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Úrsula J.Gilgati

Escritora de novela erótica LGTBIQ+

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EL DIARIO DE ÚRSULA

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  • La dependencia emocional no es simplemente un apego intenso, sino un reflejo de una desconexión profunda con uno mismo. Muchas personas encadenan una relación tras otra, incapaces de detenerse a escuchar su propio dolor o reconstruirse en soledad. Este patrón responde, casi siempre, a una autoestima deteriorada y a una necesidad imperiosa de validación externa. (+ Lo que Isabel Preysler nos enseñó sobre los celos)

    Según estudios de la Universidad de Granada, las personas con baja autoestima son más propensas a permanecer en relaciones disfuncionales, tolerando dinámicas de abuso emocional o negligencia afectiva. No porque no reconozcan el daño, sino porque temen más a la soledad que al maltrato.

    Esta dificultad para romper con lo que nos hiere tiene raíces psicológicas complejas. Muchas veces, una relación tóxica representa algo familiar: el eco de una infancia sin atención emocional, donde el cariño se ganaba con esfuerzo o sumisión. Así, se normaliza la entrega sin límites, el sacrificio constante, la necesidad de complacer para no ser abandonada.

    Enlazar una pareja con la siguiente es, en este contexto, una huida. No se trata de amor ni de deseo, sino de evitar el vacío interior. El problema es que sin un periodo de introspección y duelo, se repiten los mismos errores: se elige desde la carencia, no desde la libertad.

    Detrás de esta cadena de vínculos fallidos suele haber una mala relación con uno mismo: una voz interior que juzga, que exige, que no perdona. Recuperar el vínculo interno —esa capacidad de estar a solas sin sentir abandono— es la clave para salir del círculo. (+ Navidades lésbicas o cómo sobrevivir al turrón)

    Romper con la dependencia emocional no implica cerrar el corazón, sino aprender a abrirlo desde otro lugar. El camino es lento, pero vital. Porque solo cuando dejamos de mendigar amor, empezamos a ofrecerlo de forma sana. Y para eso, hace falta primero reconciliarnos con quienes somos.

  • En un panorama mediático donde la representación LGTBIQ+ sigue siendo escasa y estereotipada, respaldar a autoras independientes del colectivo no es solo una elección cultural, sino un acto político. (+ Top 10 novelas sáficas)

    Según un informe de GLAAD, la representación LGBTQ+ en los medios de comunicación en español de EE. UU. es casi invisible, con una presencia mínima y a menudo basada en clichés. En España, un estudio de la Universidad de Málaga reveló que las personas LGTBI+ representan solo el 24,4% de los procesos mentales en la prensa progresista, y apenas el 10% en la conservadora.

    Esta falta de representación auténtica tiene consecuencias reales. Un informe de la Federación Estatal LGTBI+ indica que una de cada tres lesbianas ha sufrido acoso, y una de cada diez ha experimentado agresiones físicas o sexuales. La invisibilidad en los medios contribuye a la perpetuación de estigmas y a la falta de comprensión y empatía hacia las realidades del colectivo.

    Apoyar a autoras independientes LGTBIQ+ significa dar voz a narrativas que emergen desde la experiencia vivida, alejadas de los clichés y más cercanas a la diversidad real del colectivo. Estas autoras no solo ofrecen representación, sino que también crean espacios de reflexión y empoderamiento.

    En contraste, seguir respaldando a figuras que no defienden al colectivo o que perpetúan estereotipos dañinos contribuye a mantener un statu quo excluyente. Es esencial cuestionar a quiénes damos nuestra atención y nuestros recursos, y considerar el impacto de nuestras elecciones culturales.

    Al elegir leer, compartir y apoyar a autoras independientes LGTBIQ+, estamos contribuyendo a una cultura más inclusiva y diversa. Es una forma de resistencia y de afirmación de que nuestras historias merecen ser contadas con autenticidad y respeto.

  • Durante siglos, la figura de la bruja ha sido utilizada como instrumento de control y represión hacia las mujeres. Lejos de los clichés de sombreros puntiagudos y escobas voladoras, la «caza de brujas» fue un proceso sistemático de persecución, tortura y asesinato de mujeres que no encajaban en los moldes patriarcales: sanadoras, sabias, solteras, viudas, herbolarias o simplemente independientes. (+ El mito heterosexual)

    Entre los siglos XV y XVIII, se calcula que más de 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería en Europa, y la mayoría eran mujeres. ¿Su crimen? Saber demasiado, hablar demasiado, vivir solas, o ser pobres, viejas o diferentes. La inquisición y los tribunales civiles no solo querían erradicar prácticas “paganas”; querían erradicar la amenaza de una mujer libre.

    Desde el feminismo, la bruja se ha resignificado como símbolo de resistencia. En los años 70, colectivos como W.I.T.C.H. (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) la recuperaron como emblema de empoderamiento. Hoy, muchas feministas la reivindican como figura ancestral de sabiduría femenina, de conexión con la naturaleza y de autonomía frente a un sistema patriarcal que la temió y la destruyó.

    La bruja nos recuerda que el conocimiento, el poder y la independencia femenina han sido históricamente castigados. Que la sexualidad fuera del control del hombre, la espiritualidad no institucionalizada o la voz propia fueron motivo suficiente para arder en la hoguera.

    Hablar de brujas es hablar de historia, pero también de presente. Porque hoy muchas mujeres siguen siendo perseguidas por romper normas impuestas. Las llamas cambiaron de forma: ahora son juicios mediáticos, violencia sexual, leyes restrictivas o silenciamientos sutiles.

    Las brujas no murieron. Se transformaron. Y en cada mujer que alza la voz, que decide por su cuerpo, que guía, que cura o que crea, hay una chispa de ese fuego antiguo que nunca lograron apagar.

  • No la llamé. Fue ella quien apareció una madrugada, frente a mi portal, con una mochila colgada del hombro y ojeras profundas como pozos. (+ Alicia y la fuente escondida)

    —No podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros—. Pensé en ti.

    Subió sin preguntar. Como si nunca se hubiera ido. Como si todavía supiera dónde estaban los vasos, el interruptor de la lámpara, mi cuerpo.

    En mi cama, el silencio fue largo. Se desvistió de espaldas, sin urgencia, dejando que la ropa cayera como si la estuviera soltando del mundo. Me acerqué despacio, como si temiera romper algo. Nos miramos. Nada más.

    El primer roce fue como un recuerdo encarnado. Sus manos sabían dónde tocar, dónde detenerse. Mi piel se abrió como una flor vieja que aún recuerda cómo era eso del sol.

    En medio del deseo, de su boca contra mi cuello, de mis dedos en su cintura estrecha, le susurré:

    —Eres una niña, ¿verdad? Somos dos niñas en la cama…
    Ella se detuvo un instante, apoyó la frente contra mi pecho, y soltó una risa leve, con un dejo de alivio.

    —Sí —dijo—. Pero no se lo digas a nadie.

    Nos besamos con torpeza dulce. No buscábamos placer rápido, sino reconocimiento. Reencontrarnos. Confirmar que seguíamos ahí, bajo todas las capas, el tiempo, los cuerpos que habíamos sido desde entonces.

    Dormimos abrazadas, como si el frío de afuera no pudiera entrar. Como si la cama fuera un país con leyes propias. En la oscuridad, pensé que tal vez ya no éramos las mismas, pero que algo de nosotras sí había sobrevivido. Un gesto. Una forma de mirar. Un latido.

    Cuando desperté, ella aún dormía. La observé con el corazón en un puño. No sabía si se quedaría, si volvería a desaparecer, si esto había sido solo una tregua.

    Pero ya no me importaba.

    Porque esa noche, fuimos dos niñas otra vez.

  • La volví a ver una tarde de invierno, tres años después, en una manifestación transfeminista. Yo llevaba una pancarta con una consigna tibia, ella una con furia escrita en rotulador rojo: “No nací para encajar”. Estaba rodeada de gente, pero me vio enseguida. Nos miramos con esa mezcla de sorpresa y cautela que solo tienen los reencuentros no planeados. (+ Orgullo de Oz)

    No nos abrazamos. No nos dijimos “hola”. Caminamos en paralelo entre tambores y gritos, como si nunca hubiéramos dejado de andar juntas.

    Después, en una terraza pequeña y fría, pidió una cerveza y me preguntó si aún escribía. Le mentí. Le dije que sí. No supe cómo contarle que no había escrito nada desde que se fue. Que me dejó una libreta llena de ausencias y ninguna palabra.

    Me habló de su nueva vida en otra ciudad, de un trabajo que odiaba y una chica que la cuidaba bien. Yo asentía mientras la miraba a los ojos, buscando señales de que me mentía. Pero no. Su voz era firme. Ella también había aprendido a seguir.

    En algún momento se calló, bajó la mirada y dijo:

    —A veces pienso que contigo era más libre. Más yo.

    Me tembló algo por dentro. Quise decirle que yo también. Que ninguna cama volvió a ser tan exacta. Que ningún silencio fue tan habitable.

    Pero solo murmuré:

    —Las ciudades también olvidan. Las calles por donde te busqué ya no me reconocen.

    Ella sonrió. Esa sonrisa que siempre parecía entre un bostezo y una carcajada. Y luego, como si la frase hubiera estado guardada desde hacía años, me soltó:

    —Todavía me acuerdo de cómo te estremecías cuando te decía que parecíamos una pareja hetero para los demás… pero que en la cama éramos dos mujeres. ¿Te acuerdas?

    Asentí. No por cortesía, sino porque mi cuerpo entero lo recordaba.

    Nos despedimos sin promesas. Me dio su nuevo número, escrito en el reverso de un ticket de metro.

    Lo guardé. Aún no he decidido si voy a llamarla.

  • Nos conocimos en una librería de segunda mano. Ella hojeaba un libro de poesía de Alejandra Pizarnik con la concentración de quien escucha una confesión. Llevaba pantalones anchos, una camiseta sin forma y el pelo recogido bajo una gorra azul. Me llamó la atención su manera de estar: sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Blancanieves 3.0)

    Lo que más me gustaba de ella es que parecía un niño, pero era una niña. Su voz era grave, su risa seca, su andar despreocupado. La primera vez que me cogió de la mano en la calle, sentí una punzada de adrenalina. No por el gesto en sí, sino por la manera en que algunas miradas se detenían en nosotras, confundidas. ¿Éramos dos chicas? ¿Una pareja hetero? ¿Un error en la Matrix?

    Nos besábamos en portales oscuros. Compartíamos cigarrillos y auriculares. Me leía sus poemas favoritos en voz baja, como si fuera un conjuro. Había algo en su androginia que me desarmaba. Me excitaba la idea de que en la cama seríamos dos mujeres, pero que en la calle, para muchas y muchos, ella era un tío. (+ Squirting: la gran mentira del porno)

    No era una fantasía, era una grieta en el sistema. Estábamos fuera de todo guion. Lo nuestro no cabía en ninguna etiqueta fácil, y eso lo hacía más real. Más nuestro.

    Una vez me dijo: “No soy ni lo que parezco ni lo que esperan. ¿Te sirve así?”
    Le respondí que sí, que justo así me enamoré. De su piel tibia, de su pecho plano, de sus silencios cómodos y de esa forma suya de existir sin explicarse.

    Estuvimos juntas dos años. Luego la vida —como siempre— se interpuso. Pero todavía sueño con ella a veces, con su risa quebrada y sus dedos enredados en los míos. Nunca supe si era más ella en la calle o en la cama. Tal vez ambas. Tal vez ninguna.

  • La Iglesia católica lleva más de dos mil años funcionando bajo una estructura patriarcal en la que las mujeres solo tienen un lugar: el de servidoras silenciosas. Pueden ser monjas, educadoras, cuidadoras… pero nunca lideresas. La figura de la Madre Iglesia es una metáfora poética que en la práctica se convierte en un despropósito: no hay madres al mando, solo padres que dictan normas desde púlpitos y despachos vaticanos. (+ El precio de ser lesbiana)

    Mientras el mundo avanza —aunque a trompicones— hacia una mayor igualdad de género, el Vaticano sigue anclado en una lógica de exclusión que justifica la discriminación femenina como voluntad divina. El sacerdocio sigue vetado para las mujeres, pese a que no hay argumento teológico serio que lo impida, más allá de interpretaciones convenientes de textos milenarios escritos por hombres para otros hombres.

    ¿Por qué no puede haber una Mamma que celebre la misa, dé la comunión, escuche confesiones o administre una diócesis? ¿Por qué no puede haber una Papa mujer —o al menos una Papisa sin leyenda medieval? La respuesta es simple y brutal: porque el poder dentro de la Iglesia está construido sobre la masculinidad como modelo único de autoridad.

    En lugar de avanzar, el clero reproduce una y otra vez la idea de que lo femenino es inferior, impuro o incapaz. Y lo hace mientras proclama a María como «la mujer más perfecta», siempre y cuando sea virgen, sumisa y madre. Pero María nunca pudo hablar en público, ni tomar decisiones, ni escribir cartas a los fieles. Era ideal… mientras no molestara.

    Las creyentes del siglo XXI, muchas de ellas feministas, siguen esperando una renovación que no llega. Y no hablamos de modernidad decorativa, sino de equidad real. ¿Para cuándo una Mamma? Una mujer al frente de una iglesia que se dice universal pero excluye a la mitad del mundo.

    Quizá Dios no sea hombre. Pero quienes hablan en su nombre, sí lo son. Y eso lo cambia todo.

  • La hostilidad hacia las personas LGTBIQ+ no es un fenómeno natural, sino una construcción social y cultural que ha sido alimentada por siglos de patriarcado, religión institucionalizada y control político. Diversas investigaciones antropológicas y sociológicas coinciden en que la LGTBIQ+fobia no tiene base biológica: no hay evidencia científica que respalde que la diversidad sexual o de género sea “antinatural”. De hecho, se ha documentado comportamiento homosexual y transgénero en más de 1.500 especies animales, desde delfines hasta aves y primates.

    El rechazo hacia las disidencias sexuales comenzó a sistematizarse con el auge de las religiones monoteístas, especialmente con el cristianismo institucionalizado desde el siglo IV. La doctrina católica, por ejemplo, condenó el placer sexual fuera de la reproducción y asoció la homosexualidad con el pecado. Esta visión fue reforzada más tarde por regímenes coloniales europeos que impusieron leyes anti-LGTBIQ+ en muchas partes del mundo donde antes existía una mayor diversidad de género y orientación sexual.

    Durante los siglos XIX y XX, la medicina y la psiquiatría también contribuyeron a patologizar la homosexualidad. No fue hasta 1990 que la Organización Mundial de la Salud la eliminó de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, los estigmas sociales continúan profundamente arraigados.

    Según un informe de ILGA World (2023), más de 60 países todavía criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo. Esta persecución tiene consecuencias graves: altos índices de suicidio, exclusión social y violencia estructural. La LGTBIQ+fobia se sostiene por ignorancia, miedo a lo diferente y estructuras de poder que necesitan uniformidad para mantenerse. (+ El bullying son los padres)

    Romper con esa lógica implica cuestionar qué entendemos por normalidad, y reconocer que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza. Solo desde la educación, el arte y la visibilidad podremos desmantelar el odio que no nace con nosotras, sino que se enseña.

  • La representación LGTBIQ+ en los medios de comunicación sigue siendo limitada y sesgada. Según GLAAD (2023), solo el 10,6 % de los personajes en series eran LGTBIQ+, frente a un 89,4 % heterosexuales. En España, las mujeres lesbianas apenas representan el 3,8 % de los personajes femeninos en televisión. Y cuando aparecen, suelen estar estereotipadas, sexualizadas o condenadas a tramas marginales o trágicas. (+ Siglos de control sobre las mujeres que amaban a las mujeres)

    Esta invisibilidad mediática refuerza la norma heterosexual y borra la diversidad real de afectos, cuerpos y modos de vida. Frente a ello, obras como Clamworld o Candice apuestan por narrativas protagonizadas por mujeres que aman a mujeres, sin pedir permiso ni disculpas. En estos universos literarios, la disidencia no es un añadido forzado, sino el centro de la historia.

    En un panorama donde las lesbianas siguen siendo anecdóticas o decorativas, estas novelas construyen referentes necesarios, potentes y políticos. Porque si no nos vemos, no existimos. Y si lo que vemos no nos representa, seguimos siendo espectadoras de la historia de otras. (+ Chicas siento cortaros el rollo…: ETS)

    La revolución también empieza por imaginar. Y Clamworld lo hace sin concesiones.

  • La perfección no existe, y sin embargo, nos han convencido de que debemos alcanzarla. ¿Pero perfección respecto a qué? ¿A quién? La respuesta es siempre la misma: un ideal arbitrario, cambiante y, sobre todo, rentable. La sociedad de consumo ha hecho de la perfección un producto más. Nos vende cuerpos moldeados, rostros congelados, pieles irreales. Y lo más perverso: nos convence de que podemos —y debemos— comprarla. La cirugía estética, los filtros, las dietas extremas… todo responde a un modelo artificial que solo beneficia a quien lo impone. Perseguir esa perfección no es empoderamiento, es sometimiento. Porque cuando crees que no vales tal como eres, siempre hay alguien dispuesto a venderte la solución. Y eso, también, es esclavitud. (+ La estupidez del edadismo)