aquella escena no encajaba en sus mapas de poder. Eran ellas las que no temblaban.

    Ninguna batalla estalló. No hubo sangre. Solo una grieta, una duda. Pequeña, pero decisiva. Uno de los soldados bajó su arma. Otro lo imitó. La Reina había enviado miedo, pero no contaba con la ternura. Y la ternura, esa tarde, fue más contagiosa que el odio.

    La historia viajó rápido. Por las aldeas, por las fronteras del reino. Mujeres empezaron a preguntarse qué pasaría si no se disculparan tanto. Si dijeran no. Si se eligieran. El castillo, antes núcleo de poder, empezó a parecer anticuado, como una joya heredada que ya nadie quiere llevar.

    La Reina envejeció sin darse cuenta. No porque el Espejo dejara de decirle la verdad, sino porque un día dejó de hablar. Como si la verdad, cansada de la tiranía, hubiera abandonado sus labios.

    Blanca y Sari construyeron un nuevo refugio, más amplio. Las otras siguieron explorando, sembrando, esculpiendo. A veces regresaban para compartir historias y pan recién hecho. Nunca se habló de “final feliz”, porque no buscaban uno. Buscaban principios, caminos que no dependieran de cuentos impuestos.

    Blanca colgó en la entrada una manzana de madera. Tallada a mano, con una grieta en el centro. Un símbolo. De lo que dolió. De lo que transformó. De lo que ya no engaña.

    A veces, niñas del pueblo venían a visitarla. Le pedían que les contara su historia. Y ella lo hacía. Pero cambiaba los finales. Cambiaba los besos. Cambiaba los miedos.

    —¿Y el príncipe? —preguntaban a veces.

    —No llegó —respondía Blanca, con una sonrisa—. Y no hizo falta.

  • Durante los primeros días, Blanca apenas habló. Observaba. La cabaña era una sinfonía de independencia: cada una de las siete mujeres aportaba su arte, su fuerza y su historia para sostener aquel oasis. Cocinaban sin jerarquías, dormían donde querían y se nombraban sin etiquetas. Blanca, que había crecido en un mundo de peines dorados y silencios obligados, sintió algo parecido a la libertad por primera vez. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

    Fue Nara, la escultora, quien primero tocó la piel de Blanca con las manos manchadas de savia. Le mostró cómo tallar madera con formas nuevas, sin reglas, sin patrones. En esas tardes de astillas y resina, Blanca empezó a hablar. Sobre el castillo, sobre el Espejo, sobre el odio disfrazado de autoridad. Y sobre cómo, desde que tenía uso de razón, todos querían que gustara a un príncipe. Nunca se le ocurrió gustarse a sí misma. Hasta ahora.

    Pronto, también habló con Élia, la exsoldado. Le enseñó a afilar piedras y a leer estrategias antiguas en los mapas. Pero fue con Sari, la médica autodidacta, con quien la conexión se volvió eléctrica. Sari le hablaba del cuerpo como si fuese un templo en continua construcción. Blanca sentía cómo su lengua se secaba cuando la miraba, y cómo algo crecía en su pecho, sin nombre pero sin miedo. Por primera vez no quería ser amada: quería amar.

    Mientras tanto, en el castillo, la Reina repetía la misma pregunta frente al Espejo cada día. Y cada día, él le respondía con la verdad insoportable:
    —Blanca vive. Y es más libre que tú.

    La Reina, incapaz de tolerar la existencia de una mujer bella sin obediencia, sin marido, sin vergüenza, tejió un plan. No una manzana. No un peine envenenado. Esta vez sería algo más sutil: un rumor. Hizo correr la noticia de que una joven peligrosa se escondía en el bosque, que seducía a mujeres y envenenaba su razón. Envió a sus guardias con órdenes de “limpiar” la zona.

    Blanca lo supo antes de que llegaran. Sari la encontró en el taller de Nara. Le cogió la mano sin prisa, como si las urgencias no pudieran tocar el deseo.
    —No puedes huir otra vez.
    —No lo haré —respondió Blanca—. Esta vez no corro. Esta vez lucho.

    Las siete se prepararon. No para una guerra, sino para un nuevo principio.

  • Había una vez un reino donde la belleza no era virtud, sino mandato. Cada primavera, las doncellas eran llevadas frente al Gran Espejo del Palacio para ser “vistas”. Las que el Espejo alababa se convertían en damas de compañía de la Reina. Las demás… simplemente volvían a casa con la cabeza agachada y el alma encogida. (+ Orgullo de Oz)

    Blanca no encajaba. Nunca le interesaron los vestidos con corsé, ni los suspiros de los pajes, ni los torneos donde hombres brillaban mientras mujeres aplaudían. Su cuerpo era el de una adolescente inquieta y su mente, un río impetuoso. En las noches, mientras las demás soñaban con bailes y promesas, ella leía libros escondidos en la biblioteca abandonada del ala oeste del castillo. Libros de brujas, de rebeldes, de mujeres que decidieron no ser princesas.

    La Reina, obsesionada con mantener el control del trono y del espejo, supo desde el principio que Blanca sería un problema. No por su belleza, que era indiscutible, sino porque no parecía dispuesta a venderla. A sus quince años, Blanca ya desafiaba con la mirada y sonreía como si supiera un secreto.

    —Es la más bella —dijo un día el Espejo, por primera vez, aludiendo a ella.
    —¿Más que yo? —preguntó la Reina, y en sus ojos se encendió el odio.

    No era envidia. Era terror. La belleza que no obedece es peligrosa.

    La Reina ordenó a su cazadora personal que llevara a Blanca al bosque y acabara con ella. Pero la cazadora, una mujer curtida por las pérdidas y las traiciones, no pudo. Blanca, con los ojos claros y el gesto firme, le habló de otro mundo posible. Un mundo sin Reinas ni espejos.

    —Corre —le dijo la cazadora—. Y no vuelvas, a menos que tengas un plan.

    Blanca corrió. Atravesó árboles como brazos, raíces como trampas, nieblas insondables. Y no volvió la vista atrás. No huyó por temor, sino por estrategia. Sabía que para cambiar el reino tendría que abandonarlo primero.

    Al anochecer, encontró una cabaña. Pequeña, aislada, cubierta de musgo. Dentro, siete mujeres la miraban con asombro. No eran niñas ni ancianas, sino una comunidad secreta que vivía al margen del mandato. Una botánica, una mecánica, una poeta, una exsoldado, una costurera que hacía ropa sin género, una escultora de madera y una médica autodidacta.

    Blanca respiró. Por fin.

  • En el azul del mar Egeo, no muy lejos de la costa de Anatolia, reposa la isla de Lesbos, un territorio que ha sobrevivido a imperios, guerras y olvidos, pero que conserva en su memoria un legado poético que transformó el modo en que el deseo femenino fue nombrado por primera vez. Allí vivió Safo, entre los siglos VII y VI a.C., una de las poetas más célebres de la antigüedad y, sin duda, una de las voces más subversivas que ha dado la historia de la literatura. (+ Safo en Barcelona)

    Safo no fue solo poeta: fue maestra, música, sacerdotisa, y fundadora de una escuela para jóvenes mujeres. Desde allí, en Mitilene, componía versos que hablaban del amor, la ternura, los celos y el deseo hacia otras mujeres con una libertad impensable para su tiempo… y también para muchos siglos posteriores. La intensidad de su voz atravesó generaciones. Tanto, que siglos más tarde el término “lesbiana” se asociaría a las relaciones afectivas entre mujeres, en honor al lugar que ella habitó.

    Sin embargo, el camino no fue recto. Safo fue censurada, reinterpretada, adulterada. Algunos textos antiguos la retrataron enamorada de un hombre, otros sugirieron que sus poemas eran solo ejercicios retóricos. Incluso su imagen fue banalizada o patologizada en épocas más oscuras. Aun así, fragmentos de su obra sobrevivieron. De sus nueve libros, solo se han conservado parcialmente algunos poemas, rescatados en papiros, citas y cerámicas.

    La palabra «lesbiana», entonces, no nace solo de una geografía, sino de una historia de resistencia. En Lesbos germinó una sensibilidad que ha sido reprimida durante siglos: el deseo femenino que no se somete al mandato masculino. El lesbianismo, más que una orientación, se ha convertido en muchas ocasiones en una declaración política, una forma de decir: “mi placer, mi identidad y mi vida no giran en torno a los hombres”.

    Es aquí donde se enlaza Clamworld, un mundo imaginado donde los hombres han dejado de ser el centro de la historia. En esta utopía feminista, los vínculos entre mujeres son diversos, potentes y libres. La isla de Lesbos podría ser perfectamente una de las regiones de Clamworld, un lugar sagrado por su simbolismo ancestral, por haber sido el primer bastión poético del amor sáfico. Un espacio de creación, de belleza, de deseo sin culpa.

    En Clamworld, como en la Lesbos de Safo, el amor entre mujeres no es transgresión, sino raíz. La herencia de aquella isla atraviesa los siglos para alimentar imaginarios nuevos, para reescribir el mundo desde la ternura, la erótica femenina y la libertad.

    Quizás Clamworld no es otra cosa que la revancha de Lesbos. La isla que inspiró el nombre de una orientación sexual proscrita por siglos, regresa ahora como el corazón simbólico de una civilización posible: una en la que las mujeres no solo aman a otras mujeres, sino que se eligen, se celebran y se salvan mutuamente.

  • El tarot, con sus cartas misteriosas y figuras arquetípicas, tiene una historia larga que comienza en el siglo XV como un simple juego de mesa europeo llamado tarocchi. Fue a partir del siglo XVIII, con el auge del ocultismo, cuando se le empezó a atribuir un supuesto poder adivinatorio. Desde entonces, ha ganado popularidad en todo el mundo, envuelto en un aura mística que muchas personas aún confunden con una fuente fiable de conocimiento. (+ La ciencia no es la única explicación)

    Sin embargo, conviene decirlo sin rodeos: el tarot no pasa el filtro del método científico. Ningún estudio riguroso ha demostrado que pueda predecir hechos futuros o «acertar» datos personales sin información previa. Lo que suele interpretarse como una capacidad asombrosa del tarotista, responde en realidad a sesgos cognitivos y a la ambigüedad deliberada de los símbolos. El cerebro busca patrones, y cuando una carta dice «hay una figura autoritaria en tu vida», cada quien puede pensar en su jefe, su padre, una expareja o incluso en sí misma.

    Peor aún, hay quienes se aprovechan de esta ambigüedad para timar a personas vulnerables. Tarotistas que se presentan como videntes o médiums y lanzan afirmaciones absurdamente vagas como: «tienes un hijo mayor que el otro» (en una mujer con dos hijos), o «tienes molestias en la próstata» (a un hombre de 80 años). Son obviedades disfrazadas de clarividencia, respaldadas por zafios juegos de probabilidad y mucho teatro emocional. Así, se perpetúa un negocio lucrativo que explota la necesidad humana de encontrar sentido, consuelo o dirección. (+ ¿Por qué fracasan los propósitos de año nuevo?)

    Dicho esto, no todo en el tarot debe ser descartado. En manos responsables, puede ser una herramienta simbólica de reflexión. Las cartas actúan como estímulos visuales que permiten proyectar emociones, pensamientos o dilemas internos. Un buen tarotista —es decir, alguien con ética, sensibilidad y capacidad de escucha— no pretende adivinar, sino acompañar. Ayuda a ordenar pensamientos, a enfocar preguntas, a mirar con otros ojos. No dice lo que va a ocurrir: te ayuda a pensar qué podría pasar si eliges uno u otro camino.

    Así, el tarot deja de ser un supuesto oráculo para convertirse en un espejo. Uno que no refleja el futuro, sino lo que ya está en ti, esperando ser visto.

    El tarot no es ciencia ni milagro, pero puede ser diálogo. Lo importante es saber con quién hablas.

  • En el inmenso universo de la cosmética, los pasillos están repletos de promesas: cremas que “retensan”, “elevan”, “eliminan arrugas” y, por ende, «rejuvenecen». La industria del cuidado de la piel mueve más de 500 mil millones de dólares al año a nivel mundial, pero cuando se pasa la capa de marketing y se observa la evidencia científica, el resultado es bastante menos glamuroso: la mayoría de estos productos no hacen mucho más que hidratar y, en algunos casos, proteger del sol. (+ Sara Montiel: la diva que inventó el filtro antes que instagram)

    La hidratación no es poca cosa: una piel bien hidratada se ve más tersa y luminosa. Pero eso no significa que se haya revertido el envejecimiento. Muchos de los ingredientes estrella en los envases (como colágeno, elastina o péptidos milagrosos) no tienen capacidad real de penetrar en capas profundas de la piel. En otras palabras: actúan solo en la superficie, como lo haría cualquier crema básica.

    Las únicas excepciones con respaldo científico sólido son algunos activos como el retinol (derivado de la vitamina A), los ácidos exfoliantes (AHA y BHA), la vitamina C y, sobre todo, los protectores solares de amplio espectro. Estos sí pueden aportar beneficios medibles: estimulación de la renovación celular, despigmentación leve, mejora de la textura… pero dentro de límites. Ningún cosmético puede sustituir el paso del tiempo, la genética ni los tratamientos dermatológicos o médicos específicos.(+ La piel que «ya» no habito)

    Además, hay otra cara menos comentada: el despilfarro cosmético. Según estudios de sostenibilidad y consumo (como el de Zero Waste Europe), más del 30% de los productos de belleza que compramos acaban caducando en estanterías, semiusados o directamente en la basura. Esto genera un impacto ambiental significativo: envases plásticos, restos químicos y microplásticos en los océanos, y un consumo de recursos desproporcionado.

    En resumen: la cosmética puede ser un ritual agradable, un momento de cuidado personal. Pero conviene recordar que las cremas no son cirugía ni un milagro embotellado. Elegir bien, con realismo y sin caer en promesas mágicas, es el primer paso hacia una relación más honesta —y sostenible— con nuestro cuerpo y el planeta.

  • Vivimos en una época donde se nos anima a “consumir de forma sostenible”, a “comprar verde”, a “reducir nuestra huella ecológica” sin dejar de participar activamente en el mercado. Sin embargo, esta fórmula presenta una contradicción de base: el modelo económico actual se basa en el crecimiento constante del consumo, mientras que la ecología exige lo contrario —disminuir la extracción de recursos, reducir la producción de residuos y frenar el ritmo de explotación del planeta—. Pretender que ambos objetivos convivan es como fomentar el turismo en una sociedad caníbal: puedes maquillarlo, suavizarlo, organizar rutas seguras, pero el problema estructural no desaparece.

    El símil no es exagerado. Así como en una sociedad antropofágica el viajero siempre corre el riesgo de convertirse en comida, en una economía basada en el consumo ilimitado todo intento de sostenibilidad es rápidamente absorbido por la lógica de mercado. Las empresas se apresuran a etiquetar productos como “eco” o “bio”, pero muchas veces esas etiquetas enmascaran procesos igual de contaminantes o incluso estrategias de greenwashing. Comprar una camiseta “sostenible” cada semana sigue siendo parte del problema si no se cuestiona la necesidad de consumir tanto. (+ ¿Deseo o necesidad?: cuando la matrnidad se convierte en consumo)

    Según la ONU, la producción y el consumo de bienes son responsables de más del 60% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Y sin embargo, el crecimiento del PIB sigue considerándose el principal indicador de éxito económico. Este modelo no solo es insostenible a nivel ambiental: también lo es socialmente, al perpetuar desigualdades y concentrar la riqueza.

    La salida no pasa por un consumo más “verde”, sino por un replanteamiento profundo de nuestras prioridades. ¿Qué necesitamos realmente? ¿Qué estilo de vida queremos sostener? ¿Es posible imaginar una economía que no se base en el exceso, sino en el cuidado?

    Aceptar que consumismo y ecología son incompatibles no significa renunciar a toda comodidad, sino dejar de fingir que es posible cuidar el planeta sin renunciar a ciertos privilegios. Igual que no se puede convivir pacíficamente en una sociedad que devora a sus invitados, no podemos esperar un futuro habitable sin abandonar la lógica depredadora del consumo sin límites.

  • Una de las grandes paradojas de las sociedades occidentales es la persistencia del machismo a pesar de que, durante generaciones, han sido mayoritariamente las mujeres quienes han criado y educado a los hijos. ¿Cómo puede sobrevivir el patriarcado en hogares guiados por madres comprometidas, sensibles y, en muchos casos, feministas? La respuesta es tan sutil como incómoda: el machismo no necesita ser evidente para funcionar. Basta con que se haya normalizado. (+ Feminidad tóxica)

    Desde la Psicología del Desarrollo sabemos que la socialización de género comienza antes de que el bebé pueda hablar. Uno de los ejemplos más citados es el de los colores: los padres y madres tienden a vestir a los niños con azul desde el primer día y a las niñas con rosa. Años después, cuando un niño afirma que su color favorito es el azul “porque es de chicos”, lo hace sin saber que fueron precisamente quienes le criaron quienes instauraron esa asociación. No lo recuerdan ni él, ni ellos. Lo viven como natural. Como si el género tuviera un lenguaje propio e innato, cuando en realidad fue aprendido y reforzado desde la cuna.

    Este tipo de condicionamientos son tan constantes que apenas se notan. Las madres, muchas veces sin ser conscientes, perpetúan ciertos patrones: animan a sus hijos a explorar, correr, ensuciarse, mientras invitan a sus hijas a ayudar en casa, a no levantar la voz, a “estar guapas”. No por maldad, sino porque ellas también crecieron en esa lógica. El machismo no requiere intenciones perversas. Le basta con ser tra(d)ición. (+ Navidad y machismo: lo que la tra(d)ición normaliza sin preguntar)

    Estudios como el de Susan Witt (2000), sobre la influencia de los padres en la formación de estereotipos de género, demuestran que las madres suelen reforzar más los roles tradicionales, especialmente con las hijas. Es decir, las mujeres, víctimas del sistema patriarcal, también pueden ser sus transmisoras más eficaces. Porque han sido educadas para cuidar, para agradar, para perpetuar un orden sin desafiarlo.

    Esto no significa que ellas sean responsables del machismo. Sería injusto y simplista afirmarlo. Pero sí pone de manifiesto que el patriarcado es un sistema inteligente: ha conseguido que sus normas se reproduzcan incluso a través del amor. Y lo más peligroso es que lo hace en silencio, disfrazado de sentido común, de “lo natural”, de lo correcto.

    La clave está en el desaprendizaje. En revisar con mirada crítica los gestos pequeños: cómo se consuela a un niño que llora, a qué juegos se invita a una niña, qué cuentos se leen, qué frases se repiten. Porque ahí es donde se construye el mundo.

    La educación inclusiva no empieza en la escuela, sino en casa. Y no se trata solo de hablar de igualdad, sino de practicarla en cada detalle cotidiano. De permitir que niños y niñas se expresen, se enfaden, sueñen, duden, sin encajarles en moldes de género.

    Solo reconociendo cómo el machismo se filtra incluso en los actos más amorosos podremos empezar a romper su ciclo. Y quizás, algún día, las madres no tengan que enseñar a sus hijas a sobrevivir al patriarcado, porque juntas lo habrán desmantelado.

  • La educación inclusiva no es solo una metodología pedagógica ni una herramienta para atender la diversidad. Es, ante todo, una declaración ética. Supone reconocer que cada niña, niño o adolescente tiene derecho a aprender, crecer y participar plenamente, independientemente de sus capacidades, origen, orientación o identidad. Es transformar la escuela —y con ella la sociedad— en un espacio que no excluya, que no homogenice, que no jerarquice. (+ Madres lesbianas: utopía frente a realidad)

    A menudo se confunde inclusión con integración. Pero mientras esta última implica adaptar al individuo al sistema, la inclusión propone algo mucho más profundo: transformar el sistema para que pueda acoger a todas las personas. No se trata de «hacer un hueco» a quienes son diferentes, sino de asumir que todas las personas son diversas, y que esa diversidad es una riqueza, no un problema.

    El cambio hacia una educación inclusiva exige una revisión profunda de los materiales escolares, del lenguaje que se utiliza, de las actitudes del profesorado, e incluso de los patios y los baños. ¿Por qué los cuentos siguen transmitiendo modelos familiares rígidos? ¿Por qué se sigue asumiendo que todos los niños se enamoran de niñas y viceversa? ¿Por qué seguimos evaluando el rendimiento bajo una vara única, sin valorar los múltiples talentos?

    Un ambiente realmente inclusivo no solo beneficia a quienes han sido tradicionalmente marginados. Beneficia a todos, todas y todes. Cuando en el aula se respeta el ritmo de cada estudiante, se fomenta la empatía. Cuando se celebra la diferencia, se combate el bullying. Cuando se visibilizan realidades diversas, se abren caminos de comprensión mutua.

    Los datos lo confirman: entornos escolares inclusivos mejoran la convivencia, reducen el abandono escolar y aumentan la motivación del alumnado. Pero más allá de las cifras, está lo esencial: una sociedad más justa no puede surgir de escuelas excluyentes.

    Educar para incluir es sembrar para el futuro. Es decirles a las nuevas generaciones que todas las vidas valen, que todos los cuerpos importan, que todas las voces merecen ser escuchadas. Es, en última instancia, un acto radical de amor.